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Crónica anticipada del Corpus

José Antonio Martín Pereira | 18 de junio de 2019 a las 22:46

Este jueves los distintos medios dedicados a la información cofradiera comenzarán con el viejo dicho de los “tres jueves que relucen más que el sol”, cuyo carácter litúrgico cada vez calza menos con las tendencias de la sociedad actual, más interesada por alargar el descanso en forma de puente en aquellas localidades donde los tres festivos, Jueves Santo, Corpus Christi y la Ascensión todavía se mantienen como tales.

Amén de esta circunstancia, que señala ciertas actitudes enfrentadas y beligerantes con respecto a la Iglesia, propias en algunos casos del laicismo desenfrenado en el que nos movemos, la celebración del Corpus Christi en Sevilla viene siendo objeto de discusión desde hace ya algún tiempo. Es por ello que desde el consistorio, con buen criterio, se están llevado a cabo una serie de iniciativas que doten a una de las fiestas con mayor arraigo histórico de la ciudad, tal vez la que más, de un sentido de participación más amplio.

Tal es así que para esta ocasión se ha vuelto a diseñar un amplio programa de actividades previas a la jornada festiva, además de un incremento en el número de altares. También las hermandades se suman a esta labor, no solo animando a la participación, sino en otros casos como por ejemplo el de la hermandad Pasión celebrando las Noches Sacramentales en el patio de la Colegial del Divino Salvador.

Sin embargo las crónicas que emergerán toda vez la imponente Custodia del Santísimo Sacramento realizada en plata de ley por Juan de Arfe (de estilo renacentista, entre los años 1580 y 1587), lo harán haciendo hincapié en el larguísimo cortejo que cada año conforma la procesión y en el poco público asistente. Una realidad que sin embargo podría contarse de distinto modo, es decir, partiendo de la reflexión común entre todos los agentes encargados de sacar brillo a un día que cada vez luce menos. Y luce menos precisamente por nosotros mismos, que preferimos quedarnos en casa descansando, irnos a la playa, o simplemente congregarnos alrededor del Señor de la Sagrada Cena, con sus cornetas de fondo, concentrando en unas cuantas calles mayor cantidad de público de la que se dará cita entre todos los Corpus que tendrán lugar en la ciudad de aquí al domingo. La cuestión de fondo es que, según parece, nos cansa ver pasar un cortejo que es amplio, pero que también se cubre de cientos de detalles, y por el contrario no nos pesa para nada esperar tres horas para ver un paso de palio en una salida extraordinaria.

Entonces, ¿dónde está el problema?
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Foto: Archisevilla/Miguel Osuna

Volver a lo esencial

José Antonio Martín Pereira | 5 de marzo de 2019 a las 21:37

Desde hoy y hasta la mañana del Domingo de Ramos, brotarán emblemas de un tiempo nuevo. Lustrosas muestras materiales, vivencias reconocibles o simples gestos naturales se sucederán hasta entonces, colmando ese vacío con el que la espera en ocasiones se apodera del recuerdo.

Siguiendo la tradición, una vez más Dios pedirá la venia en nuestros corazones ajeno a las estériles desproporciones cofradieras que a diario nos rodean. De la forma más simple, con la señal de la Cruz hecha con ceniza en nuestra frente, alianza de penitencia y purificación que rememora la antigua tradición hebrea, el Dios sin rostro que se venera en los Sagrarios nos propondrá una vez más volver a lo esencial, lo constitutivo, aquello sin lo cual este tiempo litúrgico que es de preparación ante la inminente llegada de la Semana Santa no tendría sentido, la conversión.

Esto sucede ahora precisamente que el mundo necesita de una respuesta contundente por parte de católicos convencidos ante la falta de cultura religiosa, unida a la nueva sociedad de la imagen y lo inmediato que tanto redunda entre los cofrades del siglo XXI. Es por ello que el período que iniciamos debe servirnos para alcanzar sin complejos por encima de lo accesorio, admitiendo además aquellas palabras del Papa Francisco en las que recordaba que la Cuaresma “no es un tiempo triste ni de luto”, de las que se desprende la necesidad por mantener siempre vivos la religiosidad y el folclore, elementos no excluyentes que dotan de sentido a nuestras cofradías, las cuales aún hoy mantienen aquella misión por la que fueron creadas, es decir, dar testimonio público de fe en las calles.

Por tanto disfrutemos, hagámonos pequeños ante la grandeza de estas tardes en las que la luz se resiste a marcharse, y dejémonos atrapar por la atmósfera sensorial con la que se prepara el camino. Al fin y al cabo el final de la historia es de sobras conocido, la vida triunfará con la Resurrección del Señor.

CapirotesFoto: Sebas Gallardo

Los ojos que nos ven

José Antonio Martín Pereira | 21 de marzo de 2018 a las 15:15

Describir la Semana Santa sevillana desde cualquiera de las verticales del prisma que la conforman significaría dejar a un lado gran parte de la esencia mediante la cual se ha transmitido hasta nuestros días. Hablar de esta Fiesta implica tener en cuenta el carácter religioso, las más sublimes manifestaciones artísticas y las expresiones de un pueblo, de una ciudad, que ve su vida pasar por la estrechez de siete pero intensos largos días.

Ahora bien, dejando a un lado aquellos aspectos sentimentales que afloran con vigorosidad a lo largo y ancho del tiempo litúrgico presente, síntoma de que la espera acorta la distancia que desembocará en la confluencia del paralelo y meridiano que atraviesa el barrio del Porvenir, de lo que no hay dudas es de que si la Semana Santa no existiera habría que inventarla, expresión que no por repetida desluce ni un ápice la frondosidad de sus atributos.

No en vano, el desarrollo de la celebración, amén de colocar en el epicentro de la cristiandad a la ciudad de Sevilla, sanea las arcas de muchos comercios y, en definitiva, de numerosos hogares. Se trata, pues, de una prueba de superación que cada año se escenifica con más notoriedad.

En el seno de las hermandades se dice incluso que vivimos una nueva edad de oro. Discutible, con una baraja de matices que propiciarían una amplia gama de debates; pero hasta cierto punto cierto si atendemos al crecimiento de las cofradías penitenciales en lo que llevamos de siglo XXI. Por consiguiente en 1999 existían 57 cofradías con este carácter, mientras que a día de hoy con la última incorporación hace un par de años, la de la Hermandad de La Milagrosa del barrio de Ciudad Jardín, el total se ha establecido en 70. Todo ello se traslada por ende a los innumerables negocios que sobreviven y crecen gracias al fenómeno productivo y generador de riqueza que nace del desarrollo de las propias corporaciones. Subsisten por tanto oficios y profesiones artesanales (orfebres, bordadores, imagineros…) que de otro modo habrían desaparecido, y que con su supervivencia otorgan variedad al patrimonio cultural local y regional.

Y parte de ése aura que parece proteger a la Semana Santa, de la balsa sobre la que se asienta un desarrollo económico cuyo desgrane daría como mínimo para la confección de varias tesis doctorales, de la continua adaptación y de las perspectivas de futuro, se debe a los cientos de miles de visitantes que cada primavera eligen Sevilla como origen de su destino turístico. De este modo, año tras año los hoteles cuelgan el cartel de no hay billetes.

Por todo ello se hace especialmente vital el cuidado de la imagen que a través de su Fiesta Mayor la ciudad arroja al mundo. Y no hablamos de las proyecciones en FITUR (Feria Internacional de Turismo), ni de otras iniciativas con las que los distintos equipos de gobierno local han tratado en los últimos tiempos de elevar sus perspectivas, sino que es algo más metafísico. En este sentido, es posible que todos, alguna vez, nos hayamos puesto en la piel del visitante que en los días señalados de nuestro calendario camina con cámara y mapa en mano desorientado, aturdido, asombrado por tanto derroche gratuito de belleza, perplejo ante la inmensidad de una demostración mayúscula de solemnidad, devoción y amor. Son sin embargo sus férreas miradas las que deberían causarnos admiración, porque es ahí donde aún podemos hallar una pureza que no ha sido corrompida, ultrajada o manipulada. Tal vez a través de los ojos que nos ven seamos capaces de descubrir algunas de las respuestas que nos dirijan a mejorar una celebración que hoy por hoy evoluciona entre claroscuros.

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Foto: Diario de Sevilla

La primera en la Campana

José Antonio Martín Pereira | 14 de marzo de 2018 a las 10:33

El tiempo presente se distingue por la flagrante exposición de sus signos. Así se puede oler en la mezcla de aromas que producen el incienso, la cera y las flores con los que se desarrollan los cultos en las hermandades; oir en la sinfonía de notas que propagan los numerosos conciertos de las bandas; degustar con la rica gastronomía dispersa durante los siete días de la semana y concentrada especialmente cada viernes de Vigilia; palpar en cualquiera de la cotidiana beldad que tiene origen en cada uno de los templos; y sobre todo ver, porque la Cuaresma en sí es una invitación directa a los sentidos que Dios nos lanza usando como herramienta y marco a la ciudad, en cuyo entramado se aclara la lenta pero inexorable transformación de la piel que se renueva con el desembarque de la primavera.

Existe un sueño en paralelo gestado de manera intemporal, que ahora calibra su sentido y finalmente será despojado por la emoción. Entonces recordaremos aquello que dejó escrito Antonio Núñez de Herrera en su obra Teoría y Realidad de la Semana Santa y que aún hoy, 82 años después de su primera edición, sigue brillando por el alto valor de un contenido cargado de connotaciones: “En estos días no se razona. Se siente nada más. Se vive y no se recuerda. La Semana Santa no ha existido hasta ahora mismo. Queda lejana de toda cuestión previa. Inútil buscarle raíces teológicas o tubérculos históricos. Nace la Semana Santa en sí, para sí y por sí”.

Entretanto las vísperas mantienen la esencia de lo inenarrable, el éxtasis sensorial admite confundirse en la convergencia de lo más simple. Para los impacientes, o para los que se atrevan a desafiar las leyes del tiempo, la primera ya ha posado sus cuatro zancos en la plaza de la Campana, entre aromas a canela y miel tostada.

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«Si quitamos a Jesús, ¿qué queda de la Navidad?»

José Antonio Martín Pereira | 23 de diciembre de 2017 a las 19:39

Respiramos sumidos en el vértigo que nos produce la velocidad aplicada a nuestra vida cotidiana. El tiempo que nos ha tocado vivir no admite pausas, ni tampoco distracciones. Suscritos a la caída permanente de valores, a la agudización de la iniquidad, del desaliento colectivo, de la crisis mundial de identidad, sin que los remedios pasen de simples parches de quita y pon, aparece cada año la figura de un Niño en la humildad de un pesebre, esencia del amor representado por la Sagrada Familia (José y María junto al Niño Dios) en un establo acompañados por el calor de unos animales y varios pastores.

Es precisamente ahora, cuando cientos de miles de cristianos son perseguidos por su fe a lo largo y ancho del planeta, y en otros caso cuando aún manteniendo vivas las tradiciones, éstas son vulneradas de sus propios principios y vulgarizadas hasta extremos cada vez más ilógicos, cuando impera la necesidad por recobrar ese espíritu con el que la Historia del ser humano cambió radicalmente. De ahí que las palabras del Papa Francisco durante la bendición de los Niños Dios en San Pedro el pasado domingo, tercero del tiempo de Adviento, deban estar presentes para cualquiera de nosotros si de verdad pretendemos que tan valioso tesoro como es la Navidad no caiga en saco roto.

«Si quitamos a Jesús, ¿qué queda de la Navidad? Una fiesta vacía. La alegría del cristiano no se compra, no la perdamos tampoco en las dificultades», afirmó Francisco durante el Ángelus. «El cristiano, habiendo encontrado a Jesús, no puede ser un profeta de desventura, sino un testimonio y un heraldo de una alegría contagiosa que debe ser compartida con los demás y que hace menos cansado el camino de la vida», advirtió. «La alegría, la oración y el agradecimiento son tres actitudes que nos preparan para vivir la Navidad auténticamente».

Tomemos, pues, conciencia y no dejemos escapar esta nueva oportunidad que Dios nos brinda.

 

¡Feliz Navidad!

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Henry Siddons Mowbray – La Adoración de los Magos (1915)

Atardecer de Lunes Santo

José Antonio Martín Pereira | 9 de marzo de 2017 a las 11:59

Ocurrió como suceden las cosas en la Semana Santa de Sevilla, de la manera más sencilla y natural. A lo largo de una calle estrecha penetraban las últimas ráfagas de luz de un Lunes Santo que acababa de empezar a morirse. A morirse en los ojos de una Dolorosa de palio de cajón austero, la que pronto recorrería el adoquinado derramando la más suntuosa de las bellezas. Entre tanto la esbeltez de la cruz de guía preludiaba el definitivo cambio de tonalidad de la tarde, a la vez que el cuerpo de espigados nazarenos iniciaba con pasmosa cadencia su tránsito sobre el trazado previamente establecido. Aires de otra época traía la noche, los que la ciudad aguardaba.

Condicionantes todos, el encuentro se fraguó en medio de algodones de incienso. El paso reviraba silenciando los murmullos, equilibrando el sonido del crujir de la caoba hasta fundirlo con el de las inquietas golondrinas en su anárquico aleteo de primavera. La tarde seguía descomponiendo su rostro estirando cada segundo como si fuera el último, recabando la necesaria austeridad de cada esquina. Y fue ahí, cuando el paso encaraba el horizonte dispuesto por oscuros capirotes, el instante en el que su mirada cruzó con el rostro del Cristo dormido hasta quedar prendida de amor. En una fracción de segundo, tiempo del fugaz encuentro, sus destinos se habían encontrado para no volver a separarse. Ojos sinceros enclavados, la Cruz como testigo, nada más.

Desde entonces y hasta hoy siempre acude a la estampa que con cariño conserva. Le recuerda cómo se conocieron, sin el clima de sensaciones que proyectó la unión pero con la confianza de sentirse segura sobre sus pasos, los que guían su fe amparados en el valle de paz que extendiera la dulce imagen del Crucificado de la Vera-Cruz aquel atardecer de Lunes Santo.

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El ‘Señor de la Ventana’

José Antonio Martín Pereira | 15 de febrero de 2017 a las 11:51

Ojalá el enrejado pudiera describir la de abrazos que han atravesado sus cavidades. Tributo a largas horas de conversación y miradas entrelazadas. La soledad con la que el Cristo de la Ventana recibe a sus fieles contradice la propia naturaleza de su advocación, la que toma Nuestro Padre Jesús de la Salud y Buen Viaje merced a las bendiciones que la imagen colmaba sobre los viajeros que partían por la extinta Puerta Carmona.

Hoy resulta evidente que la fisonomía de la ciudad ha cambiado sustancialmente, y lo que otrora fue puerta de acceso y salida de la ciudad, ahora convive bajo la integración de los límites no escritos del casco urbano. Así mismo el papel que desempeña la parroquia en el barrio también difiere al de siglos atrás, como lo es igualmente la feligresía, sin embargo la singularidad de dicho espacio de culto ha logrado resistir los envites a los que las sucesivas manifestaciones acaecidas al paso del tiempo le han sometido.

Así, el eco de las pisadas ha quedado engullido en el arrollador contacto entre la goma de neumáticos y el adoquinado, sin enturbiar eso sí una esencia inalterable, fuente inagotable adaptada a las mutaciones de una sociedad que entiende su día a día casi despreocupada en lo que a las atenciones con lo Sagrado se refiere. He aquí el verdadero valor, en definitiva aquel que transforma la tradición oral en realidad permanente al paso de los años y que nunca debería malograrse, porque el Señor de la Ventana siempre tiene su corazón abierto a cada cual que se atreve a buscarlo sean cual sean el momento y las circunstancias.

Señor de San Esteban

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Que no se pierdan

José Antonio Martín Pereira | 12 de mayo de 2015 a las 12:00

Mayo viene cargado de Cruces, en el ambiguo sentido con el que la Sevilla de nuestros días escenifica el otrora carácter popular de la fiesta de las Cruces, cuyo origen tuvo lugar en los extintos corralones de vecinos que con la llegada del presente mes engalanaban sus patios con una gran Cruz, macetas, flores y guirnaldas para disfrutar de varios días de convivencia entre el frescor de los sombríos patios; y se prolongaba en la nobleza de aquellos grupos de niños que con sus propios medios sacaban a la calle su Cruz para pasearla por el vecindario imitando los desfiles de la Semana Santa.

Como casi todo en la vida, el concepto se ha distorsionado con el paso del tiempo y hoy cada vez cuesta más el contemplar alguna representación que rememore el sentido de las Cruces de Mayo de nuestra niñez, e incluso los patios de vecinos por los que suspiraba el genuino Francisco Palacios (El Pali) en sus siempre añoradas coplillas sevillanas.

Fuente: Youtube; usuario Selu Martín M.

En este sentido el intrusismo de las propias hermandades ha terminado por liquidar prácticamente los últimos vestigios de una fiesta a la que muy poco le queda del carácter popular que la hizo diferente, respaldadas eso sí por el entorno cofradiero que ansía llenar portadas digitales con fotografías y crónicas desacralizadas. Tanto es así que actualmente lo común nos sitúa ante un calendario perfectamente organizado compuesto de selectos ambigús repartidos por los distintos barrios de la ciudad, y por innumerables pasos desafiando al calor de media tarde con adultos cuyo interés dista en gran medida del germen que dio luz a este fenómeno de desarrollo infantil.

Por esto y otras cosas, es motivo de alegría encontrar pequeños retazos de lo que lo que fue y ojalá nunca acabe por perderse. Un grupo de niños se prepara en el zaguán de una casa en el corazón de la trianera calle Pureza. Cierto es que el paso no es producto de sus habilidades, sin embargo aún podría decirse que conserva el fondo de la cuestión. Valga para hacer un alegato y un llamamiento que nos motive para que las tradiciones no caigan en el ostracismo.

Curz de Mayo Sevilla

Cuarenta días y cuarenta noches

José Antonio Martín Pereira | 18 de febrero de 2015 a las 11:09

El libro de las ilusiones echa el ancla sobre la Colonia Iulia Romula Hispalis que renaciera de la mano del emperador Julio César. Un invierno más, como si el calendario mutara sus complejidades, la Cuaresma, con su rigor irreprochable y sus primeros signos recupera la ciudad en la que el Barroco sembró plenitudes, llenando los vacíos dejados por el recuerdo.

El tiempo de Cuaresma rememora los cuarenta años que el pueblo de Israel pasó en el desierto mientras se encaminaba hacia la tierra prometida, con todas sus implicaciones, y no es sino una llamada más, que enraizada en la liturgia aboga por trazar y cimentar esa senda de la que a menudo solemos desviarnos. A menudo ocurre que caminamos demasiado deprisa, no tenemos tiempo para nada y obviamos circunstancias generales o particulares que suceden a nuestro alrededor. De este modo, es imposible darnos cuenta de los signos de Dios en cada paso que damos, ni de a qué nos llama, ni de cómo interviene en nuestra vida a través de la vida de los otros.

Se despliegan, a partir de hoy Miércoles de Ceniza, cuarenta días y cuarenta noches cargados de estímulos que deben aunar para esforzarnos en nuestra conversión. Camino corto e intenso que se resolverá en la conciencia, cuando el primer nazareno de túnica alba desnude nuestro interior con su pausado transitar.

Iglesia de El SalvadorFoto: Fran Silva

«Pulvis es et in pulverem reverteris» (Génesis 3,19). La reflexión acerca del deber de la conversión recuerda la inexorable caducidad y efímera fragilidad de la vida humana, sujeta a la muerte.

La luminosidad del Corpus

José Antonio Martín Pereira | 30 de mayo de 2013 a las 14:40

Corrían las ocho y media de plena de memoria, cuando el arzobispo de Sevilla, monseñor Juan José Asenjo, oficializaba las primeras palabras en la Santa Misa de la solemnidad del Corpus celebrada en el Altar del Jubileo. A partir de ése momento, Dios al reencuentro de la Sevilla eterna, fundiendo acero para revitalizar los eslabones de la tradición versada entre bermejas espigas y verdores de uvas, Cuerpo y Sangre del Divino.

Entorno a las 12 y media del mediodía, después de aproximadamente cuatro horas de procesión, hacía su entrada en la Catedral de Sevilla la Custodia con el Santísimo del Corpus Christi. Jornada vestida con letras de oro, en la que miles de sevillanos y visitantes recorrieron las calles del centro acompañando a la procesión, que este año ha coincidido con la fiesta del patrón de la ciudad, San Fernando. Asimismo la mañana, inusualmente fresca, ha permitido al público participante admirar con más comodidad las imágenes de los nueve pasos.