Aguilillas

Ole-papa | 31 de julio de 2010 a las 9:00

aguilillas

Ésta es la historia de un chico que saltaba contento por una oficina, de brinco en brinco. Saludaba a todos sus compañeros, a todas horas, y se reunía sin prisas con algunos de ellos a tomar un café, o un colacao, sin que importase la trivialidad de la conversación. Vestía como se le antojaba y hablaba de lo que se le ocurriera, era espontáneo y a veces divertido. No podía sospechar lo que se le avecinaba. Sin que él lo advirtiera, una negra sombra le acechaba. Despertó el interés de una de sus compañeras de trabajo, una aguililla, que afiló su navaja, tomó una cuerda, la enroscó haciendo un aro y lo lanzó en su dirección cuando pasaba por allí brincando. El alegre chaval cayó redondo en el suelo y ahí sigue. Le habían trincado.
La veracidad de esta historia puede comprobarse a diario. Y es que si un tímido chaval, encantador, aparece en el campo de visión de una aguililla, es presa fácil.
La característica de esta especie de rapaz es que en el primer contacto oculta sus verdaderas intenciones. De hecho, mientras a ti te costará más tarde acordarte de cuándo la viste por primera vez, ella lo relatará con detalle. ¡Lo tenía todo planeado¡ En el siguiente o próximos encuentros, en el que ella ya habrá retocado con otras semejantes los últimos detalles de tu futura captura, advertirás su interés y te dirás “anda, ¿a qué he ligao?”
Has caído en la tela de araña porque, ante semejante perspectiva, creerás que el que estás conquistando eres tú pero no, chaval, sólo estás cumpliendo con tu pequeño papel en el guión. Tú ahí esforzándote como si te fuera la vida en ello y ella, conseguido ya ser el centro de tu interés y sin intrusas en el horizonte, decidiendo en qué segundo va a permitir que dejes de hacer el payaso. Y si por un momento te despistas y te da por mirar a otra, reza porque no tenga amigas donde apoyarse. Notarás miradas como puñales en el cogote y el plan será perfeccionado. Si la aguililla está sola, tampoco te irá mejor. Al volver la mirada hacia ella, te avisará del agravio cometido para que nunca, y eso quiere decir nunca jamás, vuelvas a hacerlo de nuevo. Eres su presa, o preso, y ya no eres un ligue, eres un objetivo.
En este momento de la caza aún hay escapatoria, pequeña ave. Vuela, vuela mucho más alto, donde no te atrape. Agita tus alas y déjate llevar, libre, porque si te quedas allí, y te engatusas de esa mirada de corderilla asustada que necesita de tu protección, estás acorralado.
Los próximos días probarán toda suerte de tácticas de lo que se ha dado en llamar como método de acostumbramiento. A todos nos es conocido de que cuando hacemos una cosa igual, para qué vamos a cambiarla. Es decir, tenemos a todas nuestras neuronas entretenidas con cosas importantes como el próximo partido de liga y a qué hora corre Fernando Alonso, así que ellas aprovechan los pequeños detalles para ir minando nuestra capacidad de autonomía.
Me explico: la aguililla te acostumbra a darte un toque antes de acostarse. Tú lo asumes y si una noche, no hay, es absurdo preguntarse “estará con otro?” Te preocupas porque te han acostumbrado NO. Muy mal. Ella está en su casa riendo malignamente y retorciéndose las manos conocedora de que te estás comiendo el tarro.
U otra: tú no habías probado el zumo de tomate en tu vida, ni ganas, pero coges y te sorprendes un día pidiéndolo en un bar porque un día la aguililla te dijo “si no lo pruebas, no sabes si te gustará”, y ahí que ahora vas y pides dos, uno para ti y otro para ella.
La siguiente fase es simultánea aunque, total, tampoco te vas a dar cuenta. Tú, por lo que sea, eras de ver pelis de Bruce Willis, que nunca falla, o de chinos que se pegan hasta con las orejas porque te relajan, y de pronto te ves viendo cine iraní o la trilogía de Kierlohsvsky (¿cómo se llama este tío?) mirando a la pantalla con cara de árbol. ¿Por qué? Porque ya sabes que quejarte no te va a llevar a nada y ya ni te preguntas por qué hay ningún coche en llamas ni nadie saltando desde una cuarta planta.
Y todo un clásico de la fase del lavado de cerebro: “yo soy buena y te trato muy bien; todas las demás son unas lagartas”. Por si no te había quedado claro aún, las demás no existen.
Un día te descubres que le dices a los colegas “oye, que no puedo quedar, que es que me ha llamado (rellenar con nombre de aguililla)…”. Y entonces tu colega te dirá con razón “tío, te han trincado”, y, protestes lo que protestes y le llames como le llames, él tiene razón. Enhorabuena, eres un osito de peluche.
Puedes clamar al viento, erigirte como el sucesor de Spirit, el corcel indomable al que nunca le echarán el lazo, un espíritu libre, rebelde, para quien no ha nacido todavía en este mundo quien le ate a un palo. Pero eso sólo te valdrá para aumentar la sonoridad de la risa de tu colega que, seguro, está igual que tú. En fin, chicos, es normal, a fin de cuentas ellas son las mayores especialistas en hombres.

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