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Expandemia y Pospandemia

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:33

TRIBUNA ECONÓMICA, 4/9/2020

Ahora todo es por culpa de la pandemia, de la grandísima pandemia. Y es verdad que ha supuesto un shock impresionante, pero conviene no olvidar cómo estaban las cosas antes de ella, porque para muchos asuntos llueve sobre mojado. Esta semana se ha hablado mucho de la necesidad de que los bancos europeos se fusionen entre ellos. Nada nuevo, esto es algo que el BCE lleva reclamando desde hace años como una posible solución al grave problema que arrastran. Si expandemia la rentabilidad de estas entidades era insuficiente, con la pandemia está siendo pésima.

El martes, en un seminario en la Universidad Menéndez Pelayo, el vicepresidente del BCE, nuestro De Guindos, pedía fusiones rápidas y urgentes. Advertía de que el Covid-19 ha traído una caída de los ingresos y una mayor morosidad. Y apuntaba la receta: “La consolidación bancaria puede ser un instrumento útil para eso”. Lo había dicho el 22 de julio, en su discurso Construyendo el sistema financiero del siglo XXI, en Fráncfort: que las previsiones sobre la rentabilidad bancaria para 2020 se han sometido recientemente a importantes revisiones a la baja y que las fusiones bancarias, nacionales o transfronterizas, eran el camino.

Pero el 6 de febrero, antes de que el virus nos afectara, también en Santander, en su discurso El sector financiero de la zona del euro: oportunidades y desafíos pintaba la que ya era una situación insostenible: el rendimiento sobre el capital de los bancos importantes (ROE) fue inferior al 6% en los 12 meses hasta septiembre de 2019, por debajo de su costo de capital, que se estima en alrededor del 8% al 10%. Y que así estaban las valoraciones bursátiles: con una relación precio / valor contable medio de alrededor de 0,6. Con la pandemia, los bancos se han debilitado aún más, cayendo esa ratio hasta el 0,4 en marzo, estimando el mercado un ROE medio del 2% este año y un 3% en 2021.

Los problemas estructurales de este sector existían y siguen existiendo. El sector está condicionado por la herencia del pasado, sometido a una intensa revolución tecnológica, con una competencia creciente por parte de los mercados, las grandes tecnológicas y las Fintech, y tendrá que seguir conviviendo por muchísimo tiempo -Jerome Powell lo ha sentenciado en la última reunión de la Reserva Federal- con bajísimos tipos de interés, tan incómodos para su negocio. El virus ha supuesto una lupa de su deficiencia; también de lo vital del sistema financiero para el funcionamiento económico.

Ahora se invoca a las fusiones, incluso antes del verano el BCE flexibilizó la normativa para facilitarlas al máximo. Pero las fusiones no son el bálsamo de fierabrás, que todo lo cura. Sólo serán tabla de salvación si conllevan mejoras de rentabilidad. Tamaño por tamaño no tiene sentido, sólo conduce a entidades más difíciles de resolver y, por tanto, con mayor probabilidad de que tengamos que pagar la factura los contribuyentes. Postpandemia, el plan de reconstrucción de la economía europeo debe ir unido a un plan de profunda reforma de una banca tan dependiente de lo público y tan ineficiente. Y lo mismo es conveniente fusionar algunas y a otras, en este mundo digitalizado, partirlas.

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Por una inversión pública efectiva

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 8:00

TRIBUNA ECONÓMICA, 3/7/2020

La Comisión Europea ha depositado sus esperanzas de recuperar la monumental caída de la actividad en el Recovery and Resilience Facility. Ese programa estará dotado con 750 mil millones de euros y se pretende que gran parte se dirija a facilitar inversiones públicas. La idea es que consigan impulsar a medio plazo la economía europea. Pero para eso deben estar bien diseñadas. Esta semana, el Banco de España, en su Informe Anual, nos ilustra sobre el tema de la inversión pública en uno de sus recuadros. Lo hace de forma genérica, aunque podemos aplicar sus reflexiones al plan de recuperación europeo.

El estudio cuantifica el impacto que un incremento permanente del 1% del PIB en inversión pública tendría en el crecimiento de la economía española. En general, en el corto plazo, la mayor demanda de bienes de inversión por parte del sector público aumenta directamente la producción y el empleo privados. Y a medio plazo, la expansión del stock de capital público produce mejoras de la productividad en el sector privado, con un incremento de su empleo y de producción. Pero cuatro factores influyen para lograr la mayor efectividad posible.

En primer lugar, depende de cómo se financie. Lo más efectivo es hacerlo mediante deuda, que modula el aumento recaudatorio en un plazo más dilatado. Hacerlo mediante impuestos provoca un efecto expulsión de la inversión privada que anula lo conseguido con la pública. También depende de la capacidad de reacción de la política monetaria para que los tipos de interés nominales no se eleven ante la posible subida de precios como resultado de la mayor demanda agregada. El Recovery and Resilience Facility, financiado por deuda europea y acompañado por el BCE, contaría con estos dos aspectos.

También contaría con el tercer factor de efectividad: el grado de coordinación internacional. Si se hace de forma conjunta, no se generan pérdidas de competitividad en ninguno de los países europeos y al mismo tiempo las mejoras en cada uno de ellos fomentan las exportaciones y el PIB de los otros. Una acción coordinada puede casi doblar el efecto interno de una expansión de la inversión pública.

Y es en el último factor en el que tendrán que afanarse los diferentes países, porque la efectividad depende fundamentalmente de lo que arrastre a la actividad privada. La complementariedad que tenga para generar externalidades positivas sobre la actividad privada es el condicionante más sensible y relevante. Y aunque este estudio no entre en ello, la colaboración público-privada también apalanca enormemente el impacto de la inversión pública.

Europa ha estado dormida en los laureles: la inversión pública se sitúa en el 2,7%, frente al 3,2% de EEUU o el 6% de China. El enorme consumo de recursos que conlleva el estado del bienestar ha desenfocado su atención hacia la inversión privada, sin facilitarla ni apoyarla con inversión pública en investigación básica, innovación o nuevas infraestructuras. Y en momentos de incertidumbre como los actuales, tiene además que tomar la iniciativa. Sin inversión -en digitalización o cambio climático, que son los retos de futuro- no será sostenible el gasto social, siempre creciente.

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El rol público en la salida de la crisis

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:57

TRIBUNA ECONÓMICA, 19/6/2020

Desde la delegación de Andalucía del Instituto Español de Analistas Financieros, IEAF, hemos elaborado un extenso informe proponiendo acciones concretas que pueden contribuir a la reestructuración de la economía. El objetivo a conseguir es la supervivencia del mayor número de empresas porque sin la regeneración del tejido empresarial no hay salida para la crisis. Son ellas las que generan riqueza y empleo, permitiendo así el sostenimiento de las finanzas públicas y del estado del bienestar. Y son ellas las que deben tomar sus propias decisiones, pero también el rol público es importante, y en estos momentos se requiere tomar medidas de calado con el mayor acuerdo social y político posible.

El prolongado confinamiento, la incertidumbre y los cambios estructurales han impactado en la confianza de los agentes, restringiendo inversiones y consumo, transformando un inicial problema de liquidez en uno de solvencia a medio y largo plazo. En Andalucía la situación se ve agravada porque existe una estructura empresarial de menor tamaño, menos profesionalizada, escasamente capitalizada y con más dificultad de acceso a la financiación alternativa. La reestructuración debe aprovecharse para solucionar estos males endémicos de la empresa andaluza.

Desde el IEAF entendemos que siempre es preferible para los problemas de solvencia encontrar cauces de solución privados, vía operaciones corporativas y de entrada de capital privado. Necesitamos un marco que lo favorezca para que así se capitalicen empresas viables, se fomente su crecimiento y se facilite el desarrollo de nuevas empresas que sustituyan a las que no tengan continuidad. La regulación y tramitación administrativa no debe ser un impedimento.

Si hubiera que acudir a la financiación pública, lo más eficiente es movilizar recursos privados paralelos, utilizando instrumentos financieros atractivos para ello. De ser necesarias, las transferencias de capital públicas habría que hacerlas a través de alternativas híbridas que respeten la propiedad privada, y en función del valor añadido por empleado. No obstante, la forma más eficiente de contribuir a la solvencia de las empresas viables es vía reducción de impuestos, de manera coyuntural, condicionando a objetivos de empleo o reinversión de beneficios.

Por otra parte, habría que potenciar la inversión pública, con un papel dinamizador de la economía muy importante, y la manera más eficiente es a través de la colaboración público-privada. En este sentido, se proponen medidas para solucionar el déficit de infraestructuras, para cubrir el gap de inversión para cumplir los objetivos de desarrollo sostenible, ODS 2030, y para acelerar las inversiones realizadas por terceros con mecanismos “fuera de balance”, que no supongan incrementar el déficit y la deuda pública.

El apoyo debe otorgarse a los sectores que suponen un efecto arrastre, para los que en el informe se proponen acciones específicas, y especialmente a los emergentes en los últimos años y que esta crisis ha venido a consolidar, en especial los vinculados a la economía digital, sostenibilidad y la “nueva industria”. La comunicación permanente entre lo público y lo privado se hace imprescindible.

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Apriétense los machos

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:38

TRIBUNA ECONÓMICA, 17/4/2020

A estas alturas numerosas instituciones han empezado a cuantificar el desastre económico que tenemos encima. Como el Fondo Monetario Internacional, que publicó esta semana las previsiones para las principales economías del mundo. Para España espera que el PIB se desplome un 8% en 2020. Los ingresos fiscales experimentarán una caída descomunal y los gastos, por el contrario, subirán como la espuma: el déficit alcanzará este año el 9,5% del PIB, frente al 2,6% con el que cerró 2019. Para cubrir este desfase, estima que la deuda pública se disparará hasta el 114% del PIB, muy por encima del 95,5% del ejercicio pasado. Pero estas previsiones del FMI respecto al endeudamiento público son muy suaves en comparación con las que otros organismos, igual de solventes, han realizado estos días. Así que, apriétense los machos porque nos quedan por vivir unos años bien complicados.

La cuestión es si España podrá soportarlo, si serán sostenibles esos niveles de deuda. Prestarnos, nos prestarán los inversores, pero lo dramático puede ser a qué coste estarán dispuestos a hacerlo. El montante de intereses que se pagaron por la deuda pública en 2019 ascendió a la barbaridad de 29.300 millones de euros. Según las previsiones del FMI, se elevaría a 32.000 millones de euros en 2020. Pero esa cantidad resulta asumiendo que se seguiría manteniendo el mismo coste medio -aproximadamente un 2,46%- que el pasado año y esto es una hipótesis muy ingenua.

Este martes el Tesoro ha emitido letras a seis y doce meses. En ambos casos las rentabilidades exigidas por los inversores se han incrementado. Del mismo modo, las rentabilidades en las emisiones de bonos de este mismo jueves y en la negociación de estos en el mercado secundario han seguido esa misma tendencia al alza. Por hacernos una idea, de subir el coste medio de la deuda sólo un 1%, ese 114% de deuda sobre el PIB generaría unos intereses de 49.400 millones de euros al año, ¡1.000 euros al año por español, contando incluso a los niños! Y mejor no hacer los cálculos para esas otras previsiones más realistas que elevan la cifra de deuda mucho más, llegando al 145% del PIB.

Es verdad que España cuenta con el respaldo del BCE, al igual que ha contado desde la crisis financiera de 2008. El Pandemic Emergency Purchase Program contempla la compra de deuda pública por 750.000 millones de euros, a sumar a los 120.000 millones anteriormente comprometidos. Luis de Guindos, vicepresidente del BCE, en una entrevista esta semana cifraba la cantidad que le corresponde a España entre 120.000 y 130.000 millones de euros. Pero España necesitará emitir mucho más que eso.

Realmente el Covid-19 es un virus del diablo, como lo calificó en su día Xi Jinping y que parece ser la única verdad que ha salido de su boca a la vista de todo lo que desde entonces está pasando. Muchos españoles se han tenido y se tienen que apretar los machos para combatir los estragos que el virus perpetra en sus cuerpos. Todos lo estamos haciendo, con nuestro confinamiento, para minimizar su carnicería. Los que tienen que apretárselo, y bien fuerte, son nuestros gobernantes, porque son ellos los que están lidiando con esta peligrosísima evolución de la deuda.

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¿Por qué los salarios no suben?

Carmen Pérez | 4 de noviembre de 2018 a las 19:25

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/10/2018

En 2014 dejamos atrás la crisis y volvimos al crecimiento económico, y de forma potente. En los últimos tres años el PIB se ha incrementado a un ritmo medio superior al 3% anual. Sin embargo, la evolución de los salarios no ha acompañado como debiera a esta recuperación económica. Ni aquí en España ni en la mayor parte de las economías avanzadas. ¿Qué está fallando? El Banco de España ha publicado esta semana un artículo, La moderación salarial en España y en la UEM, que compara lo que teóricamente se esperaba que pasara y lo que realmente está pasando.

La tasa de paro es uno de los factores con el que usualmente la teoría económica ha explicado los crecimientos salariales. Así, a medida que escasea la disponibilidad de trabajadores en un ciclo expansivo, la presión sobre los salarios aumenta. Pero la realidad ha sido otra. Desde 2013 la tasa de paro ha ido disminuyendo y esta reducción no ha venido paralela al aumento en la tasa de crecimiento salarial que corresponde.

Esto pone de manifiesto que la tasa de paro como tradicionalmente se ha medido no refleja bien la situación del mercado de trabajo de hoy en día. El estudio señala el alto crecimiento de la tasa de trabajadores a tiempo parcial, que están así de forma involuntaria porque declaran estar dispuestos a trabajar más horas. También habría que contar con un porcentaje considerable de desempleados desanimados, que han dejado de buscar trabajo.

Estas conclusiones no son nuevas. Ya hizo referencia a este asunto Mario Draghi, en su discurso en el Foro de Bancos Centrales el año pasado en Sintra, denunciando el precario empleo que se está creando, que conlleva que en las negociaciones se priorice conseguir más horas o seguridad en el empleo, y no salarios más altos. También aludió a los subempleados, a los que han abandonado la búsqueda y a los marginalmente vinculados a la fuerza de trabajo. Y dio una cifra: el paro con estas premisas en la Eurozona no sería del 10%, sino del 18% de la población activa.

Entonces Draghi explicaba que la inflación no sube si no se elevan los salarios. Pero también podría plantearse esta relación, como en este estudio, en sentido contrario. Así, las expectativas sobre la evolución de los precios presionan en la negociación de los convenios colectivos con el fin de que no se produzca un deterioro del poder adquisitivo de los trabajadores. Y estas expectativas se han mantenido relativamente moderadas durante la recuperación económica, atascándose inflación y salarios mutuamente.

Con una holgura en el mercado de trabajo tan amplia sólo estaba, y está, en la responsabilidad de los empresarios trasladar a sus trabajadores parte de la mejora que ellos sí han estado experimentando en sus resultados estos últimos años. Sin embargo, la subida salarial sería un hecho con el pacto de PSOE y Podemos para situar el SMI en 900 euros. Y no sólo para los de ese escalón sino que esto presionaría para que mejoraran todos los escalones por encima. ¿Pero es oportuna y conveniente esa medida? Esta noticia saltó ayer a la vez del descenso de las Bolsas provocado en gran parte por las expectativas futuras de desaceleración económica…

Sin aprender de la crisis

Carmen Pérez | 1 de octubre de 2018 a las 18:14

TRIBUNA ECONÓMICA, 14/9/2018

Al cumplirse diez años de la caída de Lehman Brothers, la prensa económica y muchos think tanks se han volcado con el acontecimiento y han abierto secciones especiales para analizar con el reposo que da el tiempo las causas que llevaron a la mayor crisis financiera de la historia y sus consecuencias. En el debate también se examina si al menos ha servido para algo. The Economist, que le dedica el número actual, no es muy optimista al respecto: “El mundo no ha aprendido las lecciones de la crisis financiera”. Su portada -siempre genial- no puede ser más expresiva: bancos con tiritas aplicadas en sus heridas, dando a entender que ahora son más seguros, pero que lo que sucedió en 2008 puede volver a ocurrir nuevamente.

En la misma línea se pronuncian muchos de los comentaristas del Financial Times. Martin Wolf se pregunta: “¿Por qué ha cambiado todo tan poco desde el colapso financiero?”. El artículo es muy largo pero es posible resumirlo en una sola frase: porque no se ha querido caminar hacia un futuro diferente sino simplemente volver al pasado. O la demoledora opinión de Gillian Tett, que concreta con datos: fue una crisis de deuda: ahora hay más; se puso de manifiesto el peligro de los bancos demasiado grandes para caer: hoy en día son aún más grandes; y la banca en la sombra, que se detectó como problema, ha doblado su tamaño.

Y es que las soluciones que se han aplicado han sido necesarias pero de ningún modo han sido suficientes. Se le entregó el poder a los bancos centrales para que fueran ellos los que resolvieran la papeleta. Pero la política monetaria encuentra serias dificultades para reactivar en solitario la economía cuando se deprime tanto. Se puede suministrar liquidez a chorros y bajar los tipos de interés hasta el subsuelo, que la capacidad para que esa munición haga efecto en la economía real es lenta y limitada. Además provoca burbujas financieras y perjudica el saneamiento empresarial adecuado.

Con todo, finalmente consiguieron evitar la deflación y que las economías volvieran al crecimiento. Ahora lidian con la difícil retirada de los estímulos monetarios. Ayer, el Banco Central Europeo mantuvo sin cambios el camino fijado en junio hacia la normalización monetaria, pese a que se ha revisado el PIB ligeramente a la baja y de los nuevos riesgos globales. El Banco de Inglaterra también mantuvo los tipos de interés y el de Turquía los elevó un 6,5%.

Los bancos centrales hacen su tarea. Es a los políticos a los que les queda la asignatura principal pendiente: transformar la economía actual y mejorar sus fundamentos.

En estos días de aniversario de la caída de Lehman Brothers son muchas las ideas que se lanzan: eliminar la deducción fiscal por intereses, reducir el altísimo apalancamiento bancario, luchar contra los monopolios que impiden la sana competencia, revisar el por qué de los desmesurados salarios de los directivos, mejorar la supervisión financiera internacional, limitar las actividades de “suma cero”, permitir cuentas a particulares y empresas en los bancos centrales, y así otras muchas propuestas interesantes. Es tiempo de enderezar el viciado capitalismo en el que nos encontramos.

Propuestas radicales para transformar la economía

Carmen Pérez | 25 de enero de 2018 a las 18:19

TRIBUNA ECONÓMICA, 29/12/2017

En el artículo Three radical ideas to transform the post-crisis economy, en el Financial Times, su autor, Martin Sandbu, se queja de que las crisis políticas y económicas del pasado dieron lugar a reformas radicales y que, sin embargo, esta vez ha sido diferente. Su crítica se dirige a los políticos actuales, a los que acusa de no haber realizado el esfuerzo necesario para estar a la altura del desafío. Lo interesante del artículo es que Sandbu no se queda sólo en un repaso histórico, sino que lanza algunas ideas transformadoras que él añadiría a la lista. Son propuestas sorprendentes por ser él un liberal y por la ideología del periódico en el que escribe.

La primera consistiría en quitarle el control del dinero a la banca, que expande demasiado el crédito en épocas de bonanzas y lo retrae durante las crisis. Y como esto es una receta segura para la inestabilidad financiera, la alternativa radical es nacionalizar la oferta monetaria, abriendo cuentas en los bancos centrales a empresas y personas. El papel de los bancos se limitaría a asignar los ahorros a las inversiones, en lugar de crear nuevos créditos.

La segunda reforma que introduciría sería avanzar en el Estado de bienestar, añadiendo otra red de seguridad económica a las que en el pasado se han ido tejiendo. Así, Sandbu apuesta por la aprobación de una renta universal básica, que estaría financiada por mayores impuestos.

Finalmente, plantea también revisar las políticas antimonopolio, regulando los servicios de internet con funciones económicas similares a las de los servicios públicos para que se comporten en aras del interés público, al igual que se combatió en su día el dominio de las grandes compañías industriales, petroleras o ferroviarias.

Son tres medidas que ayudarían a acrecentar el papel del Estado, y que vendrían a sumarse a otras muchas similares que se han ido tomando a lo largo de la Historia, como la implantación del impuesto sobre la renta o la creación de los bancos centrales a finales del siglo XIX. O las tomadas por Franklin D. Roosevelt, como el seguro de depósitos bancarios o la introducción de un salario mínimo. O el consenso de todos los países occidentales tras la segunda guerra mundial sobre la creación de economías socialdemócratas mixtas. También las actuales medidas de política monetaria han significado una intervención pública de una intensidad sin precedentes y que, aunque no nacieron con vocación de permanencia, es posible que se queden para siempre.

El interrogante es hacia dónde nos conducirá esta tendencia histórica y continuada, aunque no lineal, que va otorgando un creciente protagonismo del Estado en la economía y en las finanzas. Porque, además, es una tendencia que puede verse potenciada enormemente por las condiciones tecnológicas presentes. Sólo hay que pensar en las posibilidades de la tecnología blockchain. O en las técnicas de inteligencia artificial aplicadas a ingentes cantidades de información, o big data. Son el caldo de cultivo propicio para que nuestras economías evolucionen en el futuro hacia economías, como defienden los economistas chinos, basadas en planes a la vez que basadas en el mercado.

Aniversario de la crisis financiera

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2017 a las 15:45

TRIBUNA ECONÓMICA, 11/8/2017

Esta semana se han cumplido diez años desde el inicio de la crisis financiera. El aniversario ha propiciado que se lleve a cabo en los medios de comunicación una revisión exhaustiva de la misma: los hitos más importantes, el análisis de sus causas y consecuencias, el impacto particular en cada uno de los países o los remedios aplicados para sortearla. No es para menos, la crisis fue de tal magnitud que las economías se resquebrajaron, los mercados financieros y la banca estuvieron a punto de colapsar y han sufrido una intensa reestructuración, transformó la política e incluso ha supuesto un cambio cultural de importancia. Ayer mismo, la Comisión Europea también aprovechaba esta fecha para celebrar la situación económica actual y, al igual que han hecho los otros países desarrollados, daba la etapa por finalizada. Demasiado optimismo derrochan.

Si hay algo que no se cuestiona de la crisis es que la desaforada expansión del sistema financiero fue su principal causa. La llegada de internet junto con la intensa desregulación y la mala supervisión del sistema financiero permitieron que la banca aumentara espectacularmente el volumen de deuda. En 1950 la deuda privada -a hogares y a empresas- en EEUU suponía el 50% del PIB, y en 2007 alcanzó el 160%. En España, creció del 80% del PIB de 1980 al 230% en 2007. “Los bancos ponían dinero en cualquier cosa”, dijo hace pocos días Janet Yellen, la presidenta de la Reserva Federal, recordando el inicio de la crisis.

Sin embargo, a pesar del consenso sobre lo anterior, diez años después, la deuda total sigue creciendo. Si la deuda privada en los países desarrollados se ha reducido significativamente, este descenso se ha visto acompañado del crecimiento de sus deudas públicas. Además, la política de sus bancos centrales, con tipos de interés a niveles nulos o negativos, incitan de nuevo a que se endeuden familias y empresas.

Seguimos instalados, por tanto, en un modelo económico que necesita deuda para el crecimiento. Y si atendemos a la cualificada tesis de Adair Turner, presidente que fue de la Autoridad para la Estabilidad Financiera del Reino Unido, expuesta en su libro Between Debt and the Devil (2015), para crecer es necesario cada vez mayor cantidad de deuda. Y en las décadas anteriores a la crisis ya se necesitó un aumento del 10-15% para lograr un crecimiento del PIB del 5%.

No puede decirse que la crisis haya pasado en balde. La Comisión Europea también hacía balance ayer de las muchas medidas que se han tomado para que nuestras instituciones financieras sean más fuertes y para que estén mejor supervisadas. Pero no deben bajar la guardia. La economía occidental se desarrolla sobre un volumen descomunal de deuda, que habría que restringir y vigilar hacia dónde es canalizada. Además, como consecuencia también de la crisis, otros países se han añadido a este modelo de endeudamiento excesivo. Entre ellos, China, donde se ha cuadriplicado la deuda privada en estos últimos diez años, alcanzando el 304% del PIB. Así, la deuda mundial no deja de batir récords, ya nos debemos a nosotros mismos 217 billones de dólares: la adicción a la deuda se contagia y no para

 

Esta vez es diferente

Carmen Pérez | 19 de mayo de 2015 a las 7:18

310647999_e47343d8ecThis time is different es el título del libro de los economistas americanos Carmen Reinhart y Keneth Rogoff, que se hizo famoso en plena crisis financiera. Es un detallado recorrido histórico y estadístico de la arrogancia financiera a través de los siglos, de cómo el hombre enloquece y no quiere creer que las burbujas que se forman, y que están bien patentes, terminarán pinchándose. Siempre existe un elemento novedoso al que se agarra para pensar que esta vez será diferente. Hybris le denominaban los griegos, y Eurípides lo explicaba muy bien en esta frase: Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco.

Un total desmadre en la concesión de créditos caracterizó a los años del boom. Llevamos años corrigiendo la situación de sobreendeudamiento a la que llegamos y el apalancamiento de las empresas ha ido descendiendo, pero, aunque todavía queda mucho por hacer en sectores concretos, se está produciendo una nueva apertura del crédito.

Sí, los datos certifican que el crédito se está reactivando, y para nuevas operaciones crece ya a un 14% interanual. Lo fomentan de forma importante las TLTRO (Targeted Longer-term Refinancing Operations), por las que la banca capta recursos del Banco Central Europeo, BCE, a unas condiciones extremadamente buenas, y que deben ser utilizados de forma obligatoria para dar préstamos a empresas; y lo favorecen los bajos tipos de interés, derivados también de las políticas del BCE, que a pesar de superar a la media europea, siguen descendiendo.

A la vez, se están intensificando diferentes alternativas financieras, como el capital riesgo, los business angels, el crowdfunding o los fondos de inversión en deuda, por citar algunas. Del mismo modo, se está produciendo un aumento de la financiación directa de las empresas en los mercados financieros, mediante emisiones de deuda o de capital. Así, la reciente ley de fomento de la financiación empresarial es la respuesta legal para favorecer estos cambios. Todas ellas empujarán a que la proporción de financiación bancaria en nuestro país, que representa actualmente el 78% del total de la financiación empresarial, se acerque a los ratios de los países de nuestro entorno, que se sitúan en torno al 55%.

En definitiva, una oferta potencial de crédito importantísima de la que podría pensarse que desembocará en la misma concesión desaforada de préstamos previa a la crisis. Pero no, se ha instalado la prudencia, hoy en día los agentes financieros no quieren asumir riesgos, falta la confianza que entonces sobró. Existe un exceso de liquidez, pero nadie está dispuesto a prestar ni un euro si la demanda no es sobradamente solvente.

El considerable endurecimiento de la regulación bancaria y la experiencia de las entidades bancarias respecto a los altos costes que han soportado con la reestructuración y saneamiento realizados han incrementado su aversión al riesgo. La política de concesión de créditos será mucho más rigurosa a pesar de estar presionadas por la necesidad de obtener rentabilidad. Cuanto más cuando las empresas incorporan cada vez más riesgo en su actividad, ya que los activos intangibles, de menor valor liquidativo en caso de insolvencia, ganan peso en el conjunto de los activos de capital productivo.

La prudencia será necesaria entonces también en los empresarios. Les va a resultar más difícil transferir el riesgo de sus empresas a terceros, a través del endeudamiento, por lo que tendrán que dotarlas de una estructura financiera más sólida, trabajando con más proporción de recursos propios y menos deuda, intensificando además la autofinanciación, reinvirtiendo anualmente mayor parte de sus beneficios.

La crisis no ha pasado en vano, ha servido para detectar malas prácticas financieras, como el sobreendeudamiento empresarial, y reaccionar ante ellas. Pero se están gestando nuevas amenazas, como las derivadas de la intervención tan espectacular que están llevando a cabo el BCE y otros bancos centrales, que está provocando importantes anomalías financieras. Otra burbuja se está formando, ahora con el precio de los activos financieros. La hybris puede reaparecer y hacer pensar que esta vez la situación sí está controlada. Si se ignoran las crecientes señales de peligro, en cuando aparezcan acontecimientos que ahora ni sospechamos, las incógnitas desconocidas, una nueva crisis financiera estará servida. Y volverá a ser diferente.

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