¿Por qué los salarios no suben?

Carmen Pérez | 4 de noviembre de 2018 a las 19:25

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/10/2018

En 2014 dejamos atrás la crisis y volvimos al crecimiento económico, y de forma potente. En los últimos tres años el PIB se ha incrementado a un ritmo medio superior al 3% anual. Sin embargo, la evolución de los salarios no ha acompañado como debiera a esta recuperación económica. Ni aquí en España ni en la mayor parte de las economías avanzadas. ¿Qué está fallando? El Banco de España ha publicado esta semana un artículo, La moderación salarial en España y en la UEM, que compara lo que teóricamente se esperaba que pasara y lo que realmente está pasando.

La tasa de paro es uno de los factores con el que usualmente la teoría económica ha explicado los crecimientos salariales. Así, a medida que escasea la disponibilidad de trabajadores en un ciclo expansivo, la presión sobre los salarios aumenta. Pero la realidad ha sido otra. Desde 2013 la tasa de paro ha ido disminuyendo y esta reducción no ha venido paralela al aumento en la tasa de crecimiento salarial que corresponde.

Esto pone de manifiesto que la tasa de paro como tradicionalmente se ha medido no refleja bien la situación del mercado de trabajo de hoy en día. El estudio señala el alto crecimiento de la tasa de trabajadores a tiempo parcial, que están así de forma involuntaria porque declaran estar dispuestos a trabajar más horas. También habría que contar con un porcentaje considerable de desempleados desanimados, que han dejado de buscar trabajo.

Estas conclusiones no son nuevas. Ya hizo referencia a este asunto Mario Draghi, en su discurso en el Foro de Bancos Centrales el año pasado en Sintra, denunciando el precario empleo que se está creando, que conlleva que en las negociaciones se priorice conseguir más horas o seguridad en el empleo, y no salarios más altos. También aludió a los subempleados, a los que han abandonado la búsqueda y a los marginalmente vinculados a la fuerza de trabajo. Y dio una cifra: el paro con estas premisas en la Eurozona no sería del 10%, sino del 18% de la población activa.

Entonces Draghi explicaba que la inflación no sube si no se elevan los salarios. Pero también podría plantearse esta relación, como en este estudio, en sentido contrario. Así, las expectativas sobre la evolución de los precios presionan en la negociación de los convenios colectivos con el fin de que no se produzca un deterioro del poder adquisitivo de los trabajadores. Y estas expectativas se han mantenido relativamente moderadas durante la recuperación económica, atascándose inflación y salarios mutuamente.

Con una holgura en el mercado de trabajo tan amplia sólo estaba, y está, en la responsabilidad de los empresarios trasladar a sus trabajadores parte de la mejora que ellos sí han estado experimentando en sus resultados estos últimos años. Sin embargo, la subida salarial sería un hecho con el pacto de PSOE y Podemos para situar el SMI en 900 euros. Y no sólo para los de ese escalón sino que esto presionaría para que mejoraran todos los escalones por encima. ¿Pero es oportuna y conveniente esa medida? Esta noticia saltó ayer a la vez del descenso de las Bolsas provocado en gran parte por las expectativas futuras de desaceleración económica…

Mamá Eurozona

Carmen Pérez | 4 de noviembre de 2018 a las 19:22

TRIBUNA ECONÓMICA, 5/10/2018

Desde esta semana el sistema financiero de la Eurozona cuenta con un banco más: Nordea Bank Abp. Se ha venido con nosotros -a Finlandia- desde Suecia, país que no pertenece al eurosistema. El 1 de octubre se efectuó el cambio de la sede social de Estocolmo a Helsinki, pero a nivel operativo todo permanece igual, apenas unos 20 empleados han tenido que desplazarse.

La noticia es importante porque no es un banquito pequeño, es el más grande de la región nórdica, está catalogado como “too big to fail“. Con él ya tenemos ocho. Y es importante también este hecho porque Nordea pasa directamente a formar parte de la Unión Bancaria Europea. O sea, que su riesgo es ya, de hecho, nuestro riesgo. Y puede serlo pronto también de derecho.

Este consorcio bancario tiene más de 10 millones de clientes, unos 30.000 empleados y 600 sucursales en Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Rusia. A Suecia se le ha ido con su marcha el 36% de su sector financiero. Y si era significativo para el país saliente, aún lo es más para el entrante. Se convierte en su mayor compañía por capitalización bursátil, 39.000 millones de euros, desbancando a la tecnológica Nokia. Sus activos, 580 mil millones de euros, equivalen a más de 2,5 veces el PIB finlandés.

El cambio empezó a gestarse el año pasado, cuando el gobierno socialdemócrata sueco decidió aumentar a las entidades financieras la contribución que tienen que hacer a un fondo estatal con el que contar en caso de una crisis bancaria. “Nordea no puede ser una vaca que se ordeñe sin fin”, dijo entonces su presidente, Björn Wahlroos. Con el traslado espera ahorrarse unos 1.200 millones de euros. E l dinero no entiende de patria.

Los suecos se quedan sin esos ingresos, pero también eliminan el riesgo para los contribuyentes si llega una crisis bancaria y se activa la garantía pública a los depósitos. Para Finlandia, más allá del glamour que significa tener en su territorio un banco tan grande, ni le aumentan significativamente los ingresos fiscales ni el número de empleados del banco. Y ha tenido que contratar un 10% de personal extra para supervisarlo y eso que por su tamaño Nordea pasa directamente a ser supervisado por el Banco Central Europeo. Además el riesgo que suelta Suecia es el que asume Finlandia, y de paso todos nosotros por pertenecer este país a la Unión Bancaria.

Nordea nunca se hubiera ido a Finlandia si no perteneciera al eurosistema. Hoy en día la solvencia de un banco se mide por la fortaleza del Estado que tenga detrás respaldándole. Es absurdo pensar que Finlandia por sí sola pueda ser garantía para su sector bancario cuando, con la incorporación de Nordea, sus activos casi cuadriplican el PIB finlandés. “Finlandia, como parte de la Unión Bancaria, es un mejor hogar para Nordea”, dijo Wahlroos. Sin duda alguna. También es verdad que ha puesto confianza en que finalice este proceso de Unión Bancaria, que aún está incompleto. Finlandia también estará rezando para que esto suceda. Y a la Eurozona le toca reflexionar si es Suecia la que tiene razón y valorar si lo que se le exige aquí a la banca para preservar la estabilidad financiera es suficiente.

‘Trabajos de mierda’

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:19

TRIBUNA ECONÓMICA, 28/9/2018

La cuestión que plantea el antropólogo americano David Graeber en su libro Trabajos de mierda (Ariel, 2018) es bien provocativa. Al leer ese título seguramente lo primero que se nos viene a la cabeza es que se referirá a los innumerables trabajos mal pagados, que conllevan la realización de tareas duras, con horarios agotadores o que se desarrollan en condiciones penosas. Pero no, no va por ahí el planteamiento. El anarquista Graeber califica así “al empleo que es tan innecesario que incluso la persona que lo está haciendo cree íntimamente que ese trabajo no debería existir”. Y afirma que el número de empleos de esa clase es creciente.

Graeber distingue entre esos “trabajos de mierda” y los realmente útiles. Una primera prueba de fuego para saber en qué tipo clasificarlo puede ser imaginar el efecto que causaría si se pusieran en huelga. Así, si paran los que recogen la basura, los transportistas, los enterradores o los enfermeros, por citar algunos ejemplos, el caos se instalaría enseguida en la ciudad. Y también de otros muchos trabajos tenemos claro que benefician a la sociedad, como los médicos, científicos o profesores. Sin embargo, ninguno de ellos suele estar bien pagado, o al menos no tanto como otros cuya utilidad es más discutible.

La tipología que cita es amplia. Asesores de imagen o asistentes personales, cuya única función es que su jefe brille; los que existen sólo porque en otras empresas existen, como los relaciones públicas, televendedores o abogados de empresas; los que realizan tareas -informes, estadísticas, reuniones- prácticamente inventadas por sus jefes con el sólo fin de justificar o dar relevancia a sus puestos; los de supervisión cuando ésta no hace falta; y así un largo etcétera. Y en muchas ocasiones no se dan de forma pura sino que estas tareas inútiles están mezcladas con las que sí tienen sentido y gastan gran parte del tiempo.

La radical división propuesta de Graeber tiene la virtud de hacernos reflexionar sobre el hecho de que a medida que hemos ido ganando productividad gracias a la tecnología hemos ido perdiéndola también al rodear la producción de bienes y servicios de tareas superfluas que no añaden más al bienestar final. Son actividades de “suma cero”. Y no sólo es que la productividad salga perjudicada. Realizar tareas que no aportan, incluso con salarios altos, producen ansiedad y tristeza.

Resulta difícil admitir que en el ámbito privado puedan existir trabajos absurdos. Aunque su utilidad sea muy indirecta, por lógica deben ser necesarios. Si no, la lucha de las empresas en el mercado tendería a eliminarlos. Pero ahí está el fondo del problema. Cada vez hay más sectores en los que la sana competencia brilla por su ausencia. También el ámbito público es campo abonado para que estos trabajos proliferen. Sólo hay que ver la de veces que para la prestación de un servicio necesario se infla rápidamente una empresa pública, con multitud de cargos y de tareas adyacentes. Y el remate se produce cuando los oligopolios se entreveran con lo público, como sucede en el mundo financiero. Conjunción perfecta para que se disparen los “trabajos de mierda”.

Una innovación financiera simple y sorprendente

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:16

TRIBUNA ECONÓMICA, 21/9/2018

La innovación en finanzas ha venido asociada generalmente a un mayor grado de complejidad. Productos enrevesados, como las opciones exóticas de tipo asiático, procedimientos oscuros, como la titulización sintética, o valoraciones que utilizan intrincados modelos matemáticos hacen que las finanzas constituyan un mundo inaccesible. Ingeniería financiera la llaman. Sin embargo, recientemente se ha producido una innovación completamente rompedora que no puede ser más simple. A alguien en EEUU se le ha ocurrido una feliz idea: crear un banco con un modelo de negocio sorprendente. Ha conseguido todos los permisos, sólo está a falta de que el banco central americano, la Reserva Federal (FED), le abra la cuenta para empezar a operar. Tiene por ley que hacerlo, pero ha dicho “NO”. Por supuesto, el banco aspirante le ha puesto una demanda.

TNB, que así se llama el banco, acrónimo de The Narrow Bank, quiere que su actividad consista exclusivamente en captar depósitos -en principio, de grandes inversores institucionales como fondos monetarios o compañías de seguros- y aparcarlos en la FED. Y como actualmente la FED retribuye los depósitos de los bancos al 1,95%, trasladaría este tipo de interés prácticamente completo a sus depositantes. Una rentabilidad muy atractiva porque el interés medio de los depósitos en los bancos comerciales es del 0,09%. Arbitraje puro y duro de tipos de interés, pero legal, y con seguridad absoluta y óptima rentabilidad para los depositantes.

Ésta es la respuesta privada a una iniciativa que viene de lejos -desde el plan Chicago, 1933- y que se ha reactivado desde la crisis: que los bancos centrales permitan abrir cuentas a particulares y empresas para que depositen allí su dinero. La tecnología blockchain la hace más factible. La alternativa propuesta estaría a medio camino: los depósitos estarían igualmente en el banco central pero la operativa sería privada. TNB no está dispuesto a rendirse: ¡el capitalismo defiende la libre competencia!

Ese modelo de negocio podría importarse para la Eurozona, aunque el tipo de interés actual para los depósitos de los bancos en el Banco Central Europeo es del -0,4%, por lo que un narrow bank tendría que trasladarle un coste aún más alto a sus depositantes. Pero estas condiciones no tardarán en cambiarse. Además, los grandes fondos ya vienen siendo penalizados y la total seguridad de la que disfrutarían podría compensarles, porque éstos no están cubiertos con el seguro público de depósitos.

“Motivos políticos” es lo que se ha alegado para dar la negativa. ¿Qué temen, que afecte a la estabilidad financiera si son 100% seguros?, ¿que tengan que reorientar la política monetaria?, ¿o es que este banco de bancos (la FED es una entidad privada) está protegiendo a los suyos? El temor puede estar en que esta iniciativa podría extenderse en el futuro a depositantes minoristas -particulares y empresas-. Es más, si en el mercado existiera una solución para aquella parte de la población que quiera depósitos 100% seguros, ¿por qué habría de mantenerse el nefasto seguro de depósitos público? La FED sabe bien que por una rendija puede naufragar un barco.

Sin aprender de la crisis

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:14

TRIBUNA ECONÓMICA, 14/9/2018

Al cumplirse diez años de la caída de Lehman Brothers, la prensa económica y muchos think tanks se han volcado con el acontecimiento y han abierto secciones especiales para analizar con el reposo que da el tiempo las causas que llevaron a la mayor crisis financiera de la historia y sus consecuencias. En el debate también se examina si al menos ha servido para algo. The Economist, que le dedica el número actual, no es muy optimista al respecto: “El mundo no ha aprendido las lecciones de la crisis financiera”. Su portada -siempre genial- no puede ser más expresiva: bancos con tiritas aplicadas en sus heridas, dando a entender que ahora son más seguros, pero que lo que sucedió en 2008 puede volver a ocurrir nuevamente.

En la misma línea se pronuncian muchos de los comentaristas del Financial Times. Martin Wolf se pregunta: “¿Por qué ha cambiado todo tan poco desde el colapso financiero?”. El artículo es muy largo pero es posible resumirlo en una sola frase: porque no se ha querido caminar hacia un futuro diferente sino simplemente volver al pasado. O la demoledora opinión de Gillian Tett, que concreta con datos: fue una crisis de deuda: ahora hay más; se puso de manifiesto el peligro de los bancos demasiado grandes para caer: hoy en día son aún más grandes; y la banca en la sombra, que se detectó como problema, ha doblado su tamaño.

Y es que las soluciones que se han aplicado han sido necesarias pero de ningún modo han sido suficientes. Se le entregó el poder a los bancos centrales para que fueran ellos los que resolvieran la papeleta. Pero la política monetaria encuentra serias dificultades para reactivar en solitario la economía cuando se deprime tanto. Se puede suministrar liquidez a chorros y bajar los tipos de interés hasta el subsuelo, que la capacidad para que esa munición haga efecto en la economía real es lenta y limitada. Además provoca burbujas financieras y perjudica el saneamiento empresarial adecuado.

Con todo, finalmente consiguieron evitar la deflación y que las economías volvieran al crecimiento. Ahora lidian con la difícil retirada de los estímulos monetarios. Ayer, el Banco Central Europeo mantuvo sin cambios el camino fijado en junio hacia la normalización monetaria, pese a que se ha revisado el PIB ligeramente a la baja y de los nuevos riesgos globales. El Banco de Inglaterra también mantuvo los tipos de interés y el de Turquía los elevó un 6,5%.

Los bancos centrales hacen su tarea. Es a los políticos a los que les queda la asignatura principal pendiente: transformar la economía actual y mejorar sus fundamentos.

En estos días de aniversario de la caída de Lehman Brothers son muchas las ideas que se lanzan: eliminar la deducción fiscal por intereses, reducir el altísimo apalancamiento bancario, luchar contra los monopolios que impiden la sana competencia, revisar el por qué de los desmesurados salarios de los directivos, mejorar la supervisión financiera internacional, limitar las actividades de “suma cero”, permitir cuentas a particulares y empresas en los bancos centrales, y así otras muchas propuestas interesantes. Es tiempo de enderezar el viciado capitalismo en el que nos encontramos.

Alertas económicas amarillas

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:11

TRIBUNA ECONÓMICA, 7/9/2018

En estos días pasados se ha constatado a través de algunos indicadores económicos lo que se venía adelantando desde comienzos de año: que la velocidad que traía la economía desde 2015 ha empezado a ralentizarse. Hemos sabido que el frenazo del turismo se ha extendido a los meses de verano, los más importantes para el sector turístico. También hemos conocido los malos datos del paro y de la afiliación a la Seguridad Social del mes de agosto. El indicador de ventas del comercio minorista encadena ya tres meses de descenso. Las exportaciones, uno de los sectores que ha tirado de la economía, en el último trimestre lo hizo con menor fuerza. El Banco de España, por su parte, ha advertido del debilitamiento del consumo.

En suma, el PIB creció en el segundo trimestre un 0,6%, el peor dato en este periodo desde 2014. Y a las previsiones de crecimiento para los próximos trimestres no dejan de arañárseles décimas. Sin embargo, aunque menor, “el crecimiento seguirá siendo robusto en los próximos meses”, manifestó ayer Nadia Calviño, la ministra de Economía y Empresa.

Pero mejor será no instalarse en la complacencia y contar con los varios e importantes shocks externos que pueden presentarse y perjudicar a nuestra economía. Como la guerra comercial abierta por Donald Trump, que ya nos ha afectado directamente, por ejemplo con la aceituna de mesa, y que habrá que ir viendo cómo se sigue desarrollando, porque pueden ser otros los sectores afectados o que nos repercuta indirectamente. O como la situación en Turquía y Argentina, y el posible contagio a otros emergentes, que podría perjudicar a numerosas empresas españolas, incluidas algunas del sector financiero, que tienen una exposición muy importante en esos países.

Tampoco podemos olvidarnos del Brexit, que estamos en la cuenta atrás, el final está previsto para marzo de 2019. Hay que recordar que el mercado británico supone el 7% de nuestras exportaciones. Y también su impacto podrá notarse en el turismo: uno de cada cinco turistas que llegan a España vienen de Reino Unido. Luego está Italia, el principal motivo de preocupación en Europa actualmente. Su bono cotiza por encima del 3%. Ahora nuestros bonos soberanos pueden estar beneficiándose de su crisis, pero si se desencadena allí el diabólico bucle entre banca y deuda soberana, puede desestabilizarse toda la Eurozona. Y por último, el riesgo más cercano es Cataluña, un problema político pero que puede tener adversas consecuencias económicas.

Nuestros gobernantes no deberían olvidar tampoco la posición de vulnerabilidad financiera en la que nos encontramos antes de aplicar sus recetas, que por ahora se han concretado sólo en aumentos del gasto. Ya no es posible tirar de deuda como se tuvo que hacer tras estallar la pasada crisis financiera. Nuestra deuda pública es altísima y muy dependiente de los inversores extranjeros. Y no vamos a contar para su sostenibilidad con el mismo nivel de ayuda que hemos tenido estos últimos años por parte del Banco Central Europeo, que quiere ir suavizado su expansiva política monetaria. Así que cuidado, que las alertas económicas pueden pasar del amarillo al rojo.

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Estructura empresarial y política monetaria

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:08

TRIBUNA ECONÓMICA, 31/08/2018

El encuentro de este año en Jackson Hole (Wyoming) ha sido de lo más interesante. En esa localidad se produce cada final de verano una reunión de banqueros centrales, ministros de finanzas y académicos de todo el mundo. Hablaron de tipos de interés, inflación, o el camino adecuado a seguir hacia la normalización monetaria. También, de los temas candentes como la guerra comercial o la devaluación de la lira turca. Pero además este año se han centrado especialmente en otro tema no monetario, de economía real: los cambios que se están produciendo en la estructura empresarial, y de cómo esta evolución puede afectar a las decisiones de política monetaria.

Así, los conferenciantes han resaltado la mayor “liquidez” de las empresas de hoy en día. Los datos muestran que el menor nivel de inversiones en activos físicos va paralelo a la creciente importancia que está tomando el capital inmaterial: se invierte cada vez más en activos intangibles, como software de gestión empresarial, big datacloud computing y otras tecnologías de la información.

También han constatado que se está produciendo una alta concentración en la estructura empresarial. Desde finales de los noventa ha tenido lugar, y no solo en EEUU, una creciente concentración empresarial en el sector productivo y de servicios, y de forma muy acusada en el mundo financiero. Y este mayor poder de mercado de las grandes compañías provoca una reducción de la competencia.

Estos dos fenómenos -intangibilidad y concentración- no son ajenos, la intensidad en intangibles está correlacionada con las cuotas de mercado. Las propiedades económicas que posee el capital intangible puede ser un factor determinante en este aumento de la concentración, por las economías de escala que proporcionan o por la capacidad de excluir rivales que conllevan.

Otra características que se destacó fue la baja productividad de las empresas. Aumenta hoy en EEUU un 3,4% cuando lo hacía al 5,7% en los años noventa: la revolución actual -la digitalización- no parece estar incrementando la productividad a los niveles que sí lo hizo por entonces la computación. O bien pudiera pasar que esa productividad no es medible debido a la diferente composición de activos intangibles y físicos.

Esta nueva estructura, además, puede estar favoreciendo que las empresas se comporten como “monopsonios” en el mercado laboral: un único empleador interactúa con muchos posibles trabajadores para su empresa, y recurre además a técnicas, como el outsourcing, que rebajan el poder de negociación de estos. Esta concentración de los empleadores ayuda a explicar el bajo crecimiento de los salarios, inentendible en EEUU, que disfruta de pleno empleo.

En definitiva, pocos actores con mucho poder para fijar precios y con mucho poder para influir en los salarios. Amazon fue el ejemplo tratado en Jackson Hole. No es de extrañar que esto ocupe a los banqueros centrales, por la fuerza deflacionista que conlleva esta nueva estructura. Pero quienes también deberían implicarse de lleno son los gobiernos para ponerle límites al poder de estas empresas si merman la libre competencia y los derechos de los trabajadores.

Deuda pública: de récord en récord

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2018 a las 14:29

TRIBUNA ECONÓMICA, 24/8/2018

Esta semana hemos conocido que en España se ha batido un nuevo récord: nuestra deuda pública ha alcanzado los 1,163 billones de euros. Para comprender la magnitud del crecimiento que ha experimentado estos últimos años puede acudirse a un dato: en 2008 ascendía a 400.000 millones de euros. Desde el inicio de la crisis se ha multiplicado prácticamente por tres. Y aportemos dos datos más para terminar de hacernos una idea de su importancia: cada español debe unos 25.000 euros, o unos 65.000 euros si es por familia como se realiza este cálculo.

Si ese montante de deuda se mide en términos relativos -en función del PIB- la noticia es algo más llevadera. Actualmente representa el 98,2% frente al 39,5% del 2008. El máximo se consiguió en 2014, cuando alcanzó el 100,4% del PIB. Pero, con todo, sigue estando muy alejada de los criterios previstos por el Tratado de Maastricht, que considera que un país tiene unas finanzas saneadas si su deuda pública no supera el 60%.

Bajar el nivel ahora que hay crecimiento es lo que aconseja la prudencia. Lejos de eso, tanto la administración central como las autonómicas, como viene siendo su norma, siguen incrementándola. Pero sobre todo es la deuda de la Seguridad Social, por el gasto que suponen las pensiones, la que está subiendo como la espuma. Es tal el ritmo que lleva que en junio acumulaba una deuda de 34.888 millones de euros, 7.501 millones más que en mayo y 17.715 millones más que en junio de 2017. De hecho, este capítulo es la principal causa de que ya se esté incumpliendo el objetivo marcado para este año que estaba fijado en el 96,8% del PIB.

Para la sostenibilidad de ese enorme volumen de deuda resulta decisiva la intervención del Banco Central Europeo. Con el programa de compras de activos que ha desarrollado estos últimos años se ha convertido en propietario de 250.711 millones de euros, casi el 22% del total de nuestra deuda. Disponer de un comprador fuerte, que no mira precios, ha facilitado que la prima de riesgo española se mueva en niveles bajos, con el consecuente ahorro de intereses que esto supone anualmente. En las subastas de Letras a 3 y 9 meses que el Tesoro ha realizado este martes se ha seguido notando su efecto: seguimos cobrando por prestar dinero a corto plazo. Y el bono a diez años está por debajo del 1,4% anual.

España y otros países europeos no dejan de incrementar sus deudas, y luego apelan ansiosos al BCE. Se comportan como los adictos a la cocaína, que desarrollan una adicción paralela a pastillas que contrarrestan sus efectos. Nuestro caso ahora no es el más grave, pero sólo hay que mirar a Italia. La deuda italiana supera el 130% del PIB y su prima de riesgo este lunes cerró en 279 puntos, con el bono a diez años en el 3,1%. Esta semana sus dirigentes pedían a gritos que el BCE garantice la compra de deuda pública en el futuro para que su prima no se siga disparando. Incluso amenazan con que si este apoyo no continuaba “se desmantelará todo”, refiriéndose al euro. Pero por mucho que el BCE siga paliando, el único camino posible es parar el crecimiento de la deuda. España e Italia, sin embargo, están decididos a ir de récord en récord.

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¿Qué pasa en Turquía?

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2018 a las 14:23

TRIBUNA ECONÓMICA, 17/8/2018

A pesar de ser aliados en la OTAN, EEUU y Turquía se encuentran en guerra viva. Muchos son los frentes que tienen abiertos, algunos hasta con tintes religiosos. Hace un par de días, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, acusaba a EEUU de querer apuñalar a su país por la espalda: “Éstas son balas de cañón y misiles de guerra económica contra nuestro país”. Pero que no nos llame a engaño. El descenso en agosto del 25% del valor de la lira turca frente al dólar -un 40% en lo que va de año- no es atribuible enteramente a estas disputas, se debe a méritos turcos propios: la lira sufre las consecuencias del modelo económico que se ha seguido los últimos años, cuyas deficiencias salen a la luz ahora que el dólar está fuerte.

La lista de enfrentamientos mutuos es larga. Los turcos no le perdonan a EEUU que apoye a los combatientes kurdos sirios ni tampoco que se niegue a extraditar a Fethullah Gulen, el imán de Pensilvania, al que los turcos culpan de estar detrás del fallido golpe a Erdogan en 2016. Por su parte, EEUU no le perdona a Turquía ni su alianza con Rusia ni su juego con Irán ni la detención hace dos años de Andrew Brunson, el pastor evangélico protestante, al que los turcos acusan de terrorismo, asunto que ha sido motivo de sanciones.

Y en este estado de cosas, la semana pasada el presidente Trump duplicó los aranceles que ya se aplicaban sobre el acero y el aluminio procedente de Turquía. La respuesta turca días después ha sido la de incrementar los aranceles de, entre otros, bebidas alcohólicas, coches y tabaco. Además, Erdogan ha animado a su pueblo a dejar de consumir productos electrónicos americanos, arremetiendo contra los iPhone.

Todo esto golpea a una economía que se ha basado en la entrada de enormes cantidades de dinero externo, en dólares y euros, y que se han dirigido fundamentalmente al sector de la construcción y al consumo. Un dinero que acudió allí para obtener rentabilidades que no podía conseguir en Europa y EEUU tras la crisis, pero al que ahora, que se están normalizando los tipos de interés en estas zonas y que la economía turca presenta dificultades -con tasas de inflación del 16%- ya no le interesa quedarse.

Las soluciones a las que podría acudir Turquía son todas complicadas. Podría acudir al FMI, pero significaría una pérdida de soberanía y tener que someterse a sus normas. Podría buscar ayuda de amigos fuera de la OTAN, como Rusia o China. O de Qatar, con el que ya cuentan, según han manifestado. Y podría establecer un control, que evitaría las salidas de capitales, pero también pondría fin a las llegadas. Por ahora, su Banco Central intenta tranquilizar a los mercados tomando diferentes medidas para contener la inflación. Pero no la que la ortodoxia exige: incrementar los tipos de interés. Erdogan no quiere perjudicar el crecimiento a base de crédito antes de las próximas elecciones.

En Turquía, un país con un riesgo país muy alto, no sólo por motivos económicos sino políticos, dada la deriva autoritaria y populista que ha seguido Erdogan, los empresarios españoles han invertido decenas de miles de millones de euros. Sólo nuestro sector financiero tiene comprometidos allí más de 70.000 millones.

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Tiempo y dinero

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2018 a las 14:20

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/8/2018

La relación entre el tiempo y el dinero nos resulta familiar. Se ha utilizado a lo largo de la historia para poner de relieve lo valioso del tiempo. Así, contamos con numerosas poesías y refranes -“el tiempo es oro”- que se esfuerzan en mostrarnos la conveniencia de aprovechar bien el tiempo o de que nuestro afán por ganar dinero debe guardar un equilibrio con el tiempo que gastamos en conseguirlo. Menos usual, sin embargo, es considerar esta relación invirtiendo completamente los términos, afirmando que el dinero es tiempo.

Es el caso de la película In Time (Andrew Niccol, 2011), que lleva esa definición al extremo. Plantea un mundo donde se ha superado el envejecimiento, y donde el valor usado para las transacciones de carácter económico es, literalmente, tiempo de vida. Con el trabajo no se gana dinero sino horas, minutos y segundos, que quedan acumulados en un reloj biológico insertado en el antebrazo.

Cubrir las necesidades básicas o permitirse lujos consumen tiempo de vida. Si el reloj se queda a cero, la persona se queda sin tiempo, se desploma y muere. En ese mundo son muchos los que están esclavizados por trabajos que sólo les proporcionan horas o, como mucho, días de vida. Viven al límite, dominados por la inmediatez, como les sucede a los animales. Por descontado, los ricos cuentan en sus muñecas con miles de años para gastar.

Quizá los guionistas hayan tomado esta idea de conectar tiempo y dinero -lo único bueno que tiene la película- del filósofo italiano Vittorio Mathieu. En su obra La filosofía del dinero resalta que la necesidad de dinero es un signo de nuestra no omnipotencia. Si no fuéramos seres finitos no tendríamos una existencia temporal, no haríamos proyectos y no usaríamos el dinero como medio para llevarlos a cabo. El dinero es una curiosa síntesis de la vida pasada y futura. El dinero abre futuro; si lo gastas, consumes futuro para tener mejor presente. Su carácter es “su enlace con el futuro, que no se romperá jamás hasta el momento en que se oigan las trompetas del Apocalipsis”.

También es posible, en el mundo de In time el traspaso de tiempo. Se puede gastar incluso sin disponer de dinero de antemano, viviendo un bienestar presente que en principio no corresponde. Sólo tiene que haber alguien que confíe en cederte parte de su exceso de futuro. Esto no es más que la esencia de cualquier sistema financiero: intercambiar futuro por presente entre unos y otros.

El traslado de estos planteamientos a la realidad es inevitable. Muchas serían las reflexiones, destacamos dos de ellas. La primera, que no hay futuro sin actividad económica. La segunda, que actualmente a nivel global se produce un consumo de futuro por anticipado a causa de la intermediación bancaria. Digamos, siguiendo la parábola, que los bancos crean “tiempo ficticio”. Así, el sistema necesita imperiosamente crecimiento económico que genere tiempo “extra” que compense. Si falla o se detiene, la ansiedad sólo puede rebajarse al retrasar todos los relojes vitales. Pero este reajuste no es homogéneo. Como hemos podido comprobar con la última crisis, muchos ven cómo se quedan sin futuro de repente.

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