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En defensa del efectivo

Carmen Pérez | 26 de marzo de 2018 a las 8:42

TRIBUNA ECONÓMICA, 2/3/2018

Cada día, haciendo las compras, nos es posible observar cómo nos estamos añadiendo masivamente al pago con tarjeta. Hasta para pagar el pan o el tabaco. Con las nuevas tarjetas contactless no hay ni que introducir el PIN si el importe no supera los 20 euros. Ir al cajero, que cada vez está más lejos y en el que siempre hay que guardar cola, nos está resultando una lata. Los bancos están encantados con esta tendencia y nos empujan a seguirla. En Suecia, que van años por delante en este proceso, el cartel No se acepta dinero en efectivo está colgado con frecuencia en tiendas, restaurantes y demás comercios. Los pagos digitales son tan cómodos, tan asépticos, tan rápidos… Sin embargo, también nos es posible observar en las declaraciones de los dirigentes de los bancos centrales que están preocupados por la desaparición del dinero físico.

Hace unos días, el gobernador del Banco Central de Suecia, Stefan Ingves, salió en defensa del efectivo, señalando que el Risksbank está analizando atentamente esta evolución, y advirtió a los bancos que tienen la obligación de dar cambio en efectivo a los clientes que así lo soliciten. También, hace pocos días, Yves Mersch, miembro del Comité Ejecutivo del Banco Central Europeo, en su discurso, The role of euro banknotes as legal tender, se pronunció en el mismo sentido.

Aludió a la libertad: los ciudadanos pueden usar efectivo para ejercer sus derechos fundamentales sin que el Estado u otros terceros puedan rastrear inmediatamente las transacciones financieras involucradas. Y ante el argumento de su conexión con las actividades criminales, señaló que el enfoque debe estar en la lucha contra el crimen, que el dinero en efectivo no debe convertirse en el chivo expiatorio. Además, apeló a la igualdad y la participación: el efectivo por su fácil acceso favorece especialmente a los ancianos, a los socialmente vulnerables y a los menores. Por último, mencionó la seguridad y la protección: el efectivo siempre funciona, no está sujeto a posibles fallos de Internet o informáticos.

Y de forma vehemente terminó asegurando que el eurosistema seguirá garantizando la existencia de efectivo en euros. Que es la única forma “en la que el banco central puede salvaguardar el papel que juegan los billetes y monedas en la protección de los derechos y las libertades fundamentales de los pueblos de Europa”.

Pero resulta difícil pensar que esta tendencia hacia los pagos digitales pueda pararse. Actualmente, los billetes y monedas en circulación ascienden sólo a 1,1 billones de euros, frente a los 17,5 billones de euros depositados en instituciones bancarias. Y ahí reside la verdadera preocupación de los bancos centrales: la creación de dinero está quedando en poder de la banca. De ningún modo pueden permitir que se rompan los lazos que el dinero físico establece entre los bancos centrales y las personas. Stefan Ingves mencionó que están analizando la creación de una e-corona sueca para pagos digitales a partir de finales del próximo año. El BCE también está estudiando la implantación del e-euro. Y mientras llegan las monedas digitales soberanas, los billetes y monedas que manejamos estarán actuando como límite y contrapunto a la banca.

Todo con mi móvil

Carmen Pérez | 24 de marzo de 2017 a las 19:50

TRIBUNA ECONÓMICA, 24/3/2017

Si hay algo en lo que los españoles destacamos absolutamente: en el uso del teléfono móvil. Según la Encuesta sobre Equipamiento y Uso de Tecnologías de Información y Comunicación en los Hogares, 2016, del Instituto Nacional de Estadística, INE, el 92% de los ciudadanos dispone de al menos un teléfono inteligente, de un smartphone. Sólo Singapur nos supera. Lo utilizamos para todo: como cámara fotográfica, reproductor de música, radio, televisión, reloj, juegos, calculadora, linterna… Además, nos valemos de nuestro móvil para ayudarnos a satisfacer todas y cada una de nuestras necesidades, desde las más primarias hasta las más elevadas, como las de relación y de autorrealización. No estamos dispuestos a separarnos de él ni un solo instante. Sin embargo, estamos siendo reacios a usarlo para realizar nuestros pagos diarios.

Con el móvil consultamos nuestras cuentas e incluso realizamos operaciones, como transferencias o devoluciones de recibos, en modo ordenador, pero no nos apuntamos a utilizar la gran variedad de sistemas de pagos móviles. De todos ellos, Bizum es el que tiene más papeletas para triunfar porque es el que ofrecen conjuntamente casi todos los bancos españoles. Permite hacer pagos y cobros -desde 0,5 euros a 500 euros- entre particulares sin necesidad de conocer el número de cuenta del receptor, sólo sabiendo su número del teléfono móvil. De momento -sólo de momento- es gratuito para todas o determinadas transacciones al mes. Y lo que ahora sólo funciona para operaciones entre particulares, pronto se extenderá a pagos a la Administración y en tiendas y otros negocios.

Tampoco aprovechamos las novedosas posibilidades que ofrece el móvil para el pago con tarjetas. En España utilizamos las tarjetas masivamente; durante el tercer trimestre de 2016 había cerca de 74 millones de tarjetas de crédito y de débito en circulación. Y cada vez en mayor medida son tarjetas contactless, que incorporan la tecnología NFC (Near Field Communication): sólo se requiere acercarlas a un terminal TPV para iniciar la operación, y si el importe es de menos de 20 euros, queda autorizada sin necesidad siquiera de marcar el PIN. Pero ahora es posible activar las tarjetas en el móvil -Bizum también lo permite- y prescindir de llevarlas encima: el pago se carga en la tarjeta al contacto del TPV con el móvil. Sin embargo, pese a la comodidad que esto supone, nos resistimos al cambio.

Y es que cualquier transformación, incluso una para mejorar, siempre va acompañada de miedos e incomodidades iniciales. Pero la tendencia a la desaparición del dinero físico es demasiado fuerte. Es imparable. Se incentiva con intensidad tanto por las entidades financieras como por las administraciones. Y conseguirá que también esta vía -los pagos por móvil- termine triunfando, y entonces nuestro número de teléfono se convertirá en algo tan importante como nuestro DNI.

De momento destacamos en poseerlos, pero no en su uso financiero. En esto sobresalen, paradójicamente, los países en desarrollo, donde el uso de las tarjetas no es tan intenso y asentado como en nuestro país. Un retraso que ahora propicia que estén dando un salto tecnológico.

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