Rápido/lento. Filmar el rubor

Alfonso Crespo | 1 de junio de 2012 a las 8:40

En Okaasan (Madre, 1952) de Mikio Naruse, Kyôko Kagawa interpreta a Toshiko, la hija mayor de la protagonista. Una escena la tiene vestida de novia, pues su tía debe practicar los peinados que se hacen en este tipo de ceremonias. Por la pequeña localidad se extiende el malentendido de que Toshiko se va a casar esa misma mañana, y a su casa acude la madre del amigo más íntimo de la joven, a quien la noticia ha cogido por sorpresa. Cuando la madre y la tía de Toshiko le explican el verdadero porqué del traje nupcial, la vecina se calma y reclama el futuro de Toshiko para su hijo, cosa que hace gracia a la familia de la chica y reconforta íntimamente a esta última. Escuchando esta conversación sin ser vista, Toshiko sonríe.

 

 

Luego, tras oficializarse el enamoramiento de los jóvenes, todos esperan su aparición.

 

 

Naruse filma la secuencia, los movimientos de la vergüenza, a partir de un conflicto de velocidades entre lo que aparece y desaparece del encuadre. Primero muy rápido:

 

 

Luego lento:

 

 

Después, tras el plano-contraplano con la madre (Kinuyo Tanaka), de nuevo veloz:

 

 

En pocos segundos, Naruse pone en escena uno de los sentimientos más complicados de mostrar sin apoyarse en tretas de guión y, además, profundizando en los temas que recorren la película.

 

 

Antes de que se le fundiera el cerebro, como Quintín dijera del alemán, a Wenders le dio por homenajear a Ozu en Tokyo-Ga (1985). Allí, a partir de sus películas, hablaba de ese momento en que las barreras entre el cine y la vida parecen desaparecer. Nunca fue sin embargo así; Ozu, como Naruse y tantos otros, triunfan frente a lo inefable porque sabían con qué medio trabajaban, es decir, eran conscientes de sus reglas y límites.

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