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Blanco y negro

Alfonso Crespo | 29 de agosto de 2012 a las 22:18

 

En Liberté, la nuit (1983) la muerte se agazapa tras los ciclos de la pareja. Crepúsculo y nacimiento del amor acaban en ejecución sumaria. Para la muerte, Garrel escoge la ralentización del movimiento, el hinchado del fotograma, que muestra así orgulloso el grano, la tensión del soporte. Cerca del final del filme, cuando Jean y Gemina tantean los primeros pasos de una relación condenada, Garrel completa su particular inventario de líricos extrañamientos manipulando el azar y confiando en el registro. A la velocidad normal de proyección, el agridulce tira y afloja de Jean y Gemina cerca del tendedero movido por el viento nos hace pensar en la fragilidad entre real y fantasma que pone en juego el cine; pero es parando la secuencia como mejor se advierte esa suspensión que nos coloca entre el todo y la nada, ante una representación presta a deshacerse como un sueño tras los primeros parpadeos del despertar. Garrel nunca estuvo muy lejos de los hermanos Lumière, y este plano parece un memorándum de todo aquello que hay que tener en cuenta a la hora de rodar: el hombre, la mujer, la naturaleza, la luz, la oscuridad, la voz, el silencio, el ruido. Las distintas pieles de Maurice Garrel y Christine Boisson, la pared, la gabardina, el chaleco, la carta, la piedra, el balcón; toda la paleta de matices entre el blanco y el negro aparece expuesta.

 

Es de esta manera que Garrel transmite la celebración del instante, siempre inestable, y su apertura a asociaciones justas –aquí la de la sábana como origen, pantalla de proyección, preludio de la escena amorosa y futuro sudario–, abarcando con naturalidad la materia y el espíritu del cine.

 

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