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¿Me espía mi Huawei?

Carmen Pérez | 27 de marzo de 2019 a las 16:55

TRIBUNA ECONÓMICA, 8/2/2019

No sólo EEUU, también Japón, Australia y Nueva Zelanda han vetado a la compañía Huawei para implementar la quinta generación de telefonía móvil, conocida como 5G. Y están presionando a otros países para que hagan lo mismo. “Con nosotros o contra nosotros” es la postura de Donald Trump. Esta misma semana se debate en Alemania qué presencia debe tener esta empresa en la nueva red. Ayer se sumó Italia. Todos dicen temer que Huawei sea una espía para el Estado chino. Se le acusa de que las terminales de su compañía puedan contar con un software oculto preinstalado capaz de enviar datos de los usuarios a China.

Ren Zhengfei, el fundador de Huawei, se defiende: “Somos como una pequeña semilla de sésamo, atrapados en medio del conflicto entre dos grandes potencias”. Asimismo, en el reciente Foro de Davos afirmó que China nunca le ha pedido datos y que se negaría a hacerlo si sucediera. Y este mismo miércoles, en respuesta al debate alemán, Huawei comunicó que “da la bienvenida a todas aquellas iniciativas que contribuyan a construir y operar las futuras redes 5G de la forma más segura posible” Pero ni su pasado -era ingeniero en el Ejército Popular de Liberación de China- ni la legislación de su país -obliga a personas y empresas a cooperar con el Estado Chino- le aportan credibilidad al personaje.

La seguridad no es el único problema, y tampoco el más importante, con Huawei. El interés por lograr información lo comparten todos los países y todos tienen sofisticados sistemas para defenderse. Lo cierto es que esta compañía es también una amenaza para la economía de EEUU y para su liderazgo tecnológico. De hecho, ya ha habido otros encontronazos en el pasado que han terminado vetando la expansión de Huawei en EEUU. No es nada extraño. China ha prohibido que Facebook o Google desarrollen su actividad allí. No puede pretender tomar esta actitud y tener campo abierto para sus empresas en el resto del mundo.

Estos dos bloques están protegiendo sus territorios impidiendo el desarrollo de las tecnológicas contrarias y, a la vez, se enfrentan por el dominio en terceros países, como Brasil, India e Indonesia. Esto supone un cambio radical de lo que venía siendo lo habitual por la mayoría de los estados desde el final de la Segunda Guerra Mundial: apostar por el libre comercio. Y todos sentían que ganaban con ello. Ahora, sin embargo, la intensa desnacionalización de la economía que habíamos alcanzado ha emprendido su marcha atrás.

El problema es cómo deshacer lo que está tan íntimamente unido, porque la cadena de suministro de tecnología es global. La interdependencia es tal que, por ejemplo, Apple -la rival de Huawei- ensambla sus iPhones en Shenzhen, China, utilizando componentes provenientes de numerosos proveedores asiáticos y no asiáticos. O se consiguen acuerdos o se fracturará el mundo en dos y las empresas tendrán que replegar sus cadenas de suministro a la zona a la que pertenezcan. En estos días se libra una importante batalla en esta guerra: ambas superpotencias mantienen conversaciones para alcanzar un acuerdo comercial antes del 1 de marzo. Lo que está en juego es la tecnología, aunque se trate ahora del acero o de la soja.

¿Qué pasa en Turquía?

Carmen Pérez | 26 de agosto de 2018 a las 14:23

TRIBUNA ECONÓMICA, 17/8/2018

A pesar de ser aliados en la OTAN, EEUU y Turquía se encuentran en guerra viva. Muchos son los frentes que tienen abiertos, algunos hasta con tintes religiosos. Hace un par de días, el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, acusaba a EEUU de querer apuñalar a su país por la espalda: “Éstas son balas de cañón y misiles de guerra económica contra nuestro país”. Pero que no nos llame a engaño. El descenso en agosto del 25% del valor de la lira turca frente al dólar -un 40% en lo que va de año- no es atribuible enteramente a estas disputas, se debe a méritos turcos propios: la lira sufre las consecuencias del modelo económico que se ha seguido los últimos años, cuyas deficiencias salen a la luz ahora que el dólar está fuerte.

La lista de enfrentamientos mutuos es larga. Los turcos no le perdonan a EEUU que apoye a los combatientes kurdos sirios ni tampoco que se niegue a extraditar a Fethullah Gulen, el imán de Pensilvania, al que los turcos culpan de estar detrás del fallido golpe a Erdogan en 2016. Por su parte, EEUU no le perdona a Turquía ni su alianza con Rusia ni su juego con Irán ni la detención hace dos años de Andrew Brunson, el pastor evangélico protestante, al que los turcos acusan de terrorismo, asunto que ha sido motivo de sanciones.

Y en este estado de cosas, la semana pasada el presidente Trump duplicó los aranceles que ya se aplicaban sobre el acero y el aluminio procedente de Turquía. La respuesta turca días después ha sido la de incrementar los aranceles de, entre otros, bebidas alcohólicas, coches y tabaco. Además, Erdogan ha animado a su pueblo a dejar de consumir productos electrónicos americanos, arremetiendo contra los iPhone.

Todo esto golpea a una economía que se ha basado en la entrada de enormes cantidades de dinero externo, en dólares y euros, y que se han dirigido fundamentalmente al sector de la construcción y al consumo. Un dinero que acudió allí para obtener rentabilidades que no podía conseguir en Europa y EEUU tras la crisis, pero al que ahora, que se están normalizando los tipos de interés en estas zonas y que la economía turca presenta dificultades -con tasas de inflación del 16%- ya no le interesa quedarse.

Las soluciones a las que podría acudir Turquía son todas complicadas. Podría acudir al FMI, pero significaría una pérdida de soberanía y tener que someterse a sus normas. Podría buscar ayuda de amigos fuera de la OTAN, como Rusia o China. O de Qatar, con el que ya cuentan, según han manifestado. Y podría establecer un control, que evitaría las salidas de capitales, pero también pondría fin a las llegadas. Por ahora, su Banco Central intenta tranquilizar a los mercados tomando diferentes medidas para contener la inflación. Pero no la que la ortodoxia exige: incrementar los tipos de interés. Erdogan no quiere perjudicar el crecimiento a base de crédito antes de las próximas elecciones.

En Turquía, un país con un riesgo país muy alto, no sólo por motivos económicos sino políticos, dada la deriva autoritaria y populista que ha seguido Erdogan, los empresarios españoles han invertido decenas de miles de millones de euros. Sólo nuestro sector financiero tiene comprometidos allí más de 70.000 millones.

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El comercio y la paz perpetua

Carmen Pérez | 24 de julio de 2018 a las 9:15

TRIBUNA ECONÓMICA, 13/7/2018

Si miramos un mapa que refleje la situación tras la Segunda Guerra Mundial, vemos los diferentes países coloreados en dos tonos: de rojo, todos aquellos aliados de la Unión Soviética y otros países comunistas; y en tonos azul, los Estados Unidos y sus aliados capitalistas. También el mapa del mundo en los próximos años será bicolor: azul, para aquellos países en los que dominen las empresas tecnológicas americanas, conocidas por el acrónimo FAANG (Facebook, Amazon, Apple, Netflix, y Alphabet, matriz de Google); y en rojo, donde lo hagan sus homólogas chinas, los valores BAT (Baidu, Alibaba y Tencent).

En esta disputa entre Estados Unidos y China por el dominio tecnológico, las armas de la guerra arancelaria y comercial han comenzado a dispararse. El tweet que escribió Ray Dalio, el fundador de uno de los fondos de inversión más grandes del mundo, el 6 de julio, fecha de entrada en vigor de los aranceles del 25% a 800 productos procedentes de China, es significativo: “Hoy es el primer día de la guerra con China

Las tecnológicas chinas se benefician del salto tecnológico que supone que los usuarios accedan a internet por el móvil. Esto les ha permitido, entre otras cosas, un desarrollo espectacular de los servicios financieros digitales. También se benefician de menores exigencias regulatorias, a diferencia del mundo occidental, donde la mayor preocupación por la privacidad, la exigencia de mejores gobiernos corporativos o el rechazo a los monopolios son factores que juegan en contra de sus tecnológicas. Y el que las chinas trabajen alineadas con su gobernantes puede ser para ellas otra importante ventaja competitiva, sobre todo en países menos democráticos.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los países fueron apostando por el libre comercio, fomentando la economización de la política internacional. Y durante las décadas posteriores parecía que las predicciones de Immanuel Kant se confirmaban. En su obra La paz perpetua vaticinaba que la creciente interdependencia entre las sociedades, por el intercambio de información, personas y especialmente con la expansión del comercio, serviría para avanzar hacia la asociación pacífica de los pueblos.

No fue el único ni el primero que consideró que el efecto natural del comercio era la paz. Sin embargo, ahora estos dos bloques están protegiendo sus territorios impidiendo la entrada de las tecnológicas contrarias, y a la vez se enfrentan por el dominio en terceros países, como Brasil, India e Indonesia. La intensa desnacionalización de la economía que habíamos alcanzado ha emprendido su marcha atrás. Una mala noticia para la paz.

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