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La banca en la sombra

Carmen Pérez | 25 de enero de 2015 a las 10:09

Siete años hace ya que comenzó la crisis financiera. Los supervisores financieros se afanaron desde su inicio por identificar sus causas para buscar soluciones, de manera que no se volviera a sufrir en el futuro una inestabilidad financiera semejante ni se tuvieran que rescatar bancos con fondos públicos nunca más. Hace poco, en Chicago, el vicepresidente del Banco Central Europeo, Vitor Constancio, con un discurso titulado Where to from here? (¿Hacia dónde vamos?), hacía una parada en el camino para recopilar los logros alcanzados y las cuestiones que aún quedan por resolver. Sus palabras muestran preocupación, cuestionando que pueda plantearse siquiera esa pregunta con todo lo queda por hacer: aún no estamos here, nos dice.

Que sí, que por supuesto se han llevado a cabo muchas reformas: una mejor supervisión, mayor coordinación internacional, aumento de los requisitos de capital, o nuevos ratios, por nombrar sólo algunas. Pero enseguida señala el fondo del problema. Estos mayores controles se aplicarán a la parte regulada del sistema, en su mayoría bancos, pero resulta que la actividad financiera desarrollada por estas entidades se está reduciendo estos últimos años -los activos totales del sector bancario han disminuido en Europa un 11% desde 2012- y, paralelamente, se está incrementando la de la denominada banca en la sombra, y ahí queda un mundo todavía por hacer.

La banca en la sombra comprende tanto numerosas instituciones de diverso tipo (fondos de inversión, brokers y dealers, y compañías financieras no bancarias), como determinadas operaciones financieras (préstamos no bancarios, titulización, repos y derivados over the counter, OTC, principalmente). Al respecto, lo primero que hay que destacar es que los bancos tradicionales no son ajenos ni a aquéllas ni a éstas: las fronteras son tan difusas que la banca en la sombra es en gran medida la sombra de la banca.

Por otro lado, muchas entidades, como las de leasing o factoring, se niegan a que se las incluya dentro de este saco, cuyo nombre tiene connotaciones peyorativas; otras muchas denuncian que son los bancos regulados los que están presionando y alarmando excesivamente porque no quieren que otras entidades se lleven una porción del negocio; los bancos, por su parte, denuncian competencia desleal y se quejan de que ellos están asfixiados con tantos requisitos y controles, y que éstos deberían hacerse extensivos a todos los que participan del negocio financiero, distinguiendo actividades y no tipo de entidades.

Las dimensiones que está adquiriendo este sector son enormes (para hacernos una idea, el patrimonio de la americana BlackRock, la mayor gestora de fondos del mundo, equivale a casi tres veces el PIB de España), y no se dispone del conocimiento suficiente ni de estadísticas fiables sobre el mismo, por lo que se desconoce el riesgo potencial que se asume globalmente, los posibles riesgos de contagios y la intensidad de las vinculaciones con la banca regulada, que pudieran conducir a que de nuevo en el futuro tuviera que ser rescatada. Además, también los peligros acechan a los inversores minoristas que confían sus ahorros a estas entidades y actividades, haciendo necesario reforzar con urgencia las medidas de protección del inversor para evitar que puedan ser objeto de fraudes en masa.

Sin embargo, el crecimiento de la banca en la sombra también conlleva importantes ventajas. El negocio financiero que desarrollan está completamente desvinculado de la protección pública -a diferencia de los depósitos de los bancos regulados- y, por tanto, las pérdidas en las que se incurra habrán de ser absorbidas directamente por los inversores; proporcionan alternativas más rentables que los depósitos bancarios, especialmente interesante en el contexto actual de bajísimos tipos de interés; también, gracias al alto grado de especialización que mantienen pueden cubrir con mayor eficiencia necesidades financieras específicas; supone abrir e intensificar nuevos canales de financiación hacia la economía real, que complementen a los tradicionales bancarios; y, por último, contribuyen a diversificar el riesgo fuera del sistema bancario.

La regulación del sistema financiero recuerda al mito de la Hidra de Lerna, a la que Hércules le cortaba una cabeza y le salían otras dos. Con esta última crisis se le ha cortado la cabeza a los bancos, haciéndolos mucho más seguros, pero provocando el desplazamiento del negocio financiero hacia la sombra, y con ello nuevas cabezas que cortar en la lucha contra la inestabilidad financiera y por la protección de los inversores. Hércules contó con ayuda para vencer; Estados, empresas y particulares también podrían contribuir utilizando adecuadamente el sistema financiero: por un lado, evitando el endeudamiento excesivo; por el otro, invirtiendo con conocimiento, responsabilidad y sentido común, pero lo cierto es que en vez de quemar las cabezas, como se venció a la Hidra, a veces las alimentamos.

Ahorradores condenados al riesgo

Carmen Pérez | 10 de enero de 2015 a las 20:20

En su reunión del 4 de septiembre de 2014, el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, BCE, decidió establecer el tipo de interés aplicable a las operaciones principales de financiación en el 0,05%, el tipo de interés aplicable a la facilidad marginal de crédito en el 0,30%, y el tipo de interés aplicable a la facilidad de depósito en el -0,20%. Estos tipos de interés no se han cambiado desde entonces, veremos qué ocurre en próximos días que toca nueva revisión.

De esta forma (Ver “Instrumentos de política monetaria” en  https://www.ecb.europa.eu/ecb/educational/movies/html/index.es.html), el banco que le pida dinero al BCE tendrá que pagar un 0,05% o el 0,30%, dependiendo del instrumento utilizado, y, si por el contrario tiene exceso de liquidez y el banco quiere depositarlo en el BCE, tendrá que pagar un 0,20%. Sí, extraño, pagar por prestar es algo que rechaza nuestro entendimiento porque supone un total desorden financiero.

Estas decisiones de política monetaria pueden parecernos de altas finanzas, de carácter macroeconómico, y que poco tienen que ver con nosotros. Nada más lejos, porque ese mismo esquema es el que los bancos trasladan en sus relaciones con la clientela. Es lo que se pretende. La receta empuja al endeudamiento y complica el ahorro.

Centrándonos en el ahorro, tenemos que tener claro que se acabó el percibir intereses con total seguridad. Las imposiciones a plazo o  depósitos, garantizadas por el Estado hasta 100.000 euros por cuenta y depositante, se moverán por debajo del 0,5%. O menos, porque algunos bancos alemanes ya están cobrando a sus depositantes, aunque es cierto que para cuentas de más de 500.000 euros. No parece una hipótesis realista que llegue a España y para ahorradores de escasa cuantía, pero no del todo descabellada si el BCE incrementa el 0,20% para la facilidad de depósito para los bancos en las próximas revisiones.

Tampoco el comportamiento de las Letras del Tesoro es ajeno a éstas y a otras decisiones que está tomando el BCE. Sólo hace unos meses estuvieron a punto de adjudicarse en una de las subastas a rendimientos negativos. De haberse producido este hecho los inversores a corto plazo habrían tenido que pagarle al Estado español por prestarle su dinero.

Así, el trasvase de depositantes a fondos de inversión y a otras alternativas financieras está siendo masivo. Pero todas ellas implican asumir un mayor o menor nivel de riesgo, o entrar en mayores plazos, lo que dificulta recuperar la inversión en caso de necesidad. Es más, con las compras de títulos que está realizando el BCE, y las que se esperan, tampoco se obtendrán rendimientos positivos con las opciones más conservadoras, como los fondos de renta fija. No hay escapatoria, los ahorradores están condenados o a asumir riesgos, o a resignarse y dejar su dinero en cuenta corriente.

Dos últimas cosas. La primera, aconsejar al inversor no experto: 1) si no entiende lo que va a comprar, no lo haga, busque asesoramiento en otra parte; 2) el nombre del producto puede no reflejar la realidad, desconfíe de las promesas de rentabilidad “elevada”, “garantizada”, “cubierta” o “absoluta” porque pueden resultar engañosas; 3) sea precavido si necesita liquidez antes de que venza la inversión; 4) asegúrese de entender cuáles son los costes totales; y 5) puede haber disponibles productos similares menos complejos con costes inferiores. La segunda: desearle suerte.

Encadenados al objetivo de la inflación

Carmen Pérez | 4 de diciembre de 2014 a las 18:30

LA actuación del Banco Central Europeo (BCE) está encadenada la consecución de su objetivo principal: mantener la estabilidad de los precios. Así lo marca de forma tajante su Estatuto. También, por supuesto, debe perseguir otros -crecimiento económico, empleo, progreso social, etc.- dado que debe apoyar las políticas económicas generales de la Unión Europea, pero siempre han de estar supeditados a las exigencias del objetivo principal ya señalado. Hace unos días, Mario Draghi y el resto del Consejo de BCE tomaron unánimemente la decisión de bajar los tipos de interés un cuarto punto, hasta el mínimo histórico del 0,25% señal de que el control de la inflación lo requería.

El objetivo general de estabilidad de precios se traduce en uno más concreto y operativo, a saber, mantener la inflación en un nivel inferior, aunque próximo, al 2% medio plazo. Esta inflación se calcula a través del Índice Armonizado de Precios de Consumo (IAPC), con el que se miden con una misma metodología lo precios de consumo en los países de la zona euro.

El BCE, en base tanto al ingente información que recaba sobre la situación económica y financiera de toda la zona como del estudio de la cantidad de dinero en circulación, estima la posible evolución del IAPC, aventurando las posibles desviaciones que pueden producirse, al alza o a la baja, del objetivo del 2% fijado. Y en base a estas estimaciones, actúa.

Para ello dispone de una caja de herramientas que utiliza -en un sentido o en otro- para conseguir enderezar los precios. Como ahora el pronóstico es de una inflación baja durante un periodo largo de tiempo, de ahí el disminuir los tipos de interés, esperando que se traduzca en una bajada del Euríbor en el Mercado de Interbancario, con ello se caliente la economía, y así suban lo precios. Y, si hace falta, utilizará otras herramientas más contundentes, como imponer tasas negativas a la facilidad permanente de depósitos, nuevas subastas de liquidez o comprar deuda pública, entre otras.

Descrito el proceso, resulta asombroso el automatismo que desprende; todo parece perfectamente planificado y bajo control: objetivo claramente definido y concretado; completos procedimientos de análisis para evaluar la situación; medidas articuladas dispuestas a ser activadas… Por si fuera poco, el BCE se halla investido de plena autonomía para evitar injerencias desde los distintos gobiernos nacionales. Pareciera que no se necesiten políticos para el cargo, sino burócratas que tan sólo han de limitarse a apretar el botón sin más problemas de decisión, por cuanto las reglas han eliminado por completo la discreción.

Por otra parte, también preocupa la indiferencia que se observa en el proceso en lo relativo a las diferencias nacionales dentro del territorio europeo, es decir, el hecho de que haya una misma política monetaria para toda la zona euro con independencia de las circunstancias específicas de cada país. En España, ahora, estamos de suerte, aunque no siempre nos han caído bien las medidas adoptadas. Como los precios en Europa están bajos se toman medidas que nos vienen de perla, porque atiende colateralmente a los otros objetivos que ellos consideran secundarios, pero que a todos se nos antojan los verdaderos: tener empleo, disponer de una sanidad y educación de calidad o no temer por las pensiones.

Aún más importante es el hecho de que del proceso de desprenda un importante intervencionismo en la economía. Se supone que nuestro sistema económico es de economía de mercado, pero se le imponen unilateralmente los tipos de interés que tanto la condicionan, porque no sólo son de la mayor importancia para las decisiones de financiación, sino que también son el punto de referencia para determinar las inversiones viables.

Por último, incluso obviando tales planificación y automatismo, esa falta de sensibilidad con lo diverso y ese intervencionismo, ¿por qué la inflación es el indicador para encadenar el proceso? Sin quitarle la enorme importancia que tiene el control de los precios, no se entiende que estemos encadenados a ella. Este objetivo sirve primero al capital, se desentiende de las personas y no tiene en cuenta la equidad. En muchos momentos durante estos años de recesión hemos asistido a un BCE que parecía deseoso de hacer lo debido y desarrollar una política monetaria relativamente expansiva, pero con miedo a no obedecer la voz de su amo. Podrían definirse varios objetivos a la vez y que se administrarán de forma flexible, como hace la Reserva Federal estadounidense, que tiene el mandato de mantener estables los precios a l vez que la máxima tasa de empleo sostenible; o podría optarse por un porcentaje mayor o con márgenes de fluctuación; o quizá sea hora de ir prestando atención a otros criterios, como el índice de Desarrollo Humano, defendido por Amartya Sen, para que sea el ser humano lo central de la economía.

Publicado el 31 de agosto de 2014.

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