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Bonos verdes soberanos

Carmen Pérez | 2 de septiembre de 2019 a las 9:30

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/7/2019

Los bonos verdes siguen floreciendo con fuerza. Se espera que estos bonos, que financian proyectos en energías renovables, transporte sostenible, eficiencia energética, adaptación al cambio climático o tratamiento de aguas, alcancen en 2019 un volumen de 174.000 millones de euros. Un crecimiento espectacular si tenemos en cuenta que en 2013 no suponían ni 3.000 millones. Cada vez hay más inversores -especialmente institucionales- comprometidos en estas causas. Buscan mantener toda o parte de sus carteras en verde, provocando que se amplíe el número y la diversidad de entidades que se deciden a emitirlos. Desde que hace doce años dieran el paso el Banco Europeo de Inversiones y el Banco Mundial, organismos internacionales, ciudades y gobiernos regionales, entidades financieras y empresas de todo el mundo se han ido añadiendo. Y también los Estados, emitiendo bonos verdes soberanos.

Polonia fue el primer país en hacerlo en 2016. Poco después le siguió Francia, con el mayor volumen hasta esa fecha, 7.500 millones de euros. Bélgica, Lituania e Irlanda son los otros tres países europeos que posteriormente los emitieron. No es extraño que fueran Estados europeos los precursores porque Europa ha sido siempre la abanderada del desarrollo sostenible. Pero además cuentan ya con bonos verdes soberanos otros países, como Nigeria, Fiji, Indonesia, la República de Sheychelles o Chile.

Recientemente -en mayo- se subastaron en Holanda. Fue todo un éxito. Se adjudicaron los 6.000 millones de euros previstos, dando preferencia a inversores catalogados como verdes, frente a una enorme demanda de más de 21.200 millones de euros. Y esta misma semana, el Ministro de Finanzas de Alemania comunicó que se están explorando varias opciones para una emisión de un bono verde soberano el próximo año. También Egipto y Kenia lo están valorando.

Así, no dejan de brotar bonos verdes aquí y allá, y es de esperar que esto empuje a una progresiva transparencia, avanzando hacia la necesaria armonización internacional. Resulta completamente fundamental eliminar el riesgo de greenwashing, para que el inversor cuente con la total seguridad de que los proyectos que financian son verdes e incluso que conozca el grado de verdor que aportan. Por otra parte, el aumento del volumen y su estandarización contribuirán a incrementar la liquidez de estos activos, la otra debilidad de este mercado.

En España, las emisiones verdes alcanzan unos 5.000 millones. Más de la mitad fueron realizadas por empresas, como Iberdrola -la pionera-, Repsol -la primera empresa de hidrocarburos que lo hizo en el mundo- o Telefónica. El 17%, por compañías financieras, como BBVA y Santander; y el restante porcentaje por entidades públicas, como Adif, Comunidades Autónomas o el ICO. Falta el Estado, aunque este junio la ministra Teresa Ribera señaló que lo están contemplando. España debería implicarse y emitir bonos verdes soberanos. No sólo porque se beneficiaría de ampliar la base de inversores al captar recursos, que cada vez están más ávidos de bonos verdes, sino porque además tendría un efecto arrastre de inversores y emisores en todos los sectores de actividad y sobre la opinión pública.

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Noticia buena mala

Carmen Pérez | 2 de septiembre de 2019 a las 9:21

TRIBUNA ECONÓMICA, 31/5/2019

Al final del año pasado, los economistas advertíamos de que el coste de financiación de nuestra deuda subiría cuando se retirara el que había sido su principal comprador, el BCE, aunque siguiera reinvirtiendo los importes de los bonos que le fueran venciendo: equivocación. El coste del bono español ha ido descendiendo desde el 1,73% de octubre hasta el 0,72% que marcó esta semana. Increíble, porque no estamos hablando de la financiación a corto plazo, sino a 10 años. De mantenerse en estos niveles significará un alivio de intereses para países como España, con una deuda pública que sigue marcando en valores absolutos record tras record. Desde esta perspectiva, la noticia es espléndida.

Este efecto no sólo ha dado en España. Las bajadas del rendimiento de los bonos hasta situarse en mínimos históricos la experimentan también países como Grecia o Portugal y se ha suavizado incluso la tensión en la deuda italiana. El bono alemán profundiza en los tipos negativos: Alemania cobra un 0,17% anual porque le presten dinero a 10 años. Y tampoco se descarta que el bono de EEUU descienda del 2% por primera vez desde finales de 2017.

La causa de la oleada de compras de bonos públicos puede resumirse en una palabra: miedo. La guerra China-EEUU siembra pesimismo y lleva a los inversores a buscar activos más seguros. Esta semana saltaron las alarmas tras la visita del presidente Xi Jinping a una planta de procesamiento de tierras raras, donde se obtienen unos elementos químicos que son completamente necesarios para fabricar productos tecnológicos.

El temor es que China -productor del 71%- contraataque utilizando el suministro de estos elementos como arma. En el parte de guerra semanal también hay que incluir la acusación de Trump a China por manipulación del yuan y la petición de China a EEUU de que declare inconstitucional el veto a su tecnológica.

Pero más allá de esta guerra, aunque agudizada por ella, la perspectiva de desaceleración económica global, incluso de recesión, es lo que subyace en el comportamiento de la renta fija pública. Carmen Reinhart (Universidad de Harvard) destacaba esta semana que la ralentización de China es más profunda y duradera que lo que se esperaba. Por su parte, el Bundesbank también esta semana afirmaba que la mejoría del primer trimestre alemán se debió a factores extraordinarios pero que la tendencia económica en general continua siendo débil. De hecho, Alemania registró en mayo el primer incremento de la tasa de paro desde noviembre de 2013.

Con este panorama la volatilidad en los mercados financieros será elevada. La FED podría bajar los tipos de interés. Al BCE -el 6 de junio tiene Consejo de Gobierno- la opción de subirlos se le aleja y se aviva la posibilidad de que reinicie las compras. En España -con un crecimiento del PIB del 2,4%- la ralentización económica está siendo mucho más moderada.

Además, ahora se encuentra con el beneficio del menor coste de financiación y el estímulo fiscal indirecto que supone que particulares y empresas vayan a seguir endeudados tan baratos. Pero España no podrá evitar el contagio de lo que está pasando, mejor ser conscientes del mal que esta buena noticia lleva incorporado.

Bonos a 100 años

Carmen Pérez | 27 de octubre de 2017 a las 11:46

TRIBUNA ECONÓMICA, 29 Septiembre, 2017

Hace unos días nos llegó la noticia de que el Tesoro público de Austria había emitido bonos a 100 años. El inversor que los haya adquirido recibirá un 2% anual durante 100 años, y recuperará el importe desembolsado en septiembre de ¡2117! No es el único país europeo que se ha atrevido a utilizar un plazo tan largo. Bélgica e Irlanda también lo hicieron el año pasado, aunque con bajos importes. Francia, Italia y España, de momento, sólo se han animado a hacerlo a 50 años. Concretamente, el Tesoro español colocó 1.000 millones a 50 años en 2014, y repitió el año pasado con dos emisiones más a ese plazo, adjudicando unos 4.000 millones de euros. Los largos plazos que están utilizando los Estados europeos para endeudarse impactan. La de cosas que pueden suceder en ese tiempo. Sólo hay que mirar la historia y recordar todo lo que hemos vivido en Europa desde 1917.

Los inversores que adquieren estos bonos son aseguradoras, fondo de pensiones, fondos de inversión, etc., que buscan algo de rentabilidad en el entorno de tipos de interés nulos e incluso negativos que existen actualmente. Muchas de estas entidades están obligadas por la regulación a invertir en activos financieros de bajo riesgo y con liquidez, como son los bonos soberanos europeos. Si además quieren rentabilidad, tienen que embarcarse en plazos más amplios.

Por su parte, los emisores, estados europeos, aprovechan la favorable situación actual para reestructurar en lo posible sus deudas. Así, en España, el perfil de vencimientos de la deuda pública se ha extendido en el tiempo. El año que viene se tiene que hacer frente a la devolución de más de 140.000 millones de euros. Y hay cantidades pendientes en 2019, y al año siguiente, y al otro, y así continúa hasta 2066. Cada año se volverá a pedir prestado para atender los vencimientos que llegan, incrementando lo que haga falta para atender el nuevo déficit: la deuda pública se ha convertido en una bola de nieve que se desplaza en el tiempo a la vez que aumenta.

Lo importante es que siga rodando y que pueda atenderse puntualmente el pago de intereses que genera. Ahora juega a nuestro favor la protección del Banco Central Europeo (BCE), cuya actuación permite que el coste de la financiación del Estado sea muy bajo. La inflación, aunque sea escasa, también beneficia, porque con los años se vuelven menos gravosos tanto la devolución de la deuda como sus intereses. Del mismo modo, mientras más se alarguen los plazos de las emisiones más llevadera será la deuda.

Una deuda que no es poca cosa, ya supera los 1,1 billones de euros, 750.000 millones de euros más desde el inicio de la crisis financiera. No sólo pasa en España, la deuda pública en Europa asciende a más de 12 billones de euros. Quizá estas emisiones ultralargas, todavía anecdóticas, se intensifiquen para disolver a base de años y años el problema. Quizá el BCE las vaya comprando. Quizá el BCE finalmente hasta se olvide de ellas. Todo es posible en 100 años. Pero de lo que no cabe duda es de que le estamos traspasando el problema a las generaciones siguientes. Les complicamos el futuro a ellos, a nuestros hijos y nietos, para tener nosotros mejor presente.

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Bonos verdes

Carmen Pérez | 3 de julio de 2017 a las 20:21

TRIBUNA ECONÓMICA, 26/5/2017

Los bonos verdes están de moda. Sus emisiones se han disparado desde que se celebró la Cumbre de París, la conferencia sobre el clima más importante de la historia. Con estos bonos se financian proyectos específicos -energías renovables, transporte sostenible, eficiencia energética, adaptación cambio climático o tratamiento de aguas- cuyo objetivo sea paralizar el calentamiento global. El volumen de bonos verdes ha pasado de los 2.600 millones de dólares en 2013 a los 81.000 en 2016, y se espera que 2017 se cierre con más de 150.000 millones de dólares. Y las cifras serán aún mayores si los gobiernos se animan a incentivarlos, como hacen ya China, Suecia o Francia. Sin embargo, en nuestro país este mercado aún está por desarrollar, y la futura Ley de Cambio Climático y Transición Energética podría hacer mucho por ello. Precisamente, ayer jueves, Mariano Rajoy, inauguró las jornadas “España, juntos por el clima”, que establecerán las bases para la elaboración de su anteproyecto.

Los emisores son de todo tipo: organismos internacionales, como el Banco Mundial. Algunos Estados, como Polonia, el primero en hacerlo, o Francia, que ha emitido este año la de mayor volumen hasta la fecha, 7.500 millones de euros. Ciudades de todo el mundo. Entidades financieras. Y, cada vez más, empresas. En definitiva, todos aquellos que tienen un compromiso con la reducción de emisiones de CO2 a la atmósfera. En España, Iberdrola -la pionera- cuenta con varias emisiones, y hace unos días, Repsol -la primera empresa de hidrocarburos que lo hace en el mundo- emitió bonos verdes por 500 millones de euros. También son emisores verdes la Comunidad de Madrid, Abengoa o el ICO.

Los compradores son fondos de pensiones, aseguradoras y bancos. El mercado minorista aún no participa, dado sus altos valores nominales. El desarrollo de fondos de inversión o fondos cotizados verdes -como el de la Caja de Ingenieros- o la emisión de bonos verdes soberanos con nominales de 1.000 euros serían algunas de las vías que podrían darle entrada al pequeño inversor. Financieramente no se diferencian de los bonos comunes, aunque con ellos el emisor tiene que certificar que los fondos se van a destinar para fines verdes.

Es por esto último que el desarrollo de este mercado está yendo unido a un progresivo incremento de la transparencia. El inversor necesita contar con la seguridad de que los proyectos son verdes e incluso conocer el grado de verdor que aportan. Es decir, eliminar el riesgo de greenwashing. Así, empresas especializadas certifican las emisiones conforme a dos marcos principales: los Principios de los Bonos Verdes de la Asociación Internacional de los Mercados de Capitales y los estándares de la Iniciativa de Bonos Climáticos. Pero China, por ejemplo, utiliza sus propias reglas. Es de esperar que se avance hacia una armonización completa porque sólo con estándares internacionales los bonos verdes podrán convertirse en una herramienta financiera eficaz que contribuya a que el nuevo acuerdo global para la lucha contra el cambio climático, sustituto del de Kioto y que fue firmado en Paris por 190 países, termine cumpliéndose.

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Liquidez macro e iliquidez del mercado

Carmen Pérez | 8 de junio de 2015 a las 7:09

Resulta que con las políticas monetarias  no convencionales (tasas de interés cercanas a cero e incremento  de la base monetaria),  que han ido desarrollando los bancos centrales, se ha  generado un exceso gigantesco de liquidez. Esto provoca que se mantengan bajas las tasas de interés a corto y largo plazo (e inclusive negativas), baje la volatilidad de los mercados de bonos y aumenten mucho los precios de los activos (acciones, bienes raíces y bonos de renta fija del sector público y privado).

Sin embargo, una serie de sacudidas recientes (la última, hace un mes, cuando en pocos días los rendimientos de los bonos alemanes a 10 años pasaron de cinco puntos básicos a casi 80) sugieren que la liquidez macro ahora está asociada a una severa iliquidez del mercado. Nouriel Roubini nos explica las causas en su artículo “The Liquidity Time Bomb”, para Project Syndicate  (http://www.project-syndicate.org/commentary/liquidity-market-volatility-flash-crash-by-nouriel-roubini-2015-05) :

  •  Los operadores de alta frecuencia, al usar programas informáticos con algoritmos para seguir las tendencias de los mercados, son responsables del mayor porcentaje de las transacciones y conducen a un comportamiento en manada.
  • Los activos de renta fija se negocian principalmente en mercados extrabursátiles ilíquidos, a diferencia de los mercados bursátiles.
  • Hay un exceso de renta fija, debido a la emisión vertiginosa de deudas privadas y públicas. Pero además, los grandes inversores son Fondos, que permiten salir sus partícipes en 24 horas: la necesidad de vender activos ilíquidos puede llevar su precio a niveles muy bajos en muy poco tiempo.
  • Los bancos antes de la crisis de 2008 eran creadores de mercado en instrumentos de renta fija, lo que ayudaba a mantener la liquidez y reducir la volatilidad. Las nuevas regulaciones penalizan este tipo de operaciones, por lo que  han reducido su actividad de creación de mercado.

Siendo así las cosas, cualquier sorpresa  puede ser  dramática. Esta combinación de liquidez macro y de iliquidez de mercado es una bomba de tiempo, nos dice Roubini. Hasta ahora, sólo ha conllevado cambios repentinos en los rendimientos de los bonos y los precios de las acciones. Pero, mientras más se prolongue esta actuación de los bancos centrales, más se alimentarán las burbujas de acciones, bonos y otros mercados de activos. En tanto más inversores inviertan en activos sobrevaluados y cada vez más ilíquidos -como los bonos-, el riesgo de una crisis a largo plazo aumenta. Este es el resultado paradójico de las políticas implementadas para responder a la crisis financiera: la liquidez macro está alimentando períodos de bonanza y burbujas; pero la iliquidez de mercado terminará dando lugar a un descalabro y finalmente a un colapso.