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Banca y cambio climático

Carmen Pérez | 4 de noviembre de 2018 a las 19:32

TRIBUNA ECONÓMICA, 2/11/2018

Este martes, Sabine Lautenschläger, miembro del BCE, pronunció en Nassau un excelente discurso, Diez años después de la crisis financiera: riesgos, normas y supervisión, en el que se preguntó si el sector bancario se ha convertido en un lugar más seguro. Aunque su respuesta es afirmativa, advierte de que este negocio evoluciona constantemente. Lo que es seguro hoy podría no serlo mañana. Repasa muchos riesgos que ya tiene encima la banca, como el Brexit, el cambio de política monetaria, las tensiones comerciales, los activos improductivos, la revolución tecnológica o la banca en la sombra. Pero también se detiene especialmente en unos riesgos que pueden convertirse en problemas del futuro: los relacionados con el cambio climático.

Cita los riesgos físicos, como tormentas, inundaciones, sequías, olas de calor o el aumento del nivel del mar. Estos fenómenos, que están siendo más frecuentes y más severos, en la medida que no estén convenientemente asegurados, tienen efectos muy directos sobre el riesgo crediticio de los bancos, entre otras cosas, a causa de las garantías dañadas.

También se refiere a todo el negocio que se está desarrollando en torno a la financiación verde. En este sentido, ya tuvimos ocasión de contar aquí hace unos meses el aumento espectacular que están teniendo los bonos verdes, cuyo volumen ha pasado de los 2.600 millones de dólares en 2013 a los 150.000 millones de dólares en 2017.

Lautenschläger señala que la innovación financiera puede ser muy positiva, pero advierte de la importancia de controlar las finanzas verdes tal como lo haríamos con cualquier otro tipo de innovación financiera. Sin embargo, como también recogimos aquí en otra tribuna, ya hay ejemplos de querer caminar hacia una economía más sostenible a costa de alterar la estabilidad financiera. El vicepresidente de la Comisión Europea, Valdis Dombrovskis, propuso que se estudiara la posibilidad de reducir los requisitos de capital para los préstamos verdes bancarios.

Por otra parte, también menciona cómo las políticas relacionadas con la transición a una economía baja en carbono puede tener consecuencias de gran alcance para muchos clientes de los bancos, como los fabricantes de automóviles o los proveedores de energía. O por lo que pudieran impactar en los precios de los commodities y la energía, que afectarían a su vez al riesgo de mercado bancario.

Resulta gratificante esta intención de “obligar a los bancos a prepararse para la tormenta cuando el sol está brillando”. Pero de nada sirve que los supervisores detecten las nubes que se acercan sin que los políticos esté alineados con ellos. Y es para echarse a temblar al escuchar lo que Lautenschläger nos dice: se repite la Historia; en tiempos de crisis todos están de acuerdo en fijar reglas estrictas. Pero tan pronto como las cosas comienzan a mejorar, las reglas se ven repentinamente como un impedimento para que los bancos hagan buenos negocios y la economía crezca. También es descorazonador oírla reconocer la lucha titánica que mantienen para evitar el arbitraje regulatorio, citando casos en los que se demuestra lo bien que saben los bancos maniobrar para sortear las reglas.

Ay, Italia

Carmen Pérez | 4 de noviembre de 2018 a las 19:30

TRIBUNA ECONÓMICA, 26/10/2018

El otro día se vivió en el Parlamento europeo una escena bochornosa. El eurodiputado de la ultraderechista Liga del Norte, Angelo Ciocca, cogió los papeles que acababa de leer el comisario europeo, Pierre Moscovici, los puso sobre la mesa y con uno de sus zapatos en la mano los pisoteó, dejando grabar su actuación en un vídeo. Su enfado provenía de que la Comisión europea había rechazado los presupuestos que habían presentado para 2019. Los que, según ellos, van a mejorar la vida de los italianos: “Italia merece respeto y estos euroimbéciles lo tienen que entender”. Están cerrados en banda. Al día siguiente, el ministro del Interior, Matteo Salvini, lo dijo claro: “Aunque la Comisión mande doce cartas, el Gobierno italiano no cambiará sus presupuestos”.

“Nosotros proponemos una receta distinta porque apostamos por el crecimiento de Italia”. Y ese crecimiento lo piensan conseguir a base de aumentar el gasto público; tanto como para que las cuentas arrojen un déficit del 2,4% del PIB en 2019. Pero con un PIB creciendo al 1,5%, como pretenden alcanzar, les sería posible revertir el crecimiento del ratio de deuda pública sobre el PIB. Así, lo sitúan el año que viene en el 130% del PIB, algo menor que el valor actual del ratio.

Pero la Comisión no confía en estas cuentas. Considera que los gastos se cumplirán seguro, pero que no son ciertos los ingresos. No otorga credibilidad al ritmo de crecimiento que ellos dicen; lo rebajan al 0,9%. Y si los ingresos no alcanzan los niveles presupuestados, el déficit en el que incurrirán será incluso mayor del 2,4%, siendo éste además el triple de lo inicialmente acordado. La desviación es de casi 25.000 millones de euros. La deuda pública se desmandaría, según los cálculos europeos.

Ese nivel de déficit lo han presentado en muchas ocasiones otros países de la Eurozona, pero el elevado nivel de deuda pone a Italia, y a toda Europa, en una situación muy delicada. El problema de sus presupuestos son los intereses de la deuda, que alcanzan los 65.000 millones de euros. Y pueden elevarse: su prima de riesgo supera los 300 puntos básicos. ¡Esto se debe a una conspiración contra los bonos italianos!, diría Salvini. El mes pasado manifestaba al periódico Deustsche Welle que si la prima de riesgo italiana se ha duplicado desde que ellos llegaron al poder es porque los Lords of the spread están conspirando contra los populistas de Italia.

Que se deje de cuentos. Muy al contrario, si ha habido una conspiración ha sido a su favor por el Banco Central Europeo (BCE), que lleva años cuidando de todas de las primas de riesgo europeas, porque lo necesitaban algunos países, especialmente Italia. Ayer, el Consejo de Gobierno del BCE mantuvo la ruta prefijada: las compras de deuda cesarán en diciembre. Eso no supone acabar con la política monetaria, Draghi reiteró que seguirá siendo muy acomodaticia gracias a la reinversión de vencimientos. Será poco para los populistas italianos, que reclamarán que prosigan las compras o que el BCE les perdone la deuda. Así que, cualquier día, en algunas de esas reuniones, algún miembro del Gobierno de Italia quizá zapateará también los papeles con las decisiones de política monetaria.

 

Teatro financiero

Carmen Pérez | 4 de noviembre de 2018 a las 19:28

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/1o/2018

Una de las propuestas contenidas en el acuerdo de Presupuestos Generales del Estado de 2019, pactado entre el Gobierno y Unidos Podemos, es la de gravar determinadas transacciones financieras. Se podría esperar de esta coalición que liderara iniciativas, aquí y en Europa, para reformar en profundidad el sistema financiero, que está tan lleno de privilegios. Pero no, lo que proponen es aplicarle un Impuesto a las Transacciones Financieras (ITF), con la que sólo se conseguirá recaudar una cantidad, que no será muy alta por las características del impuesto y que, además, terminará pagando el inversor medio. Por su parte, el mundo financiero protesta, pero en el fondo tiene que estar encantado con lo que podía haber sido y, sin embargo, en lo que ha quedado este impuesto.

Este impuesto, y más duro, ya se trató de poner en marcha desde Europa en 2011. Desde entonces, una serie de países, como el Reino Unido, se opusieron a seguir para adelante; otros decidieron continuar unidos con el proyecto. Pero finalmente cada uno ha dispuesto a su antojo, y en todos los casos de manera mucho más débil que la versión original propuesta. Y, dicho sea de paso, no debe estar muy orgullosa la Comisión Europea con esta fragmentación, cuando no deja de afirmar lo mucho que se está trabajando para alcanzar una Unión de Mercados de Capitales auténtica.

El ITF español, en línea con los otros países europeos, afectará exclusivamente a lo más básico: las compras de acciones. Y no a todas. Sólo a las acciones de empresas cotizadas y que tengan una capitalización bursátil superior a 1.000 millones de euros. En total, unas 65 empresas, incluyendo todas las del Íbex 35. Queda fuera del impuesto, por tanto, la renta fija pública y privada. Tampoco alcanza a las operaciones con derivados, y seguramente estarán exentas las operaciones intradiarias: todas las más profesionales y especulativas, y por las que se podría recaudar más dinero.

Tomando como referencia lo que sucede en Francia, y contando con la estructura de nuestro mercado y con las características específicas con las que se ha diseñado el impuesto español, con un tipo del 0,2%, se estima que la recaudación no superará los 700 millones de euros. Eso en el mejor de los casos, porque puede provocar la disminución de la negociación, perjudicando así la profundidad y liquidez del mercado. O que, con la libertad que tienen los capitales para circular por este mundo tan globalizado, empresas e inversores emigren hacia otras plazas financieras.

Así, este impuesto es puro teatro. El Gobierno y Unidos Podemos lo utilizan de escaparate electoral, como si fuera un freno a la especulación financiera, como una batalla ganada a las perversas instituciones financieras, cuando no viene a mejorar en absoluto la esencia del sistema financiero. También ocultan a la población que la recaudación terminará saliendo de sus bolsillos, directamente o a costa de la rentabilidad de sus fondos de inversión o planes de pensiones. Por su parte, las instituciones financieras se quejan como si les fuera a dañar gravemente, sabiendo que tienen bien controlada la situación en Europa y en todos los países que han implantado el impuesto.

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¿Por qué los salarios no suben?

Carmen Pérez | 4 de noviembre de 2018 a las 19:25

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/10/2018

En 2014 dejamos atrás la crisis y volvimos al crecimiento económico, y de forma potente. En los últimos tres años el PIB se ha incrementado a un ritmo medio superior al 3% anual. Sin embargo, la evolución de los salarios no ha acompañado como debiera a esta recuperación económica. Ni aquí en España ni en la mayor parte de las economías avanzadas. ¿Qué está fallando? El Banco de España ha publicado esta semana un artículo, La moderación salarial en España y en la UEM, que compara lo que teóricamente se esperaba que pasara y lo que realmente está pasando.

La tasa de paro es uno de los factores con el que usualmente la teoría económica ha explicado los crecimientos salariales. Así, a medida que escasea la disponibilidad de trabajadores en un ciclo expansivo, la presión sobre los salarios aumenta. Pero la realidad ha sido otra. Desde 2013 la tasa de paro ha ido disminuyendo y esta reducción no ha venido paralela al aumento en la tasa de crecimiento salarial que corresponde.

Esto pone de manifiesto que la tasa de paro como tradicionalmente se ha medido no refleja bien la situación del mercado de trabajo de hoy en día. El estudio señala el alto crecimiento de la tasa de trabajadores a tiempo parcial, que están así de forma involuntaria porque declaran estar dispuestos a trabajar más horas. También habría que contar con un porcentaje considerable de desempleados desanimados, que han dejado de buscar trabajo.

Estas conclusiones no son nuevas. Ya hizo referencia a este asunto Mario Draghi, en su discurso en el Foro de Bancos Centrales el año pasado en Sintra, denunciando el precario empleo que se está creando, que conlleva que en las negociaciones se priorice conseguir más horas o seguridad en el empleo, y no salarios más altos. También aludió a los subempleados, a los que han abandonado la búsqueda y a los marginalmente vinculados a la fuerza de trabajo. Y dio una cifra: el paro con estas premisas en la Eurozona no sería del 10%, sino del 18% de la población activa.

Entonces Draghi explicaba que la inflación no sube si no se elevan los salarios. Pero también podría plantearse esta relación, como en este estudio, en sentido contrario. Así, las expectativas sobre la evolución de los precios presionan en la negociación de los convenios colectivos con el fin de que no se produzca un deterioro del poder adquisitivo de los trabajadores. Y estas expectativas se han mantenido relativamente moderadas durante la recuperación económica, atascándose inflación y salarios mutuamente.

Con una holgura en el mercado de trabajo tan amplia sólo estaba, y está, en la responsabilidad de los empresarios trasladar a sus trabajadores parte de la mejora que ellos sí han estado experimentando en sus resultados estos últimos años. Sin embargo, la subida salarial sería un hecho con el pacto de PSOE y Podemos para situar el SMI en 900 euros. Y no sólo para los de ese escalón sino que esto presionaría para que mejoraran todos los escalones por encima. ¿Pero es oportuna y conveniente esa medida? Esta noticia saltó ayer a la vez del descenso de las Bolsas provocado en gran parte por las expectativas futuras de desaceleración económica…

Mamá Eurozona

Carmen Pérez | 4 de noviembre de 2018 a las 19:22

TRIBUNA ECONÓMICA, 5/10/2018

Desde esta semana el sistema financiero de la Eurozona cuenta con un banco más: Nordea Bank Abp. Se ha venido con nosotros -a Finlandia- desde Suecia, país que no pertenece al eurosistema. El 1 de octubre se efectuó el cambio de la sede social de Estocolmo a Helsinki, pero a nivel operativo todo permanece igual, apenas unos 20 empleados han tenido que desplazarse.

La noticia es importante porque no es un banquito pequeño, es el más grande de la región nórdica, está catalogado como “too big to fail“. Con él ya tenemos ocho. Y es importante también este hecho porque Nordea pasa directamente a formar parte de la Unión Bancaria Europea. O sea, que su riesgo es ya, de hecho, nuestro riesgo. Y puede serlo pronto también de derecho.

Este consorcio bancario tiene más de 10 millones de clientes, unos 30.000 empleados y 600 sucursales en Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Rusia. A Suecia se le ha ido con su marcha el 36% de su sector financiero. Y si era significativo para el país saliente, aún lo es más para el entrante. Se convierte en su mayor compañía por capitalización bursátil, 39.000 millones de euros, desbancando a la tecnológica Nokia. Sus activos, 580 mil millones de euros, equivalen a más de 2,5 veces el PIB finlandés.

El cambio empezó a gestarse el año pasado, cuando el gobierno socialdemócrata sueco decidió aumentar a las entidades financieras la contribución que tienen que hacer a un fondo estatal con el que contar en caso de una crisis bancaria. “Nordea no puede ser una vaca que se ordeñe sin fin”, dijo entonces su presidente, Björn Wahlroos. Con el traslado espera ahorrarse unos 1.200 millones de euros. E l dinero no entiende de patria.

Los suecos se quedan sin esos ingresos, pero también eliminan el riesgo para los contribuyentes si llega una crisis bancaria y se activa la garantía pública a los depósitos. Para Finlandia, más allá del glamour que significa tener en su territorio un banco tan grande, ni le aumentan significativamente los ingresos fiscales ni el número de empleados del banco. Y ha tenido que contratar un 10% de personal extra para supervisarlo y eso que por su tamaño Nordea pasa directamente a ser supervisado por el Banco Central Europeo. Además el riesgo que suelta Suecia es el que asume Finlandia, y de paso todos nosotros por pertenecer este país a la Unión Bancaria.

Nordea nunca se hubiera ido a Finlandia si no perteneciera al eurosistema. Hoy en día la solvencia de un banco se mide por la fortaleza del Estado que tenga detrás respaldándole. Es absurdo pensar que Finlandia por sí sola pueda ser garantía para su sector bancario cuando, con la incorporación de Nordea, sus activos casi cuadriplican el PIB finlandés. “Finlandia, como parte de la Unión Bancaria, es un mejor hogar para Nordea”, dijo Wahlroos. Sin duda alguna. También es verdad que ha puesto confianza en que finalice este proceso de Unión Bancaria, que aún está incompleto. Finlandia también estará rezando para que esto suceda. Y a la Eurozona le toca reflexionar si es Suecia la que tiene razón y valorar si lo que se le exige aquí a la banca para preservar la estabilidad financiera es suficiente.

‘Trabajos de mierda’

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:19

TRIBUNA ECONÓMICA, 28/9/2018

La cuestión que plantea el antropólogo americano David Graeber en su libro Trabajos de mierda (Ariel, 2018) es bien provocativa. Al leer ese título seguramente lo primero que se nos viene a la cabeza es que se referirá a los innumerables trabajos mal pagados, que conllevan la realización de tareas duras, con horarios agotadores o que se desarrollan en condiciones penosas. Pero no, no va por ahí el planteamiento. El anarquista Graeber califica así “al empleo que es tan innecesario que incluso la persona que lo está haciendo cree íntimamente que ese trabajo no debería existir”. Y afirma que el número de empleos de esa clase es creciente.

Graeber distingue entre esos “trabajos de mierda” y los realmente útiles. Una primera prueba de fuego para saber en qué tipo clasificarlo puede ser imaginar el efecto que causaría si se pusieran en huelga. Así, si paran los que recogen la basura, los transportistas, los enterradores o los enfermeros, por citar algunos ejemplos, el caos se instalaría enseguida en la ciudad. Y también de otros muchos trabajos tenemos claro que benefician a la sociedad, como los médicos, científicos o profesores. Sin embargo, ninguno de ellos suele estar bien pagado, o al menos no tanto como otros cuya utilidad es más discutible.

La tipología que cita es amplia. Asesores de imagen o asistentes personales, cuya única función es que su jefe brille; los que existen sólo porque en otras empresas existen, como los relaciones públicas, televendedores o abogados de empresas; los que realizan tareas -informes, estadísticas, reuniones- prácticamente inventadas por sus jefes con el sólo fin de justificar o dar relevancia a sus puestos; los de supervisión cuando ésta no hace falta; y así un largo etcétera. Y en muchas ocasiones no se dan de forma pura sino que estas tareas inútiles están mezcladas con las que sí tienen sentido y gastan gran parte del tiempo.

La radical división propuesta de Graeber tiene la virtud de hacernos reflexionar sobre el hecho de que a medida que hemos ido ganando productividad gracias a la tecnología hemos ido perdiéndola también al rodear la producción de bienes y servicios de tareas superfluas que no añaden más al bienestar final. Son actividades de “suma cero”. Y no sólo es que la productividad salga perjudicada. Realizar tareas que no aportan, incluso con salarios altos, producen ansiedad y tristeza.

Resulta difícil admitir que en el ámbito privado puedan existir trabajos absurdos. Aunque su utilidad sea muy indirecta, por lógica deben ser necesarios. Si no, la lucha de las empresas en el mercado tendería a eliminarlos. Pero ahí está el fondo del problema. Cada vez hay más sectores en los que la sana competencia brilla por su ausencia. También el ámbito público es campo abonado para que estos trabajos proliferen. Sólo hay que ver la de veces que para la prestación de un servicio necesario se infla rápidamente una empresa pública, con multitud de cargos y de tareas adyacentes. Y el remate se produce cuando los oligopolios se entreveran con lo público, como sucede en el mundo financiero. Conjunción perfecta para que se disparen los “trabajos de mierda”.

Una innovación financiera simple y sorprendente

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:16

TRIBUNA ECONÓMICA, 21/9/2018

La innovación en finanzas ha venido asociada generalmente a un mayor grado de complejidad. Productos enrevesados, como las opciones exóticas de tipo asiático, procedimientos oscuros, como la titulización sintética, o valoraciones que utilizan intrincados modelos matemáticos hacen que las finanzas constituyan un mundo inaccesible. Ingeniería financiera la llaman. Sin embargo, recientemente se ha producido una innovación completamente rompedora que no puede ser más simple. A alguien en EEUU se le ha ocurrido una feliz idea: crear un banco con un modelo de negocio sorprendente. Ha conseguido todos los permisos, sólo está a falta de que el banco central americano, la Reserva Federal (FED), le abra la cuenta para empezar a operar. Tiene por ley que hacerlo, pero ha dicho “NO”. Por supuesto, el banco aspirante le ha puesto una demanda.

TNB, que así se llama el banco, acrónimo de The Narrow Bank, quiere que su actividad consista exclusivamente en captar depósitos -en principio, de grandes inversores institucionales como fondos monetarios o compañías de seguros- y aparcarlos en la FED. Y como actualmente la FED retribuye los depósitos de los bancos al 1,95%, trasladaría este tipo de interés prácticamente completo a sus depositantes. Una rentabilidad muy atractiva porque el interés medio de los depósitos en los bancos comerciales es del 0,09%. Arbitraje puro y duro de tipos de interés, pero legal, y con seguridad absoluta y óptima rentabilidad para los depositantes.

Ésta es la respuesta privada a una iniciativa que viene de lejos -desde el plan Chicago, 1933- y que se ha reactivado desde la crisis: que los bancos centrales permitan abrir cuentas a particulares y empresas para que depositen allí su dinero. La tecnología blockchain la hace más factible. La alternativa propuesta estaría a medio camino: los depósitos estarían igualmente en el banco central pero la operativa sería privada. TNB no está dispuesto a rendirse: ¡el capitalismo defiende la libre competencia!

Ese modelo de negocio podría importarse para la Eurozona, aunque el tipo de interés actual para los depósitos de los bancos en el Banco Central Europeo es del -0,4%, por lo que un narrow bank tendría que trasladarle un coste aún más alto a sus depositantes. Pero estas condiciones no tardarán en cambiarse. Además, los grandes fondos ya vienen siendo penalizados y la total seguridad de la que disfrutarían podría compensarles, porque éstos no están cubiertos con el seguro público de depósitos.

“Motivos políticos” es lo que se ha alegado para dar la negativa. ¿Qué temen, que afecte a la estabilidad financiera si son 100% seguros?, ¿que tengan que reorientar la política monetaria?, ¿o es que este banco de bancos (la FED es una entidad privada) está protegiendo a los suyos? El temor puede estar en que esta iniciativa podría extenderse en el futuro a depositantes minoristas -particulares y empresas-. Es más, si en el mercado existiera una solución para aquella parte de la población que quiera depósitos 100% seguros, ¿por qué habría de mantenerse el nefasto seguro de depósitos público? La FED sabe bien que por una rendija puede naufragar un barco.

Sin aprender de la crisis

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:14

TRIBUNA ECONÓMICA, 14/9/2018

Al cumplirse diez años de la caída de Lehman Brothers, la prensa económica y muchos think tanks se han volcado con el acontecimiento y han abierto secciones especiales para analizar con el reposo que da el tiempo las causas que llevaron a la mayor crisis financiera de la historia y sus consecuencias. En el debate también se examina si al menos ha servido para algo. The Economist, que le dedica el número actual, no es muy optimista al respecto: “El mundo no ha aprendido las lecciones de la crisis financiera”. Su portada -siempre genial- no puede ser más expresiva: bancos con tiritas aplicadas en sus heridas, dando a entender que ahora son más seguros, pero que lo que sucedió en 2008 puede volver a ocurrir nuevamente.

En la misma línea se pronuncian muchos de los comentaristas del Financial Times. Martin Wolf se pregunta: “¿Por qué ha cambiado todo tan poco desde el colapso financiero?”. El artículo es muy largo pero es posible resumirlo en una sola frase: porque no se ha querido caminar hacia un futuro diferente sino simplemente volver al pasado. O la demoledora opinión de Gillian Tett, que concreta con datos: fue una crisis de deuda: ahora hay más; se puso de manifiesto el peligro de los bancos demasiado grandes para caer: hoy en día son aún más grandes; y la banca en la sombra, que se detectó como problema, ha doblado su tamaño.

Y es que las soluciones que se han aplicado han sido necesarias pero de ningún modo han sido suficientes. Se le entregó el poder a los bancos centrales para que fueran ellos los que resolvieran la papeleta. Pero la política monetaria encuentra serias dificultades para reactivar en solitario la economía cuando se deprime tanto. Se puede suministrar liquidez a chorros y bajar los tipos de interés hasta el subsuelo, que la capacidad para que esa munición haga efecto en la economía real es lenta y limitada. Además provoca burbujas financieras y perjudica el saneamiento empresarial adecuado.

Con todo, finalmente consiguieron evitar la deflación y que las economías volvieran al crecimiento. Ahora lidian con la difícil retirada de los estímulos monetarios. Ayer, el Banco Central Europeo mantuvo sin cambios el camino fijado en junio hacia la normalización monetaria, pese a que se ha revisado el PIB ligeramente a la baja y de los nuevos riesgos globales. El Banco de Inglaterra también mantuvo los tipos de interés y el de Turquía los elevó un 6,5%.

Los bancos centrales hacen su tarea. Es a los políticos a los que les queda la asignatura principal pendiente: transformar la economía actual y mejorar sus fundamentos.

En estos días de aniversario de la caída de Lehman Brothers son muchas las ideas que se lanzan: eliminar la deducción fiscal por intereses, reducir el altísimo apalancamiento bancario, luchar contra los monopolios que impiden la sana competencia, revisar el por qué de los desmesurados salarios de los directivos, mejorar la supervisión financiera internacional, limitar las actividades de “suma cero”, permitir cuentas a particulares y empresas en los bancos centrales, y así otras muchas propuestas interesantes. Es tiempo de enderezar el viciado capitalismo en el que nos encontramos.

Alertas económicas amarillas

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:11

TRIBUNA ECONÓMICA, 7/9/2018

En estos días pasados se ha constatado a través de algunos indicadores económicos lo que se venía adelantando desde comienzos de año: que la velocidad que traía la economía desde 2015 ha empezado a ralentizarse. Hemos sabido que el frenazo del turismo se ha extendido a los meses de verano, los más importantes para el sector turístico. También hemos conocido los malos datos del paro y de la afiliación a la Seguridad Social del mes de agosto. El indicador de ventas del comercio minorista encadena ya tres meses de descenso. Las exportaciones, uno de los sectores que ha tirado de la economía, en el último trimestre lo hizo con menor fuerza. El Banco de España, por su parte, ha advertido del debilitamiento del consumo.

En suma, el PIB creció en el segundo trimestre un 0,6%, el peor dato en este periodo desde 2014. Y a las previsiones de crecimiento para los próximos trimestres no dejan de arañárseles décimas. Sin embargo, aunque menor, “el crecimiento seguirá siendo robusto en los próximos meses”, manifestó ayer Nadia Calviño, la ministra de Economía y Empresa.

Pero mejor será no instalarse en la complacencia y contar con los varios e importantes shocks externos que pueden presentarse y perjudicar a nuestra economía. Como la guerra comercial abierta por Donald Trump, que ya nos ha afectado directamente, por ejemplo con la aceituna de mesa, y que habrá que ir viendo cómo se sigue desarrollando, porque pueden ser otros los sectores afectados o que nos repercuta indirectamente. O como la situación en Turquía y Argentina, y el posible contagio a otros emergentes, que podría perjudicar a numerosas empresas españolas, incluidas algunas del sector financiero, que tienen una exposición muy importante en esos países.

Tampoco podemos olvidarnos del Brexit, que estamos en la cuenta atrás, el final está previsto para marzo de 2019. Hay que recordar que el mercado británico supone el 7% de nuestras exportaciones. Y también su impacto podrá notarse en el turismo: uno de cada cinco turistas que llegan a España vienen de Reino Unido. Luego está Italia, el principal motivo de preocupación en Europa actualmente. Su bono cotiza por encima del 3%. Ahora nuestros bonos soberanos pueden estar beneficiándose de su crisis, pero si se desencadena allí el diabólico bucle entre banca y deuda soberana, puede desestabilizarse toda la Eurozona. Y por último, el riesgo más cercano es Cataluña, un problema político pero que puede tener adversas consecuencias económicas.

Nuestros gobernantes no deberían olvidar tampoco la posición de vulnerabilidad financiera en la que nos encontramos antes de aplicar sus recetas, que por ahora se han concretado sólo en aumentos del gasto. Ya no es posible tirar de deuda como se tuvo que hacer tras estallar la pasada crisis financiera. Nuestra deuda pública es altísima y muy dependiente de los inversores extranjeros. Y no vamos a contar para su sostenibilidad con el mismo nivel de ayuda que hemos tenido estos últimos años por parte del Banco Central Europeo, que quiere ir suavizado su expansiva política monetaria. Así que cuidado, que las alertas económicas pueden pasar del amarillo al rojo.

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Estructura empresarial y política monetaria

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:08

TRIBUNA ECONÓMICA, 31/08/2018

El encuentro de este año en Jackson Hole (Wyoming) ha sido de lo más interesante. En esa localidad se produce cada final de verano una reunión de banqueros centrales, ministros de finanzas y académicos de todo el mundo. Hablaron de tipos de interés, inflación, o el camino adecuado a seguir hacia la normalización monetaria. También, de los temas candentes como la guerra comercial o la devaluación de la lira turca. Pero además este año se han centrado especialmente en otro tema no monetario, de economía real: los cambios que se están produciendo en la estructura empresarial, y de cómo esta evolución puede afectar a las decisiones de política monetaria.

Así, los conferenciantes han resaltado la mayor “liquidez” de las empresas de hoy en día. Los datos muestran que el menor nivel de inversiones en activos físicos va paralelo a la creciente importancia que está tomando el capital inmaterial: se invierte cada vez más en activos intangibles, como software de gestión empresarial, big datacloud computing y otras tecnologías de la información.

También han constatado que se está produciendo una alta concentración en la estructura empresarial. Desde finales de los noventa ha tenido lugar, y no solo en EEUU, una creciente concentración empresarial en el sector productivo y de servicios, y de forma muy acusada en el mundo financiero. Y este mayor poder de mercado de las grandes compañías provoca una reducción de la competencia.

Estos dos fenómenos -intangibilidad y concentración- no son ajenos, la intensidad en intangibles está correlacionada con las cuotas de mercado. Las propiedades económicas que posee el capital intangible puede ser un factor determinante en este aumento de la concentración, por las economías de escala que proporcionan o por la capacidad de excluir rivales que conllevan.

Otra características que se destacó fue la baja productividad de las empresas. Aumenta hoy en EEUU un 3,4% cuando lo hacía al 5,7% en los años noventa: la revolución actual -la digitalización- no parece estar incrementando la productividad a los niveles que sí lo hizo por entonces la computación. O bien pudiera pasar que esa productividad no es medible debido a la diferente composición de activos intangibles y físicos.

Esta nueva estructura, además, puede estar favoreciendo que las empresas se comporten como “monopsonios” en el mercado laboral: un único empleador interactúa con muchos posibles trabajadores para su empresa, y recurre además a técnicas, como el outsourcing, que rebajan el poder de negociación de estos. Esta concentración de los empleadores ayuda a explicar el bajo crecimiento de los salarios, inentendible en EEUU, que disfruta de pleno empleo.

En definitiva, pocos actores con mucho poder para fijar precios y con mucho poder para influir en los salarios. Amazon fue el ejemplo tratado en Jackson Hole. No es de extrañar que esto ocupe a los banqueros centrales, por la fuerza deflacionista que conlleva esta nueva estructura. Pero quienes también deberían implicarse de lleno son los gobiernos para ponerle límites al poder de estas empresas si merman la libre competencia y los derechos de los trabajadores.