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Por una inversión pública efectiva

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 3/7/2020

La Comisión Europea ha depositado sus esperanzas de recuperar la monumental caída de la actividad en el Recovery and Resilience Facility. Ese programa estará dotado con 750 mil millones de euros y se pretende que gran parte se dirija a facilitar inversiones públicas. La idea es que consigan impulsar a medio plazo la economía europea. Pero para eso deben estar bien diseñadas. Esta semana, el Banco de España, en su Informe Anual, nos ilustra sobre el tema de la inversión pública en uno de sus recuadros. Lo hace de forma genérica, aunque podemos aplicar sus reflexiones al plan de recuperación europeo.

El estudio cuantifica el impacto que un incremento permanente del 1% del PIB en inversión pública tendría en el crecimiento de la economía española. En general, en el corto plazo, la mayor demanda de bienes de inversión por parte del sector público aumenta directamente la producción y el empleo privados. Y a medio plazo, la expansión del stock de capital público produce mejoras de la productividad en el sector privado, con un incremento de su empleo y de producción. Pero cuatro factores influyen para lograr la mayor efectividad posible.

En primer lugar, depende de cómo se financie. Lo más efectivo es hacerlo mediante deuda, que modula el aumento recaudatorio en un plazo más dilatado. Hacerlo mediante impuestos provoca un efecto expulsión de la inversión privada que anula lo conseguido con la pública. También depende de la capacidad de reacción de la política monetaria para que los tipos de interés nominales no se eleven ante la posible subida de precios como resultado de la mayor demanda agregada. El Recovery and Resilience Facility, financiado por deuda europea y acompañado por el BCE, contaría con estos dos aspectos.

También contaría con el tercer factor de efectividad: el grado de coordinación internacional. Si se hace de forma conjunta, no se generan pérdidas de competitividad en ninguno de los países europeos y al mismo tiempo las mejoras en cada uno de ellos fomentan las exportaciones y el PIB de los otros. Una acción coordinada puede casi doblar el efecto interno de una expansión de la inversión pública.

Y es en el último factor en el que tendrán que afanarse los diferentes países, porque la efectividad depende fundamentalmente de lo que arrastre a la actividad privada. La complementariedad que tenga para generar externalidades positivas sobre la actividad privada es el condicionante más sensible y relevante. Y aunque este estudio no entre en ello, la colaboración público-privada también apalanca enormemente el impacto de la inversión pública.

Europa ha estado dormida en los laureles: la inversión pública se sitúa en el 2,7%, frente al 3,2% de EEUU o el 6% de China. El enorme consumo de recursos que conlleva el estado del bienestar ha desenfocado su atención hacia la inversión privada, sin facilitarla ni apoyarla con inversión pública en investigación básica, innovación o nuevas infraestructuras. Y en momentos de incertidumbre como los actuales, tiene además que tomar la iniciativa. Sin inversión -en digitalización o cambio climático, que son los retos de futuro- no será sostenible el gasto social, siempre creciente.

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