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Evitar un naufragio financiero

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:48

TRIBUNA ECONÓMICA, 23/10/2020

Que nos quede algo claro. Desde la crisis de 2008 no hemos levantado cabeza. En Europa tuvimos unos cuantos años de crecimiento, pero fue gracias a los descomunales estímulos monetarios aplicados: la economía creció como la espuma, sin sustancia ni fundamento. Y los riesgos para la estabilidad financiera, entrelazados y que se perjudican mutuamente, se han ido incrementando, sin hacer absolutamente nada respecto a ellos. Ya antes de la pandemia, la situación macroeconómica de la zona del euro se volvía a deteriorar y los riesgos financieros se agudizaron: vuelta a insuflar más gas monetario. Ahora, esos riesgos están en alerta máxima.

Aludió a ellos Luis de Guindos el pasado lunes, en el XI Encuentro Financiero organizado por Expansión y KPMG. Se los debe saber de carretilla porque los ha denunciado hasta la saciedad desde que es vicepresidente del Banco Central Europeo.

Primero, enfrentó el problema de la deuda. Antes de que el virus arribara, los niveles de deuda pública eran ya muy elevados. El alivio de los tipos de interés bajos fue aprovechado por muchos países para gastar más, no para contenerla. Por su parte, la deuda corporativa, a pesar de su descenso, se la podía seguir calificando de sobreendeudamiento. Ambas se han disparado con la pandemia. Guindos dio datos: la deuda pública europea supera el 100% del PIB y la corporativa, el 150%. Todo saltará por los aires si los tipos de interés se elevan. Y volvió a predicar: en cuanto el virus se vaya, hay que buscar la sostenibilidad de las finanzas.

La segunda de sus advertencias fue respecto al sector no bancario, que se ha duplicado en estos diez últimos años, y que ha seguido una tendencia creciente hacia los fondos de inversión de mayor riesgo, disminuyendo sus colchones de liquidez al mismo tiempo. De Guindos señaló que en marzo hubo importantes tensiones de liquidez que, gracias a la ayuda del BCE, consiguieron solventarse, pero que el riesgo sigue persistiendo. Y volvió a predicar: para el futuro hay que actuar en este campo.

Y, por último, De Guindos abordó el problema de los bancos. Si demoledora es la aseveración: “El 75% de los bancos en Europa no son rentables” que el presidente repetía en conferencias del año pasado, pone los vellos de puntas escucharlo describir la situación del sector esta semana. Se ha reclutado a un ejército de bancos, se les ha armado hasta los dientes a cargo público y ellos han hecho un extraordinario esfuerzo, pero la debilidad de partida era enorme y pueden terminar sucumbiendo. Y volvió a predicar: los bancos tienen que hacer algo.

Apuntalar una economía podrida una y otra vez desde las finanzas no conseguirá que levantemos cabeza. Además, conduce a una mayor inestabilidad financiera. Los que están al mando han hecho oídos sordos ante estos peligros. Todo han sido patadas financieras hacia adelante sin abordar a fondo los problemas. Con la pandemia se han dado muchas más y más intensas. Sin embargo, Europa también ha decidido poner a la economía real en el centro. Ahora tiene que tener la firmeza de exigir reformas, saneamientos y que se aproveche bien y a tope el Fondo de Reconstrucción Europeo. Podemos terminar destruidos en un naufragio financiero.

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El deterioro de las empresas

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:43

TRIBUNA ECONÓMICA,  2/10/2020

Que a las empresas nos les ha ido nada bien durante el primer semestre es algo que todos podíamos intuir; ahora tristemente podemos constatarlo estadísticamente y concienciarnos de la magnitud del impacto. Del artículo Resultados de las empresas no financieras hasta el segundo trimestre de 2020, publicado esta semana por el Banco de España, pueden extraerse varias conclusiones sobre el estado de nuestro tejido empresarial después de las medidas introducidas para la contención de la pandemia. Ninguna buena.

El Valor Añadido Bruto, la primera parada en la cuenta de resultados, fruto de la diferencia entre el Valor de la Producción y los Consumos intermedios, ha descendido un 21,6% en el primer semestre en comparación con el del año anterior. Entre sus componentes destaca la caída de las ventas, tanto dentro como, en mayor medida, fuera de España (-22,5%); el decremento de las compras (-29,7%), algo más intensa en las importaciones que en las compras nacionales; y los menores gastos de explotación (-8,7%). El impacto ha sido muy heterogéneo, afectándose en mayor medida el sector del transporte (-40%) y el industrial (-37,6%), y menos el de la energía (5,5%) y el de información y comunicaciones (13,5%).

Con ese menor valor añadido bruto han tenido que enfrentar los gastos de personal, que si bien también han descendido (-4,8%), no lo han hecho en la misma medida, haciendo que el Resultado Bruto se redujera con intensidad (un 39,1%) en el primer semestre de 2020. Por su parte, el Resultado Neto, una vez considerados ingresos y gastos financieros y amortizaciones, mostró una brusca contracción (un 69,6%), cuando en el mismo período de 2019 había aumentado un 1,8%. El resultado neto final presenta un valor agregado negativo, lo que no sucedía en estos informes periódicos del Banco de España desde 2002.

Consecuentemente a estos resultados, la ratio de rentabilidad sobre el activo ha descendido a la mitad, del 4% al 2%, y la ratio de rentabilidad respecto a los recursos propios tres puntos, pasando del 5,5% al 2,1%. Un elevado porcentaje de empresas presentaron valores negativos en estos indicadores (un 37,1% en el caso de la rentabilidad del activo y un 39,7% en el de la correspondiente a los recursos propios), superando, en más de 11%, los valores registrados un año antes.

Derivado de esta fuerte caída de la actividad, un 58% de las empresas de la muestra presentaron déficit de liquidez, especialmente las industriales y las de comercio y hostelería. Esta situación ha conducido a que aumentaran su endeudamiento y a que haya crecido ligeramente el porcentaje de los beneficios ordinarios destinado al pago de intereses, quebrándose la tendencia descendente de esta ratio desde 2015.

El deterioro, por tanto, ha sido muy acusado, máxime cuando este semestre incluye los tres primeros meses antes de la pandemia. Habrá que esperar al próximo informe para constatar si con el levantamiento del confinamiento se ha ido corrigiendo este impacto o si, por el contrario, en muchas de ellas haya sido tan fuerte que no han podido levantar cabeza, sobre todo en aquellos sectores para los que la normalidad aún, y parece que por mucho tiempo, no se ha instalado.

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Las cifras de la ayuda europea a España

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:37

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/9/2020

A estas alturas todos sabemos que Europa no nos va a dejar a nuestra suerte, que va a echarnos una mano. Otra vez, porque ya lo hizo en la anterior crisis. La novedad ahora estriba en que la asistencia no vendrá sólo desde el ámbito monetario sino que también se ha orquestado un gran paquete europeo de estímulos fiscales que nos va a beneficiar especialmente. Sin embargo, con todo lo bueno que tiene esto, sólo supone un leve consuelo ante el negro panorama que tenemos por delante. Las previsiones del Banco de España y de otras entidades solventes son cada vez más crudas, intensificando la profundidad del impacto y, lo que es peor, su extensión en el tiempo, y advierten además que puede seguir empeorando. ¡Qué bien nos vendría haber contenido la deuda en 2014 cuando volvimos al crecimiento!

En el ámbito fiscal, tres iniciativas se pusieron enseguida en marcha: el Support mitigating Unemployment Risks in Emergency, SURE, para proteger el empleo, por el que Europa nos va a prestar 21.300 millones de euros; un nuevo programa del Mecanismo Europeo de Estabilidad, MEDE, para ayudar en los gastos sanitarios, en el que España puede pedir un préstamo -aún no lo ha hecho- de hasta 24.900 millones de euros; y un nuevo fondo en el Banco Europeo de Inversiones, BEI, para asegurar la liquidez de las empresas, con el que se asistirá a entidades financieras -como el ICO o Cersa- para conseguir ese objetivo a través de ellas.

Posteriormente, se ha negociado el presupuesto plurianual (2021-2027) por valor de 1,1 billones de euros, que además contará con el apoyo en los primeros años de un fondo de reconstrucción -el denominado Next Generation EU- por 750.000 millones, del que llegarán a España 72.700 millones en forma de subsidio y por el que podrá adicionalmente pedir prestado hasta 67.300 millones de euros.

En total, por tanto, Europa nos va a facilitar -si se solicita al máximo- hasta 186.200 millones de euros para sufragar los gastos que está conllevando la pandemia y desarrollar medidas que ayuden a la recuperación. Pero hay que puntualizar dos aspectos: el primero, que gran parte de ellos serían préstamos -113.500 millones- que hay que retribuir, aunque en condiciones muy favorables, y devolverlos; el segundo, que España recibe un subsidio pero que otros países también: Europa -España incluida- asume una deuda conjunta de 390.000 millones de euros.

Tanto por el volumen de dinero que se está necesitando y se necesitará -recordemos que la deuda pública se elevó sólo en los tres primeros años de la crisis financiera pasada, de 2009 a 2013, en 325.000 millones de euros- como por el plazo de recepción de gran parte de los fondos europeos, que se extenderá hasta 2026, España se enfrenta de nuevo a acudir sumamente debilitada a buscar financiación en los mercados financieros. Y otra vez nuestra supervivencia económica dependerá de que el Banco Central Europeo consiga que no se dispare nuestra prima de riesgo. El repunte inicial que experimentó en marzo fue rápidamente sofocado por la fenomenal bazoka que el BCE ha disparado, pero ¿hasta cuándo podrá sostenernos?, ¿hasta cuándo les será rentable seguir con España a nuestros socios europeos?

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Expandemia y Pospandemia

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:33

TRIBUNA ECONÓMICA, 4/9/2020

Ahora todo es por culpa de la pandemia, de la grandísima pandemia. Y es verdad que ha supuesto un shock impresionante, pero conviene no olvidar cómo estaban las cosas antes de ella, porque para muchos asuntos llueve sobre mojado. Esta semana se ha hablado mucho de la necesidad de que los bancos europeos se fusionen entre ellos. Nada nuevo, esto es algo que el BCE lleva reclamando desde hace años como una posible solución al grave problema que arrastran. Si expandemia la rentabilidad de estas entidades era insuficiente, con la pandemia está siendo pésima.

El martes, en un seminario en la Universidad Menéndez Pelayo, el vicepresidente del BCE, nuestro De Guindos, pedía fusiones rápidas y urgentes. Advertía de que el Covid-19 ha traído una caída de los ingresos y una mayor morosidad. Y apuntaba la receta: “La consolidación bancaria puede ser un instrumento útil para eso”. Lo había dicho el 22 de julio, en su discurso Construyendo el sistema financiero del siglo XXI, en Fráncfort: que las previsiones sobre la rentabilidad bancaria para 2020 se han sometido recientemente a importantes revisiones a la baja y que las fusiones bancarias, nacionales o transfronterizas, eran el camino.

Pero el 6 de febrero, antes de que el virus nos afectara, también en Santander, en su discurso El sector financiero de la zona del euro: oportunidades y desafíos pintaba la que ya era una situación insostenible: el rendimiento sobre el capital de los bancos importantes (ROE) fue inferior al 6% en los 12 meses hasta septiembre de 2019, por debajo de su costo de capital, que se estima en alrededor del 8% al 10%. Y que así estaban las valoraciones bursátiles: con una relación precio / valor contable medio de alrededor de 0,6. Con la pandemia, los bancos se han debilitado aún más, cayendo esa ratio hasta el 0,4 en marzo, estimando el mercado un ROE medio del 2% este año y un 3% en 2021.

Los problemas estructurales de este sector existían y siguen existiendo. El sector está condicionado por la herencia del pasado, sometido a una intensa revolución tecnológica, con una competencia creciente por parte de los mercados, las grandes tecnológicas y las Fintech, y tendrá que seguir conviviendo por muchísimo tiempo -Jerome Powell lo ha sentenciado en la última reunión de la Reserva Federal- con bajísimos tipos de interés, tan incómodos para su negocio. El virus ha supuesto una lupa de su deficiencia; también de lo vital del sistema financiero para el funcionamiento económico.

Ahora se invoca a las fusiones, incluso antes del verano el BCE flexibilizó la normativa para facilitarlas al máximo. Pero las fusiones no son el bálsamo de fierabrás, que todo lo cura. Sólo serán tabla de salvación si conllevan mejoras de rentabilidad. Tamaño por tamaño no tiene sentido, sólo conduce a entidades más difíciles de resolver y, por tanto, con mayor probabilidad de que tengamos que pagar la factura los contribuyentes. Postpandemia, el plan de reconstrucción de la economía europeo debe ir unido a un plan de profunda reforma de una banca tan dependiente de lo público y tan ineficiente. Y lo mismo es conveniente fusionar algunas y a otras, en este mundo digitalizado, partirlas.

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Nuevas cuentas

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:21

TRIBUNA ECONÓMICA, 24/7/2020

A estas alturas todos sabemos que “habemus pactum“. El martes a lascinco de la mañana, tras cuatro días de negociación, el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, lo comunicó con un breve tuit: ¡Acuerdo! Un momento histórico en el que Europa da un nuevo paso en su construcción, como siempre, acuciada por una crisis. Ante el nefasto panorama económico, los 27 líderes nacionales se han visto empujados a endeudarse juntos: acordaron pedir 750.000 millones de euros y comprometerse a devolverlos y a pagar sus intereses de forma solidaria.

Y la solidaridad no acaba ahí. Todos son responsables de esa deuda pero no todos reciben igual parte del montante recabado, el reparto es asimétrico. En función de diferentes variables se distribuirán 390.000 millones de euros como donaciones y 360.000 millones se podrán pedir en préstamos. España es de los países que resultan más agraciados: recibirá hasta 140.000 millones de euros, de los que 72.700 no tendrán que ser devueltos.

Esto no significa que los gobiernos tengan carta blanca. No reciben esos fondos y luego deciden libremente qué hacer, sino al contrario: los planes van por delante. Cada país tiene que elaborarlos, atendiendo las recomendaciones de la Comisión Europea y alineándolos con las prioridades -transición ecológica y digitalización- que ésta ha fijado. Además, el proceso no va a estar exento de controles, aunque sean más light que lo que algunos países hubieran querido. Funcionará un freno de emergencia y por mayoría cualificada tendrán que resolverse las controversias.

En definitiva, no se trata de salir del hoyo de cualquier manera. Ursula von der Leyen lo decía claro: el objetivo es que se impulse la convergencia, la resiliencia y la transformación de Europa. No es momento para aplausos por tener la potencialidad de acceder a fondos, sino de afanarse por preparar los planes adecuados y aplicarlos con agilidad y eficiencia: sólo cuando la recuperación y la sostenibilidad a largo plazo sean hechos procederá que resuenen con fuerza.

Para superar la crisis de 2008, los países europeos tiraron de deuda, y no se esforzaron en reducirla después aprovechando el crecimiento y el apoyo del BCE. La deuda pública europea (sin Reino Unido) se situaba a finales de 2019 en unos 11 billones de euros, el 80% del PIB. Por sus altísimos niveles, algunos estados -Grecia (176%), Italia (134%), Portugal (117%), Bélgica (98%), Francia (98%) y España (95%)- no pueden apelar para superar esta nueva crisis otra vez a la deuda.

Con todos esos países (45% del PIB europeo) sin credibilidad, y estando además entre ellos los más castigados por la pandemia, no se ha tenido más remedio que recurrir a la confianza que da la Unión. A partir de ahora en Europa coexistirán dos cuentas de deuda pública: las nacionales y la europea. Con estos 750.000 millones de euros y con la caída del PIB prevista, la ratio europea pasará del 80% al 94% y esto sin contar con las subidas adicionales de las deudas estatales. Llegará la recuperación y el BCE también prestará su ayuda. Y entonces, debe exigirse firmemente que esa suma de deuda descienda. La confianza tiene siempre límite, hasta para la Unión Europea.

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Traqueotomías financieras

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:05

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/7/2020

Nadie diría que rajar con un cuchillo el cuello de alguien está bien. Pero tampoco nadie se opondría a que se hiciera si ese alguien estuviera asfixiándose y con esa acción se pudiera salvar su vida. No cabe duda de que el remedio aplicado tendría numerosos e importantes efectos colaterales; incluso es posible que esa persona se tenga que quedar respirando por la garganta para siempre. Pues algo similar pasa con las intervenciones públicas. En momentos críticos se adoptan algunas medidas que nadie discute. Hay que hacerlas y punto: el caso contrario es el caos, la destrucción, el desastre. En el ámbito financiero -con la banca- se han tomado algunas de este tipo, y también resulta difícil desandarlas.

Una de ellas -el respaldo público a los depósitos bancarios- se estableció en la pasada crisis financiera ante el terror de que se produjeran por doquier corridas bancarias. En Europa, el volumen garantizado subió hasta 50.000 euros por persona y entidad; en pocos días, se elevó a 100.000 euros. La banca se había quedado sin confianza y el Estado tuvo que sacar pecho: era vital salvaguardar el ahorro de los depositantes. Pero esto intensificó el vínculo perverso entre banca y Estado. Con el tiempo, lejos de revertirse esta medida, va a reforzarse convirtiendo la garantía pública de nacional en europea.

Ha venido otra crisis, y el cuchillo ha vuelto a clavarse: el tejido empresarial puede quedar asolado. Avalando, los Estados – en España, a través del Instituto de Crédito Oficial, ICO- han asumido casi todo el riesgo de los préstamos concedidos por la banca. Lógicamente, las entidades no hubieran estado dispuestas a ejercer su actividad prestamista por la mayor probabilidad de impago derivada de la enorme incertidumbre por el Covid-19. Ahora, si los préstamos resultan fallidos, el Estado paga, y el importe posible asciende a 100.000 millones de euros.

El 8 de julio, Kerstin af Jochnick, del Consejo de Supervisión del BCE, advertía que estos avales también han reforzado los vínculos entre los sistemas bancarios nacionales y sus respectivos soberanos, y que se pueden acabar reviviendo círculos viciosos entre ellos, como los que se desencadenaron en los países periféricos durante la anterior crisis. También advertía que es importante que no se conviertan en un recurso crónico. Pero lo cierto es que ya hay numerosas voces pidiendo no sólo que se amplíen cuantitativamente sino que se extiendan en el tiempo.

Han sido dos traqueotomías financieras en situaciones críticas. De la primera, habría mucho que reflexionar sobre por qué se dejó a la banca llegar a esa situación. En la segunda, la causa -la pandemia- es externa. Ha habido otras intervenciones, como la consideración del riesgo soberano, la patada a Basilea III o las flexibilidades adoptadas en la relación con el BCE. La radiografía actual es la de una banca asistida por lo público en sus dos actividades fundamentales -prestar y captar depósitos- y débil -la capitalización de toda la banca española no supera los 85.000 millones de euros-. De la recuperación económica depende que siga respirando. En otro caso, se tendrán que aplicar en Europa traqueotomías en forma de nacionalizaciones y rescates.

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Por una inversión pública efectiva

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 3/7/2020

La Comisión Europea ha depositado sus esperanzas de recuperar la monumental caída de la actividad en el Recovery and Resilience Facility. Ese programa estará dotado con 750 mil millones de euros y se pretende que gran parte se dirija a facilitar inversiones públicas. La idea es que consigan impulsar a medio plazo la economía europea. Pero para eso deben estar bien diseñadas. Esta semana, el Banco de España, en su Informe Anual, nos ilustra sobre el tema de la inversión pública en uno de sus recuadros. Lo hace de forma genérica, aunque podemos aplicar sus reflexiones al plan de recuperación europeo.

El estudio cuantifica el impacto que un incremento permanente del 1% del PIB en inversión pública tendría en el crecimiento de la economía española. En general, en el corto plazo, la mayor demanda de bienes de inversión por parte del sector público aumenta directamente la producción y el empleo privados. Y a medio plazo, la expansión del stock de capital público produce mejoras de la productividad en el sector privado, con un incremento de su empleo y de producción. Pero cuatro factores influyen para lograr la mayor efectividad posible.

En primer lugar, depende de cómo se financie. Lo más efectivo es hacerlo mediante deuda, que modula el aumento recaudatorio en un plazo más dilatado. Hacerlo mediante impuestos provoca un efecto expulsión de la inversión privada que anula lo conseguido con la pública. También depende de la capacidad de reacción de la política monetaria para que los tipos de interés nominales no se eleven ante la posible subida de precios como resultado de la mayor demanda agregada. El Recovery and Resilience Facility, financiado por deuda europea y acompañado por el BCE, contaría con estos dos aspectos.

También contaría con el tercer factor de efectividad: el grado de coordinación internacional. Si se hace de forma conjunta, no se generan pérdidas de competitividad en ninguno de los países europeos y al mismo tiempo las mejoras en cada uno de ellos fomentan las exportaciones y el PIB de los otros. Una acción coordinada puede casi doblar el efecto interno de una expansión de la inversión pública.

Y es en el último factor en el que tendrán que afanarse los diferentes países, porque la efectividad depende fundamentalmente de lo que arrastre a la actividad privada. La complementariedad que tenga para generar externalidades positivas sobre la actividad privada es el condicionante más sensible y relevante. Y aunque este estudio no entre en ello, la colaboración público-privada también apalanca enormemente el impacto de la inversión pública.

Europa ha estado dormida en los laureles: la inversión pública se sitúa en el 2,7%, frente al 3,2% de EEUU o el 6% de China. El enorme consumo de recursos que conlleva el estado del bienestar ha desenfocado su atención hacia la inversión privada, sin facilitarla ni apoyarla con inversión pública en investigación básica, innovación o nuevas infraestructuras. Y en momentos de incertidumbre como los actuales, tiene además que tomar la iniciativa. Sin inversión -en digitalización o cambio climático, que son los retos de futuro- no será sostenible el gasto social, siempre creciente.

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El rol público en la salida de la crisis

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:57

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/6/2020

Desde la delegación de Andalucía del Instituto Español de Analistas Financieros, IEAF, hemos elaborado un extenso informe proponiendo acciones concretas que pueden contribuir a la reestructuración de la economía. El objetivo a conseguir es la supervivencia del mayor número de empresas porque sin la regeneración del tejido empresarial no hay salida para la crisis. Son ellas las que generan riqueza y empleo, permitiendo así el sostenimiento de las finanzas públicas y del estado del bienestar. Y son ellas las que deben tomar sus propias decisiones, pero también el rol público es importante, y en estos momentos se requiere tomar medidas de calado con el mayor acuerdo social y político posible.

El prolongado confinamiento, la incertidumbre y los cambios estructurales han impactado en la confianza de los agentes, restringiendo inversiones y consumo, transformando un inicial problema de liquidez en uno de solvencia a medio y largo plazo. En Andalucía la situación se ve agravada porque existe una estructura empresarial de menor tamaño, menos profesionalizada, escasamente capitalizada y con más dificultad de acceso a la financiación alternativa. La reestructuración debe aprovecharse para solucionar estos males endémicos de la empresa andaluza.

Desde el IEAF entendemos que siempre es preferible para los problemas de solvencia encontrar cauces de solución privados, vía operaciones corporativas y de entrada de capital privado. Necesitamos un marco que lo favorezca para que así se capitalicen empresas viables, se fomente su crecimiento y se facilite el desarrollo de nuevas empresas que sustituyan a las que no tengan continuidad. La regulación y tramitación administrativa no debe ser un impedimento.

Si hubiera que acudir a la financiación pública, lo más eficiente es movilizar recursos privados paralelos, utilizando instrumentos financieros atractivos para ello. De ser necesarias, las transferencias de capital públicas habría que hacerlas a través de alternativas híbridas que respeten la propiedad privada, y en función del valor añadido por empleado. No obstante, la forma más eficiente de contribuir a la solvencia de las empresas viables es vía reducción de impuestos, de manera coyuntural, condicionando a objetivos de empleo o reinversión de beneficios.

Por otra parte, habría que potenciar la inversión pública, con un papel dinamizador de la economía muy importante, y la manera más eficiente es a través de la colaboración público-privada. En este sentido, se proponen medidas para solucionar el déficit de infraestructuras, para cubrir el gap de inversión para cumplir los objetivos de desarrollo sostenible, ODS 2030, y para acelerar las inversiones realizadas por terceros con mecanismos “fuera de balance”, que no supongan incrementar el déficit y la deuda pública.

El apoyo debe otorgarse a los sectores que suponen un efecto arrastre, para los que en el informe se proponen acciones específicas, y especialmente a los emergentes en los últimos años y que esta crisis ha venido a consolidar, en especial los vinculados a la economía digital, sostenibilidad y la “nueva industria”. La comunicación permanente entre lo público y lo privado se hace imprescindible.

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Hacia la UE del futuro

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:54

TRIBUNA ECONÓMICA, 5/6/2020

Algo ha cambiado en Europa. De momento, la actuación mutualizada que todo indica que va a producirse tiene un estricto carácter temporal, encaminada a luchar específicamente contra la pandemia. Pero es un gran paso para una Europa que se ha negado sistemáticamente a funcionar como un conjunto. La palabra solidaridad estaba maldita y, sin embargo, ahora el plan de reconstrucción que se está negociando bajo el mando de la presidenta de la Comisión Europea, la conciliadora Ursula von der Leyen, será financiado directamente por los impuestos de la Unión Europea. Para llegar a este punto, el cambio de actitud de Angela Merkel, la canciller alemana, ha sido decisivo. Posiblemente no la han animado motivos altruistas pero ha tenido la capacidad de comprender la gravedad de la situación y de la posibilidad de que esta crisis económica derive en una financiera. En todo caso, ha constituido otro momento “todo lo que sea necesario” para salvar al euro.

La presión de la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, ha sido crucial para que se cruce este rubicón. Al igual que siempre hizo su antecesor, desde que accedió a la presidencia ha defendido que había que actuar desde el ámbito fiscal al mismo tiempo que desde el lado monetario. Pero el tono de ella ha sido más duro, más firme, casi de exigencia. En la reunión del Consejo de Gobierno del BCE de ayer jueves se congratuló de la propuesta del plan de recuperación “dedicado a apoyar a las regiones y sectores más afectados por la pandemia, al fortalecimiento del mercado único y a la construcción de una recuperación duradera y próspera”. No obstante, éste no elimina la necesidad de que el banco central continúe prestando su respaldo. Y ella tampoco ha defraudado.

Ayer amplió el programa de compra de emergencia pandémica, PEPP, en 600 mil millones de euros, hasta un total de 1.350 mil millones, medida fundamental porque al ritmo que se ha estado comprando desde marzo el programa se hubiera quedado corto. Las compras están dotadas de total flexibilidad: “en todas las clases de activos y entre jurisdicciones”. Además, extendió el horizonte para estas compras hasta finales de junio de 2021, y anunció que se reinvertirán los importes que vayan venciendo al menos hasta finales de 2022. Por su parte, continuará el anterior programa APP en las condiciones establecidas, con una ampliación hasta final de año de 120 mil millones.?

No sólo con el plan de reconstrucción, desde el BCE también se ha dado un gran paso en la formación de la Europa del futuro. No por la fuerza de los estímulos que está estableciendo por el Covid-19, porque el BCE ya había actuado contundentemente en el pasado. Tampoco porque Lagarde esté en cierta manera obviando el reciente fallo del Tribunal constitucional de Alemania desafiando la independencia del BCE, porque en su día también Mario Draghi soslayó las denuncias judiciales alemanas. El hecho que marca una actuación radicalmente diferente es la flexibilidad con la que se ha dotado ahora el BCE para actuar asimétricamente, aportando solidaridad a Europa por la vía monetaria. Christine Lagarde, Angela Merkel y Ursula van del Leyen: ¡vaya tres mujeres!

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El Fondo de recuperación europeo y la banca

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:52

TRIBUNA ECONÓMICA, 29/5/2020

Esta semana, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, propuso en el Parlamento Europeo un plan de reconstrucción mutualizado de 750.000 millones de euros. También esta semana, la Autoridad Bancaria Europea, EBA, publicó una evaluación preliminar del impacto de la pandemia en el sector bancario europeo, señalando los desafíos sin precedentes que se le plantean. Es de imperiosa necesidad que ese plan se emprenda: la morosidad acecha. O los estados activan la economía y prestan un decidido apoyo al sector empresarial o terminarán rescatando a los bancos, desatándose así bucles diabólicos entre deuda bancaria y deuda soberana. Europa entera saldría perjudicada.

Von der Leyen advertía de que los problemas son demasiado graves para ser solucionados de forma individual y animaba a los países a recorrer juntos el camino para consolidar el proyecto europeo para las generaciones venideras. Del total, 500.000 millones serán para ayudas directas a los países en función del impacto del coronavirus y 250.000 para préstamos. La financiación la afrontará el presupuesto de la UE sin necesidad de que las contribuciones estatales anuales se eleven porque éste se incrementará con impuestos al carbono, plásticos, empresas digitales y grandes corporaciones.

Hay que conseguir sí o sí que la recuperación sea lo más cercana a una V. Mientras más se tarde en volver a la normalidad mayor será el impacto en las cuentas de resultados de los bancos y, por ende, en su solvencia. La EBA lo dice claro: “A medida que se desarrolle la crisis, es probable que los bancos enfrenten crecientes volúmenes de préstamos morosos, que pueden alcanzar niveles similares a los registrados después de la crisis de 2008″. Y ahora además se parte de una exigua rentabilidad bancaria.

Luis de Guindos, vicepresidente del BCE, esta semana ha sido muy explícito sobre este tema: “Si teníamos un problema de rentabilidad antes, ahora lo tenemos agravado”. Los datos son demoledores: si la rentabilidad media de la banca europea estaba en torno al 6%, muy por debajo del 10% que exigen los inversores, puede caer al 2,5% en el bienio 2020-21. Este deterioro se está reflejando en las valoraciones bursátiles bancarias, que han pasado de tener descuentos medios del 55% sobre su valor en libros al 70%, y algunas entidades financieras alcanzan el 90%.

El plan aún tiene que negociarse. Austria, Dinamarca, Países Bajos y Suecia están en contra. Pero cuenta con el apoyo de Angela Merkel, la canciller alemana, que consiente en la mutualización porque es consciente de que el peligro es para todos. Por su parte, Christine Lagarde, presidenta del BCE, presiona amenazando con que, si no se lleva a cabo, tendrá que practicar la solidaridad por la vía monetaria. Por último, la presión que estará ejerciendo el lobby bancario debe estar siendo enorme: está en juego su supervivencia. Europa y su banca comparten destino, ahora no sólo por el buen fin de los depósitos, sino por lo miles de millones de préstamos avalados. Cada vez está más difuminado dónde empieza una y termina la otra. El plan saldrá para adelante. ¡A ver con qué tino y con qué responsabilidad se desarrolla!