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¿Cuánto valdrán ahora los billetes de 500?

Carmen Pérez | 3 de febrero de 2019 a las 17:41

TRIBUNA ECONÓMICA, 1/2/2019

En marzo de 2006 saltó la noticia. El Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo había tomado la decisión de finalizar la producción de billetes de 500 euros -los bin laden-a finales de 2018. Y ya ha llegado el momento: desde el domingo pasado se han dejado de emitir. Algunos ni lo notaremos, y quienes los tengan no han de preocuparse porque seguirán siendo válidos indefinidamente. La razón que dio el BCE para tomar esta determinación es que este billete de tan alto valor facilita las actividades ilegales: drogas, armas, tráfico de personas y de órganos, evasión fiscal o lavado de dinero. Pero, a pesar de esta contundente razón, no falta quien se oponga a esta medida ni quien encuentre razones ocultas ni quien especule sobre cuál será su valor a partir de ahora.

Los alemanes protestaron por su desaparición. Ellos son grandes amantes del efectivo, fueron los que quisieron este billete cuando se creó el euro, como sustitución del de 1000 marcos alemanes (511 euros), que se eliminaba. Sin embargo, el español mayor era de 10.000 pesetas (60 euros). El temor es que a esta medida le sigan otras, hasta acabar completamente con el dinero físico, con la pérdida de libertad que esto conlleva: las transacciones electrónicas dejan rastro; bastará darle a un botón para reconstruir los pasos diarios de cualquiera, no sólo sobre qué ha comprado y cuánto ha pagado sino en qué horas y lugares ha estado. Se plantea, por tanto, la tensión entre seguridad y libertad, dos objetivos que con frecuencia actúan dialécticamente y en contradicción.

Por otra parte, esta decisión ha invitado a la suspicacia por el momento en que se toma: se han emitido durante 17 años, desde el inicio del euro, y nadie parecía preocuparse, y ahora que estamos inmersos en un mundo de tipos de interés bajísimos y que es posible que los bancos terminen cobrando por los depósitos, se dificulta que pueda guardarse el dinero debajo del colchón para no tener que pagar por él. Un millón de euros en billetes de 500 pesa solo 2,2 kilos; en billetes de 50 euros pesaría 20 kilos. Pero es un paso que ya se dio en otros países: EEUU, por ejemplo, eliminó los billetes de 1.000 y 500 dólares, dejando como más alto el de 100 dólares. En el Reino Unido el más grande es de 50 libras. Sólo en Suiza persiste el billete de 1.000 francos suizos (unos 877 euros), el más valioso del mundo.

Y lo más curioso respecto a este asunto es la encuesta sobre el futuro valor de los billetes de 500 euros que realizó la gestora británica de fondos M&G en 2016. Teóricamente, el valor debería ser el mismo, porque sigue en vigor como medio de pago, pero se planteaban dos argumentos. De un lado: intentar utilizarlos en una transacción podría ser una señal de que esa persona es un criminal o un evasor de impuestos: ¿deberán sus dueños venderlos con descuento? De otro lado: seguirá habiendo demanda por parte de personas que los ven como la forma de resguardar el dinero en metálico con menores costes de almacenamiento: ¿incrementará su valor? El 14% opinó que se intercambiará con descuento; el 36% que mantendría su valor; y el 50%, que cotizará con una prima. A ver cómo y por cuánto se deshacen de los suyos.

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Tiempo y dinero

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2018 a las 14:20

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/8/2018

La relación entre el tiempo y el dinero nos resulta familiar. Se ha utilizado a lo largo de la historia para poner de relieve lo valioso del tiempo. Así, contamos con numerosas poesías y refranes -“el tiempo es oro”- que se esfuerzan en mostrarnos la conveniencia de aprovechar bien el tiempo o de que nuestro afán por ganar dinero debe guardar un equilibrio con el tiempo que gastamos en conseguirlo. Menos usual, sin embargo, es considerar esta relación invirtiendo completamente los términos, afirmando que el dinero es tiempo.

Es el caso de la película In Time (Andrew Niccol, 2011), que lleva esa definición al extremo. Plantea un mundo donde se ha superado el envejecimiento, y donde el valor usado para las transacciones de carácter económico es, literalmente, tiempo de vida. Con el trabajo no se gana dinero sino horas, minutos y segundos, que quedan acumulados en un reloj biológico insertado en el antebrazo.

Cubrir las necesidades básicas o permitirse lujos consumen tiempo de vida. Si el reloj se queda a cero, la persona se queda sin tiempo, se desploma y muere. En ese mundo son muchos los que están esclavizados por trabajos que sólo les proporcionan horas o, como mucho, días de vida. Viven al límite, dominados por la inmediatez, como les sucede a los animales. Por descontado, los ricos cuentan en sus muñecas con miles de años para gastar.

Quizá los guionistas hayan tomado esta idea de conectar tiempo y dinero -lo único bueno que tiene la película- del filósofo italiano Vittorio Mathieu. En su obra La filosofía del dinero resalta que la necesidad de dinero es un signo de nuestra no omnipotencia. Si no fuéramos seres finitos no tendríamos una existencia temporal, no haríamos proyectos y no usaríamos el dinero como medio para llevarlos a cabo. El dinero es una curiosa síntesis de la vida pasada y futura. El dinero abre futuro; si lo gastas, consumes futuro para tener mejor presente. Su carácter es “su enlace con el futuro, que no se romperá jamás hasta el momento en que se oigan las trompetas del Apocalipsis”.

También es posible, en el mundo de In time el traspaso de tiempo. Se puede gastar incluso sin disponer de dinero de antemano, viviendo un bienestar presente que en principio no corresponde. Sólo tiene que haber alguien que confíe en cederte parte de su exceso de futuro. Esto no es más que la esencia de cualquier sistema financiero: intercambiar futuro por presente entre unos y otros.

El traslado de estos planteamientos a la realidad es inevitable. Muchas serían las reflexiones, destacamos dos de ellas. La primera, que no hay futuro sin actividad económica. La segunda, que actualmente a nivel global se produce un consumo de futuro por anticipado a causa de la intermediación bancaria. Digamos, siguiendo la parábola, que los bancos crean “tiempo ficticio”. Así, el sistema necesita imperiosamente crecimiento económico que genere tiempo “extra” que compense. Si falla o se detiene, la ansiedad sólo puede rebajarse al retrasar todos los relojes vitales. Pero este reajuste no es homogéneo. Como hemos podido comprobar con la última crisis, muchos ven cómo se quedan sin futuro de repente.

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Libertad acuñada

Carmen Pérez | 26 de abril de 2017 a las 6:58

TRIBUNA ECONÓMICA, 21/4/2017

La frase de Fiodor Dostoievski “La moneda es libertad acuñada” se ha puesto de moda. La esgrimen todos aquellos que se rebelan contra la desaparición del dinero en efectivo. Algunos de ellos mantienen posturas fantasiosas, queriendo ver en esta tendencia actual una conspiración global para someter al mundo; otros incluso la conectan con este pasaje del Apocalipsis: “Y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre”. Pero hay otras muchas opiniones que proceden de fuentes bien acreditadas. Tampoco las que están a favor de su eliminación faltan.

Sin ir más lejos, hace unos días, Brigitte Zypries, la ministra alemana de Economía, se manifestó defendiendo el uso del efectivo, basándose en un informe del consejo de expertos que la asesora. Sin embargo, frente a ellos, economistas tan afamados, como Kenneth S. Rogoff, se posicionan en sentido contrario. Así, este profesor afirma al comienzo de su libro “Reduzcamos el papel moneda”, publicado el pasado Marzo, que “Deshacerse de la mayor parte del dinero en efectivo nos ayudaría más de lo que podría pensarse”, proponiendo que sólo se mantengan los pequeños billetes; o mejor, sólo las monedas.

Rogoff hace cuentas y encuentra que, a pesar del auge de los medios de pago electrónicos, sigue habiendo una cantidad ingente de billetes en circulación. Tanta, que cada familia americana de cuatro personas tendría que tener 13.600 dólares en casa; o 12.800 euros, cada alemana. Dónde está todo ese dinero, entonces, porque esto claramente no sucede: los grandes billetes están detrás de las actividades ilegales: economía sumergida, tráfico de drogas, crimen organizado, extorsión, corrupción de funcionarios y políticos, tráfico de seres humanos y lavado de dinero.

Es el lado oscuro del dinero, y es suficiente motivo, defiende Rogoff, para eliminarlo, evitando, eso sí, posibles perjuicios, como la exclusión financiera -subsidiando smartphones y tarjetas de débito- o la invasión en la privacidad de las personas. Por su parte, los expertos alemanes consideran esto desproporcionado: se han limitado los pagos en efectivo, desaparecerán pronto los billetes de 500 euros, y hay que seguir tomando medidas, pero sin llegar tan lejos.

Con todo, el desacuerdo radical reside en un motivo diferente. El dinero en efectivo frena la aplicación de tipos de interés negativos, por el miedo a que la población acuda a retirarlo masivamente; sin dinero físico, no habría “corridas bancarias”. Así que, Rogoff ve en su desaparición una enorme ventaja: no habría límites para la política monetaria, como sí los hubo en la crisis pasada, dice, en la que se deberían haber establecido intereses del -4% o el -5%. Por el contrario, los alemanes no lo aprecian como ventaja: los tipos negativos son de una aberración inaceptable.

La frase de Dostoievski nos cautiva, porque es cierto que aunque cada vez lo utilicemos menos, que el dinero físico exista nos tranquiliza: ¿es que intuimos que quedarnos sin él sería entregar nuestra libertad y otorgar demasiado poder a gobiernos, bancos y bancos centrales, o es sólo miedo y resistencia al cambio?

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Sin billetes ni monedas

Carmen Pérez | 10 de octubre de 2016 a las 11:30

TRIBUNA ECONÓMICA, 23/9/2016.

DESDE siempre algunas películas han tratado de imaginar cómo sería la sociedad en fechas futuras concretas, y resulta curioso analizar en qué medida han acertado. Ya está cerca 2019 y en Los Ángeles no habrá replicantes o patrullas aéreas vigilando las calles, como se vaticinaba en la película Blade Runner. Y seguramente tampoco se pagará con dinero en efectivo en los restaurantes callejeros, como sí se hace en el que Rick Deckard (Harrison Ford) degusta unos tallarines mientras un dirigible futurista vocea sobre una nueva vida en las colonias del Mundo Exterior. Su director, el británico Ridley Scott, se equivocó también imaginando que el dinero físico seguiría utilizándose en el futuro. No es ciencia-ficción, los billetes y monedas tienen los días contados. En Dinamarca incluso ya le han puesto fecha límite: el año 2030.

Por una parte, se están dejando de emitir los billetes de más valor. EEUU, por ejemplo, eliminó los billetes de 1.000 y 500 dólares, y el BCE lo hará en 2018 con los billetes de 500 euros. Algunos no lo notaremos, la mayoría de la población nunca ha visto un Bin Laden, nombre con el que se le conoce popularmente. En principio, esta decisión se toma para luchar contra las actividades delictivas y la economía sumergida. Pero se intuyen otras razones, como la de entorpecer la opción de almacenar dinero en casa en vez de depositarlo en el banco pagando por él. En esta línea, los bancos también presionan contra los molestos y costosos billetes al cobrar comisiones por los ingresos de efectivo y ofertar menos cajeros.

Por otra parte, particulares y empresas están suprimiendo progresivamente los pagos con dinero físico, y utilizan en su lugar transferencias on-line, tarjetas, entidades de pago o el mismo móvil. Lo más reciente es el desarrollo de las tecnologías NFC, que se insertan en móviles y tarjetas, permitiendo pagos pequeños y rápidos que se activan cuando el chip se coloca cerca del lector. Así, en los adelantados países nórdicos, el 95% de las compras al por menor se hacen sin dinero, desde caramelos a donaciones en las colectas de la Iglesia. Hasta la promesa “todos los pueblos y ciudades de la UE tendrán wifi gratis en el año 2020″, que el presidente Juncker hizo hace unos días en su discurso sobre el Estado de la Unión, parece diseñada para hacer posible que este efecto pueda extenderse por toda Europa.

Todo parece converger en este cambio: la tecnología lo posibilita, las instituciones públicas y financieras lo propician, el ciudadano, por comodidad, acepta. Y nuevas películas aventurarán sus consecuencias. Los rastros electrónicos permiten reconstruir los pasos diarios de todo comprador, no sólo sobre qué ha comprado y cuánto ha pagado sino en qué momentos y lugares ha estado, y esta información podría ser utilizada por gobiernos o empresas para controlar, manipular o chantajearlo. Nuevas criptomonedas para dar cobertura a las actividades ilícitas, pobres excluidos financieramente, o la vuelta al trueque por grupos rebeldes: con la desaparición de billetes y monedas, los visionarios cineastas tienen tarea, y seguro que verán, como el replicante Roy Batty, cosas que nosotros nunca imaginaríamos.

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