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Partes de guerra (del bando azul)

Carmen Pérez | 2 de septiembre de 2019 a las 9:38

TRIBUNA ECONÓMICA, 9/8/2019

Jueves, 1 de agosto. El presidente, tras el fracaso de las recientes negociaciones que han tenido lugar en Shanghái, y ante el incumplimiento de China de su compromiso de comprar mayor cantidad de productos agrícolas americanos, anuncia la imposición a partir del 1 de septiembre de nuevos aranceles del 10% sobre importaciones chinas por valor de 300.000 millones de dólares.

(Sumados a los ya aplicados en el pasado, prácticamente la totalidad de las importaciones chinas quedan gravadas).

Lunes, 5 de agosto. El presidente no va a consentir que China manipule su divisa para robar nuestros negocios y nuestras fábricas. El Tesoro ha enviado un documento al Fondo Monetario Internacional por el que se le insta a tomar medidas al respecto. Se informa también que el Ministerio de Comercio chino ha comunicado la prohibición de importar productos agrícolas de EEUU.

(La ira de Trump se desató cuando la cotización del yuan superó la barrera psicológica de siete unidades por cada dólar. Tras los nuevos aranceles China dejó de cuidarlo para mantenerlo estable. Enseña así sus garras. Si el yuan se depreciara hasta un cambio de 7,8, anularía para las exportaciones chinas el efecto perjudicial de los aranceles americanos).

Martes, 6 de agosto. El presidente considera completamente necesario que el armamento monetario se ponga en marcha. La Bolsa americana ha sufrido importantes pérdidas. Exige que la Reserva Federal actúe con mayor contundencia para ayudar desde el frente financiero a ganar esta guerra. La reciente bajada de tipos de 0,25% es escasa frente a los movimientos del resto de bancos centrales.

(El tuit de Trump “¿Estás escuchando, Reserva Federal?” lo dice todo. En la guerra arancelaria tiene las de ganar Trump, pero se encuentra con la guerra de divisas. Desde el Gobierno se pueden realizar determinadas intervenciones monetarias, pero de poco calado. Necesita que la Fed le obedezca).

Miércoles, 7 de agosto. El presidente solicita con insistencia que la Fed determine más bajadas de tipos de interés y más rápidas.

(Nueva presión a la FED en respuesta a la carta publicada el martes de sus cuatro últimos gobernadores -Volcker, Greenspan, Bernanke y Yellen- defendiendo la independencia del banco central. Trump no admite no controlarlo, libra también esa guerra interna. Llega a decir que “el problema de los EEUU no es China, es la Fed”).

Jueves, 8 de agosto. Por seguridad nacional, se prohíbe usar teléfonos Huawei y de otras compañías de origen chino en todas las agencias federales.

(Los partes seguirán, la guerra no cesa. Con las armas que utilizan dañan al contrario y se dañan internamente. La administración americana está gastando grandes sumas para subsidiar a sus perjudicados por la guerra comercial. A China la depreciación puede suponerle importantes salidas de capital. Siguen declarando querer llegar a un acuerdo, pero cada vez las posiciones están más enconadas para encontrar el que ambos consideren “correcto”. Pierden los dos, y pierde el mundo entero. El miedo se acrecienta: turbulencias en las Bolsas y los inversores se refugian en los bonos soberano y en el oro, cuyos precios no dejan de batir récords).

¿Me espía mi Huawei?

Carmen Pérez | 27 de marzo de 2019 a las 16:55

TRIBUNA ECONÓMICA, 8/2/2019

No sólo EEUU, también Japón, Australia y Nueva Zelanda han vetado a la compañía Huawei para implementar la quinta generación de telefonía móvil, conocida como 5G. Y están presionando a otros países para que hagan lo mismo. “Con nosotros o contra nosotros” es la postura de Donald Trump. Esta misma semana se debate en Alemania qué presencia debe tener esta empresa en la nueva red. Ayer se sumó Italia. Todos dicen temer que Huawei sea una espía para el Estado chino. Se le acusa de que las terminales de su compañía puedan contar con un software oculto preinstalado capaz de enviar datos de los usuarios a China.

Ren Zhengfei, el fundador de Huawei, se defiende: “Somos como una pequeña semilla de sésamo, atrapados en medio del conflicto entre dos grandes potencias”. Asimismo, en el reciente Foro de Davos afirmó que China nunca le ha pedido datos y que se negaría a hacerlo si sucediera. Y este mismo miércoles, en respuesta al debate alemán, Huawei comunicó que “da la bienvenida a todas aquellas iniciativas que contribuyan a construir y operar las futuras redes 5G de la forma más segura posible” Pero ni su pasado -era ingeniero en el Ejército Popular de Liberación de China- ni la legislación de su país -obliga a personas y empresas a cooperar con el Estado Chino- le aportan credibilidad al personaje.

La seguridad no es el único problema, y tampoco el más importante, con Huawei. El interés por lograr información lo comparten todos los países y todos tienen sofisticados sistemas para defenderse. Lo cierto es que esta compañía es también una amenaza para la economía de EEUU y para su liderazgo tecnológico. De hecho, ya ha habido otros encontronazos en el pasado que han terminado vetando la expansión de Huawei en EEUU. No es nada extraño. China ha prohibido que Facebook o Google desarrollen su actividad allí. No puede pretender tomar esta actitud y tener campo abierto para sus empresas en el resto del mundo.

Estos dos bloques están protegiendo sus territorios impidiendo el desarrollo de las tecnológicas contrarias y, a la vez, se enfrentan por el dominio en terceros países, como Brasil, India e Indonesia. Esto supone un cambio radical de lo que venía siendo lo habitual por la mayoría de los estados desde el final de la Segunda Guerra Mundial: apostar por el libre comercio. Y todos sentían que ganaban con ello. Ahora, sin embargo, la intensa desnacionalización de la economía que habíamos alcanzado ha emprendido su marcha atrás.

El problema es cómo deshacer lo que está tan íntimamente unido, porque la cadena de suministro de tecnología es global. La interdependencia es tal que, por ejemplo, Apple -la rival de Huawei- ensambla sus iPhones en Shenzhen, China, utilizando componentes provenientes de numerosos proveedores asiáticos y no asiáticos. O se consiguen acuerdos o se fracturará el mundo en dos y las empresas tendrán que replegar sus cadenas de suministro a la zona a la que pertenezcan. En estos días se libra una importante batalla en esta guerra: ambas superpotencias mantienen conversaciones para alcanzar un acuerdo comercial antes del 1 de marzo. Lo que está en juego es la tecnología, aunque se trate ahora del acero o de la soja.

El comercio y la paz perpetua

Carmen Pérez | 24 de julio de 2018 a las 9:15

TRIBUNA ECONÓMICA, 13/7/2018

Si miramos un mapa que refleje la situación tras la Segunda Guerra Mundial, vemos los diferentes países coloreados en dos tonos: de rojo, todos aquellos aliados de la Unión Soviética y otros países comunistas; y en tonos azul, los Estados Unidos y sus aliados capitalistas. También el mapa del mundo en los próximos años será bicolor: azul, para aquellos países en los que dominen las empresas tecnológicas americanas, conocidas por el acrónimo FAANG (Facebook, Amazon, Apple, Netflix, y Alphabet, matriz de Google); y en rojo, donde lo hagan sus homólogas chinas, los valores BAT (Baidu, Alibaba y Tencent).

En esta disputa entre Estados Unidos y China por el dominio tecnológico, las armas de la guerra arancelaria y comercial han comenzado a dispararse. El tweet que escribió Ray Dalio, el fundador de uno de los fondos de inversión más grandes del mundo, el 6 de julio, fecha de entrada en vigor de los aranceles del 25% a 800 productos procedentes de China, es significativo: “Hoy es el primer día de la guerra con China

Las tecnológicas chinas se benefician del salto tecnológico que supone que los usuarios accedan a internet por el móvil. Esto les ha permitido, entre otras cosas, un desarrollo espectacular de los servicios financieros digitales. También se benefician de menores exigencias regulatorias, a diferencia del mundo occidental, donde la mayor preocupación por la privacidad, la exigencia de mejores gobiernos corporativos o el rechazo a los monopolios son factores que juegan en contra de sus tecnológicas. Y el que las chinas trabajen alineadas con su gobernantes puede ser para ellas otra importante ventaja competitiva, sobre todo en países menos democráticos.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los países fueron apostando por el libre comercio, fomentando la economización de la política internacional. Y durante las décadas posteriores parecía que las predicciones de Immanuel Kant se confirmaban. En su obra La paz perpetua vaticinaba que la creciente interdependencia entre las sociedades, por el intercambio de información, personas y especialmente con la expansión del comercio, serviría para avanzar hacia la asociación pacífica de los pueblos.

No fue el único ni el primero que consideró que el efecto natural del comercio era la paz. Sin embargo, ahora estos dos bloques están protegiendo sus territorios impidiendo la entrada de las tecnológicas contrarias, y a la vez se enfrentan por el dominio en terceros países, como Brasil, India e Indonesia. La intensa desnacionalización de la economía que habíamos alcanzado ha emprendido su marcha atrás. Una mala noticia para la paz.

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