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El necesario veto a los dividendos bancarios

Carmen Pérez | 10 de diciembre de 2020 a las 8:48

TRIBUNA ECONÓMICA, 20/11/2020

Cuando en marzo el Covid-19 se extendió por Europa y EEUU, los reguladores mundiales “recomendaron” a los bancos que no repartieran dividendos, que se abstuvieran de recomprar acciones destinadas a retribuir a los accionistas y que aplicaran políticas prudentes en la remuneración variable a sus empleados. Así, el BCE fijó el plazo hasta al menos el 1 de octubre. Posteriormente, en julio extendió la recomendación hasta el 1 de enero de 2021. En diciembre está previsto que esta medida se revise, y es probable que se prolongue un año.  La razón los asiste, y no deberían ceder a las intensas quejas bancarias hasta más allá de que las vacunas no sean esperanzas sino hechos.

Las últimas declaraciones del gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, apuntan en este sentido: “Dadas las actuales circunstancias, la prudencia en la distribución del dividendo tendrá que mantenerse”. Y este mismo martes, Carolyn Rogers, la secretaria general del Comité de Supervisión Bancaria de Basilea, se pronunciaba del mismo modo, afirmando que es demasiado pronto para que los bancos canten victoria con el coronavirus, y que los accionistas deberían permanecer en espera hasta que el impacto de la pandemia a largo plazo sea claro.

Esta segunda e intensa ola de la pandemia ennegrece el panorama futuro, pudiéndose desatar demasiado la morosidad –ahora contenida por los apoyos públicos, como la extensión del plazo y de la carencia de los préstamos avalados por los Estados– y complicar la solvencia de las entidades bancarias. Frente a esto no tienen otra vía para reforzar su capital que retener beneficios. Las bajísimas cotizaciones de sus acciones –es un sector en reconversión por múltiples causas– imposibilitan la captación de nuevo capital en los mercados.

Los argumentos que contraponen los bancos son falaces. Afirman que pagar dividendos es algo necesario, que las cotizaciones se deprimen aún más si no se hace. Pero a los accionistas –¡si realmente lo fueran!– les debería compensar ver a sus empresas reforzadas. Además, el capital no desaparece. Si el impacto finalmente no es tan fuerte, podrán recibirlos más adelante. También aducen que con esta medida se les incrementa el coste de capital. Tampoco es cierto. Precisamente esta medida les permite no tener que recurrir a la costosa financiación híbrida de cuasi capital.

Por último, los banqueros añaden una amenaza –“si sigue el veto, se restringirá el crédito”– a sabiendas de lo nefasto que resultaría esto para la recuperación económica. Es inadmisible.  Están funcionando con respiración asistida pública. Se les han puesto –desde el BCE y los Estados– las condiciones en bandeja de plata para que hagan su trabajo: prestar. Y no, no son deseables en absoluto las prohibiciones en la actividad privada, pero no hay otro remedio cuando los bancos están tan protegidos por el sector público que es quien finalmente tiene que sacarles las castañas del fuego cuando les llegan los problemas. Si los bancos fueran completamente independientes –¡ojalá!– no procedería este veto: serían ellos solitos los que en circunstancias como las actuales voluntariamente se autolimitarían los dividendos.

 

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Evitar un naufragio financiero

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:48

TRIBUNA ECONÓMICA, 23/10/2020

Que nos quede algo claro. Desde la crisis de 2008 no hemos levantado cabeza. En Europa tuvimos unos cuantos años de crecimiento, pero fue gracias a los descomunales estímulos monetarios aplicados: la economía creció como la espuma, sin sustancia ni fundamento. Y los riesgos para la estabilidad financiera, entrelazados y que se perjudican mutuamente, se han ido incrementando, sin hacer absolutamente nada respecto a ellos. Ya antes de la pandemia, la situación macroeconómica de la zona del euro se volvía a deteriorar y los riesgos financieros se agudizaron: vuelta a insuflar más gas monetario. Ahora, esos riesgos están en alerta máxima.

Aludió a ellos Luis de Guindos el pasado lunes, en el XI Encuentro Financiero organizado por Expansión y KPMG. Se los debe saber de carretilla porque los ha denunciado hasta la saciedad desde que es vicepresidente del Banco Central Europeo.

Primero, enfrentó el problema de la deuda. Antes de que el virus arribara, los niveles de deuda pública eran ya muy elevados. El alivio de los tipos de interés bajos fue aprovechado por muchos países para gastar más, no para contenerla. Por su parte, la deuda corporativa, a pesar de su descenso, se la podía seguir calificando de sobreendeudamiento. Ambas se han disparado con la pandemia. Guindos dio datos: la deuda pública europea supera el 100% del PIB y la corporativa, el 150%. Todo saltará por los aires si los tipos de interés se elevan. Y volvió a predicar: en cuanto el virus se vaya, hay que buscar la sostenibilidad de las finanzas.

La segunda de sus advertencias fue respecto al sector no bancario, que se ha duplicado en estos diez últimos años, y que ha seguido una tendencia creciente hacia los fondos de inversión de mayor riesgo, disminuyendo sus colchones de liquidez al mismo tiempo. De Guindos señaló que en marzo hubo importantes tensiones de liquidez que, gracias a la ayuda del BCE, consiguieron solventarse, pero que el riesgo sigue persistiendo. Y volvió a predicar: para el futuro hay que actuar en este campo.

Y, por último, De Guindos abordó el problema de los bancos. Si demoledora es la aseveración: “El 75% de los bancos en Europa no son rentables” que el presidente repetía en conferencias del año pasado, pone los vellos de puntas escucharlo describir la situación del sector esta semana. Se ha reclutado a un ejército de bancos, se les ha armado hasta los dientes a cargo público y ellos han hecho un extraordinario esfuerzo, pero la debilidad de partida era enorme y pueden terminar sucumbiendo. Y volvió a predicar: los bancos tienen que hacer algo.

Apuntalar una economía podrida una y otra vez desde las finanzas no conseguirá que levantemos cabeza. Además, conduce a una mayor inestabilidad financiera. Los que están al mando han hecho oídos sordos ante estos peligros. Todo han sido patadas financieras hacia adelante sin abordar a fondo los problemas. Con la pandemia se han dado muchas más y más intensas. Sin embargo, Europa también ha decidido poner a la economía real en el centro. Ahora tiene que tener la firmeza de exigir reformas, saneamientos y que se aproveche bien y a tope el Fondo de Reconstrucción Europeo. Podemos terminar destruidos en un naufragio financiero.

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Desaguar la morosidad

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:38

TRIBUNA ECONÓMICA, 25/9/2020

El miércoles, la agencia Reuters publicó una entrevista que le había concedido en exclusiva Edward O’Brien. En ella, este alto funcionario del Banco Central Europeo explicaba que se está diseñando un mecanismo -al estilo Amazon o eBay- para vender créditos morosos. Se ha extendido la noticia como algo novedoso, pero para nada lo es. El BCE lleva tiempo trabajando en ello. El elevado volumen de préstamos dudosos es un problema muy serio desde la anterior crisis y ahora el Covid-19 va a provocar que de nuevo crezcan como la espuma en los balances bancarios. No es de extrañar que en estos momentos O’Brien haya desempolvado el tema: hay que buscar imperiosamente la manera de que los bancos puedan desaguarlos, y a buen precio.

Las cifras de préstamos morosos dan vértigo. En 2014 los bancos europeos acumularon cerca de un billón de euros, con una ratio de morosidad que superaba el 8%. Todavía quedan de aquellos créditos sin resolver 500.000 de millones de euros. Y las previsiones apuntan a que van a volver a crecer con fuerza. En España, el Banco de España ya ha constatado un alza en los créditos dudosos desde el inicio de la pandemia y avisa del incremento cuando venzan las moratorias y avales del ICO si no se adoptan medidas que lo amortigüen.

De ese billón, según un estudio de Deloitte, más de 450.000 mil millones fueron comprados entre 2014 y 2019 por grandes fondos internacionales, que asumen su gestión y soportan la larga espera hasta el cobro. Es un mercado concentrado en tan pocos que pueden presionar y conseguir adjudicárselos a precios de saldo. Aproximadamente la mitad fueron comprados por Cerberus, Blackstone, Lone Star y Goldman Sachs. Y esto es lo que el BCE se propuso solucionar en julio de 2017, cuando definió un plan para el desarrollo de un mercado secundario a través de los cuales los bancos puedan transferir a inversores no bancarios el riesgo de mantener estos préstamos.

Las circunstancias actuales han provocado que vuelvan a reactivar el proyecto. Con una plataforma como la que propone ahora O’Brien el mercado podría abrirse a muchos más operadores, aunque tengan menor capacidad de compra, y a la vez darle mayor transparencia a las transacciones que se lleven a cabo: “La idea es abrir el mercado a compradores de carteras más pequeñas, con un mercado al estilo de Amazon o eBay, donde se puede navegar… Eso puede hacer que el mercado se mueva”

En esta sociedad en la que el crecimiento y el empleo están basados de forma excesiva en la deuda, resulta fundamental que los bancos sigan prestando, y si no desaguan, su capacidad se ve limitada. En España se creó con este fin la Sareb, el “banco malo”, que permitió a las antiguas cajas de ahorro dar salida a estos préstamos y a las propiedades inmobiliarias que se adjudicaban. El BCE, también en 2017, se propuso copiarlo pero haciéndolo público y a escala europea. El proyecto no ha prosperado porque supondría la actuación conjunta de todos los países y porque choca con la normativa de ayudas del Estado. Además, sería un suma y sigue en la ya intensísima implicación Estado-Banca. Mucho mejor esta solución que ha reactivado O’Brien, que resuelve en el ámbito privado.

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Traqueotomías financieras

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:05

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/7/2020

Nadie diría que rajar con un cuchillo el cuello de alguien está bien. Pero tampoco nadie se opondría a que se hiciera si ese alguien estuviera asfixiándose y con esa acción se pudiera salvar su vida. No cabe duda de que el remedio aplicado tendría numerosos e importantes efectos colaterales; incluso es posible que esa persona se tenga que quedar respirando por la garganta para siempre. Pues algo similar pasa con las intervenciones públicas. En momentos críticos se adoptan algunas medidas que nadie discute. Hay que hacerlas y punto: el caso contrario es el caos, la destrucción, el desastre. En el ámbito financiero -con la banca- se han tomado algunas de este tipo, y también resulta difícil desandarlas.

Una de ellas -el respaldo público a los depósitos bancarios- se estableció en la pasada crisis financiera ante el terror de que se produjeran por doquier corridas bancarias. En Europa, el volumen garantizado subió hasta 50.000 euros por persona y entidad; en pocos días, se elevó a 100.000 euros. La banca se había quedado sin confianza y el Estado tuvo que sacar pecho: era vital salvaguardar el ahorro de los depositantes. Pero esto intensificó el vínculo perverso entre banca y Estado. Con el tiempo, lejos de revertirse esta medida, va a reforzarse convirtiendo la garantía pública de nacional en europea.

Ha venido otra crisis, y el cuchillo ha vuelto a clavarse: el tejido empresarial puede quedar asolado. Avalando, los Estados – en España, a través del Instituto de Crédito Oficial, ICO- han asumido casi todo el riesgo de los préstamos concedidos por la banca. Lógicamente, las entidades no hubieran estado dispuestas a ejercer su actividad prestamista por la mayor probabilidad de impago derivada de la enorme incertidumbre por el Covid-19. Ahora, si los préstamos resultan fallidos, el Estado paga, y el importe posible asciende a 100.000 millones de euros.

El 8 de julio, Kerstin af Jochnick, del Consejo de Supervisión del BCE, advertía que estos avales también han reforzado los vínculos entre los sistemas bancarios nacionales y sus respectivos soberanos, y que se pueden acabar reviviendo círculos viciosos entre ellos, como los que se desencadenaron en los países periféricos durante la anterior crisis. También advertía que es importante que no se conviertan en un recurso crónico. Pero lo cierto es que ya hay numerosas voces pidiendo no sólo que se amplíen cuantitativamente sino que se extiendan en el tiempo.

Han sido dos traqueotomías financieras en situaciones críticas. De la primera, habría mucho que reflexionar sobre por qué se dejó a la banca llegar a esa situación. En la segunda, la causa -la pandemia- es externa. Ha habido otras intervenciones, como la consideración del riesgo soberano, la patada a Basilea III o las flexibilidades adoptadas en la relación con el BCE. La radiografía actual es la de una banca asistida por lo público en sus dos actividades fundamentales -prestar y captar depósitos- y débil -la capitalización de toda la banca española no supera los 85.000 millones de euros-. De la recuperación económica depende que siga respirando. En otro caso, se tendrán que aplicar en Europa traqueotomías en forma de nacionalizaciones y rescates.

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La banca: solución y problema

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:35

TRIBUNA EONÓMICA, 3/4/2020

En la pasada crisis financiera se hizo popular la utilización como metáfora del proverbio “se puede llevar el caballo al río, pero no se le puede obligar a beber”. El BCE inundaba de liquidez a la banca, pero ésta no prestaba ante la falta de demanda solvente. Ahora, aprendida la lección, se han hecho las cosas de manera diferente. Se ha vuelto a reclutar a la banca, que es la que dispone de la capilaridad suficiente para aplicarles una respiración financiera a los autónomos y pymes de forma rápida. El BCE vuelve a inundarla de liquidez, ahora remunerada, y le ha relajado los requisitos regulatorios para que pueda prestar con menos condicionamientos. Pero, además, en esta ocasión, su riesgo queda eliminado en un 80% a través de los programas de avales que los gobiernos europeos han puesto en marcha: “Bebe, que el agua está esterilizada”. Con todo, la banca puede pasar de ser parte de la solución a convertirse en el problema.

Sin duda, el plan orquestado permite ganar tiempo hasta que se destape la importancia definitiva de los daños. Pero, aunque soluciona la liquidez de los autónomos y las pymes, no remedia su posible insolvencia. Si la inactividad se alarga, muchas sucumbirán si no se les aplica una ayuda directa. Es aquí donde entra en juego el plan de reconstrucción del tejido productivo que se está negociando en Europa: que despegue un helicóptero monetario que compense, mediante subvenciones a la explotación, en cierta proporción los gastos que sin ingreso alguno las empresas han devengado. Sólo así podrán volver a la normalidad sin arrastrar costes o exceso de endeudamiento.

El volumen de recursos necesarios será enorme si la inactividad se alarga y vendría a añadirse a la importantísima cantidad de dinero que conllevará el gasto sanitario y el producido por el rescate a las personas: muchos estados de la eurozona no podrán soportarlo. El endeudamiento público medio es muy alto, y especialmente elevado en los países, como España e Italia, donde el virus más se está cebando. Resulta fundamental que Europa, con todos los controles y garantías que hagan falta, lo emprenda de forma conjunta. La solidaridad ya bastaría como motivo, pero es que además pueden desatarse problemas adicionales, salpicando también a los países reacios.

Una recesión importante en países de ese tamaño podría poner en dificultades a su banca, y contagiaría a todo el sector europeo bancario. La debilidad extrema de la banca antes ya de que el coronavirus apareciera es factor común a todos los países europeos. El grave problema de rentabilidad que sufren se agudizaría aún más en una recesión -los préstamos antiguos no están avalados- y llevaría a los bancos a problemas de solvencia. El BCE, que ve posible esta insolvencia, publicó hace unos días una nota “obligándolos” a que no repartan dividendos. Vedada la ampliación -las cotizaciones han caído más de un 40% este año-, el beneficio se convierte en la única posibilidad de mejorar los recursos propios. De que ese plan de reconstrucción conjunto se ponga en marcha, y que funcione, depende que cada país no se encuentre con un tejido productivo arrasado y al mismo tiempo teniendo que inyectarle recursos a su banca.

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Se llama a filas a la banca

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:32

TRIBUNA ECONÓMICA, 20/3/2020

Se combate al virus en el campo sanitario y se combate al mismo tiempo la devastación económica que provocan la medidas necesarias para frenarlo. Y para librar esta guerra económica paralela se ha reclutado a la banca. La llamada a filas la inició el pasado jueves la presidenta del BCE, Christine Lagarde. Les abrió el arsenal para que se armaran de munición de forma barata: podrán disponer de todo el dinero que quieran, y si lo utilizan para prestárselo a las pymes afectadas por el coronavirus, además lo tendrán incentivado. De forma simultánea, la supervisión bancaria les relajó temporalmente los requerimientos regulatorios para dejarles con mayor libertad de movimiento.

Y también la presidenta Lagarde dejó orquestada la guinda imprescindible para que esta infantería que había convocado funcionara: el llamamiento a “una postura fiscal ambiciosa y coordinada”. En un momento en que los bancos no darían a las empresas ni un euro por las caídas en sus facturaciones y por la intensa incertidumbre que nos acompaña, se hacía preciso que desde lo público se sacara pecho y se asumiera el riesgo que esos préstamos llevan incorporado (Nótese esta esencial diferencia con la crisis de 2008). Lo ideal hubiera sido que fuera Europa la que diera el paso, pero incapaz de actuar unida se ha vuelto a decretar que cada palo aguante su vela, y a lo más que ha llegado es a consentir que los déficits puedan dispararse, pero cada país tendrá en el futuro que lidiar con ello de forma aislada.

En esa línea, nuestro presidente ha establecido esta semana el máximo riesgo que está dispuesto a asumir el Estado. Ha ofrecido avalar hasta 100.000 millones de euros los préstamos que conceda nuestro ejército bancario. A los bancos le interesa dar operaciones, es su negocio. Ayudar también es una oportunidad para limpiar su reputación que sigue aún dañada por la crisis financiera pasada. Además son los primeros interesados en que la economía no caiga; su situación es tan delicada que su supervivencia depende en gran medida del éxito de esta campaña que se ha puesto en marcha.

El riesgo público es muy alto. Incluso contando con la entrega y el mejor hacer de estas entidades, parte de esos 100.000 millones en avales se terminarán traduciendo en gasto por los préstamos que terminen fallando. Y la deuda pública se elevará a unos niveles más insostenibles de los que ya viene marcando. El coste del bono español a 10 años ha ido acusando esta posibilidad y se disparó del 0,2% al 1,3% .

El BCE ha salido también al quite de esto. Para evitar nuevos bucles perversos el miércoles noche se comprometió a comprar 750.000 millones más de bonos soberanos. Pero los gobiernos de la eurozona no deberían agarrarse sólo a esta magia financiera desplegada. Deberían actuar, ¡y ya!, para equilibrar la balanza fiscal por impopulares que sean las medidas que tengan que terminar planteando. No sólo eliminando todo gasto prescindible en estos momentos dramáticos sino con el sacrificio de aquellos colectivos con más holgura económica y de aquellos que no viven con angustia la evaporación de sus ingresos. Toca solidaridad para ajustar la economía por estas dos guerras que estamos librando.

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Desaceleración: más presión para la banca

Carmen Pérez | 29 de diciembre de 2019 a las 22:08

TRIBUNA ECONÓMICA, 18/10/2019

En los últimos años los bancos se ha quejado sistemáticamente del daño que le hacen a la rentabilidad de sus entidades los bajos tipos de interés fijados por el Banco Central Europeo. Este argumento es fácilmente rebatible. Sólo tienen que pensar si hubieran podido sobrevivir en una economía deprimida. Les habrá supuesto costes, pero los años de fuerte crecimiento que la política monetaria ha propiciado les ha permitido recuperar la actividad crediticia, reducir la morosidad y disfrutar de valoraciones más altas de los activos financieros y reales de sus balances. Ahora la situación ha cambiado: en los próximos años tendrán que convivir con tipos incluso más bajos y además con un débil crecimiento, tanto más exiguo en función de que se materialicen los diferentes riesgos que lo amenazan. Mucha presión para sus poco lozanas cuentas de resultados.

El gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, explicaba esta semana cómo afecta el deterioro macroeconómico a las entidades de depósito: “A la disminución del valor de algunos de sus activos se uniría una demanda de crédito menor. Además, la calidad del activo podría empeorar, dado que la capacidad de pago de sus acreditados se vería negativamente afectada. Encontrarían asimismo más dificultades para continuar desprendiéndose de sus activos improductivos”. Y lo peor es que esta mala perspectiva llega a un sector en el que su rentabilidad es actualmente claramente inferior al coste del capital exigido por los accionistas. La banca española parte de una mejor situación respecto a sus homólogos europeos, pero en el primer semestre ha recortado un 11,5 % sus beneficios, signo de la creciente probabilidad de materialización de este riesgo.

También Luis de Guindos, vicepresidente del BCE, en uno de sus últimos discursos fue drástico al diagnosticar la situación actual bancaria: “El 90% de los bancos europeos presentan un ROE menor que su coste de capital, lo que explica que la cotización media se sitúe por debajo del 50% de su valor contable”. Esto complica la posibilidad de captar capital propio en los mercados y que no se generen suficientes recursos propios internamente. La disminución de dividendos para reforzar el capital tampoco parece factible porque podría ahuyentar más al inversor, que mira por los rendimientos a corto plazo.

Ahora los bancos europeos son (algo) más resistentes que antes de la crisis, pero siguen siendo muy vulnerables ante un cambio en el ciclo económico. Su reto es seguir mejorando la calidad de sus balances, reducir el exceso de capacidad e incrementar la eficiencia, reduciendo costes, pero sin abandonar el cambio hacia un modelo de negocio que les permita competir en un sistema financiero en el que cada vez entran más y mayores operadores, y mucho más cercanos a los clientes. Enorme presión, por tanto, para la banca europea y, por ende, presión para todos, porque le tenemos confiados en gran medida nuestros ahorros. Y los españoles, los que más. El Banco de España publicaba esta semana la cifra: les tenemos prestados a los bancos 860.958 millones de euros, y eso sólo contando lo que mantenemos en cuentas a la vista y depósitos.

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¿Colapsará la banca?

Carmen Pérez | 2 de septiembre de 2019 a las 9:41

TRIBUNA ECONÓMICA, 16/8/2019

¿Hasta dónde pueden caer las cotizaciones bancarias? Seguro que muchos de nosotros nos hemos hecho esta pregunta estos días pasados al verlas caer y caer de forma importante. Y no sólo respecto a la banca española, sino a toda la europea. Las debilidad del sector lleva mucho tiempo mostrándose. Desde el gran batacazo de hace 10 años los bancos han recuperado algo de valor en varias ocasiones, pero sólo temporalmente. Sus cotizaciones ahora están prácticamente en los bajísimos niveles en los que cayeron entonces, incluso muchas en mínimos históricos. Una inversión de 100 euros replicando el índice Euro Stoxx Banks en 2008 se hubiera convertido en este enero en 40 euros. Y durante este año ha ido a peor: el sector está soportando una ola de ventas -un sell-off, en la jerga bursátil- en toda regla.

La baja rentabilidad es la causa y no hay visos de que pueda mejorarse en el futuro. Les perjudica el entorno de tipos de interés bajos que va a proseguir durante un largo periodo de tiempo. Y en septiembre se espera que el Banco Central Europeo baje el tipo de depósito -hasta el -0,50%-, y aunque lo haga de forma escalonada tendrá un impacto negativo sobre sus márgenes. Además, el deterioro de las perspectivas macroeconómicas también afectará al ritmo de crecimiento del crédito. El miércoles la agencia estadística Eurostat confirmó el frenazo de la economía europea y Alemania anunció la contracción de su economía. Italia está estancada y Francia creció un exiguo 0,2%.

El BCE, en el Boletín de Supervisión Bancaria de agosto, aborda este problema: “La rentabilidad está mejorando, pero no lo suficiente”. En 2018 la rentabilidad se elevó, nos dice, pero de forma escasa y sin calidad, porque sólo se debió a que ya no soportan tanta carga de la crisis y porque el entorno macroeconómico fue favorable. Pero en esto ya hay poco espacio para la mejora; a la vista de las perspectivas, al contrario. Los bancos necesitan imperiosamente hacer cambios estructurales que conlleven mejorar la eficiencia, generar ganancias -subir los ingresos y bajar costes- acordes a su nivel de riesgo, y así garantizar su sostenibilidad.

Los supervisores no ocultan su preocupación por la fragilidad de la banca. No es para menos. Todos tenemos reciente los enormes costes que suponen cuando entran en crisis, por el apoyo directo que hay que suministrarles y, más aún, por los efectos devastadores que provocan en la economía y, por tanto, en la sociedad. En el magnífico libro El Traje Nuevo del Banquero, Anat Admati (Universidad de Stanford) y Martin Hellwig (Instituto Max Planck) defienden que habría que obligarlos a tener mucho más capital y a recurrir menos al endeudamiento para que fueran más seguros. Pero a ver cómo incrementan sus ratios de capital con esa baja rentabilidad.

Si ya no son atractivos para los inversores, menos lo serían reteniendo ganancias a costa de disminuir los dividendos. Y es una locura que intenten captar en las condiciones actuales nuevo capital propio. Sin solidez y sin rentabilidad siguen subsistiendo. Y empieza a no ser un escenario descabellado que los estados tengan que hacerse cargo de ellos si las cotizaciones siguen cayendo.

Los subvencionados dividendos bancarios

Carmen Pérez | 26 de mayo de 2019 a las 18:13

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/5/2019

Hubo un tiempo -en la primera mitad del siglo XIX- en que los banqueros respondían ante los acreedores y depositantes no sólo con los activos de sus bancos sino con sus propios patrimonios personales. Hubo un tiempo posterior -hasta bien entrado el siglo XX- en que esta responsabilidad ilimitada se acabó, pero en la que al menos los banqueros seguían comprometiendo recursos suficientes en sus bancos: el ratio de apalancamiento -proporción de capital propio en relación con la deuda con acreedores y depositantes- rondaba del 30% al 50%. Hay un tiempo, el actual, en que ese ratio está por los suelos. El de las entidades españolas se situó el pasado año en el 5,4%, algo superior al 5,3% medio europeo.

La normativa lo permite. Las exigencias de capital son extremadamente laxas, incluso después del endurecimiento de la regulación que se produjo tras la crisis financiera. Concretamente, el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea fijó el ratio de apalancamiento mínimo en el 3%. Por entonces, Martin Wolf, en su artículo Basel: the mouse that did not roar (Basilea: el ratón que no rugía) de The Financial Times, hizo una valoración muy acertada: “el requisito de triplicar el mínimo anterior parece duro, pero sólo si uno se da cuenta que triplicar casi nada no es mucho”.

Así, las condiciones en las que trabajan los bancos distan enormemente de lo que dicta la lógica financiera. Lo adecuado sería que los bancos se fortalecieran ampliando capital. O más fácil, vía autofinanciación, dedicando los beneficios generados a incrementarlo. Por el contrario, en estos últimos años se han repartido sustanciosos dividendos. Ahora, los supervisores están poniendo el acento en este tema.

El Informe de Estabilidad Financiera del Banco de España de 7 de mayo denuncia que el reparto de dividendos que vienen haciendo no permite que crezca el capital lo necesario para que las entidades estén preparadas para afrontar los riesgos. También, la subgobernadora Margarita Delgado en su conferencia del 8 de mayo señaló que “las políticas de retribución al accionista deben adecuarse a la necesidad de generación orgánica de capital de cada entidad”, insistiendo en que ser accionista conlleva depender del resultado obtenido, y que antes está la solvencia del banco. Ambos siguen las recomendaciones que ya hiciera el BCE en enero, con las que instaba a los bancos a ser conservadores a la hora de repartir los beneficios.

Pero, ¿por qué iban a cortarse repartiendo dividendos más allá del cumplimiento estricto de las normas si cuentan con el sector público para completarles su exigua solvencia? Ningún otro sector mantiene esos ratios de apalancamiento: los que les prestan se aseguran que los dueños estén pringados suficientemente. Depositantes y acreedores prestan a los bancos aunque sus accionistas estén tan poco implicados gracias al seguro público de depósitos y a la asistencia del BCE con la que cuentan. Somos los contribuyentes los que posibilitamos que los accionistas bancarios reciban dividendos: ellos ganan, la población soporta el riesgo. Se ha recorrido en la historia un camino perverso con la banca. Habrá un tiempo en el que todo esto reviente.

Draghi: ¿qué hago con la banca?

Carmen Pérez | 3 de mayo de 2019 a las 9:42

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/4/2019

A ver, Mario Draghi necesita a los bancos. Hoy por hoy son el medio por el que se canaliza la política monetaria. El sistema financiero actual es así: la economía funciona si ellos prestan, aumentando la oferta monetaria y provocando que la economía se expanda. Esto explica la tasa de depósitos -el -0,4%- que actualmente el Banco Central Europeo les cobra. Es la forma de empujarlos a que no dejen su dinero aparcado allí y lo presten a particulares y empresas. El balance del BCE refleja que la liquidez de los bancos supera los 1,8 billones de euros, excediendo enormemente el importe de las reservas mínimas obligatorias, que ascienden a unos 128.000 millones de euros (datos a finales de 2018). Este exceso de liquidez les supone a los bancos de la Eurozona un coste -unos 7.000 millones de euros al año- que daña su rentabilidad.

Pero, mira, que no se quejen. Sus graves problemas de rentabilidad tienen otras muchas causas. Es un sector aún debilitado por la pasada crisis financiera, con más de 730.000 millones de préstamos dudosos en sus balances. Y se enfrenta a una intensa reconversión por su exceso de capacidad: el aumento de la competencia -fintechbigtech, fondos o entidades de pago y financiación- es progresivo e imparable; un trozo del negocio se está trasladando a los mercados financieros y la revolución tecnológica hace que sobre gran parte de su pesada estructura. Lo señaló Mario Draghi bien clarito este miércoles, tras la reunión del Consejo de Gobierno: el sector “está abarrotado”, está sobredimensionado “en oficinas y personas”. Y los ha animado a fusionarse.

Además, que piensen un poco. Esto del coste de la facilidad de depósitos les vendrá mal y los tipos de interés tan bajos no es el mejor de los escenarios para desarrollar su negocio, pero que imaginen por un momento lo que hubiera sido reponerse de sus desmanes pasados y afrontar la revolución tecnológica con una economía deprimida. La recuperación de estos años les ha venido de maravilla y no hubiera sido posible sin las medidas adoptadas de política monetaria. Y que se quejen de apoyo. ¿Es que no se acuerdan de que el sector público les tiene asegurados en última instancia los depósitos porque ellos por sí solos no inspiran confianza suficiente en el público para que les deje sus ahorros? ¿Es que no se acuerdan de los 734.381 millones de euros que les tiene prestados a largo plazo totalmente gratis el BCE? Mejor no seguir enumerando.

Eso sí, las medidas monetarias no afectan por igual a todos los bancos. Los que necesitan financiación la encuentran en el BCE a coste 0. La pide más la banca de Italia (32%) y de España (22%). Y sin embargo, el coste, por ejemplo, del exceso de liquidez para la banca española es de 281 millones y para la alemana de 2.484. Ahora el BCE se está planteando cómo hacerles la vida más fácil, aunque todavía en la reunión de esta semana no se han tomado decisiones. La ayuda podrá venir de elevar esa tasa de depósito, quizá de forma escalonada, y de aplicar tipos negativos a las nuevas rondas de financiación (TLTRO III). Draghi , y volvemos al principio, los necesita a todos, y hará lo que sea necesario, pero ojo, por el bien de la Eurozona.