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El necesario veto a los dividendos bancarios

Carmen Pérez | 10 de diciembre de 2020 a las 8:48

TRIBUNA ECONÓMICA, 20/11/2020

Cuando en marzo el Covid-19 se extendió por Europa y EEUU, los reguladores mundiales “recomendaron” a los bancos que no repartieran dividendos, que se abstuvieran de recomprar acciones destinadas a retribuir a los accionistas y que aplicaran políticas prudentes en la remuneración variable a sus empleados. Así, el BCE fijó el plazo hasta al menos el 1 de octubre. Posteriormente, en julio extendió la recomendación hasta el 1 de enero de 2021. En diciembre está previsto que esta medida se revise, y es probable que se prolongue un año.  La razón los asiste, y no deberían ceder a las intensas quejas bancarias hasta más allá de que las vacunas no sean esperanzas sino hechos.

Las últimas declaraciones del gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, apuntan en este sentido: “Dadas las actuales circunstancias, la prudencia en la distribución del dividendo tendrá que mantenerse”. Y este mismo martes, Carolyn Rogers, la secretaria general del Comité de Supervisión Bancaria de Basilea, se pronunciaba del mismo modo, afirmando que es demasiado pronto para que los bancos canten victoria con el coronavirus, y que los accionistas deberían permanecer en espera hasta que el impacto de la pandemia a largo plazo sea claro.

Esta segunda e intensa ola de la pandemia ennegrece el panorama futuro, pudiéndose desatar demasiado la morosidad –ahora contenida por los apoyos públicos, como la extensión del plazo y de la carencia de los préstamos avalados por los Estados– y complicar la solvencia de las entidades bancarias. Frente a esto no tienen otra vía para reforzar su capital que retener beneficios. Las bajísimas cotizaciones de sus acciones –es un sector en reconversión por múltiples causas– imposibilitan la captación de nuevo capital en los mercados.

Los argumentos que contraponen los bancos son falaces. Afirman que pagar dividendos es algo necesario, que las cotizaciones se deprimen aún más si no se hace. Pero a los accionistas –¡si realmente lo fueran!– les debería compensar ver a sus empresas reforzadas. Además, el capital no desaparece. Si el impacto finalmente no es tan fuerte, podrán recibirlos más adelante. También aducen que con esta medida se les incrementa el coste de capital. Tampoco es cierto. Precisamente esta medida les permite no tener que recurrir a la costosa financiación híbrida de cuasi capital.

Por último, los banqueros añaden una amenaza –“si sigue el veto, se restringirá el crédito”– a sabiendas de lo nefasto que resultaría esto para la recuperación económica. Es inadmisible.  Están funcionando con respiración asistida pública. Se les han puesto –desde el BCE y los Estados– las condiciones en bandeja de plata para que hagan su trabajo: prestar. Y no, no son deseables en absoluto las prohibiciones en la actividad privada, pero no hay otro remedio cuando los bancos están tan protegidos por el sector público que es quien finalmente tiene que sacarles las castañas del fuego cuando les llegan los problemas. Si los bancos fueran completamente independientes –¡ojalá!– no procedería este veto: serían ellos solitos los que en circunstancias como las actuales voluntariamente se autolimitarían los dividendos.

 

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Los subvencionados dividendos bancarios

Carmen Pérez | 26 de mayo de 2019 a las 18:13

TRIBUNA ECONÓMICA, 10/5/2019

Hubo un tiempo -en la primera mitad del siglo XIX- en que los banqueros respondían ante los acreedores y depositantes no sólo con los activos de sus bancos sino con sus propios patrimonios personales. Hubo un tiempo posterior -hasta bien entrado el siglo XX- en que esta responsabilidad ilimitada se acabó, pero en la que al menos los banqueros seguían comprometiendo recursos suficientes en sus bancos: el ratio de apalancamiento -proporción de capital propio en relación con la deuda con acreedores y depositantes- rondaba del 30% al 50%. Hay un tiempo, el actual, en que ese ratio está por los suelos. El de las entidades españolas se situó el pasado año en el 5,4%, algo superior al 5,3% medio europeo.

La normativa lo permite. Las exigencias de capital son extremadamente laxas, incluso después del endurecimiento de la regulación que se produjo tras la crisis financiera. Concretamente, el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea fijó el ratio de apalancamiento mínimo en el 3%. Por entonces, Martin Wolf, en su artículo Basel: the mouse that did not roar (Basilea: el ratón que no rugía) de The Financial Times, hizo una valoración muy acertada: “el requisito de triplicar el mínimo anterior parece duro, pero sólo si uno se da cuenta que triplicar casi nada no es mucho”.

Así, las condiciones en las que trabajan los bancos distan enormemente de lo que dicta la lógica financiera. Lo adecuado sería que los bancos se fortalecieran ampliando capital. O más fácil, vía autofinanciación, dedicando los beneficios generados a incrementarlo. Por el contrario, en estos últimos años se han repartido sustanciosos dividendos. Ahora, los supervisores están poniendo el acento en este tema.

El Informe de Estabilidad Financiera del Banco de España de 7 de mayo denuncia que el reparto de dividendos que vienen haciendo no permite que crezca el capital lo necesario para que las entidades estén preparadas para afrontar los riesgos. También, la subgobernadora Margarita Delgado en su conferencia del 8 de mayo señaló que “las políticas de retribución al accionista deben adecuarse a la necesidad de generación orgánica de capital de cada entidad”, insistiendo en que ser accionista conlleva depender del resultado obtenido, y que antes está la solvencia del banco. Ambos siguen las recomendaciones que ya hiciera el BCE en enero, con las que instaba a los bancos a ser conservadores a la hora de repartir los beneficios.

Pero, ¿por qué iban a cortarse repartiendo dividendos más allá del cumplimiento estricto de las normas si cuentan con el sector público para completarles su exigua solvencia? Ningún otro sector mantiene esos ratios de apalancamiento: los que les prestan se aseguran que los dueños estén pringados suficientemente. Depositantes y acreedores prestan a los bancos aunque sus accionistas estén tan poco implicados gracias al seguro público de depósitos y a la asistencia del BCE con la que cuentan. Somos los contribuyentes los que posibilitamos que los accionistas bancarios reciban dividendos: ellos ganan, la población soporta el riesgo. Se ha recorrido en la historia un camino perverso con la banca. Habrá un tiempo en el que todo esto reviente.