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‘Trabajos de mierda’

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:19

TRIBUNA ECONÓMICA, 28/9/2018

La cuestión que plantea el antropólogo americano David Graeber en su libro Trabajos de mierda (Ariel, 2018) es bien provocativa. Al leer ese título seguramente lo primero que se nos viene a la cabeza es que se referirá a los innumerables trabajos mal pagados, que conllevan la realización de tareas duras, con horarios agotadores o que se desarrollan en condiciones penosas. Pero no, no va por ahí el planteamiento. El anarquista Graeber califica así “al empleo que es tan innecesario que incluso la persona que lo está haciendo cree íntimamente que ese trabajo no debería existir”. Y afirma que el número de empleos de esa clase es creciente.

Graeber distingue entre esos “trabajos de mierda” y los realmente útiles. Una primera prueba de fuego para saber en qué tipo clasificarlo puede ser imaginar el efecto que causaría si se pusieran en huelga. Así, si paran los que recogen la basura, los transportistas, los enterradores o los enfermeros, por citar algunos ejemplos, el caos se instalaría enseguida en la ciudad. Y también de otros muchos trabajos tenemos claro que benefician a la sociedad, como los médicos, científicos o profesores. Sin embargo, ninguno de ellos suele estar bien pagado, o al menos no tanto como otros cuya utilidad es más discutible.

La tipología que cita es amplia. Asesores de imagen o asistentes personales, cuya única función es que su jefe brille; los que existen sólo porque en otras empresas existen, como los relaciones públicas, televendedores o abogados de empresas; los que realizan tareas -informes, estadísticas, reuniones- prácticamente inventadas por sus jefes con el sólo fin de justificar o dar relevancia a sus puestos; los de supervisión cuando ésta no hace falta; y así un largo etcétera. Y en muchas ocasiones no se dan de forma pura sino que estas tareas inútiles están mezcladas con las que sí tienen sentido y gastan gran parte del tiempo.

La radical división propuesta de Graeber tiene la virtud de hacernos reflexionar sobre el hecho de que a medida que hemos ido ganando productividad gracias a la tecnología hemos ido perdiéndola también al rodear la producción de bienes y servicios de tareas superfluas que no añaden más al bienestar final. Son actividades de “suma cero”. Y no sólo es que la productividad salga perjudicada. Realizar tareas que no aportan, incluso con salarios altos, producen ansiedad y tristeza.

Resulta difícil admitir que en el ámbito privado puedan existir trabajos absurdos. Aunque su utilidad sea muy indirecta, por lógica deben ser necesarios. Si no, la lucha de las empresas en el mercado tendería a eliminarlos. Pero ahí está el fondo del problema. Cada vez hay más sectores en los que la sana competencia brilla por su ausencia. También el ámbito público es campo abonado para que estos trabajos proliferen. Sólo hay que ver la de veces que para la prestación de un servicio necesario se infla rápidamente una empresa pública, con multitud de cargos y de tareas adyacentes. Y el remate se produce cuando los oligopolios se entreveran con lo público, como sucede en el mundo financiero. Conjunción perfecta para que se disparen los “trabajos de mierda”.


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