La leyenda

Ole-papa | 25 de julio de 2010 a las 9:00

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Lo que se relata a continuación es una historia que probablemente sea exagerada en las versiones venideras con algunos detalles que contribuirán a hacerla casi antológica o, por el contrario, será deslegitimada por sus detractores con la intención de poner en duda alguno de sus pasajes. Por ello 24 horas después de la sucesión de acontecimientos, me dispongo a contar lo que puedo recordar de la pasada noche con la ayuda inestimable, para completar mis océanos de memoria, de algunos testigos que pudieron presenciar la que ya es denominada por los protagonistas como la castaña más legendaria de nuestra vida.
Todo comenzó con lo que a partir de ahora voy a llamar la teoría de los tiempos destructivos, que viene en primer lugar a decir que, si te marcas una hora de vuelta a casa nada más salir por la puerta, esa hipotética hora será superada irremediablemente con creces sin que puedas, uno, haber llegado a imaginar que ibas a pasarte tanto y, dos, ni siquiera recordar qué estabas haciendo a la hora límite. Ejemplo: “Yo como mucho me voy a las dos que se lo he dicho a mi novia”, dijo mi colega a las seis de la tarde con una cerveza en la mano.

La segunda acepción de mi teoría del tiempo destructivo es que las reacciones son diferentes según la hora en la que se sucedan los acontecimientos y éstos estarán inevitablemente marcados por la hora en la que pasen. Ejemplo: Si esa noche hubiera ido a recoger al suelo un dardo y sólo hubieran sido las seis de la tarde cuando al agacharme escuché cómo a mi espalda se rajaba una tela, probablemente hubiera mirado a todos los lados del bar, hubiera disimulado al quitarme la chaqueta, me la hubiera puesto en la cintura y hubiera mascullado ante mis amigos algo así como un “ahora vuelvo”, para unos minutos después haber regresado con otro pantalón puesto.

Pero no eran las seis, eran las nueve y media y ya iba por mi cuarto cubata, así que sólo me limité a comentar entre la pandilla si se veía mucho. Y, aunque prácticamente la rotura me llegaba hasta el tobillo, todos los allí presentes dimos por bueno el incidente y yo continué la velada con la parte noble (y blanca) al descubierto.

Sigamos. La pasada noche hubiera sido una más, salvo por el pantalón, si a servidor no se le hubiera ocurrido convencer a sus colegas para ir a un concierto rockerito, donde sólo había chavales con una decena de años menos y donde los cubatas venían en una legendaria forma que casi ya habíamos olvidado, pero que rememoramos con cariño: las macetas, también llamados litros, con sus correspondientes pajitas para compartir.

“Tío, ¿te acuerdas?” “Sí, pídete dos, como en nuestros tiempos”
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Anótese al margen esta conclusión de la teoría del tiempo destructivo: ya no podemos beber como en nuestros tiempos.
Ni podíamos demostrarles a aquellos chavales que somos los más borrachos del pueblo, que una maceta puede caer en un par de tragos, que éramos y somos los que me saltan en los conciertos o los que más gustan a las chicas. Las leyendas no tienen forma humana, ni tienen que ir a trabajar el lunes.

Así que en resumen lo que hicimos fue cogernos la castaña más legendaria de nuestra vida, que hemos tenido que recomponer a trozos en las 24 horas posteriores. Como ha pasado en la reveladora llamada hace unos minutos. “Tío, la borrachera más grande de nuestra vida”. “Sí –hago memoria, aunque para esta clase de experiencias es traicionera–, la más gorda”.
Ahí empezó a tergiversarse la historia, porque mi colega empezó a añadirle episodios que dudo estuvieran en la versión original. “Yo cuando más me reí fue cuando mire atrás y te vi en medio del parque con la cara en el suelo y los pantalones por los tobillos ¿qué estabas haciendo?”. “Ehhh, no los llevaba por los tobillos, se me habían roto antes ¿no te acuerdas?”

Pero ya no se acordaba y la noche pasará a los anales de la historia como la noche en la que acabé con la cara en el suelo y los pantalones bajados, lo que en parte explica por qué tengo aún las palmas de las manos zollás y un moratón en el brazo.”Bueno ¿y cómo acabaste?”, ha preguntado mi amigo llegando a asustarme. “¿¿Cómooo?? ¿¿No me fui contigo??” “No, yo llegué a mi casa y tu hermano me llamó para preguntarme dónde estabas, ¿dónde acabaste?”

La noche más legendaria de los últimos años aún tiene un final abierto y, sea cual fuese la realidad, voy a tener que esforzarme para que la fantasía de los narradores al menos me deje con los calcetines puestos ante las nuevas generaciones que conozcan nuestra leyenda, versión original.

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