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Collage financiero

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:31

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/2/2021

La semana pasada Jens Weidmann, el presidente del Bundesbank, concedió una entrevista al diario alemán Augsburger Allgemeine. Pocos días antes, alrededor de un centenar de economistas publicaron un manifiesto encabezado por el francés Thomas Piketty y al que se adhirieron la presidenta del PSOE, Cristina Narbona, y el secretario de Estado de Derechos Sociales y responsable económico de Podemos, Nacho Álvarez. Constituyen dos posturas tan dispares como la noche y el día. Saltan chispas al ponerlas una junto a la otra. Y para los españoles más, si, completando este collage explosivo, colocamos en medio la voluminosa cifra de nuestra deuda pública, publicada esta semana por el Banco de España.

Weidman deja en la entrevista sus dogmas bien claros: el respeto absoluto por la ortodoxia fiscal, por la estabilidad de los precios y por la iniciativa privada. Así, advierte de que las finanzas públicas de la zona del euro deben ponerse en orden después de la crisis del coronavirus. Además, exige que el BCE retire esta política monetaria tan expansiva en cuanto se prevea que se va alcanzar la tasa de inflación objetivo. Tajante, espera que llegado ese momento no le falte determinación al BCE, aun cuando aumenten los costes de financiación para los países altamente endeudados. Por último, afirma que, aunque por la crisis han intervenido masivamente, los estados deben retroceder: lo hacen mejor los empresarios.

La tensión para los próximos años está asegurada. Y España está en el centro de la diana. La deuda pública española ha cerrado 2020 en 1,31 billones de euros, lo que supone un incremento de 122.439 millones de euros, la cantidad que prácticamente el BCE ha comprado. Y si se suman las compras en todos estos últimos años, resulta que el BCE es el dueño de más de 300.000 millones de euros de deuda española. Por otra parte, el déficit público de 2020 supera el 11% del PIB y se espera que continúen muy altos también los próximos años.

Con estas circunstancias, se hace difícil aceptar la rígida postura del alemán: a España le va a resultar imposible sostener su prima de riesgo sólo con sus fuerzas propias. Pero de la solución de Piketty hay que desconfiar, aunque en principio parezca tan ventajosa. No abre el debate sobre la conveniencia de una mayor flexibilidad fiscal y de que la ayuda monetaria se extienda en cantidad y tiempo suficientes para procurar la sostenibilidad de la deuda, sino que propone directamente que el BCE condone las deudas (o transformarlas en deudas perpetuas sin intereses). Supondría el perdón de casi 2.500.000 millones de euros para toda Europa.

El manifiesto no considera las posibles repercusiones que tendría en la inflación y desprecia completamente la disciplina fiscal y el control de la deuda. Con todo, lo peor es la segunda parte de la propuesta: ¡que volvieran a gastarlo! El “perdón del BCE” sería a cambio de que los estados se comprometan a invertir las mismas cantidades en la reconstrucción ecológica y social. Ellos dicen que ese sería un primer signo fuerte de que Europa está recuperando su destino, pero más bien esconde el deseo de aprovechar la oportunidad para incrementar el poder y el control del Estado.

El final de la espuma

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:29

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/2/2021

Desde marzo de 2020, todo ha sido recibir malos datos económicos. Caídas del PIB históricas. Incremento del desempleo. Empresas quebradas o abocadas al cierre. Abultados déficits públicos. Deudas públicas disparándose. Y, a pesar de la esperanza que suponen las vacunas, sigue sin divisarse completamente despejado el horizonte. Sin embargo, cualquiera lo diría a decir de la evolución de las bolsas. Salvo algunas, rebosan optimismo. Al inicio de la pandemia, el miedo provocó fuertes caídas en los mercados bursátiles, pero enseguida empezaron a recuperarse los niveles previos. Es más, numerosos índices alcanzan actualmente máximos históricos, como el Nasdaq, que se ha revalorizado el 47,58% en 2020. Y el comienzo de 2021 está siendo eufórico.

Podría aducirse que las cifras de la economía ven el pasado, pero que los mercados miran al futuro y que los inversores han dado por hecho que la pandemia es algo transitorio. Además, al calor de las subidas muchos inversores minoristas se están incorporando. También quieren un trozo del pastel. Ya era una tendencia antes del virus, pero ahora se ha acentuado. No siguen la estrategia clásica de comprar y mantener, sino que operan a través de las redes sociales y las nuevas plataformas on line, con costes de transacción casi nulos. En estas semanas pasadas hemos visto cómo mueven el mercado cuando lo hacen de forma masiva y organizada.

Lo cierto es que no hay muchos sitios para llevar el dinero. La actuación de los bancos centrales está empujando a los inversores hacia las acciones, que son los únicos activos que ofrecen algo de rentabilidad en un mundo de tipos de interés negativos. Las valoraciones que se están alcanzando son demasiado altas. El indicador Buffett ha registrado un máximo de 13 años: las acciones mundiales ahora equivalen al 122,4% del PIB mundial, la mayor sobrevaloración desde la crisis financiera.

Los bancos centrales llevan una década comprando masivamente activos financieros, y con la pandemia de forma desaforada. Se metieron en esta dinámica y no saben ni a dónde puede conducirles y ni siquiera si llegará el momento en que puedan detenerse. Y las bolsas bailan más al ritmo de los bancos centrales que al de los resultados de las empresas o las previsiones macroeconómicas. Société Générale ha calculado que el S&P500 y el Nasdaq se situarían un 50% y un 40% por debajo sin el QE de la Reserva Federal.

El FMI ya ha alertado: la diferencia entre los precios de los activos y las valoraciones basadas en los fundamentales está cerca de máximos históricos en la mayoría de los mercados de bonos y acciones de los países avanzados; el BIS, por su parte, ha remarcado la distancia entre las valoraciones de los activos de riesgo y las perspectivas económicas. “Es difícil cronometrar el final de esta espuma”, afirmaba hace pocos días un director de un fondo de inversión. Y tanto. Lo mismo, mientras sigan los mercados nadando entre estímulos monetarios, la distorsión financiera exagerada siga persistiendo durante algún tiempo sin problemas. O no, porque en cualquier momento puede presentarse por sorpresa un evento que agite el frágil e inestable equilibrio actual y precipite la espuma drásticamente.

Oh, Draghi, ¡y al otro lado!

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:27

TRIBUNA ECONÓMICA,  5/2/2021

Sorpresivamente, de nuevo Mario Draghi está en el candelero. Lo estuvo durante ocho años, en ese tiempo cuando la política monetaria se volvió tan importante para los españoles que cada día se discutía hasta en los bares sobre la prima de riesgo y nos echaban por la tele, dobladas al español y todo, sus comparecencias tras las reuniones del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo. Desde que terminó su mandato, a finales de 2019, sólo ha aparecido puntualmente, cuando acudían a él para saber su opinión sobre asuntos de relevancia por su seriedad y la auctoritas que ostenta. Ahora, el presidente de la República italiana, Sergio Mattarella, le ha llamado para que tome el mando de Italia. Si fue capaz de salvar al euro, también será capaz de salvar a su patria.

En esta ocasión se situaría en el lado de los que deciden las ayudas sino del lado de los que las aprovechan. Además, ahora el planteamiento con el que se encuentra es distinto. Él pidió una y otra vez un apoyo fiscal europeo que se aplicara en paralelo al monetario que desde el banco central se proporcionaba. No le hicieron casi ningún caso. Su sucesora, Christine Lagarde, ha tenido mayor éxito en esto. En realidad, ha sido el virus el que ha conseguido que Europa sea más Europa y no sólo una reunión de países europeos. ¡A la fuerza ahorcan! La intensa gravedad del problema, que fuera una causa externa la que provocaba la crisis y que afectara simultáneamente a todos los territorios han conducido a la puesta en marcha de un fabuloso programa de estímulos, que incorpora incluso subvenciones a los países más débiles y afectados, como son los casos de Italia y de España.

Pero no nos engañemos. A eso también se ha llegado porque cuando la pandemia se desató las armas de política monetaria estaban ya muy gastadas. Cuando llegó Mario Draghi al BCE, se aplicaban sólo unos estímulos monetarios “acomodaticios”. Él tuvo que abrir la caja y llevar las herramientas tradicionales hasta el extremo y, no siendo aún suficiente, poner otras medidas no convencionales en marcha. Desde entonces, estas últimas se han utilizado tanto y en tal medida que se han normalizado. Draghi bien sabe cómo están protegiendo al Gobierno italiano, manteniendo su prima de riesgo baja, y al igual que se le consulta de asuntos fiscales a un ex inspector de Hacienda, que conoce la ley y sus límites, sabrá hasta qué punto puede tensar esa cuerda sin soliviantar a los socios.

De momento, ha aceptado el encargo con reservas. Primero tiene que explorar si puede formar gobierno. Y no lo va a tener fácil con el Movimiento 5 estrellas (M5S), el partido populista y antisistema, con mayor representación parlamentaria, y con la ultraderechista Liga del Norte. Ambas formaciones han manifestado sus recelos. Si lo consigue, ahora que está al “otro lado”, no debería olvidar cuando comience a utilizar los 200.000 millones de euros entre préstamos y subsidios que va a recibir de Europa, que él defendió que las reformas estructurales eran completamente necesarias. Tampoco debe olvidar que, aunque esté ahí el banco central cuidando de la prima de riesgo, es responsabilidad nacional alcanzar la solvencia propia.

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Andalucía y el retorno del péndulo

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:25

TRIBUNA ECONÓMICA, 29/1/2021

En los últimos 150 años Andalucía ha pasado de ser la región más rica de España a la más pobre”. Así comienza el trabajo de Ángel Arcos, ganador del I Premio del Observatorio Económico de Andalucía, que se entregó el miércoles. Durante el siglo XIX Andalucía era la región más próspera de España, con el 25% del PIB, pero desde los años 30 su producción per cápita ha permanecido significativamente por debajo de la media española, compartiendo en las últimas décadas, junto con Extremadura, las últimas posiciones. El autor aborda cómo revertir esta situación, cómo conseguir el “retorno del péndulo”, recordando a Ortega y Gasset, que ya lo esperaba hace ochenta años.

Lo cierto es que en Andalucía vivimos con una calidad de vida que no nos corresponde. Podemos sostener este nivel de vida, unas fantásticas infraestructuras y unos buenos servicios públicos gracias a la solidaridad del resto de España. Así de claro y contundente. Y con razón dice el autor que no hay tiempo que perder: el Covid-19 nos ha golpeado más y la solidaridad interregional cada vez resulta más problemática. Añadamos una razón más genérica: no es digno acomodarse a ser dependientes.

Hay que reenfocar, pues, la economía andaluza. Y una mayor industrialización es una solución eficiente: sin industria no hay puestos de trabajo ni crecimiento. Pero, ¿cómo implicar en este proceso a los empresarios? Andalucía puntúa bien globalmente en Interés Empresarial, índice definido en el estudio como diferencia entre la productividad y el coste laboral medio, pero profundizando más, realmente sólo es atractiva en dos divisiones concretas: la metalurgia y el refino de petróleo.

El análisis encuentra que para incrementar la productividad, y por ende el Interés Empresarial, hay que actuar fundamentalmente en tres variables: peso de la gran empresa, capital productivo e intensidad de innovación. Además, propone aprender de los mejores, analizando qué hacen las regiones líderes en cada uno de los sectores. Junto a las “medidas clásicas”, aplican algunas novedosas, como atraer talento juvenil y potenciar la internacionalización, la personalización de productos, usando la economía circular y la eco-innovación, o la multilocalización productiva.

Estudios como éste son esenciales para que Andalucía salga del pozo, aunque no estaría de más, por seguir con Ortega, abordar al mismo tiempo nuestra realidad desde múltiples perspectivas: histórica, sociológica, educativa… O la psicológica. Precisamos de una terapia que nos descubra el porqué de nuestro carácter: el desinterés por las asociaciones económicas, el rechazo al empresario y al sobresaliente, el no enfocar la creatividad en la empresa o no considerar el estudio, el trabajo o el conocimiento como fuentes de placer. Y que analice cómo le influye disponer de un clima y una tierra tan propicios, decisiones políticas pasadas o si es un efecto nefasto de la sobreprotección. Al igual que en la vida particular, conocerse a fondo y reconocer los traumas es el primer paso para el cambio. Enderezando muchos frentes que se retroalimentan recíprocamente, quizá Andalucía pueda recuperar el lugar que por su historia le corresponde.

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El BCE y la caldera social

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:23

TRIBUNA ECONÓMICA, 22/1/2021

“Por favor, Dios todopoderoso, que hagan lo que quieran con el dinero, a condición de que ese dinero controle el vapor…” Son palabras de la novela La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. El reverendo Reginald Bacon defendía que todo el dinero que él recibía para proyectos y obras sociales en Harlem, el Bronx o Brooklyn era una inversión muy beneficiosa porque conseguía que el vapor no se saliera de control. En las circunstancias actuales también es primordial que la caldera social se mantenga fría, aunque no se trata como en esa novela de aplacar problemas en barrios marginales y de contener conflictos raciales. La presión ahora la pueden elevar empresarios que se han quedado sin sus empresas, autónomos sin actividad, trabajadores de todos los niveles en el paro y jóvenes sin esperanza de obtener un empleo.

El Banco Central Europeo lleva más de una década enfriando el ambiente. Con la pandemia se ha equipado de nuevo con un descomunal depósito de agua para irla soltando con una manguera de gran diámetro. Con ella riega los depósitos de los diferentes gobiernos de una forma indirecta y sutil- abaratando el coste de su deuda- para que pueden gastar y gastar y rebajar así la temperatura de sus respectivos territorios. Igualmente, sus manguerazos también mojan directamente a familias y a empresas, ayudándolas a soportar su endeudamiento.

En España todo eso se concreta en los ERTE, prorrogados y prorrogados; en los ingresos mínimos vitales; en los préstamos a empresas avalados por el Estado; en las moratorias para los créditos de familias vulnerables; en las diferentes prestaciones, ayudas y subvenciones a grandes y a pequeñas empresas… Y en hacer sostenible la deuda total de España, que, según los datos de noviembre del Banco de España, se eleva a casi 3 billones de euros. ¡Que no pare, Dios todopoderoso, la manguera del BCE!

Ayer jueves, el Consejo de Gobierno del BCE se reunió y valoró la situación de nuevo. La tercera ola del Covid-19 puede subir muchos grados la temperatura de la caldera. La ansiada recuperación está en riesgo por las nuevas restricciones a la actividad y por la lentitud en la administración de las vacunas. De momento, ha decidido que con el volumen establecido de 1,85 billones de euros para compras de activos financieros es suficiente, pero Christine Lagarde ha advertido que esta dotación puede recalibrarse para mantener unas condiciones de financiación favorables si fuere necesario. La consigna es salir del aprieto y ya se verá qué hacer cuando el tsunami pase.

Pero hay que estar alerta porque, como en la novela, también podría haber quienes quisieran sacar tajada con todo esto. E incluso podrían, incrementando puntualmente la presión de la caldera, dejar escapar vapor a posta. Como hacía el reverendo Bacon, que aparentemente se mostraba defensor del lado débil – de los de Harlem, el Bronx o Brooklyn- y los azuzaba a rebelarse mientras que él especulaba para su interés con los Harlem Guaranty Securities al mismo tiempo. O como algunos políticos, que jugaban, según los casos, con el miedo de los blancos o con la ira de las minorías, agitando a la población para obtener beneficio electoral propio.

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Privacidad, por favor

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:21

TRIBUNA ECONÓMICA,  15/1/2021

El 12 de octubre, el Banco Central Europeo, pocos días después de que el Parlamento Europeo le instara a que resolviera los desafíos que plantea el establecimiento de un euro digital, anunció una consulta pública para que el mundo académico, el sector financiero, autoridades públicas, empresas y, en general, cualquier ciudadano, tuvieran la oportunidad de hablar sobre este tema. Esto es, que pudieran pronunciarse sobre la posibilidad de que, como complemento al efectivo físico actual, porque de momento no lo reemplazaría, se disponga del mismo dinero de siempre, pero en formato digital. El euro digital combinaría la seguridad de estar emitido por el banco central y la eficiencia y comodidad para los pagos diarios. El plazo terminó este martes. Y, según comunicó el BCE tras el cierre, ha sido todo un éxito.

En realidad, el BCE no investiga con esta consulta si habría que lanzar el euro digital, porque ya cuenta con razones contundentes para hacerlo. La más evidente es la significativa disminución del uso de efectivo como medio de pago, tendencia además agudizada con la pandemia, que está otorgando un protagonismo en exclusiva inaceptable al único dinero del que se dispone hasta ahora en formato digital: el dinero bancario. También urge emitirlo por la amenaza de lanzamientos de medios privados de pagos globales, como la propuesta de Facebook, que plantearían preocupaciones regulatorias, riesgos para la estabilidad financiera y para el consumidor, y que le robaría al banco central la soberanía sobre el dinero y le dejaría sin armas de política monetaria. Por último, porque otros bancos centrales, como el de China, ya lo están haciendo.

El BCE, por tanto, simplemente investiga sobre su diseño. Y nunca una consulta pública suya recibió tantas respuestas: 8.221. Fabio Panetta, miembro del Comité Ejecutivo del BCE y presidente del grupo de trabajo sobre un euro digital, señaló que este elevado número de respuestas “muestra el gran interés de los ciudadanos y las empresas de Europa en dar forma a la visión de un euro digital”, aunque la verdad es que a las encuestas acuden fundamentalmente los que potencialmente pueden verse perjudicados. Quiénes han sido y qué han opinado se conocerá en un informe completo que se publicará en primavera.

Por el momento, sólo han proporcionado una primera valoración sobre las características de un potencial euro digital. Y lo más requerido fue que respetara la privacidad de los pagos, con un 41% de las respuestas. Sin duda, el anonimato del euro digital es uno de los aspectos más conflictivos. Si con el efectivo actual ya es enorme la lucha para combatir la financiación del terrorismo, el blanqueo, la economía sumergida y demás actividades ilícitas, con un euro digital anónimo esta lucha se acrecentaría aún más porque sería más fácil acumularlo y sin peligro de robo o deterioro. Así, el BCE tendrá que encontrar fórmulas que permitan mantener dinero digital en billeteras electrónicas en los móviles de forma anónima, aunque en cantidades reducidas, y al mismo tiempo posibilitar la apertura de cuentas para saldos mayores, de información conocida, aunque sólo utilizada ésta bajo supuestos determinados.

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Ahorro sin precedentes

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:19

TRIBUNA ECONÓMICA, 8/1/2021

Es curioso observar que cuando un cuerpo tiene anemia, y más necesitado está de alimento para recuperarse, resulta que cierra el pico. A la anemia le suele acompañar la falta de apetito, y uno tiene que comer sin ganas si quiere sobreponerse. Pasa también en economía. Para salir de momentos de baja actividad económica, y con malas, o al menos inciertas, expectativas para el futuro, lo que convendría es que se incrementara el consumo. Pero no, se hace justo lo contrario: se cierra el bolsillo. Este comportamiento de incrementar el ahorro, por lo que pueda pasar, obedece a una lógica individual aplastante, pero resulta completamente contraproducente para la buena marcha de la evolución económica colectiva.

Por supuesto, el ahorro está relacionado con el nivel de rentas: si no hay de donde rascar es imposible hacerlo. Pero también depende enormemente del optimismo reinante. Así, en los primeros años tras la crisis de 2008, a pesar de que se hundía la masa salarial, las familias dedicaron muchos recursos al ahorro. Después, a medida que la renta de los hogares se iba incrementando, el consumo crecía incluso a un ritmo superior, cayendo la tasa de ahorro hasta situarse en el 5% en 2018. De nuevo, en 2019, cuando ya era notorio el deterioro de la situación económica, se produjo un cambio de tendencia y subió hasta el 7,4%.

Y la pandemia ha venido a agudizar este cambio. Ha sido tan intenso que la Fundación de las Cajas de Ahorros, Funcas, ha elegido la tasa de ahorro registrada en el segundo trimestre de 2020 como “el dato del año”. Entre abril y junio, coincidiendo con el confinamiento estricto, la tasa de ahorro de los hogares alcanzó el 22,5% de la renta disponible, un nivel nunca conocido en España (el anterior máximo fue en 2009, con el 12,1%).

Este mayor ahorro se refleja en la evolución de los depósitos bancarios, el producto financiero más conservador. Según los datos estadísticos que publicó el Banco de España el martes, en 2019 ya se había incrementado su saldo en 45.000 millones de euros y este pasado año ha seguido creciendo: a finales de noviembre de 2020 las familias españolas tenían ahorrado en este tipo de activo financiero 899.900 millones de euros, 48.000 millones más que en febrero, justo antes de la pandemia.

Una parte de este ahorro ha sido forzado por las circunstancias. Durante estos meses -los de confinamiento estricto, pero también en los de restricciones más light que hemos vivido y seguimos viviendo- no hay opción a consumir muchos de los bienes y servicios antes habituales. Menos viajes, menos salidas a bares y restaurantes, menores gastos en ropa, calzado o en desplazamientos, derivado todo ello de un tipo de vida más casero, con más teletrabajo y menor vida social. A esto se le añade la incertidumbre económica.

Además, en esta ocasión, los gobiernos están suministrando papillas para que la mayor parte de la población no baje drásticamente su nivel de ingresos, esperando que así se sostenga el consumo. Pero para curar la anemia hay que comérselas, y muchos de ellos, ante el miedo de que la recuperación se retrase o no llegue, están guardando todo lo que pueden. Esto explica el ahorro familiar sin precedentes.

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¿Volverá la inflación?

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:16

TRIBUNA ECONÓMICA, 18/12/2021

La prestigiosa revista The Economist en el número de esta semana lleva esta pregunta, si volverá la inflación, nada menos que a su portada. Nos hemos acostumbrado tanto a que siempre esté tan baja, que resulta extraño que en plena depresión económica por la pandemia pueda plantearse siquiera que puedan cambiar las tornas y elevarse. Pero no sólo desde ahí se advierte; desde muchos frentes, y muy autorizados, se ofrecen argumentos sobre la posibilidad de que la inflación retorne.

Pero el miedo a la inflación se ha azuzado en numerosas ocasiones estos últimos años. Por eso, la alusión a la fábula de Pedro y el lobo está siendo recurrente. Tras cada una de las sucesivas propuestas de los bancos centrales incrementando la oferta monetaria, surgían rápidamente voces prediciendo que la inflación se desbocaría. Pero nada. Los tipos de interés cada vez más negativos y el respeto a las compras masivas de activos financieros completamente perdido… Y la inflación ni se cosca. Sin embargo, como pasó en el cuento, puede ser que ahora el peligro sea cierto.

También el prestigioso comentarista económico Martin Wolf el mes pasado se preguntaba Why inflation could be on the way back en su artículo semanal del Financial Times. Wolf lo hace al calor de la lectura de The Great Demographic Reversal (Goodhart y Pradhan). Según estos autores la economía mundial está a punto de cambiar de régimen. La última vez que sucedió esto fue en la década de 1980. Entonces, la globalización y la entrada de China en la economía mundial llevó a un mundo de baja inflación y de alto endeudamiento creciente. Pero esto, vaticinan, está terminando, e incluso se atreven a poner una cifra de inflación -entre el 5% y el 10%- para el próximo año.

Del mismo modo, Mark Machin, director del fondo de pensiones más grande de Canadá, esta misma semana defendía que las medidas de política en todo el mundo para abordar la pandemia de Covid-19 podrían impulsar la inflación después de años de estar baja. O en nuestro país, Jesús Sánchez-Quiñones, director de Renta 4, comenta en su magnífico blog que cuanto más tiempo transcurra con el mantenimiento de las políticas actuales, mayor el riesgo de que aflore la inflación: “De hecho, tanto la Fed como el BCE están haciendo todo lo posible para que aparezca la inflación. Cuidado con lo que se desea”.

Son sólo una muestra. Ninguno de ellos asegura en absoluto que se vaya a desencadenar un desastre inflacionario de forma inminente, pero todos subrayan el peligro de obviar su existencia. Incluso una pequeña elevación de la inflación que conllevara un aumento de los tipos de interés, impactaría como un terremoto contra el castillo de naipes monetario que tenemos montado, con gobiernos y empresas endeudados hasta las cejas, y con mercados de bonos y acciones, ¡ambos a la vez!, ignorando la posible inflación en sus valoraciones. Y no se puede olvidar que ahora se ensaya con un nuevo experimento: todos los países del mundo de forma sincronizada están aplicando a sus economías un cocktail de inmensos estímulos monetarios y fiscales simultáneos. Si algo nos ha enseñado la pandemia es que se presentan de repente eventos sorprendentes.

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¡Más madera!

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:14

TRIBUNA ECONÓMICA,  11/12/2021

El Tesoro Público español colocó este jueves 921 millones de euros en una nueva subasta de obligaciones a 10 años, cobrando a los inversores por primera vez en su historia para este plazo. Los portugueses se habían adelantado con los tipos negativos unos días antes. Otros países llevan tiempo disfrutándolos, como Francia, Bélgica o la que más, Alemania, que ya cobra porque le presten un 0,615%. Y anclados en esos bajísimos costes de financiación, las economías de la Eurozona miraban ávidas ayer a Fránckfort, a la reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, esperando que inoculara más chutazos. Y los hubo, mayores incluso de los esperados.

Su presidenta, Christine Lagarde, justificó las nuevas medidas porque la segunda ola de la pandemia tendrá “un impacto pronunciado en la economía e incidirá en la inflación más de lo esperado”, afirmando que “la economía volverá a contraerse en el cuarto trimestre del año”. Así, amplía en 500.000 millones de euros la dotación del programa de compras de emergencia pandémica (PEPP), hasta un total de 1,85 billones de euros; alarga su horizonte hasta al menos finales de marzo de 2022; y extiende las reinversiones de estas compras como mínimo hasta fin de 2023. Además, y esto es especialmente interesante para España, reafirmó la flexibilidad con la que se actuará en las distintas jurisdicciones y activos según fuere adecuado.

Al mismo tiempo, el BCE ha reforzado la política monetaria clásica, esto es, a través de los bancos, prolongando doce meses -hasta junio de 2022- las líneas de financiación TLTRO III retribuidas al 1%, elevando el porcentaje que pueden solicitar, incrementando el número de operaciones que se realizarán, y prolongando hasta junio de 2022 el conjunto de medidas de flexibilización adoptadas en abril sobre los colaterales necesarios.

Con estas medidas, y algunas otras, pretenden incentivar a los bancos a solicitar financiación, y que dispongan así de suficiente liquidez para otorgar préstamos a hogares y empresas en condiciones favorables. Añadido a ese objetivo, el BCE persigue combatir la reciente fortaleza del euro, que ya cotiza a 1,21 dólares. Ayer, Lagarde mostraba su preocupación al afirmar expresamente que continuarán monitoreando la evolución del tipo de cambio por sus posibles implicaciones para las perspectivas de inflación a medio plazo.

La situación recuerda a una escena de una de las películas de los hermanos Marx. Groucho, junto a la caldera de un tren, grita una y otra vez: “más madera”. Sus hermanos, arrancando todo lo que fuera combustible, echan hasta los equipajes de los pasajeros para conseguir que la locomotora de vapor siga avanzando. También los bancos centrales -no sólo el BCE- llevan más de una década suministrando intensamente a la actividad económica estímulos monetarios. Y no se vislumbra cuando la caldera podrá funcionar sin su socorro. Antes de la pandemia se constató la dificultad de dejarlos. Ahora, el PEPP, se empezaría a revertir a partir de 2024, como muy pronto. Eso sí, el tren económico sigue, en un viaje de anormales tipos de interés negativos, pero marchando. Esperemos que no termine, como el de los Marx, destrozado y descarrilando

Con un nuevo préstamo a la espalda

Carmen Pérez | 10 de diciembre de 2020 a las 8:53

TRIBUNA ECONÓMICA, 4/12/2020

A estas alturas la caída de la actividad derivada de la pandemia les ha supuesto a decenas de miles de autónomos y pymes casi la ruina de sus negocios y, además, haberse echado un préstamo a la espalda. Para las administraciones públicas era fundamental que no se produjera un cierre rápido y masivo en estos colectivos -motores de la economía- y que no se desencadenara una nefasta cadena de impagos. Así, actuaron con diligencia suministrándole liquidez a manta. Como medida de contención de lo que hubiera sido una hecatombe no tiene tacha.

En este contexto hay que entender las líneas de avales ICO. La banca, como pasó en la crisis financiera, hubiera sido muy reacia a conceder operaciones a estos colectivos dado el deterioro de sus cuentas de resultados y la alta incertidumbre imperante, por lo que el Estado español -al igual que todos en Europa- sacó pecho y resolvió avalar las operaciones. Así, desde el inicio de la pandemia hasta noviembre los bancos les han concedido préstamos avalados por 92.000 millones de euros con condiciones muy ventajosas. En principio, tenían un plazo de hasta cinco años para pagarse, con un periodo de carencia de un año. Pero, a la vista de la segunda ola, hace unos días se ha extendido el vencimiento de estos préstamos tres años más y se ha prolongado la carencia otros doce meses.

También la Junta de Andalucía tuvo el acierto de concertar con Garántia -la Sociedad de Garantía Recíproca (SGR) andaluza-, apoyándola con hasta 87 millones de euros, para que mediante su aval facilitara créditos por valor de 600 millones. Las micropymes y los autónomos andaluces han disfrutado del valor que aporta la intervención de nuestra SGR, obteniendo financiación en unas condiciones excepcionales de importes, plazo y tipos de interés (de 1,1 a 1,4%). El convenio también contempla que no tengan que enfrentar ni el coste del aval, ni la comisión de apertura ni los intereses en el periodo de carencia. La línea terminará 2020 utilizada por 217 millones de euros, pero sigue vigente hasta marzo de 2021. Además, también van a mejorarse las condiciones de plazo y carencia, al igual que los ICO.

La asistencia financiera, por tanto, ha sido más que suficiente. Iniciativas paralelas, como los ERTE, las ayudas estatales por cese de actividad o las varias que la Junta de Andalucía ha puesto en marcha también han sido vitales para ayudarles a sobrevivir este año. Pero, a tenor del artículo publicado esta semana por el Banco de España -El impacto de la crisis del Covid-19 sobre la situación financiera de las empresas no financieras en 2020-, van a terminarlo muy debilitados: sus niveles de rentabilidad han experimentado una brusca caída y se han elevado sus ratios de endeudamiento.

Ahora, las vacunas abren una gran esperanza de que puedan empezar pronto a recuperarse. Pero eso no debe ser óbice para que las administraciones públicas de todos los niveles no diseñen planes sectoriales para apoyar a las pymes y autónomos que hayan sabido capear el temporal y sigan siendo viables, no sólo a sobrellevar el sapo de los préstamos en los que muchos se han encontrado embarcados, sino también para que tengan capacidad para acometer las inversiones necesarias.

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