Pressing Cash

Hacia la UE del futuro

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:54

TRIBUNA ECONÓMICA, 5/6/2020

Algo ha cambiado en Europa. De momento, la actuación mutualizada que todo indica que va a producirse tiene un estricto carácter temporal, encaminada a luchar específicamente contra la pandemia. Pero es un gran paso para una Europa que se ha negado sistemáticamente a funcionar como un conjunto. La palabra solidaridad estaba maldita y, sin embargo, ahora el plan de reconstrucción que se está negociando bajo el mando de la presidenta de la Comisión Europea, la conciliadora Ursula von der Leyen, será financiado directamente por los impuestos de la Unión Europea. Para llegar a este punto, el cambio de actitud de Angela Merkel, la canciller alemana, ha sido decisivo. Posiblemente no la han animado motivos altruistas pero ha tenido la capacidad de comprender la gravedad de la situación y de la posibilidad de que esta crisis económica derive en una financiera. En todo caso, ha constituido otro momento “todo lo que sea necesario” para salvar al euro.

La presión de la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, ha sido crucial para que se cruce este rubicón. Al igual que siempre hizo su antecesor, desde que accedió a la presidencia ha defendido que había que actuar desde el ámbito fiscal al mismo tiempo que desde el lado monetario. Pero el tono de ella ha sido más duro, más firme, casi de exigencia. En la reunión del Consejo de Gobierno del BCE de ayer jueves se congratuló de la propuesta del plan de recuperación “dedicado a apoyar a las regiones y sectores más afectados por la pandemia, al fortalecimiento del mercado único y a la construcción de una recuperación duradera y próspera”. No obstante, éste no elimina la necesidad de que el banco central continúe prestando su respaldo. Y ella tampoco ha defraudado.

Ayer amplió el programa de compra de emergencia pandémica, PEPP, en 600 mil millones de euros, hasta un total de 1.350 mil millones, medida fundamental porque al ritmo que se ha estado comprando desde marzo el programa se hubiera quedado corto. Las compras están dotadas de total flexibilidad: “en todas las clases de activos y entre jurisdicciones”. Además, extendió el horizonte para estas compras hasta finales de junio de 2021, y anunció que se reinvertirán los importes que vayan venciendo al menos hasta finales de 2022. Por su parte, continuará el anterior programa APP en las condiciones establecidas, con una ampliación hasta final de año de 120 mil millones.?

No sólo con el plan de reconstrucción, desde el BCE también se ha dado un gran paso en la formación de la Europa del futuro. No por la fuerza de los estímulos que está estableciendo por el Covid-19, porque el BCE ya había actuado contundentemente en el pasado. Tampoco porque Lagarde esté en cierta manera obviando el reciente fallo del Tribunal constitucional de Alemania desafiando la independencia del BCE, porque en su día también Mario Draghi soslayó las denuncias judiciales alemanas. El hecho que marca una actuación radicalmente diferente es la flexibilidad con la que se ha dotado ahora el BCE para actuar asimétricamente, aportando solidaridad a Europa por la vía monetaria. Christine Lagarde, Angela Merkel y Ursula van del Leyen: ¡vaya tres mujeres!

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El Fondo de recuperación europeo y la banca

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:52

TRIBUNA ECONÓMICA, 29/5/2020

Esta semana, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso en el Parlamento Europeo un plan de reconstrucción mutualizado de 750.000 millones de euros. También esta semana, la Autoridad Bancaria Europea, EBA, publicó una evaluación preliminar del impacto de la pandemia en el sector bancario europeo, señalando los desafíos sin precedentes que se le plantean. Es de imperiosa necesidad que ese plan se emprenda: la morosidad acecha. O los estados activan la economía y prestan un decidido apoyo al sector empresarial o terminarán rescatando a los bancos, desatándose así bucles diabólicos entre deuda bancaria y deuda soberana. Europa entera saldría perjudicada.

Von der Leyen advertía de que los problemas son demasiado graves para ser solucionados de forma individual y animaba a los países a recorrer juntos el camino para consolidar el proyecto europeo para las generaciones venideras. Del total, 500.000 millones serán para ayudas directas a los países en función del impacto del coronavirus y 250.000 para préstamos. La financiación la afrontará el presupuesto de la UE sin necesidad de que las contribuciones estatales anuales se eleven porque éste se incrementará con impuestos al carbono, plásticos, empresas digitales y grandes corporaciones.

Hay que conseguir sí o sí que la recuperación sea lo más cercana a una V. Mientras más se tarde en volver a la normalidad mayor será el impacto en las cuentas de resultados de los bancos y, por ende, en su solvencia. La EBA lo dice claro: “A medida que se desarrolle la crisis, es probable que los bancos enfrenten crecientes volúmenes de préstamos morosos, que pueden alcanzar niveles similares a los registrados después de la crisis de 2008″. Y ahora además se parte de una exigua rentabilidad bancaria.

Luis de Guindos, vicepresidente del BCE, esta semana ha sido muy explícito sobre este tema: “Si teníamos un problema de rentabilidad antes, ahora lo tenemos agravado”. Los datos son demoledores: si la rentabilidad media de la banca europea estaba en torno al 6%, muy por debajo del 10% que exigen los inversores, puede caer al 2,5% en el bienio 2020-21. Este deterioro se está reflejando en las valoraciones bursátiles bancarias, que han pasado de tener descuentos medios del 55% sobre su valor en libros al 70%, y algunas entidades financieras alcanzan el 90%.

El plan aún tiene que negociarse. Austria, Dinamarca, Países Bajos y Suecia están en contra. Pero cuenta con el apoyo de Angela Merkel, la canciller alemana, que consiente en la mutualización porque es consciente de que el peligro es para todos. Por su parte, Christine Lagarde, presidenta del BCE, presiona amenazando con que, si no se lleva a cabo, tendrá que practicar la solidaridad por la vía monetaria. Por último, la presión que estará ejerciendo el lobby bancario debe estar siendo enorme: está en juego su supervivencia. Europa y su banca comparten destino, ahora no sólo por el buen fin de los depósitos, sino por lo miles de millones de préstamos avalados. Cada vez está más difuminado dónde empieza una y termina la otra. El plan saldrá para adelante. ¡A ver con qué tino y con qué responsabilidad se desarrolla!

El CBDC y el Covid-19

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:50

TRIBUNA ECONÓMICA, 22/5/2020

La emisión de dinero digital por parte de los bancos centrales (Central Bank Digital Currency, CBDC) estaba pasando por un momento intenso antes de la pandemia. El anuncio de Facebook de lanzar la moneda digital e internacional Libra avivó el debate académico y político y los bancos centrales tomaron conciencia del desafío monetario que suponía ese lanzamiento y de la necesidad de responder con urgencia. Durante estos meses, debido a la gravedad de las circunstancias, podría suponerse que se habría detenido, pero no, no ha dejado de continuar su avance.

Los dos países que más desarrollados tenían sus proyectos lo han llevado a la práctica en medio de esta crisis global. El Banco Popular de China ha puesto en marcha el yuan digital apoyado en sus grandes empresas de pago. La población allí está totalmente familiarizada con el uso de herramientas digitales para mover el dinero. Por su parte, Suecia, donde los billetes y monedas van teniendo un uso residual, comenzó en febrero a probar la corona electrónica o e-krona, con idea de que empiece a funcionar efectivamente dentro de un año.

En la Eurozona, las posturas son contradictorias debido a las diferencias entre los países. El pasado martes, el Banco Central de los Países Bajos advirtió que el uso del efectivo físico está disminuyendo claramente en su país y que con el Covid-19 está tendencia se intensifica, y se ofreció a liderar el desarrollo de un CBDC en Europa. Sin embargo, hace unos días, en el evento de criptomonedas más grande a nivel mundial, Consensus 2020, Yves Mersch, miembro del BCE, en su discurso An ECB digital currency – a flight of fancy? precisaba que esa tendencia no es generalizada en la zona del euro -el 76% de las transacciones utilizan dinero físico- y que la pandemia había incluso incrementado su demanda. Eso no es óbice para reconocer la necesidad de disponer de un euro digital.

Los promotores de un dólar digital, en ese mismo evento, manifestaban cuánto hubiera facilitado éste a la administración americana a combatir los efectos negativos del Covid-19. El envío masivo de cheques a cada uno de los americanos para impulsar la economía resulta costoso, inseguro y lento. Si cada ciudadano tuviera una cuenta directamente en el banco central ese traspaso monetario hubiera sido sencillo. El inconveniente del modelo que proponen es que no sólo cambiaría la política monetaria sino que la desintermediación bancaria podría irse al traste por la posible fuga de los depósitos bancarios hacia esas cuentas en moneda digital soberana.

Pero hay múltiples diseños, hay que encontrar el adecuado. En Occidente no podemos negarnos al cambio cuando la tecnología pide paso: sería un completo retraso. China avanza, y su sistema híbrido ya en funcionamiento está marcando el camino.Yves Mersch nos invita a darle vuelo a la fantasía: sueño con la Libra de Facebook, modificada para que la operativa sea privada pero contando con el respaldo y total control de los soberanos occidentales coordinados. El Covid-19 debe animarnos a caminar hacia una sociedad nueva: los medios de pago internacionales pueden mejorar extraordinariamente y es posible otro sistema financiero más perfecto.

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‘Achinizado’ y desacoplado de China

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:49

TRIBUNA ECONÓMICA, 15/5/2020

El desacople de EEUU de la economía china es una tendencia que ya estaba patente pero que este “virus del demonio” puede acelerar y radicalizar. Durante 2018 y 2019 asistimos a crudos enfrentamientos entre estos países que quedaron apaciguados a principios de este mismo año cuando firmaron el acuerdo denominado “Fase uno”. Sin embargo, con la pandemia, China ha reconocido serias dificultades para satisfacer las compras a las que se comprometió y Donald Trump ha puesto sobre la mesa la posibilidad de dinamitarlo, y además ahora está buscando iniciar un desacoplamiento financiero.

Alegando razones de seguridad nacional, el presidente americano desencadenó en el pasado una guerra de aranceles, mostró su rechazo a la migración de las cadenas de suministro de los Estados Unidos a China, limitó las adquisiciones chinas de empresas estadounidenses e incluso los acusó de espionaje tecnológico. Todo esto puede ahora recrudecerse. Las acusaciones recíprocas entre EEUU y China de ser culpables del virus han tensado aún más las relaciones entre ellos. La penuria económica y la necesidad de salir airosos de esta crisis ante sus ciudadanos puede empujarles a posturas más enconadas.

Así, Trump ha añadido esta semana más leña a la candela sugiriéndole al principal fondo de pensiones del gobierno americano que no invierta en acciones de compañías chinas. La reacción de Pekín a esta afrenta ha sido templada, limitándose a señalar que los inversores estadounidenses perderán oportunidades. Ellos no hablan, actúan, y no pierden comba: han lanzado ya el yuang digital, con el que pretenden expandir la influencia de su moneda y escapar del sistema bancario global, controlado por EEUU. Y cuentan con la baza de ser uno de los principales tenedores de la deuda pública americana.

Estos dos países están cada vez más separados y cada vez también se parecen más. Hace más de cuarenta años que China emprendió una reforma económica y su apertura al exterior que la ha transformado hasta convertirla en la segunda potencia económica del mundo, y con pretensiones claras a ocupar el primer puesto. Ahora, por el contrario, es EEUU el que converge hacia China, y no sólo en lo económico. A las políticas proteccionistas, a su actitud cada vez más nacionalista, a la censura creciente, al control de las fronteras o al mayor poder gubernamental, con la pandemia se le suma la intervención directa del Estado en las actividades del sector privado, tomando participaciones en sus empresas.

Y este peligro de achinización no sólo sucede en EEUU, Europa también está experimentándolo. El protagonismo de los gobiernos se acrecienta para mantener el bienestar de la población y las nacionalizaciones -parciales o totales- van a extenderse. La Unión Europea ha intentado ponerles límites y que la participación pública en las empresas sea temporal, pero está por ver cuánto tiempo tardan las salidas en producirse. Por otra parte, la pandemia también está provocando mayor desconfianza en la Unión -la sentencia alemana contra el BCE es un reflejo claro-, lo que dificultará a sus economías -las más abiertas del mundo – mantener su independencia respecto a los dos bloques.

 

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OK, tomamos nota

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:45

TRIBUNA ECONÓMICA, 8/5/2020

En plena pandemia y con Europa inmersa en una descomunal crisis económica, va el Tribunal Constitucional alemán y le da una patada al proyecto europeo. Ha dictaminado que el programa de compra de deuda que puso en marcha Mario Draghi en 2015 -el Public sector purchase programme (PSPP)- es “desproporcional” y le da al BCE un plazo de tres meses para demostrar que no se ha extralimitado en sus competencias. Parece que estos jueces alemanes han olvidado que las naciones de la Eurozona no tienen poder para cuestionar lo que se decide respecto a la política monetaria. Hay que recordarles que cedieron soberanía a una entidad supranacional e independiente para que actuara con total autonomía en este aspecto.

Si algún tribunal puede vigilar esa actuación del BCE es el Tribunal Constitucional Europeo, y éste ya falló en 2018 avalando su legalidad. Por eso, el BCE no se ha inmutado y se ha limitado a comunicar escuetamente que toma nota, pero que seguirá haciendo todo lo necesario. O sea, que piensa seguir con dicho programa, con el nuevo -el Pandemic emergency purchase programme (PEPP)-, con el resto de medidas que ha adoptado, y lo que haga falta. También podría haberle aclarado a los alemanes que mientras que pertenezcan al club, el Bundesbank tendrá que hacer lo que se le ordene, porque en política monetaria es sólo la sucursal operativa que tiene en ese territorio europeo.

Ni son las formas adecuadas ni es a nivel nacional como hay que plantear el necesario debate sobre el papel que se le está haciendo jugar al BCE. Con la crisis de 2008, tuvo que tomar el mando y sacar las castañas del fuego. Desde entonces, en una constante huida hacia adelante, la eurozona ha desperdiciado doce años sin enfrentar las incoherencias y debilidades del proyecto europeo. De nuevo, con la pandemia, el BCE también se ve sin el acompañamiento de una respuesta fiscal contundente común europea. Si los alemanes se muestran así con el PSPP, a saber cómo reaccionarán con el PEPP, con el que el BCE se ha dotado de mucha mayor libertad de movimiento.

Y es que esta forma de solidaridad por la puerta falsa que supone la actuación del BCE termina finalmente siendo más controvertida y generando más resentimiento. Así lo advertían hace unos días 80 economistas holandeses -los Países Bajos están siendo aún más críticos que los alemanes- en el diario Volkskrant. Pedían “al Gobierno holandés que cambie de rumbo y que apoye un enfoque europeo” porque, en otro caso, el BCE actuará por su cuenta nuevamente y esto, dicen, supone una clara falta de legitimidad y de orientación política.

Están de acuerdo, como reclamamos desde España, en que ahora es el momento de una respuesta europea contundente y generosa, aunque, eso sí, señalan que en el futuro habrá que exigir a los países reformas y que ordenen sus cuentas. Lo decente sería que los necesitados de ayuda no esperen a que se les obligue a esto, sino que deberían voluntariamente y desde ya actuar para ganarse la credibilidad y la confianza del resto: no se puede apelar al esfuerzo común pero no querer ni un poco de sufrimiento propio: es la postura del gobierno español que pide y pide y no hace ni el mínimo gesto.

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¡Se trata de Europa!

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:44

TRIBUNA, 1/5/2020

Hablemos claro, el desastre que tiene encima Europa sólo se arregla de una forma: con más Europa. Y el motivo para que apuesten por ello los diferentes países no es el de la solidaridad sino el de la estricta conveniencia propia. Éste es el mismo argumento que ya Immanuel Kant en su día esgrimió para que las potencias europeas renunciaran a la guerra y firmaran un compromiso común por la paz: el interés propio. Y así ha sido, cuando siglos después los europeos se decidieron a hacerle caso. Ahora el objetivo de Europa es otro: hacer frente a la recesión más importante en tiempos de paz. Esperemos que ahora comprendan más rápido que les seguirá yendo mejor unidos que por separado.

Muchas voces autorizadas están clamando por esto. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, la primera. Fabio Panetta, miembro del Comité Ejecutivo del BCE, en una entrevista esta semana incluso se esforzó en convencer dando razones: por salud, por el riesgo de segundas olas si los países más débiles no pueden desconfinarse adecuadamente por agobios económicos; por política, ya que la población perdería la confianza en la unión; y por economía, porque al estar tan estrechamente interconectados, si sufre uno, sufren todos.

Y también Elisa Ferreira, la comisaria europea de Cohesión, advertía hace unos días que “el daño no será sólo para los llamados países menos eficientes, sino para toda Europa”. Un fondo europeo solo a base de créditos dejaría fuera a los países que no pueden endeudarse más allá de cierto nivel, y esta desproporción distorsionaría el mercado: “Sólo las ayudas de Berlín a Adidas, con 2.400 millones, o a TUI, con 1.500 millones, ya superan las que han dado algunos estados a todas sus pequeñas y medianas empresas”. Se necesita que las empresas viables resistan la crisis independientemente del lugar en el que estén ubicadas.

Europa se enfrenta a que la pandemia en determinados países derive en una crisis financiera que contagie al resto o en que alguno diga basta y se rompa el euro. Por ello, Christine Lagarde en su conferencia de ayer, tras la reunión del Consejo de Gobierno del BCE, insistió en que una respuesta fiscal “ambiciosa y coordinada” es crítica. Aplaudió los 540 mil millones de euros aprobados como red de seguridad para trabajadores, empresas y soberanos, pero reclamó un programa de reconstrucción conjunto “rápido, firme y flexible”.

Sin embargo, esto no termina de engendrarse. Mario Draghi se pasó ocho años reclamando “más Europa” y ahora Lagarde lo hace en circunstancias aún más dramáticas. Por el momento, la situación está contenida por las compras del BCE. Así, ante la rebaja de Fitch a la deuda italiana, hasta BBB, casi bono basura, no ha habido reacción en el mercado. Pero la presión será cada vez más intensa. Ayer, Lagarde, se limitó a mejorar las condiciones de liquidez y retribución a la banca. Espera la respuesta fiscal mutualizada. Si falla, quizá los miembros del Consejo tendrían que hacer gala de su independencia y consentir que las compras de deuda incumplan la clave de capital y se atienda más al país más necesitado, y salvar al euro dando una respuesta mutualizada por la vía monetaria.

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Sin los empresarios no saldremos adelante

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:40

TRIBUNA ECONÓMICA, 24/4/2020

Sin los empresarios no saldremos adelante. Todos deberíamos tener grabada en nuestra frente esta frase. Y bajo ese título hay que englobar tanto a grandes empresas como a pymes, autónomos y emprendedores: los componentes del ecosistema económico que con su actividad sostienen al resto, los motores indiscutibles que lo ponen en funcionamiento y lo mantienen en marcha. Conviene resaltar esto siempre, pero aún más en época de crisis porque dependemos de ellos para superarla. Una parte de la sociedad no termina de reconocerles la enorme importancia del papel que desarrollan y muchos incluso se dedican a desacreditarlos constantemente cuando son imprescindibles para hacer posible el Estado del bienestar del que disfrutamos.

Ellos, como diría Maquiavelo, “saben lidiar con la fortuna”, y así buscarán cómo ofrecer sus servicios de otra manera, redefiniendo sus negocios para adaptarlos a las nuevas normas sanitarias. Ya estamos viendo cómo inventan miles de propuestas: hoteles “inmunes”, con check-in a través del móvil o con kits de desayunos individuales; restaurantes reformados con mamparas, con personal protegido contra el virus, preparados para llevar el menú a casa o servirlos en el local, con mesas de servicio laterales para que el contacto con los camareros sea escaso; tiendas con probadores reconvertidos e higienizados; gimnasios con menor aforo; playas parceladas…

Y como los empresarios llevan en su ADN el ser innovadores, se atreverán a crear, a sacar de la nada algo que todavía no existe y materializarlo. Encontrarán las circunstancias que ofrece la fortuna en cada instante y reorientarán sus modelos de negocio para adaptarse a la nueva demanda de una sociedad diferente en la que la salud, los cuidados, el servicio a domicilio, el comercio electrónico y el teletrabajo se han instalado para siempre. Explorarán nuevos sectores que explotar y en los que diversificarse, como la transformación digital y energética, la sanidad, la agroindustria o el sector farmacéutico….

Del mismo modo, surgirán oportunidades del replanteamiento que necesariamente tendrán que hacer muchas empresas sobre dónde obtener los suministros que alimentan sus cadenas productivas. Alrededor de una quinta parte de las empresas se han visto afectadas, según la Encuesta empresarial sobre el impacto de la crisis del Covid-19, que ha publicado el Banco de España esta semana. Sin duda, el coste de ruptura adquirirá una importancia que convertirá en competitivas a empresas más cercanas que en su día fueron descartadas: las pymes estarán al quite en este cambio.

Con todo, para despertar del coma inducido y volver a competir en un terreno de juego con nuevas reglas, estarán necesitados de ayuda. De momento se les ha tirado la cuerda de la financiación y estos días se negocia en Europa un plan de reconstrucción europeo de hasta dos billones de euros para sacarlos del pozo. El endeudamiento que provocará será enorme, pero mucho peor aún será si no se gestionan esos recursos de forma inteligente. La desgracia del virus hay que tornarla en oportunidad. El que tropieza y no cae, adelanta: para conseguirlo hay que darle voz y valor al empresario.

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Apriétense los machos

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:38

TRIBUNA ECONÓMICA, 17/4/2020

A estas alturas numerosas instituciones han empezado a cuantificar el desastre económico que tenemos encima. Como el Fondo Monetario Internacional, que publicó esta semana las previsiones para las principales economías del mundo. Para España espera que el PIB se desplome un 8% en 2020. Los ingresos fiscales experimentarán una caída descomunal y los gastos, por el contrario, subirán como la espuma: el déficit alcanzará este año el 9,5% del PIB, frente al 2,6% con el que cerró 2019. Para cubrir este desfase, estima que la deuda pública se disparará hasta el 114% del PIB, muy por encima del 95,5% del ejercicio pasado. Pero estas previsiones del FMI respecto al endeudamiento público son muy suaves en comparación con las que otros organismos, igual de solventes, han realizado estos días. Así que, apriétense los machos porque nos quedan por vivir unos años bien complicados.

La cuestión es si España podrá soportarlo, si serán sostenibles esos niveles de deuda. Prestarnos, nos prestarán los inversores, pero lo dramático puede ser a qué coste estarán dispuestos a hacerlo. El montante de intereses que se pagaron por la deuda pública en 2019 ascendió a la barbaridad de 29.300 millones de euros. Según las previsiones del FMI, se elevaría a 32.000 millones de euros en 2020. Pero esa cantidad resulta asumiendo que se seguiría manteniendo el mismo coste medio -aproximadamente un 2,46%- que el pasado año y esto es una hipótesis muy ingenua.

Este martes el Tesoro ha emitido letras a seis y doce meses. En ambos casos las rentabilidades exigidas por los inversores se han incrementado. Del mismo modo, las rentabilidades en las emisiones de bonos de este mismo jueves y en la negociación de estos en el mercado secundario han seguido esa misma tendencia al alza. Por hacernos una idea, de subir el coste medio de la deuda sólo un 1%, ese 114% de deuda sobre el PIB generaría unos intereses de 49.400 millones de euros al año, ¡1.000 euros al año por español, contando incluso a los niños! Y mejor no hacer los cálculos para esas otras previsiones más realistas que elevan la cifra de deuda mucho más, llegando al 145% del PIB.

Es verdad que España cuenta con el respaldo del BCE, al igual que ha contado desde la crisis financiera de 2008. El Pandemic Emergency Purchase Program contempla la compra de deuda pública por 750.000 millones de euros, a sumar a los 120.000 millones anteriormente comprometidos. Luis de Guindos, vicepresidente del BCE, en una entrevista esta semana cifraba la cantidad que le corresponde a España entre 120.000 y 130.000 millones de euros. Pero España necesitará emitir mucho más que eso.

Realmente el Covid-19 es un virus del diablo, como lo calificó en su día Xi Jinping y que parece ser la única verdad que ha salido de su boca a la vista de todo lo que desde entonces está pasando. Muchos españoles se han tenido y se tienen que apretar los machos para combatir los estragos que el virus perpetra en sus cuerpos. Todos lo estamos haciendo, con nuestro confinamiento, para minimizar su carnicería. Los que tienen que apretárselo, y bien fuerte, son nuestros gobernantes, porque son ellos los que están lidiando con esta peligrosísima evolución de la deuda.

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Garántia y la Junta de Andalucía, contra el Covid-19

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:37

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/4/2020

Las situaciones críticas tienen la virtud de provocar cambios en el comportamiento de los agentes o, al menos, de acelerarlos. Así, con el Covid-19 la Junta de Andalucía se ha decidido a dar el paso y convertir a la Sociedad de Garantía Recíproca de Andalucía, Garántia, en su brazo instrumental para asistir financieramente a las pymes y autónomos andaluces. En estos meses en que todo son gastos sin gota de ingresos para ellos, resulta fundamental y urgente proveerlos de liquidez. No obtenerla podría suponer la desaparición de muchos negocios y además desencadenar nefastos impagos en cadena. Garántia -la Junta es su socio mayoritario- tiene características ideales para acometer esta tarea: es una sociedad sin ánimo de lucro sometida a la inspección del Banco de España, lo que le obliga a aplicar el máximo rigor financiero.

Las pymes y autónomos que desarrollen su principal actividad en Andalucía pueden pedir online el aval de Garántia y, adjuntando correctamente la documentación requerida, en pocos días obtendrán el crédito en alguna de las entidades financieras. Deben ser negocios que fueran viables a diciembre de 2019, sin morosidad, con sus obligaciones legales en regla y que se comprometan a mantener el empleo (sin contar los ERTE). Sólo están excluidos los sectores inmobiliario y del carbón, las pymes sin personal y las que tengan participación pública.

Las operaciones, para atender el 100% de las necesidades de tesorería provocadas por el coronavirus, pueden oscilar entre 12.000 y 50.000 euros, con plazo entre 3 y 5 años y con carencia de hasta 12 meses. El coste será del 3,25%, suma del 1,25% del coste del aval y el 2% del tipo de interés para la entidad financiera. Al inicio se devengará una comisión del 1% y también tendrán que desembolsar un 3% del nominal solicitado para asociarse a Garántia, aunque esta cantidad es recuperable al finalizar el préstamo. En definitiva, estas condiciones son incluso mejores a las que estos colectivos estaban acostumbrados antes de la pandemia.

El volumen de préstamos que esta SGR va a movilizar asciende a 500 millones de euros, lo que va a poder beneficiar a 20.000 pymes y autónomos andaluces si se atiende a un importe medio. Para ello la Junta de Andalucía reforzará la solvencia de esta entidad con hasta 36 millones de euros, que irá desembolsando a medida que se formalicen las operaciones, a razón del 7,2% de cada una de ellas. Simultáneamente, Garántia se verá amparada también por la Compañía Española de Reafianzamiento, Cersa, que para este programa ha decidido elevar su apoyo habitual del 50% al 75%.

Del buen hacer de Garántia dependerá que los recursos públicos que se han comprometido no se pierdan y persistan en la sociedad cuando finalicen los préstamos. A ella le toca analizar y evaluar las solicitudes recibidas, determinar las exigencias de garantías y con total autonomía conceder o denegar los avales. Si actúa con eficacia, rapidez y acierto en sus decisiones podrá conseguir ese reconocimiento tan anhelado como herramienta fundamental dentro de la política económica de la Junta de Andalucía y que este papel ahora coyuntural devenga en permanente.

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La banca: solución y problema

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:35

TRIBUNA EONÓMICA, 3/4/2020

En la pasada crisis financiera se hizo popular la utilización como metáfora del proverbio “se puede llevar el caballo al río, pero no se le puede obligar a beber”. El BCE inundaba de liquidez a la banca, pero ésta no prestaba ante la falta de demanda solvente. Ahora, aprendida la lección, se han hecho las cosas de manera diferente. Se ha vuelto a reclutar a la banca, que es la que dispone de la capilaridad suficiente para aplicarles una respiración financiera a los autónomos y pymes de forma rápida. El BCE vuelve a inundarla de liquidez, ahora remunerada, y le ha relajado los requisitos regulatorios para que pueda prestar con menos condicionamientos. Pero, además, en esta ocasión, su riesgo queda eliminado en un 80% a través de los programas de avales que los gobiernos europeos han puesto en marcha: “Bebe, que el agua está esterilizada”. Con todo, la banca puede pasar de ser parte de la solución a convertirse en el problema.

Sin duda, el plan orquestado permite ganar tiempo hasta que se destape la importancia definitiva de los daños. Pero, aunque soluciona la liquidez de los autónomos y las pymes, no remedia su posible insolvencia. Si la inactividad se alarga, muchas sucumbirán si no se les aplica una ayuda directa. Es aquí donde entra en juego el plan de reconstrucción del tejido productivo que se está negociando en Europa: que despegue un helicóptero monetario que compense, mediante subvenciones a la explotación, en cierta proporción los gastos que sin ingreso alguno las empresas han devengado. Sólo así podrán volver a la normalidad sin arrastrar costes o exceso de endeudamiento.

El volumen de recursos necesarios será enorme si la inactividad se alarga y vendría a añadirse a la importantísima cantidad de dinero que conllevará el gasto sanitario y el producido por el rescate a las personas: muchos estados de la eurozona no podrán soportarlo. El endeudamiento público medio es muy alto, y especialmente elevado en los países, como España e Italia, donde el virus más se está cebando. Resulta fundamental que Europa, con todos los controles y garantías que hagan falta, lo emprenda de forma conjunta. La solidaridad ya bastaría como motivo, pero es que además pueden desatarse problemas adicionales, salpicando también a los países reacios.

Una recesión importante en países de ese tamaño podría poner en dificultades a su banca, y contagiaría a todo el sector europeo bancario. La debilidad extrema de la banca antes ya de que el coronavirus apareciera es factor común a todos los países europeos. El grave problema de rentabilidad que sufren se agudizaría aún más en una recesión -los préstamos antiguos no están avalados- y llevaría a los bancos a problemas de solvencia. El BCE, que ve posible esta insolvencia, publicó hace unos días una nota “obligándolos” a que no repartan dividendos. Vedada la ampliación -las cotizaciones han caído más de un 40% este año-, el beneficio se convierte en la única posibilidad de mejorar los recursos propios. De que ese plan de reconstrucción conjunto se ponga en marcha, y que funcione, depende que cada país no se encuentre con un tejido productivo arrasado y al mismo tiempo teniendo que inyectarle recursos a su banca.

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