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El BCE y la caldera social

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:23

TRIBUNA ECONÓMICA, 22/1/2021

“Por favor, Dios todopoderoso, que hagan lo que quieran con el dinero, a condición de que ese dinero controle el vapor…” Son palabras de la novela La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. El reverendo Reginald Bacon defendía que todo el dinero que él recibía para proyectos y obras sociales en Harlem, el Bronx o Brooklyn era una inversión muy beneficiosa porque conseguía que el vapor no se saliera de control. En las circunstancias actuales también es primordial que la caldera social se mantenga fría, aunque no se trata como en esa novela de aplacar problemas en barrios marginales y de contener conflictos raciales. La presión ahora la pueden elevar empresarios que se han quedado sin sus empresas, autónomos sin actividad, trabajadores de todos los niveles en el paro y jóvenes sin esperanza de obtener un empleo.

El Banco Central Europeo lleva más de una década enfriando el ambiente. Con la pandemia se ha equipado de nuevo con un descomunal depósito de agua para irla soltando con una manguera de gran diámetro. Con ella riega los depósitos de los diferentes gobiernos de una forma indirecta y sutil- abaratando el coste de su deuda- para que pueden gastar y gastar y rebajar así la temperatura de sus respectivos territorios. Igualmente, sus manguerazos también mojan directamente a familias y a empresas, ayudándolas a soportar su endeudamiento.

En España todo eso se concreta en los ERTE, prorrogados y prorrogados; en los ingresos mínimos vitales; en los préstamos a empresas avalados por el Estado; en las moratorias para los créditos de familias vulnerables; en las diferentes prestaciones, ayudas y subvenciones a grandes y a pequeñas empresas… Y en hacer sostenible la deuda total de España, que, según los datos de noviembre del Banco de España, se eleva a casi 3 billones de euros. ¡Que no pare, Dios todopoderoso, la manguera del BCE!

Ayer jueves, el Consejo de Gobierno del BCE se reunió y valoró la situación de nuevo. La tercera ola del Covid-19 puede subir muchos grados la temperatura de la caldera. La ansiada recuperación está en riesgo por las nuevas restricciones a la actividad y por la lentitud en la administración de las vacunas. De momento, ha decidido que con el volumen establecido de 1,85 billones de euros para compras de activos financieros es suficiente, pero Christine Lagarde ha advertido que esta dotación puede recalibrarse para mantener unas condiciones de financiación favorables si fuere necesario. La consigna es salir del aprieto y ya se verá qué hacer cuando el tsunami pase.

Pero hay que estar alerta porque, como en la novela, también podría haber quienes quisieran sacar tajada con todo esto. E incluso podrían, incrementando puntualmente la presión de la caldera, dejar escapar vapor a posta. Como hacía el reverendo Bacon, que aparentemente se mostraba defensor del lado débil – de los de Harlem, el Bronx o Brooklyn- y los azuzaba a rebelarse mientras que él especulaba para su interés con los Harlem Guaranty Securities al mismo tiempo. O como algunos políticos, que jugaban, según los casos, con el miedo de los blancos o con la ira de las minorías, agitando a la población para obtener beneficio electoral propio.

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Con un nuevo préstamo a la espalda

Carmen Pérez | 10 de diciembre de 2020 a las 8:53

TRIBUNA ECONÓMICA, 4/12/2020

A estas alturas la caída de la actividad derivada de la pandemia les ha supuesto a decenas de miles de autónomos y pymes casi la ruina de sus negocios y, además, haberse echado un préstamo a la espalda. Para las administraciones públicas era fundamental que no se produjera un cierre rápido y masivo en estos colectivos -motores de la economía- y que no se desencadenara una nefasta cadena de impagos. Así, actuaron con diligencia suministrándole liquidez a manta. Como medida de contención de lo que hubiera sido una hecatombe no tiene tacha.

En este contexto hay que entender las líneas de avales ICO. La banca, como pasó en la crisis financiera, hubiera sido muy reacia a conceder operaciones a estos colectivos dado el deterioro de sus cuentas de resultados y la alta incertidumbre imperante, por lo que el Estado español -al igual que todos en Europa- sacó pecho y resolvió avalar las operaciones. Así, desde el inicio de la pandemia hasta noviembre los bancos les han concedido préstamos avalados por 92.000 millones de euros con condiciones muy ventajosas. En principio, tenían un plazo de hasta cinco años para pagarse, con un periodo de carencia de un año. Pero, a la vista de la segunda ola, hace unos días se ha extendido el vencimiento de estos préstamos tres años más y se ha prolongado la carencia otros doce meses.

También la Junta de Andalucía tuvo el acierto de concertar con Garántia -la Sociedad de Garantía Recíproca (SGR) andaluza-, apoyándola con hasta 87 millones de euros, para que mediante su aval facilitara créditos por valor de 600 millones. Las micropymes y los autónomos andaluces han disfrutado del valor que aporta la intervención de nuestra SGR, obteniendo financiación en unas condiciones excepcionales de importes, plazo y tipos de interés (de 1,1 a 1,4%). El convenio también contempla que no tengan que enfrentar ni el coste del aval, ni la comisión de apertura ni los intereses en el periodo de carencia. La línea terminará 2020 utilizada por 217 millones de euros, pero sigue vigente hasta marzo de 2021. Además, también van a mejorarse las condiciones de plazo y carencia, al igual que los ICO.

La asistencia financiera, por tanto, ha sido más que suficiente. Iniciativas paralelas, como los ERTE, las ayudas estatales por cese de actividad o las varias que la Junta de Andalucía ha puesto en marcha también han sido vitales para ayudarles a sobrevivir este año. Pero, a tenor del artículo publicado esta semana por el Banco de España -El impacto de la crisis del Covid-19 sobre la situación financiera de las empresas no financieras en 2020-, van a terminarlo muy debilitados: sus niveles de rentabilidad han experimentado una brusca caída y se han elevado sus ratios de endeudamiento.

Ahora, las vacunas abren una gran esperanza de que puedan empezar pronto a recuperarse. Pero eso no debe ser óbice para que las administraciones públicas de todos los niveles no diseñen planes sectoriales para apoyar a las pymes y autónomos que hayan sabido capear el temporal y sigan siendo viables, no sólo a sobrellevar el sapo de los préstamos en los que muchos se han encontrado embarcados, sino también para que tengan capacidad para acometer las inversiones necesarias.

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Dinero gratis, palos y zanahorias

Carmen Pérez | 10 de diciembre de 2020 a las 8:51

TRIBUNA ECONÓMICA, 27/11/2020

La deuda pública española no deja de crecer tanto en términos absolutos como en relación con el PIB. A finales de septiembre ya alcanzó los 1.308.439 millones de euros, un 114% del PIB. Y ha seguido, sigue y seguirá subiendo. Y lo normal sería que el coste de financiación para el Estado se fuera incrementando a medida que crece su endeudamiento. Pero no, España se está financiando prácticamente gratis. La cotización del bono español a diez años es del 0,06%, y es negativa para las letras e incluso para los bonos a 3 y 5 años. Así de maravillosa es la situación: cuando España marca récords históricos de deuda pública es capaz de cobrar intereses por financiarse, en lugar de tener que pagarlos. Esta aparente violación de la más elemental lógica financiera tiene su explicación, y se llama Banco Central Europeo. Pero su bendita actuación no está exenta de incentivos perversos.

Desde 2012 los españoles tendríamos que levantarnos cada día dando gracias al BCE. Nos ha mantenido en pie desde entonces. Y lo está haciendo ahora de nuevo con la crisis del Covid-19, con el fenomenal programa de compras de bonos, el PEPP (Pandemic Emergency Purchase Programme) que puso en marcha en primavera. Su balance se ha multiplicado por nueve desde 2000 y ha crecido nada menos que un 40% desde el inicio de la pandemia. Así, el repunte que sufrió la prima de riesgo española en marzo se cortó radicalmente por la rápida y contundente intervención del banco central. Si no, hubiera ido escalando como pasó con la crisis financiera.

Pero ésta es una realidad que se silencia. Escuchamos a los miembros del gobierno pavonearse de que España se financia en condiciones muy ventajosas en los mercados financieros: “no tenemos problemas de financiación, hay una gran confianza”. ¿Qué confianza? Y cuando prefieren no pedir fondos bajo condicionalidad, aunque sea mínima, como con el préstamo de 25.000 millones de euros disponible en el Mecanismo de Estabilidad Europeo, presumen: “podemos endeudarnos por nuestras propias fuerzas”. ¿Qué fuerzas? ¡Qué manera de disfrazar la verdadera situación financiera de España!

Al mismo tiempo, las reglas fiscales europeas respecto al control de los niveles de déficit y de deuda pública se han suspendido temporalmente. Esto es: los Estados pueden lanzarse a gastar, y el endeudamiento será a tasas muy bajas, porque el BCE se encargará de ello; y pueden gastar sin rendir cuentas, porque la política monetaria se desarrolla sin condicionamientos. El incentivo no puede ser más peligroso. No empuja en absoluto a que los Estados se fortalezcan, a que persigan mejorar sus primas de riesgo por sí mismos, trabajando, haciendo las cosas bien, acometiendo las reformas necesarias, con objetivos a largo plazo: a que cada euro de gasto pese.

Más nos vale que esta carta de libertad para gastar, asistida por la política monetaria, no sea motivo para que las administraciones de todos los niveles sean desleales al espíritu europeo de sostenibilidad de las cuentas públicas. La disciplina fiscal volverá. Y cualquier día se acaba esta política del BCE “sin palos pero con zanahorias”. A ver con qué confianza y fuerzas propias contamos entonces.

El necesario veto a los dividendos bancarios

Carmen Pérez | 10 de diciembre de 2020 a las 8:48

TRIBUNA ECONÓMICA, 20/11/2020

Cuando en marzo el Covid-19 se extendió por Europa y EEUU, los reguladores mundiales “recomendaron” a los bancos que no repartieran dividendos, que se abstuvieran de recomprar acciones destinadas a retribuir a los accionistas y que aplicaran políticas prudentes en la remuneración variable a sus empleados. Así, el BCE fijó el plazo hasta al menos el 1 de octubre. Posteriormente, en julio extendió la recomendación hasta el 1 de enero de 2021. En diciembre está previsto que esta medida se revise, y es probable que se prolongue un año.  La razón los asiste, y no deberían ceder a las intensas quejas bancarias hasta más allá de que las vacunas no sean esperanzas sino hechos.

Las últimas declaraciones del gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, apuntan en este sentido: “Dadas las actuales circunstancias, la prudencia en la distribución del dividendo tendrá que mantenerse”. Y este mismo martes, Carolyn Rogers, la secretaria general del Comité de Supervisión Bancaria de Basilea, se pronunciaba del mismo modo, afirmando que es demasiado pronto para que los bancos canten victoria con el coronavirus, y que los accionistas deberían permanecer en espera hasta que el impacto de la pandemia a largo plazo sea claro.

Esta segunda e intensa ola de la pandemia ennegrece el panorama futuro, pudiéndose desatar demasiado la morosidad –ahora contenida por los apoyos públicos, como la extensión del plazo y de la carencia de los préstamos avalados por los Estados– y complicar la solvencia de las entidades bancarias. Frente a esto no tienen otra vía para reforzar su capital que retener beneficios. Las bajísimas cotizaciones de sus acciones –es un sector en reconversión por múltiples causas– imposibilitan la captación de nuevo capital en los mercados.

Los argumentos que contraponen los bancos son falaces. Afirman que pagar dividendos es algo necesario, que las cotizaciones se deprimen aún más si no se hace. Pero a los accionistas –¡si realmente lo fueran!– les debería compensar ver a sus empresas reforzadas. Además, el capital no desaparece. Si el impacto finalmente no es tan fuerte, podrán recibirlos más adelante. También aducen que con esta medida se les incrementa el coste de capital. Tampoco es cierto. Precisamente esta medida les permite no tener que recurrir a la costosa financiación híbrida de cuasi capital.

Por último, los banqueros añaden una amenaza –“si sigue el veto, se restringirá el crédito”– a sabiendas de lo nefasto que resultaría esto para la recuperación económica. Es inadmisible.  Están funcionando con respiración asistida pública. Se les han puesto –desde el BCE y los Estados– las condiciones en bandeja de plata para que hagan su trabajo: prestar. Y no, no son deseables en absoluto las prohibiciones en la actividad privada, pero no hay otro remedio cuando los bancos están tan protegidos por el sector público que es quien finalmente tiene que sacarles las castañas del fuego cuando les llegan los problemas. Si los bancos fueran completamente independientes –¡ojalá!– no procedería este veto: serían ellos solitos los que en circunstancias como las actuales voluntariamente se autolimitarían los dividendos.

 

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Evitar un naufragio financiero

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:48

TRIBUNA ECONÓMICA, 23/10/2020

Que nos quede algo claro. Desde la crisis de 2008 no hemos levantado cabeza. En Europa tuvimos unos cuantos años de crecimiento, pero fue gracias a los descomunales estímulos monetarios aplicados: la economía creció como la espuma, sin sustancia ni fundamento. Y los riesgos para la estabilidad financiera, entrelazados y que se perjudican mutuamente, se han ido incrementando, sin hacer absolutamente nada respecto a ellos. Ya antes de la pandemia, la situación macroeconómica de la zona del euro se volvía a deteriorar y los riesgos financieros se agudizaron: vuelta a insuflar más gas monetario. Ahora, esos riesgos están en alerta máxima.

Aludió a ellos Luis de Guindos el pasado lunes, en el XI Encuentro Financiero organizado por Expansión y KPMG. Se los debe saber de carretilla porque los ha denunciado hasta la saciedad desde que es vicepresidente del Banco Central Europeo.

Primero, enfrentó el problema de la deuda. Antes de que el virus arribara, los niveles de deuda pública eran ya muy elevados. El alivio de los tipos de interés bajos fue aprovechado por muchos países para gastar más, no para contenerla. Por su parte, la deuda corporativa, a pesar de su descenso, se la podía seguir calificando de sobreendeudamiento. Ambas se han disparado con la pandemia. Guindos dio datos: la deuda pública europea supera el 100% del PIB y la corporativa, el 150%. Todo saltará por los aires si los tipos de interés se elevan. Y volvió a predicar: en cuanto el virus se vaya, hay que buscar la sostenibilidad de las finanzas.

La segunda de sus advertencias fue respecto al sector no bancario, que se ha duplicado en estos diez últimos años, y que ha seguido una tendencia creciente hacia los fondos de inversión de mayor riesgo, disminuyendo sus colchones de liquidez al mismo tiempo. De Guindos señaló que en marzo hubo importantes tensiones de liquidez que, gracias a la ayuda del BCE, consiguieron solventarse, pero que el riesgo sigue persistiendo. Y volvió a predicar: para el futuro hay que actuar en este campo.

Y, por último, De Guindos abordó el problema de los bancos. Si demoledora es la aseveración: “El 75% de los bancos en Europa no son rentables” que el presidente repetía en conferencias del año pasado, pone los vellos de puntas escucharlo describir la situación del sector esta semana. Se ha reclutado a un ejército de bancos, se les ha armado hasta los dientes a cargo público y ellos han hecho un extraordinario esfuerzo, pero la debilidad de partida era enorme y pueden terminar sucumbiendo. Y volvió a predicar: los bancos tienen que hacer algo.

Apuntalar una economía podrida una y otra vez desde las finanzas no conseguirá que levantemos cabeza. Además, conduce a una mayor inestabilidad financiera. Los que están al mando han hecho oídos sordos ante estos peligros. Todo han sido patadas financieras hacia adelante sin abordar a fondo los problemas. Con la pandemia se han dado muchas más y más intensas. Sin embargo, Europa también ha decidido poner a la economía real en el centro. Ahora tiene que tener la firmeza de exigir reformas, saneamientos y que se aproveche bien y a tope el Fondo de Reconstrucción Europeo. Podemos terminar destruidos en un naufragio financiero.

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El deterioro de las empresas

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:43

TRIBUNA ECONÓMICA,  2/10/2020

Que a las empresas nos les ha ido nada bien durante el primer semestre es algo que todos podíamos intuir; ahora tristemente podemos constatarlo estadísticamente y concienciarnos de la magnitud del impacto. Del artículo Resultados de las empresas no financieras hasta el segundo trimestre de 2020, publicado esta semana por el Banco de España, pueden extraerse varias conclusiones sobre el estado de nuestro tejido empresarial después de las medidas introducidas para la contención de la pandemia. Ninguna buena.

El Valor Añadido Bruto, la primera parada en la cuenta de resultados, fruto de la diferencia entre el Valor de la Producción y los Consumos intermedios, ha descendido un 21,6% en el primer semestre en comparación con el del año anterior. Entre sus componentes destaca la caída de las ventas, tanto dentro como, en mayor medida, fuera de España (-22,5%); el decremento de las compras (-29,7%), algo más intensa en las importaciones que en las compras nacionales; y los menores gastos de explotación (-8,7%). El impacto ha sido muy heterogéneo, afectándose en mayor medida el sector del transporte (-40%) y el industrial (-37,6%), y menos el de la energía (5,5%) y el de información y comunicaciones (13,5%).

Con ese menor valor añadido bruto han tenido que enfrentar los gastos de personal, que si bien también han descendido (-4,8%), no lo han hecho en la misma medida, haciendo que el Resultado Bruto se redujera con intensidad (un 39,1%) en el primer semestre de 2020. Por su parte, el Resultado Neto, una vez considerados ingresos y gastos financieros y amortizaciones, mostró una brusca contracción (un 69,6%), cuando en el mismo período de 2019 había aumentado un 1,8%. El resultado neto final presenta un valor agregado negativo, lo que no sucedía en estos informes periódicos del Banco de España desde 2002.

Consecuentemente a estos resultados, la ratio de rentabilidad sobre el activo ha descendido a la mitad, del 4% al 2%, y la ratio de rentabilidad respecto a los recursos propios tres puntos, pasando del 5,5% al 2,1%. Un elevado porcentaje de empresas presentaron valores negativos en estos indicadores (un 37,1% en el caso de la rentabilidad del activo y un 39,7% en el de la correspondiente a los recursos propios), superando, en más de 11%, los valores registrados un año antes.

Derivado de esta fuerte caída de la actividad, un 58% de las empresas de la muestra presentaron déficit de liquidez, especialmente las industriales y las de comercio y hostelería. Esta situación ha conducido a que aumentaran su endeudamiento y a que haya crecido ligeramente el porcentaje de los beneficios ordinarios destinado al pago de intereses, quebrándose la tendencia descendente de esta ratio desde 2015.

El deterioro, por tanto, ha sido muy acusado, máxime cuando este semestre incluye los tres primeros meses antes de la pandemia. Habrá que esperar al próximo informe para constatar si con el levantamiento del confinamiento se ha ido corrigiendo este impacto o si, por el contrario, en muchas de ellas haya sido tan fuerte que no han podido levantar cabeza, sobre todo en aquellos sectores para los que la normalidad aún, y parece que por mucho tiempo, no se ha instalado.

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Las cifras de la ayuda europea a España

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:37

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/9/2020

A estas alturas todos sabemos que Europa no nos va a dejar a nuestra suerte, que va a echarnos una mano. Otra vez, porque ya lo hizo en la anterior crisis. La novedad ahora estriba en que la asistencia no vendrá sólo desde el ámbito monetario sino que también se ha orquestado un gran paquete europeo de estímulos fiscales que nos va a beneficiar especialmente. Sin embargo, con todo lo bueno que tiene esto, sólo supone un leve consuelo ante el negro panorama que tenemos por delante. Las previsiones del Banco de España y de otras entidades solventes son cada vez más crudas, intensificando la profundidad del impacto y, lo que es peor, su extensión en el tiempo, y advierten además que puede seguir empeorando. ¡Qué bien nos vendría haber contenido la deuda en 2014 cuando volvimos al crecimiento!

En el ámbito fiscal, tres iniciativas se pusieron enseguida en marcha: el Support mitigating Unemployment Risks in Emergency, SURE, para proteger el empleo, por el que Europa nos va a prestar 21.300 millones de euros; un nuevo programa del Mecanismo Europeo de Estabilidad, MEDE, para ayudar en los gastos sanitarios, en el que España puede pedir un préstamo -aún no lo ha hecho- de hasta 24.900 millones de euros; y un nuevo fondo en el Banco Europeo de Inversiones, BEI, para asegurar la liquidez de las empresas, con el que se asistirá a entidades financieras -como el ICO o Cersa- para conseguir ese objetivo a través de ellas.

Posteriormente, se ha negociado el presupuesto plurianual (2021-2027) por valor de 1,1 billones de euros, que además contará con el apoyo en los primeros años de un fondo de reconstrucción -el denominado Next Generation EU- por 750.000 millones, del que llegarán a España 72.700 millones en forma de subsidio y por el que podrá adicionalmente pedir prestado hasta 67.300 millones de euros.

En total, por tanto, Europa nos va a facilitar -si se solicita al máximo- hasta 186.200 millones de euros para sufragar los gastos que está conllevando la pandemia y desarrollar medidas que ayuden a la recuperación. Pero hay que puntualizar dos aspectos: el primero, que gran parte de ellos serían préstamos -113.500 millones- que hay que retribuir, aunque en condiciones muy favorables, y devolverlos; el segundo, que España recibe un subsidio pero que otros países también: Europa -España incluida- asume una deuda conjunta de 390.000 millones de euros.

Tanto por el volumen de dinero que se está necesitando y se necesitará -recordemos que la deuda pública se elevó sólo en los tres primeros años de la crisis financiera pasada, de 2009 a 2013, en 325.000 millones de euros- como por el plazo de recepción de gran parte de los fondos europeos, que se extenderá hasta 2026, España se enfrenta de nuevo a acudir sumamente debilitada a buscar financiación en los mercados financieros. Y otra vez nuestra supervivencia económica dependerá de que el Banco Central Europeo consiga que no se dispare nuestra prima de riesgo. El repunte inicial que experimentó en marzo fue rápidamente sofocado por la fenomenal bazoka que el BCE ha disparado, pero ¿hasta cuándo podrá sostenernos?, ¿hasta cuándo les será rentable seguir con España a nuestros socios europeos?

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Expandemia y Pospandemia

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:33

TRIBUNA ECONÓMICA, 4/9/2020

Ahora todo es por culpa de la pandemia, de la grandísima pandemia. Y es verdad que ha supuesto un shock impresionante, pero conviene no olvidar cómo estaban las cosas antes de ella, porque para muchos asuntos llueve sobre mojado. Esta semana se ha hablado mucho de la necesidad de que los bancos europeos se fusionen entre ellos. Nada nuevo, esto es algo que el BCE lleva reclamando desde hace años como una posible solución al grave problema que arrastran. Si expandemia la rentabilidad de estas entidades era insuficiente, con la pandemia está siendo pésima.

El martes, en un seminario en la Universidad Menéndez Pelayo, el vicepresidente del BCE, nuestro De Guindos, pedía fusiones rápidas y urgentes. Advertía de que el Covid-19 ha traído una caída de los ingresos y una mayor morosidad. Y apuntaba la receta: “La consolidación bancaria puede ser un instrumento útil para eso”. Lo había dicho el 22 de julio, en su discurso Construyendo el sistema financiero del siglo XXI, en Fráncfort: que las previsiones sobre la rentabilidad bancaria para 2020 se han sometido recientemente a importantes revisiones a la baja y que las fusiones bancarias, nacionales o transfronterizas, eran el camino.

Pero el 6 de febrero, antes de que el virus nos afectara, también en Santander, en su discurso El sector financiero de la zona del euro: oportunidades y desafíos pintaba la que ya era una situación insostenible: el rendimiento sobre el capital de los bancos importantes (ROE) fue inferior al 6% en los 12 meses hasta septiembre de 2019, por debajo de su costo de capital, que se estima en alrededor del 8% al 10%. Y que así estaban las valoraciones bursátiles: con una relación precio / valor contable medio de alrededor de 0,6. Con la pandemia, los bancos se han debilitado aún más, cayendo esa ratio hasta el 0,4 en marzo, estimando el mercado un ROE medio del 2% este año y un 3% en 2021.

Los problemas estructurales de este sector existían y siguen existiendo. El sector está condicionado por la herencia del pasado, sometido a una intensa revolución tecnológica, con una competencia creciente por parte de los mercados, las grandes tecnológicas y las Fintech, y tendrá que seguir conviviendo por muchísimo tiempo -Jerome Powell lo ha sentenciado en la última reunión de la Reserva Federal- con bajísimos tipos de interés, tan incómodos para su negocio. El virus ha supuesto una lupa de su deficiencia; también de lo vital del sistema financiero para el funcionamiento económico.

Ahora se invoca a las fusiones, incluso antes del verano el BCE flexibilizó la normativa para facilitarlas al máximo. Pero las fusiones no son el bálsamo de fierabrás, que todo lo cura. Sólo serán tabla de salvación si conllevan mejoras de rentabilidad. Tamaño por tamaño no tiene sentido, sólo conduce a entidades más difíciles de resolver y, por tanto, con mayor probabilidad de que tengamos que pagar la factura los contribuyentes. Postpandemia, el plan de reconstrucción de la economía europeo debe ir unido a un plan de profunda reforma de una banca tan dependiente de lo público y tan ineficiente. Y lo mismo es conveniente fusionar algunas y a otras, en este mundo digitalizado, partirlas.

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Nuevas cuentas

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:21

TRIBUNA ECONÓMICA, 24/7/2020

A estas alturas todos sabemos que “habemus pactum“. El martes a lascinco de la mañana, tras cuatro días de negociación, el presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, lo comunicó con un breve tuit: ¡Acuerdo! Un momento histórico en el que Europa da un nuevo paso en su construcción, como siempre, acuciada por una crisis. Ante el nefasto panorama económico, los 27 líderes nacionales se han visto empujados a endeudarse juntos: acordaron pedir 750.000 millones de euros y comprometerse a devolverlos y a pagar sus intereses de forma solidaria.

Y la solidaridad no acaba ahí. Todos son responsables de esa deuda pero no todos reciben igual parte del montante recabado, el reparto es asimétrico. En función de diferentes variables se distribuirán 390.000 millones de euros como donaciones y 360.000 millones se podrán pedir en préstamos. España es de los países que resultan más agraciados: recibirá hasta 140.000 millones de euros, de los que 72.700 no tendrán que ser devueltos.

Esto no significa que los gobiernos tengan carta blanca. No reciben esos fondos y luego deciden libremente qué hacer, sino al contrario: los planes van por delante. Cada país tiene que elaborarlos, atendiendo las recomendaciones de la Comisión Europea y alineándolos con las prioridades -transición ecológica y digitalización- que ésta ha fijado. Además, el proceso no va a estar exento de controles, aunque sean más light que lo que algunos países hubieran querido. Funcionará un freno de emergencia y por mayoría cualificada tendrán que resolverse las controversias.

En definitiva, no se trata de salir del hoyo de cualquier manera. Ursula von der Leyen lo decía claro: el objetivo es que se impulse la convergencia, la resiliencia y la transformación de Europa. No es momento para aplausos por tener la potencialidad de acceder a fondos, sino de afanarse por preparar los planes adecuados y aplicarlos con agilidad y eficiencia: sólo cuando la recuperación y la sostenibilidad a largo plazo sean hechos procederá que resuenen con fuerza.

Para superar la crisis de 2008, los países europeos tiraron de deuda, y no se esforzaron en reducirla después aprovechando el crecimiento y el apoyo del BCE. La deuda pública europea (sin Reino Unido) se situaba a finales de 2019 en unos 11 billones de euros, el 80% del PIB. Por sus altísimos niveles, algunos estados -Grecia (176%), Italia (134%), Portugal (117%), Bélgica (98%), Francia (98%) y España (95%)- no pueden apelar para superar esta nueva crisis otra vez a la deuda.

Con todos esos países (45% del PIB europeo) sin credibilidad, y estando además entre ellos los más castigados por la pandemia, no se ha tenido más remedio que recurrir a la confianza que da la Unión. A partir de ahora en Europa coexistirán dos cuentas de deuda pública: las nacionales y la europea. Con estos 750.000 millones de euros y con la caída del PIB prevista, la ratio europea pasará del 80% al 94% y esto sin contar con las subidas adicionales de las deudas estatales. Llegará la recuperación y el BCE también prestará su ayuda. Y entonces, debe exigirse firmemente que esa suma de deuda descienda. La confianza tiene siempre límite, hasta para la Unión Europea.

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Traqueotomías financieras

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:05

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/7/2020

Nadie diría que rajar con un cuchillo el cuello de alguien está bien. Pero tampoco nadie se opondría a que se hiciera si ese alguien estuviera asfixiándose y con esa acción se pudiera salvar su vida. No cabe duda de que el remedio aplicado tendría numerosos e importantes efectos colaterales; incluso es posible que esa persona se tenga que quedar respirando por la garganta para siempre. Pues algo similar pasa con las intervenciones públicas. En momentos críticos se adoptan algunas medidas que nadie discute. Hay que hacerlas y punto: el caso contrario es el caos, la destrucción, el desastre. En el ámbito financiero -con la banca- se han tomado algunas de este tipo, y también resulta difícil desandarlas.

Una de ellas -el respaldo público a los depósitos bancarios- se estableció en la pasada crisis financiera ante el terror de que se produjeran por doquier corridas bancarias. En Europa, el volumen garantizado subió hasta 50.000 euros por persona y entidad; en pocos días, se elevó a 100.000 euros. La banca se había quedado sin confianza y el Estado tuvo que sacar pecho: era vital salvaguardar el ahorro de los depositantes. Pero esto intensificó el vínculo perverso entre banca y Estado. Con el tiempo, lejos de revertirse esta medida, va a reforzarse convirtiendo la garantía pública de nacional en europea.

Ha venido otra crisis, y el cuchillo ha vuelto a clavarse: el tejido empresarial puede quedar asolado. Avalando, los Estados – en España, a través del Instituto de Crédito Oficial, ICO- han asumido casi todo el riesgo de los préstamos concedidos por la banca. Lógicamente, las entidades no hubieran estado dispuestas a ejercer su actividad prestamista por la mayor probabilidad de impago derivada de la enorme incertidumbre por el Covid-19. Ahora, si los préstamos resultan fallidos, el Estado paga, y el importe posible asciende a 100.000 millones de euros.

El 8 de julio, Kerstin af Jochnick, del Consejo de Supervisión del BCE, advertía que estos avales también han reforzado los vínculos entre los sistemas bancarios nacionales y sus respectivos soberanos, y que se pueden acabar reviviendo círculos viciosos entre ellos, como los que se desencadenaron en los países periféricos durante la anterior crisis. También advertía que es importante que no se conviertan en un recurso crónico. Pero lo cierto es que ya hay numerosas voces pidiendo no sólo que se amplíen cuantitativamente sino que se extiendan en el tiempo.

Han sido dos traqueotomías financieras en situaciones críticas. De la primera, habría mucho que reflexionar sobre por qué se dejó a la banca llegar a esa situación. En la segunda, la causa -la pandemia- es externa. Ha habido otras intervenciones, como la consideración del riesgo soberano, la patada a Basilea III o las flexibilidades adoptadas en la relación con el BCE. La radiografía actual es la de una banca asistida por lo público en sus dos actividades fundamentales -prestar y captar depósitos- y débil -la capitalización de toda la banca española no supera los 85.000 millones de euros-. De la recuperación económica depende que siga respirando. En otro caso, se tendrán que aplicar en Europa traqueotomías en forma de nacionalizaciones y rescates.

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