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‘Tiempo de atrevimiento’ para Europa

Carmen Pérez | 9 de septiembre de 2016 a las 7:41

TRIBUNA, 13/8/2016. A. Hermosa y C. Pérez

BASTA con recordar que en el campo de batalla Europa los tratados de paz eran las teas con las que se encendía la próxima guerra para asombrarnos de que los Estados europeos decidieran, en un acto de soberanía, renunciar a parte de la misma en favor de una soberanía supraestatal, desistiendo de seguir viviendo a solas su propia historia en aras de un futuro compartido. Desde entonces, Europa se ha ido construyendo, precisamente, a base de esas pérdidas: de la Comunidad Económica Europea (CEE) -que a su vez se asentó sobre la Comunidad Europea del Carbón y del Acero de 1950- a la Unión Europea (UE), organización activa ya en todos los frentes políticos; de ahí, al eurosistema (Ueme), cuando 19 de los socios decidieron aceptar una moneda común -el euro- y un único banco central -el Banco Central Europeo, BCE- que los ha integrado de forma mucho más intensa. No se equivocó Kant cuando mencionó como vía para alcanzar la paz fomentar las relaciones económicas entre los países. Ahora, cada 9 de mayo, en recuerdo de la histórica declaración de Schuman, celebramos en el Día de Europa la paz y la unidad del continente.

Pero nadie dijo que esta integración sería sencilla ni lineal ni segura: pasar de Hobbes a Kant no es fácil. Cuando el desarrollo de alguna iniciativa, como la zona única de pagos en euros (SEPA), conlleva que todos los socios sumen, y se limita a armonizar, coordinar o comprometer cantidades previamente establecidas no encuentra demasiados obstáculos -sí lentitud- en su camino; pero cuando el proyecto integrador implica asumir el riesgo futuro en común, la cosa se complica. Es el temor al riesgo moral, esto es, a que algún país eleve su riesgo económico propio porque sabe que son todos los que asumirán las consecuencias de su comportamiento, y temor además a que cunda el ejemplo.

Sucede con la Unión Bancaria, quizá el proyecto más ambicioso de toda la historia, que trata de solucionar la incoherencia -la crisis la evidenció- de que tengamos una moneda común y un mismo banco central, pero que los bancos sean nacionales. Su última fase, que supondría asumir conjuntamente el riesgo de los bancos europeos, sea cual sea su país de origen, se resiste: se tiene miedo de que el mal comportamiento económico de un país concreto derive en riesgo financiero bancario y que se traspase por esta vía su problema al conjunto. También sucede con el programa de compras de deuda pública del BCE, para el que se rechazó la mutualización del riesgo, que implicaría diluir la responsabilidad de uno u otro Estado concreto entre todos los socios europeos. A cambio se definió un sistema de distribución de riesgos: el riesgo -por impago de un Estado o depreciación del activo- se asume por cada Estado miembro en un 80%, aceptando compartir el resto del riesgo. Qué lejos queda esta solución de la creación de un Tesoro europeo, que emitiera eurobonos, con una común prima de riesgo.

Sin embargo, hoy, y precisamente, lo que no es una paradoja, como consecuencia de la crisis, estamos en un momento crucial. Proyectos como la Unión Bancaria y la creación de un Tesoro europeo son los más trascendentales de todos los que recoge el informe de los cinco presidentes (Juncker, Tusk, Dijsselbloem, Draghi y Schulz) del pasado año. Ponen a prueba a los socios sobre si realmente están dispuestos a alcanzar una verdadera Unión Económica y Monetaria, y exigirían en paralelo una integración política mucho más intensa. Con ellos ya no hay paños calientes: o confiamos o no confiamos los unos en los otros. Sin ellos seguiremos viendo países europeos, pero no veremos a Europa.

Hoy sí que es tiempo de atrevimiento, utilizando la expresión con la que Felipe González tituló su prólogo al libro Memorias de Jean Monnet en 1985, año de la firma de nuestro Tratado de Adhesión. La salida del Reino Unido de la UE -Brexit- no ha hecho más que acentuar esta encrucijada: o se abordan estos pasos para que la Ueme sea sostenible, o, en otro caso, llegará su fin. Hoy, cuando un viejo fantasma recorre de nuevo Europa, el fantasma de los extremismos -un cadáver eternamente redivivo en tiempos de crisis-, la osadía no sólo debería formar parte de la prudencia, sino también del sentido común.

 


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