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El búho Lagarde

Carmen Pérez | 30 de diciembre de 2019 a las 20:41

TRIBUNA ECONÓMICA, 13/12/2019

Otra reunión -la última del año- del Consejo de Gobierno del BCE. Después de ocho años siguiendo intensamente las comunicaciones de Mario Draghi, nos toca acostumbrarnos a la nueva presidenta, Christine Lagarde. Ella lo quiso dejar claro, que el BCE afronta una nueva etapa, que ahora es su tiempo: “Voy a tener mi propio estilo, voy a ser yo misma”. Y no quiere etiquetas, ni que la tachen de halcón ni de paloma. Lo había dicho hace unos días tras una conferencia y en la de ayer volvió a repetirlo: “Espero ser un búho. Me gustan los búhos. Son animales muy sabios”. De momento, continuidad -su predecesor le había dejado los deberes hechos- aunque también, sin decir cuáles, anuncio de reformas.

Lagarde ha mantenido exactamente igual el plan de acción que Draghi marcó en septiembre. Era lo que se esperaba. En su primera reunión y sin que haya habido cambios de envergadura en el cuadro macroeconómico europeo no iba a mover ficha. Las previsiones siguen señalando -décima arriba o décima abajo- un crecimiento débil y una baja inflación hasta 2022. Pero la nueva presidenta las ha acompañado con dos esperanzas: que se aprecian señales iniciales de estabilización en la desaceleración económica y un leve avance de la inflación subyacente; y que los riesgos que amenazan el crecimiento siguen inclinados, pero menos, a la baja.

La continuidad con Draghi también se sintió en el toque de atención que le dio a los gobiernos. El mensaje fue el mismo: todos los países deberían hacer más para alcanzar el potencial de crecimiento; es fundamental que se lleven a cabo las reformas estructurales necesarias; que los que tengan una deuda alta cumplan el equilibrio presupuestario y que los que tengan espacio fiscal, por favor, que lo utilicen. Y del mismo modo, apeló a mejorar el funcionamiento de la Unión Económica y Monetaria.

La novedad la puso cuando confirmó que “la revisión de la estrategia del BCE comenzará en enero y estará completa antes de fin año”. En semanas pasadas ya había dejado claro que la gestión que se hace en los bancos centrales desde hace dos décadas puede resultar obsoleta y procede revisarla. En este sentido, sólo afirmó que no tiene en mente cambiar el mandato, esto es, la estabilidad de los precios. Eso no está en su mano, implicaría modificar el estatuto, pero podría redefinir en cómo se concreta. El “por debajo, pero cerca, del 2%”, es arbitrario. Como lo de Groucho Marx: si no consigo el objetivo, pues lo cambio.

Tampoco dio pistas sobre si se utilizarán otros instrumentos diferentes. Los actuales, incluso los no convencionales, ciertamente han resultado poco eficientes, pero no mencionó en qué otros está pensando: ¿se atreverá a utilizar herramientas radicales, como el helicóptero monetario, y repartir dinero entre la gente?, ¿impulsará la implantación del e-euro para mejorar la trasmisión de la política monetaria?… Y por último, también avanzó que la entidad abordará cómo participar en un objetivo que en absoluto es competencia de un banco central, sino de los gobiernos: el cambio climático.

En definitiva, muchos posibles y controvertidos cambios. Tendremos que ir viendo reunión a reunión cómo ulula el búho Lagarde.

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¡gracias, Draghi!

Carmen Pérez | 29 de diciembre de 2019 a las 22:12

TRIBUNA ECONÓMICA, 25/10/2019

La reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo de ayer fue la última que presidió Mario Draghi, el hombre que llevó a cabo en 2012 una gran hazaña: salvar al euro. “Supermario” llegó en un momento delicadísimo para la Eurozona, pero cogió el mando con determinación y valentía, y pronunció un puñado de palabras que resultaron mágicas. Sin duda, su “haré lo que sea necesario para salvar al euro y, créanme, será suficiente” pasará a la historia. El efecto que causaron fue sorprendente. El euro estaba inmerso en una insoportable tormenta, con bucles diabólicos entre deuda soberana y banca, y con ellas el mago logró calmarla.

La simple comunicación de sus intenciones restauraron la confianza en el euro, y ésta siguió afianzándose a medida con que con sus acciones se comprobaba que no eran palabras vanas. Persistente en su lucha, constante en su propósito, sin rendirse ante la dificultad y paciente ante la lenta obtención de resultados. Mostrando seguridad y calma, incluso cuando le tiraron confetis a la cara. Con inteligencia para saber elegir cuidadosamente las palabras y el tono con el que pronunciarlas: con él la comunicación se convirtió en uno de los instrumentos más importantes de su política monetaria.

Rebelde, se ha enfrentado en todo momento a quienes no compartían sus órdenes, resistiendo a los halcones, alemanes principalmente, que llevaron -sin éxito- hasta el Tribunal Constitucional alemán sus decisiones. También ha soportado duras acusaciones, como la del ministro alemán, Wolfang Schäuble, de haber provocado el ascenso en su país de la extrema derecha. Y ha sido firme ante la fuerte y constante presión desde la banca. Todos ellos han ido denunciando los efectos colaterales que su política provocaba, como el castigo al ahorrador conservador, la anomalía financiera a la que conducía o las burbujas en los precios de los activos, y han cuestionado la debilidad de los resultados en comparación con el esfuerzo monetario realizado.

Al final de su mandato las críticas se han disparado. La vuelta atrás en el crecimiento y en la inflación europeos le llevaron en septiembre a intensificar sus estímulos monetarios. Y volvió a pedir alto y claro que desde otros ámbitos se actuara. Desde su primera intervención reclamó reformas estructurales nacionales, estímulos por parte de los países con capacidad fiscal y una reforma europea: Unión Bancaria, Unión del Mercado de Capitales y un presupuesto europeo fuerte con el que puedan activarse mecanismos contracíclicos estabilizadores.

Y hasta ayer mismo lo ha seguido reclamando. No ha dejado de marcar el camino que había de recorrerse pero sin poder para exigir que se ejecutara. Él, desde el ámbito monetario, sólo podía comprar tiempo para que pudiera llevarse a cabo. En septiembre, en su discurso de despedida ante el Parlamento Europeo, señaló que no se había hecho prácticamente nada. Los políticos europeos, dentro de sus fronteras, han preferido confiarse al “salvador” y a nivel europeo han seguido siendo “tímidamente europeos”, justo la posición que Emmanuel Macron dijo que había que superar cuando llegó a la presidencia de Francia. Adiós y gracias, Mario Draghi.

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Draghi: “Es el momento de la política fiscal”

Carmen Pérez | 29 de diciembre de 2019 a las 21:41

TRIBUNA ECONÓMICA, 13/9/2019

Las reuniones del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, lejos de pasar desapercibidas, siguen teniendo igual o más intensidad incluso que en plena crisis. Las expectativas con la de ayer eran muy altas. En julio Mario Draghi ya dio señales de que volvería a actuar y de manera contundente. Y lo ha hecho, a él no le tiembla el pulso para apoyar desde su ámbito a la economía de la eurozona. Estableció un pack completo, interviniendo de varios maneras. Sin embargo, lo más importante fue el mensaje que trasmitió durante su conferencia, la penúltima antes de darle paso a Christine Lagarde, a los países del euro: “Es el momento de que la política fiscal coja el testigo de la política monetaria”.

Justificó las medidas adoptadas por los datos estadísticos recibidos desde la última reunión, que apuntan a una debilidad más prolongada en la economía de la zona euro: “La desaceleración económica de la zona euro ha sido más acusada de lo esperado”, y porque “los riesgos en torno a las perspectivas de crecimiento de la Eurozona siguen inclinados a la baja”. De hecho, el BCE ha rebajado una décima las previsiones del crecimiento del PIB para este año (1,1%) y dos para el próximo (1,2%). Y de igual modo, corrige a la baja las previsiones de inflación: 1,2% para este año desde el 1,3%, y del 1% para 2020, desde el 1,4% pronosticado anteriormente.

La intención con este paquete de medidas es seguir apoyando el acceso a la financiación, en particular para las pequeñas y medianas empresas. En concreto, se elimina el límite temporal -verano de 2020- que estaba marcado para la subida de los tipos de interés, dejando esta posibilidad abierta, indefinida, hasta que haga falta. Continuarán las reinversiones de los activos que vayan venciendo, pero además se establece un nuevo programa de compras netas de activos -sin especificar cuáles- después del descanso de 9 meses. El ritmo será de 20 mil millones de euros al mes a partir del 1 de noviembre, sin plazo. Se baja el tipo de depósito del -0,4% al -0,5%-, con un nuevo sistema escalonado para compensar parte del impacto negativo en la rentabilidad bancaria. Y, por último, se retoca la nueva serie de TLTRO III en términos financieros más favorables para la banca.

Conforme a su mandato, el BCE ha brindado de nuevo, y seguirá haciéndolo en el futuro, apoyo monetario. Pero por sí solo será claramente insuficiente. Al pedir Draghi el relevo de la política monetaria está declarando su desconfianza en la eficiencia que puedan tener más estímulos monetarios en una economía ya completamente estimulada. Las medidas están perdiendo efectividad para conseguir potenciar la inversión privada. No sirven para nada si el apetito por la deuda no las acompañan. Así, el protagonismo han de cogerlo necesariamente los gobiernos de la eurozona, acometiendo reformas estructurales, bajando impuestos o gastando. Aunque de ningún modo debería tratarse de gastar por gastar, por mucho margen fiscal del que se disponga, sino de invertir, de acometer proyectos -de infraestructuras, en redes de comunicación, digitalización o descarbonización- que no supongan para el futuro contribuyente una carga.

Draghi espera a Powell

Carmen Pérez | 2 de septiembre de 2019 a las 9:35

TRIBUNA ECONÓMICA, 26/7/2019

En junio, en la reunión anual de bancos centrales en Sintra, Mario Draghi declaró sus intenciones: “En ausencia de mejora, se requerirá un estímulo adicional”. En este sentido, Pierre Moscovici, el comisario de Asuntos Económicos de la Unión Europea, advertía hace unos días del debilitamiento de la economía de la Eurozona. Esto nos puede parecer extraño porque la economía española se mueve -por ahora- a contracorriente, pero Alemania está bordeando la recesión técnica, Italia está estancada y Francia también ha ido reduciendo varias décimas sus previsiones de crecimiento. Y el temor es que los negros nubarrones que sobrevuelan la economía mundial -la guerra tecnológica entre EEUU y China, un ahora más que probable Brexit sin acuerdo, la vulnerabilidad de los países emergentes o la tensión creciente en Oriente Medio- descarguen con fuerza. Ayer Draghi preparó las armas y se colocó en posición de tiro, pero disparará en septiembre. Mientras verá lo que hace su homólogo americano, Jerome Powell.

De la reunión cabe destacar tres novedades. La primera es que abrió la puerta a una futura rebaja de los tipos. En el comunicado oficial y en la conferencia posterior se informó que “al menos hasta la primera mitad de 2020 los tipos de interés se mantendrán iguales o -esto es lo nuevo- “por debajo” de los actuales.

La segunda, que se está estudiando “el diseño de un sistema escalonado para la remuneración de las reservas bancarias”, dando a entender que se penalizarán aún más -ahora en -0,4%- aunque buscando la manera de que afecte lo menos posible a la rentabilidad bancaria.

Y la tercera novedad es que se están analizando opciones para determinar el tamaño y la composición de nuevas compras de activos netos potenciales. Un nuevo QE en el que muchos analistas esperan que se incluyan acciones.

No sólo el BCE se está replanteado nuevas medidas de política monetaria. Es bastante probable que el próximo 31 de julio la Reserva Federal reduzca las tasas de interés por primera vez tras casi una década. La presión que está ejerciendo Donald Trump sobre su gobernador es intensa. Una reducción de tipos en la Eurozona ahora podría provocar que Powell los recortara con más fuerza. Draghi ha preferido esperar a que él dispare y que sea en otoño, en las dos reuniones más que le quedan, cuando continúe con el compromiso que adquirió en 2012 de “hacer todo lo que fuera necesario”, dejando además el inicio del mandato de su sucesora, Christine Lagarde, cubierto.

Los bancos centrales actúan condicionados en gran medida por los movimientos de los otros y tienen que hacerlo con cautela para no provocar una escalada en la protección de las monedas o incluso que pueda afectar a otros ámbitos económicos. De hecho, Trump acusó en Sintra de manipulador de divisas a Draghi cuando éste anunció que estaba dispuesto para nuevos estímulos monetarios. Incluso de forma cínica entonces lanzó un tweet afirmando que quería para liderar la Reserva Federal a “un Draghi”. El malestar por las intervenciones monetarias puede condicionar las relaciones comerciales entre los Estados Unidos y Europa, y especialmente en el sector automotriz podría hacernos un enorme daño.

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Encaje de bolillos financiero

Carmen Pérez | 27 de marzo de 2019 a las 17:11

TRIBUNA ECONÓMICA, 8/3/2019

Ayer Mario Draghi, tras una nueva reunión del Consejo de Gobierno del BCE, prosiguió con al encaje de bolillos financiero que empezó hace más de siete años. Siguiendo esta técnica volvió a entretejer los hilos de la economía de la Eurozona, aquejada de distintos problemas. Y lo hizo, como siempre, colocando los alfileres que considera necesarios para sostenerla, sin olvidarse de que el tejido resultante tiene que parecerse al objetivo que tiene asignado, esto es, llevar la inflación al 2%. El paño durante todos estos años le ha ido saliendo, lo que ya es de por sí un gran éxito, porque por el 2012 los hilos estaban tan enrevesados que parecía imposible sacar nada bueno de ellos. Pero el parecido con el patrón se le resiste. Y no dejan de surgir problemas.

El hilo más difícil con el que le toca lidiar ahora es el del crecimiento del PIB de la Eurozona, que se ha venido abajo. El BCE ha reducido drásticamente su previsión para 2019, hasta el 1,1%, y las rebajas también se extienden a 2020 y 2021. Alemania crecerá sólo un 0,7%, el más bajo desde 2013. El caso de Italia es aún más grave, su PIB descenderá un -0,2%. Además, los riesgos a los que está sometido -que ya señaló Draghi que habían girado a peor- persisten.

La guerra comercial declarada por EEUU puede hacer mucho daño, de forma indirecta por lo que pase con China, pero también directamente por su comportamiento con Europa. Las palabras de Trump sobre la UE el pasado 25 de febrero, recogidas por Federico Steinberg, investigador del Real Instituto Elcano, dejan clara su actitud: “Les hemos dicho que tenemos que reunirnos. Y que si no nos reunimos vamos a machacarlos a aranceles”, en clara amenaza a los coches europeos. Y ahí sigue el Brexit, empantanado, cuando se acerca la fecha límite para llegar al acuerdo.

Ante todo esto había que actuar y Draghi lo ha hecho. Los tipos de interés siguen en el mismo nivel, pero ha retrasado posibles subidas hasta al menos finales de 2019. El programa de reinversión de bonos continua. Y ha puesto nuevos alfileres para lidiar con los bancos, que no son hilos sino sogas a su cuello. Así, en septiembre se pondrán en marcha las TLTRO III (préstamos gratuitos a dos años a los bancos, condicionados a que den crédito). Se quiere evitar que se encarezcan los préstamos bancarios cuando la actividad se ha debilitado, pero también apoyar a los bancos, especialmente italianos y españoles, que tienen que afrontar vencimientos de TLTRO pasadas por 380.000 millones de euros.

El retraso de los tipos le ha sentado mal a las bolsas, sobre todo a la banca: la desaceleración económica es muy seria. El refugio ha sido los Tesoros: el bono español bajó al 1%. Y es que hacer encaje de bolillos financiero es muy delicado y complejo. Draghi va a concluir su mandato con todos los alfileres puestos sin conseguir que la inflación llegue al modelo -está en el 1,2%- y con un recorte sustancial en las previsiones de crecimiento. Pero está harto de decirlo. El encaje para que sea sólido tendría que tejerse también desde el lado económico y no fiarlo todo al financiero: ha vuelto a suplicar a los gobiernos de la zona euro que apliquen políticas favorables al crecimiento.

Se terminó

Carmen Pérez | 9 de enero de 2019 a las 21:02

TRIBUNA ECONÓMICA, 14/12/2018

Ayer, tras la última reunión del año del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi confirmó que el programa de compras de activos se daba por terminado. Tal y como estaba previsto, las compras netas cesarán este diciembre. El saldo final es espectacular: desde marzo de 2015 el BCE ha comprado bonos por más de 2,6 billones de euros, de los que el 80% han sido bonos soberanos. De España, en concreto, 259.000 millones, más del 22% de toda nuestra deuda pública. Y llega el final y llega su aprobación, ambas cosas al mismo tiempo. Ha querido el destino que esta misma semana este programa reciba las bendiciones del Tribunal de Justicia de la Unión Europea: Draghi hizo lo correcto.

La finalización llega en un momento complicado: el crecimiento de la zona euro se ha ralentizado. Draghi así lo reconoció y comunicó crecimientos previstos para los tres próximos años, ligeramente a la baja: 1,7 %, 1,7% y 1,5 %. En cuanto la inflación, las estimaciones del BCE son del 1,6%, 1,7% y 1,8%. Tampoco los riesgos que ahora mismo están presentes han sido determinantes para que retrocediera en la decisión, aunque la guerra comercial/tecnológica entre EEUU y China, ese Brexit que no termina de aclarase, las crisis de algunos países emergentes, la complicada situación de una Italia estancada o la conflictividad de Francia supongan un entorno más desafiante para la zona euro.

Pero volverse para atrás hubiera sido incluso contraproducente. En economía las expectativas lo son todo. Además, sigue disponiendo de un arsenal enorme. El balance no va a incrementarse, pero sí va a mantenerse, reinvirtiendo el importe de los bonos que venzan todo el tiempo que sea necesario, incluso hasta después de la subida de tipos. Ayer no aclaró más la política de reinversión, pero previsiblemente será en deuda pública, cambiando bonos de vencimiento a corto plazo por otros a medio y largo plazo, para conseguir reducir los tipos de largo plazo. O incluso vendiéndolos antes de vencimiento para conseguir mayores plazos, como ya hizo la Reserva Federal -operación Twist- en 2011. También tiene en su poder administrar el calendario de subidas de los tipos oficiales y manejar la disponibilidad de préstamos a largo plazo para los bancos de la zona euro.

Por tanto, nuestras economías van a seguir estimuladas por mucho tiempo. Y esas medidas de política monetaria tan agresivas han supuesto, y seguirán suponiendo, una ayuda a los estados de la zona euro por la puerta falsa. De ahí la denuncia que interpusieron en su día un grupo de alemanes: los estatutos del BCE le prohíben que apoye directamente a los gobiernos comprándoles deuda pública. Ahora, los jueces de la UE le han dado legitimidad a este programa: no ha sido una ayuda directa -las compras no se han producido en el mercado primario- y además esas medidas eran fundamentales para que el BCE cumpliera su mandato. La apelación constante de Draghi a los estados para que sean rigurosos con la disciplina fiscal, lleven a cabo las necesarias reformas estructurales, constituyan colchones fiscales o completen la Unión Bancaria es su forma de intentar evitar que la Historia le dé en un futuro la razón moral a los demandantes.

Salir de la droga financiera no será fácil

Carmen Pérez | 30 de abril de 2018 a las 20:16

TRIBUNA ECONÓMICA, 27/4/2018

No, no va a ser fácil acabar con el dopaje del Banco Central Europeo. La buena marcha de la economía del pasado año permitió a Mario Draghi iniciar el abandono de los estímulos. Por entonces, dejó planificado el camino hacia la normalización financiera, aunque de forma muy gradual y sin cerrar ninguna puerta. Ayer se celebró una nueva reunión del Consejo de Gobierno del BCE. En esta ocasión, con la expectación puesta en si la debilidad de los datos económicos recientes de la eurozona iban a obligarle a reevaluar sus cálculos. No obstante, Draghi no ha alterado en absoluto su hoja de ruta.

“El misterio de la desaceleración de la Eurozona”, “La economía de la Eurozona: ¿una desagradable sorpresa?” o “La debilidad de la zona del euro plantea la perspectiva de una larga despedida para el estímulo de la crisis” son los títulos de algunos artículos del Financial Times de estas de estas últimas semanas donde se resaltan las debilidades de la eurozona. Es verdad que algunos autores de ese periódico suelen ser agoreros, no sin cierta alegría, con nuestra economía. Pero contienen datos. Y los datos no son subjetivos.

La producción industrial cayó un 1,6% en febrero. Las exportaciones descendieron un 3,2% desde enero, la mayor caída desde agosto de 2015. En Alemania, el indicador ZEW, uno de los más vigilados del país, que mide la confianza en la economía, cayó en marzo a un mínimo de cinco años. El índice Sentix, que evalúa el sentimiento de los inversores para la eurozona, descendió en marzo por tercer mes consecutivo. Gavyn Davis, el autor de uno de esos artículos, lo resume: “El optimismo se ha debilitado por una desaceleración repentina y bastante brusca de la actividad en la zona del euro, una región que hasta hace poco lideraba la expansión mundial”.

Draghi, ayer, reconoció la existencia de este estancamiento: “Casi todos los países de la zona euro han experimentado una moderación del crecimiento o una pérdida de momentum“. Sin embargo, prefirió darle a la economía el beneficio de la duda y no cambiar en nada el plan programado. Confía en que el crecimiento se mantenga sólido, y achaca esta situación a factores puntuales como el frío extremo, las huelgas, la fecha de la Semana Santa, y a la amenaza de guerra comercial lanzada por EEUU.

La reunión de junio será decisiva. Entonces no tendrá más remedio que pronunciarse sobre si la compra de bonos seguirá el próximo año, lo que conllevaría que el aumento de las tasas de interés se retrasaría. Además, todo dependerá de la inflación, la única variable por la que el BCE decide actuar en uno u otro sentido. Las estimaciones la mantienen en los próximos años por debajo del 2% objetivo. Si se disparara, por el incremento de los precios de la energía o de las materias primas, se aceleraría sin más remedio la retirada de estímulos. Si deja margen, y persiste la debilidad de la eurozona, podría incluso incrementarlos. En este último caso, la tragedia estaría al llegar la próxima recesión, que llegará, porque el BCE se encontraría con sus armas gastadas: sin salir del dopaje actual, tendría que diseñar una nueva droga que suministrar para volver a activar la economía.

Foro de Davos, BCE y la calidad del crecimiento

Carmen Pérez | 27 de enero de 2018 a las 10:24

TRIBUNA ECONÓMICA, 26/1/2018

2,24 billones de euros después, la recuperación de la Eurozona es una realidad . Las cifras macroeconómicas así lo indican, tanto en términos de crecimiento como de generación de empleo y consumo. En este clima de euforia, se esperaba con expectación la intervención de ayer de Mario Draghi, tras la primera reunión del año del Banco Central Europeo. Toda la atención a sus palabras, para escudriñar si iba a acelerar el ritmo de la normalización monetaria. También esta semana, las miradas están puestas en los discursos del Foro Económico Mundial, que se celebra en Davos. Allí los planteamientos son distintos. Se discute, entre otros asuntos, sobre desigualdad y capitalismo sostenible.

Draghi no varió, respecto de la última reunión, ni una coma. Mantuvo sin cambios los tipos de interés, las compras de activos de 30.000 millones de euros mensuales hasta septiembre, la reinversión de las cantidades que fueran venciendo y la posibilidad de ampliar las compras si fuera necesario. Reiteró también que los tipos de interés no subirán hasta mucho más allá de que la compra de activos finalice. Todo un compás de espera, porque la inflación sigue por debajo del 2%, y por los posibles efectos deflacionarios derivados de la fortaleza del euro, que cotiza ya a 1,25 dólares.

Y a pesar de que las previsiones de crecimiento para la Eurozona, que se han vuelto a revisar otra vez más al alza, invitan al optimismo, Draghi volvió a insistir en la necesidad de acometer reformas estructurales, de colchones fiscales en los países muy endeudados, de finalizar la Unión Bancaria y la Unión del Mercado de Capitales o de sostener unas finanzas públicas más favorables al crecimiento. Podría haber utilizado perfectamente la metáfora a la que acude Alberto Gallo en su artículo del Financial Times del miércoles: “Al igual que un equipo de fútbol que intenta defender una ventaja frágil de la primera mitad, Europa necesita soluciones concretas para mantener bajo el riesgo y el impulso del crecimiento”.

Tampoco, en el Foro de Davos, conscientes de la creciente desigualdad, se apuntan a la euforia por los incrementos del PIB que se están experimentando: la recuperación no está llegando a todos, no está conllevando un desarrollo inclusivo. El presidente francés, Emmanuel Macron, es uno de los líderes que lo han dicho más claro. En su discurso reconoció que el crecimiento económico por sí solo no es suficiente, porque ha dejado fuera del progreso a muchas personas.

En Europa, los movimientos populistas y euroescépticos se han contenido. De momento. Pero pueden recrudecerse si los políticos no reforman y fortalecen la Eurozona. No deberían desperdiciar el tiempo que está concediendo la favorable política monetaria. Porque el principal riesgo ahora está en la inflación. JP Morgan la considera uno de los riesgos globales más importantes para 2018. Si las previsiones fallan y los precios sorprenden elevándose rápido, los bancos centrales echarían el freno de forma inmediata. Entonces, ni los 2,24 billones de euros que lleva comprados el BCE ni el esfuerzo que se le está imponiendo a los inversores minoristas habrán servido para que Europa gane el segundo tiempo.

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El norte financiero

Carmen Pérez | 28 de diciembre de 2017 a las 11:13

TRIBUNA ECONÓMICA, 15/12/2017

Esta semana ha coincidido que muchos de los más importantes bancos centrales del mundo han tenido reuniones de sus consejos de gobierno. Entre ellos, la Reserva Federal (Fed), el Banco de Inglaterra (BoE) y el Banco Central Europeo (BCE). Desde el comienzo de la crisis, hace más de diez años, estos encuentros despiertan una enorme expectación. No es nada extraño. A ellos se les entregó el timón para que combatieran la crisis a través de sus decisiones de política monetaria. La inflación es la Estrella Polar que los guía, aunque en EEUU también se orientan mirando otra estrella: la tasa de paro.

Por eso, el miércoles, Janet Yellen volvió a subir -por tercera vez este año- los tipos de interés 0,25%, hasta situarlos en el rango de 1,25-1,5%, a pesar de que la inflación sigue sin estar donde debiera. Pero la tasa de desempleo es del 4,1%, la mínima en 17 años, y se espera que siga cayendo. Además, está por delante la reforma impositiva de Donald Trump, que podría estimular aún más el crecimiento, aunque posiblemente a costa de un mayor endeudamiento público. Desde enero, será Jerome Powell el que seguirá con la normalización monetaria, con los tres incrementos de tipos programados para 2018.

En cambio, en el Reino Unido, la inflación constituye un problema. Ha alcanzado el 3,1%, claramente por encima del objetivo del 2%. La ortodoxia financiera exigiría en este caso subir los tipos, como ya se hiciera el mes pasado, si el BoE no quiere comprometer su credibilidad. Sin embargo, ayer, su gobernador, Mark Carney, mantiene los tipos y el resto de los estímulos a pesar de la alta inflación. Tiene miedo a perjudicar la economía, porque elevarlos puede desanimar la demanda agregada.

También ayer Mario Draghi comunicó las decisiones acordadas: el plan sigue tal y como se había configurado en octubre, en lo planificado para las compras y en los tipos de interés, que no subirán probablemente en mucho tiempo. La estimulación, por tanto, continúa, aunque más moderada, en coherencia con las previsiones de inflación, que se sitúan en 1,4%, 1,5% y 1,7% para los tres próximos años. Al final de la conferencia instó a los gobiernos a realizar reformas estructurales, a constituir colchones fiscales a los países con alto endeudamiento y a corregir los desequilibrios macroeconómicos, tanto por exceso como por defecto.

Draghi se queja porque las medidas para combatir la crisis han sido y siguen siendo de naturaleza exclusivamente monetaria, las tomadas por ellos. De hecho, la crisis actual no ha provocado revolución alguna en la economía como sucedió con las crisis del pasado. Aquí en la Eurozona apenas un esbozo de Unión Bancaria. No hay atrevimiento para enfrentar con firmeza los muchos retos que nuestra sociedad tiene planteados. Como la lucha contra el cambio climático. Los gobernadores de los bancos centrales hacen bien en seguir a sus estrellas para guiarse, pero al mismo tiempo los gobernantes políticos deberían llevar el timón y tener claro cuál debe ser el puerto de llegada. Se da la coincidencia de que también esta semana se ha celebrado en París la cumbre global Un Planeta: Emmanuel Macron siempre sabe dónde está el Norte.

Brechas y subidas salariales

Carmen Pérez | 24 de septiembre de 2017 a las 17:42

TRIBUNA ECONÓMICA, 15/9/2017

Recientemente hemos conocido dos iniciativas encaminadas a disminuir brechas salariales que existen entre los empleados. Una procede del Reino Unido, promovida por la primera ministra, Theresa May, y su secretario de economía, Greg Clark; y la otra es más cercana, del Partido Socialista Obrero Español, anunciada por Carmen Calvo, la responsable de Igualdad en la Ejecutiva Federal del PSOE. La propuesta británica persigue que se acorten las diferencias entre los sueldos de los trabajadores y los directivos dentro de las empresas; la socialista, que se acorten las distancias entre lo que cobran mujeres y hombres. Ambas utilizan la misma arma para la luchar por sus objetivos: una mayor transparencia con los salarios.

En el Reino Unido, dentro de un amplio paquete de medidas para mejorar el gobierno corporativo, se contempla una norma que obligará a las empresas a publicar anualmente una ratio que mida la relación entre la remuneración de los ejecutivos y la media de la retribución de los empleados. Como señala Sarah O´Connor, en su artículo del Financial Times, el impacto real de esta política no será que bajen los salarios de los jefes, sino que presionará para que se inflen el de todos los demás trabajadores. De hecho, los altos salarios de los ejecutivos se deben en gran parte a la transparencia que siempre ha habido en estos niveles de sueldos en el mercado: las empresas han tenido que competir entre sí para captarlos. Del mismo modo, que los empleados conozcan en qué grado relativo se le está pagando puede empujarlos a pedir aumentos o a cambiar de trabajo.

Por su parte, Carmen Calvo presentará en el Congreso de los Diputados un proyecto de ley de igualdad laboral y salarial para atacar la brecha entre hombres y mujeres, que incluirá la obligatoriedad para las empresas de publicar un cuadro -tablas salariales- con las retribuciones de sus empleados. Esta plena transparencia afectaría también a los directivos y altos cargos, porque la mayor discriminación se da precisamente en los puestos de mayor cualificación y responsabilidad. La medida, mucho más radical que la inglesa, porque no se limita a una ratio, tendría un efecto no sólo en una mayor igualdad de género, sino que conduciría igualmente a sueldos más altos.

Ambas iniciativas se impulsan además en un contexto generalizado de reivindicaciones de subidas salariales. Es como si la Comisión europea les hubiese dado el pistoletazo de salida este verano al determinar que la crisis económica ya había terminado. Hasta Mario Draghi, el presidente del Banco Central Europeo, señaló hace unos días en su intervención en el Parlamento que “ha llegado el momento de que los salarios suban en Europa”. En España, también esta semana se ha hablado de aumentos salariales para los próximos años. Se están negociando los de los empleados públicos, con la importancia que esto supone para las negociaciones que se desarrollan en el sector privado. Después de una larga crisis, ha llegado la hora de que la recuperación económica nos alcance a todos, y que de camino se lleve por delante las brechas salariales que no estén justificadas.