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El final de la espuma

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:29

TRIBUNA ECONÓMICA, 12/2/2021

Desde marzo de 2020, todo ha sido recibir malos datos económicos. Caídas del PIB históricas. Incremento del desempleo. Empresas quebradas o abocadas al cierre. Abultados déficits públicos. Deudas públicas disparándose. Y, a pesar de la esperanza que suponen las vacunas, sigue sin divisarse completamente despejado el horizonte. Sin embargo, cualquiera lo diría a decir de la evolución de las bolsas. Salvo algunas, rebosan optimismo. Al inicio de la pandemia, el miedo provocó fuertes caídas en los mercados bursátiles, pero enseguida empezaron a recuperarse los niveles previos. Es más, numerosos índices alcanzan actualmente máximos históricos, como el Nasdaq, que se ha revalorizado el 47,58% en 2020. Y el comienzo de 2021 está siendo eufórico.

Podría aducirse que las cifras de la economía ven el pasado, pero que los mercados miran al futuro y que los inversores han dado por hecho que la pandemia es algo transitorio. Además, al calor de las subidas muchos inversores minoristas se están incorporando. También quieren un trozo del pastel. Ya era una tendencia antes del virus, pero ahora se ha acentuado. No siguen la estrategia clásica de comprar y mantener, sino que operan a través de las redes sociales y las nuevas plataformas on line, con costes de transacción casi nulos. En estas semanas pasadas hemos visto cómo mueven el mercado cuando lo hacen de forma masiva y organizada.

Lo cierto es que no hay muchos sitios para llevar el dinero. La actuación de los bancos centrales está empujando a los inversores hacia las acciones, que son los únicos activos que ofrecen algo de rentabilidad en un mundo de tipos de interés negativos. Las valoraciones que se están alcanzando son demasiado altas. El indicador Buffett ha registrado un máximo de 13 años: las acciones mundiales ahora equivalen al 122,4% del PIB mundial, la mayor sobrevaloración desde la crisis financiera.

Los bancos centrales llevan una década comprando masivamente activos financieros, y con la pandemia de forma desaforada. Se metieron en esta dinámica y no saben ni a dónde puede conducirles y ni siquiera si llegará el momento en que puedan detenerse. Y las bolsas bailan más al ritmo de los bancos centrales que al de los resultados de las empresas o las previsiones macroeconómicas. Société Générale ha calculado que el S&P500 y el Nasdaq se situarían un 50% y un 40% por debajo sin el QE de la Reserva Federal.

El FMI ya ha alertado: la diferencia entre los precios de los activos y las valoraciones basadas en los fundamentales está cerca de máximos históricos en la mayoría de los mercados de bonos y acciones de los países avanzados; el BIS, por su parte, ha remarcado la distancia entre las valoraciones de los activos de riesgo y las perspectivas económicas. “Es difícil cronometrar el final de esta espuma”, afirmaba hace pocos días un director de un fondo de inversión. Y tanto. Lo mismo, mientras sigan los mercados nadando entre estímulos monetarios, la distorsión financiera exagerada siga persistiendo durante algún tiempo sin problemas. O no, porque en cualquier momento puede presentarse por sorpresa un evento que agite el frágil e inestable equilibrio actual y precipite la espuma drásticamente.

¡Más madera!

Carmen Pérez | 20 de febrero de 2021 a las 9:14

TRIBUNA ECONÓMICA,  11/12/2021

El Tesoro Público español colocó este jueves 921 millones de euros en una nueva subasta de obligaciones a 10 años, cobrando a los inversores por primera vez en su historia para este plazo. Los portugueses se habían adelantado con los tipos negativos unos días antes. Otros países llevan tiempo disfrutándolos, como Francia, Bélgica o la que más, Alemania, que ya cobra porque le presten un 0,615%. Y anclados en esos bajísimos costes de financiación, las economías de la Eurozona miraban ávidas ayer a Fránckfort, a la reunión del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, esperando que inoculara más chutazos. Y los hubo, mayores incluso de los esperados.

Su presidenta, Christine Lagarde, justificó las nuevas medidas porque la segunda ola de la pandemia tendrá “un impacto pronunciado en la economía e incidirá en la inflación más de lo esperado”, afirmando que “la economía volverá a contraerse en el cuarto trimestre del año”. Así, amplía en 500.000 millones de euros la dotación del programa de compras de emergencia pandémica (PEPP), hasta un total de 1,85 billones de euros; alarga su horizonte hasta al menos finales de marzo de 2022; y extiende las reinversiones de estas compras como mínimo hasta fin de 2023. Además, y esto es especialmente interesante para España, reafirmó la flexibilidad con la que se actuará en las distintas jurisdicciones y activos según fuere adecuado.

Al mismo tiempo, el BCE ha reforzado la política monetaria clásica, esto es, a través de los bancos, prolongando doce meses -hasta junio de 2022- las líneas de financiación TLTRO III retribuidas al 1%, elevando el porcentaje que pueden solicitar, incrementando el número de operaciones que se realizarán, y prolongando hasta junio de 2022 el conjunto de medidas de flexibilización adoptadas en abril sobre los colaterales necesarios.

Con estas medidas, y algunas otras, pretenden incentivar a los bancos a solicitar financiación, y que dispongan así de suficiente liquidez para otorgar préstamos a hogares y empresas en condiciones favorables. Añadido a ese objetivo, el BCE persigue combatir la reciente fortaleza del euro, que ya cotiza a 1,21 dólares. Ayer, Lagarde mostraba su preocupación al afirmar expresamente que continuarán monitoreando la evolución del tipo de cambio por sus posibles implicaciones para las perspectivas de inflación a medio plazo.

La situación recuerda a una escena de una de las películas de los hermanos Marx. Groucho, junto a la caldera de un tren, grita una y otra vez: “más madera”. Sus hermanos, arrancando todo lo que fuera combustible, echan hasta los equipajes de los pasajeros para conseguir que la locomotora de vapor siga avanzando. También los bancos centrales -no sólo el BCE- llevan más de una década suministrando intensamente a la actividad económica estímulos monetarios. Y no se vislumbra cuando la caldera podrá funcionar sin su socorro. Antes de la pandemia se constató la dificultad de dejarlos. Ahora, el PEPP, se empezaría a revertir a partir de 2024, como muy pronto. Eso sí, el tren económico sigue, en un viaje de anormales tipos de interés negativos, pero marchando. Esperemos que no termine, como el de los Marx, destrozado y descarrilando

Dinero gratis, palos y zanahorias

Carmen Pérez | 10 de diciembre de 2020 a las 8:51

TRIBUNA ECONÓMICA, 27/11/2020

La deuda pública española no deja de crecer tanto en términos absolutos como en relación con el PIB. A finales de septiembre ya alcanzó los 1.308.439 millones de euros, un 114% del PIB. Y ha seguido, sigue y seguirá subiendo. Y lo normal sería que el coste de financiación para el Estado se fuera incrementando a medida que crece su endeudamiento. Pero no, España se está financiando prácticamente gratis. La cotización del bono español a diez años es del 0,06%, y es negativa para las letras e incluso para los bonos a 3 y 5 años. Así de maravillosa es la situación: cuando España marca récords históricos de deuda pública es capaz de cobrar intereses por financiarse, en lugar de tener que pagarlos. Esta aparente violación de la más elemental lógica financiera tiene su explicación, y se llama Banco Central Europeo. Pero su bendita actuación no está exenta de incentivos perversos.

Desde 2012 los españoles tendríamos que levantarnos cada día dando gracias al BCE. Nos ha mantenido en pie desde entonces. Y lo está haciendo ahora de nuevo con la crisis del Covid-19, con el fenomenal programa de compras de bonos, el PEPP (Pandemic Emergency Purchase Programme) que puso en marcha en primavera. Su balance se ha multiplicado por nueve desde 2000 y ha crecido nada menos que un 40% desde el inicio de la pandemia. Así, el repunte que sufrió la prima de riesgo española en marzo se cortó radicalmente por la rápida y contundente intervención del banco central. Si no, hubiera ido escalando como pasó con la crisis financiera.

Pero ésta es una realidad que se silencia. Escuchamos a los miembros del gobierno pavonearse de que España se financia en condiciones muy ventajosas en los mercados financieros: “no tenemos problemas de financiación, hay una gran confianza”. ¿Qué confianza? Y cuando prefieren no pedir fondos bajo condicionalidad, aunque sea mínima, como con el préstamo de 25.000 millones de euros disponible en el Mecanismo de Estabilidad Europeo, presumen: “podemos endeudarnos por nuestras propias fuerzas”. ¿Qué fuerzas? ¡Qué manera de disfrazar la verdadera situación financiera de España!

Al mismo tiempo, las reglas fiscales europeas respecto al control de los niveles de déficit y de deuda pública se han suspendido temporalmente. Esto es: los Estados pueden lanzarse a gastar, y el endeudamiento será a tasas muy bajas, porque el BCE se encargará de ello; y pueden gastar sin rendir cuentas, porque la política monetaria se desarrolla sin condicionamientos. El incentivo no puede ser más peligroso. No empuja en absoluto a que los Estados se fortalezcan, a que persigan mejorar sus primas de riesgo por sí mismos, trabajando, haciendo las cosas bien, acometiendo las reformas necesarias, con objetivos a largo plazo: a que cada euro de gasto pese.

Más nos vale que esta carta de libertad para gastar, asistida por la política monetaria, no sea motivo para que las administraciones de todos los niveles sean desleales al espíritu europeo de sostenibilidad de las cuentas públicas. La disciplina fiscal volverá. Y cualquier día se acaba esta política del BCE “sin palos pero con zanahorias”. A ver con qué confianza y fuerzas propias contamos entonces.

Un invierno difícil

Carmen Pérez | 10 de diciembre de 2020 a las 8:42

TRIBUNA ECONÓMICA, 30/10/2020

Tanto en la introducción del comunicado publicado ayer sobre las decisiones que el Banco Central Europeo había tomado en materia de política monetaria como en la conferencia posterior que impartió su presidenta, Christine Lagarde, en la que las explica, se dibuja un panorama bien sombrío para el futuro próximo. Los desafíos que presenta el resurgimiento de las infecciones por el coronavirus y, consecuentemente, la intensificación de medidas encaminadas a contenerlo, están provocando que la recuperación económica esté perdiendo impulso con más rapidez de lo esperado. Pero pese a que “los riesgos que rodean las perspectivas de crecimiento de la zona del euro se inclinan claramente a la baja” decidieron no tomar nuevas medidas. De momento.

Los tipos de interés se quedan como estaban: 0%, 0,25% y -0,50% para las operaciones principales de financiación, la facilidad marginal de crédito y la facilidad de depósito, respectivamente. Continuarán las compras en el marco del programa de compras de emergencia frente a la pandemia (PEPP), al que aún le queda margen de la dotación de 1,350 billones de euros con la que se inició en marzo. Asimismo, seguirán las compras bajo el programa de compras de activos (APP), con 20.000 millones de euros mensuales y con 120.000 millones de euros adicionales hasta final de año. Y continuarán apoyando a la banca, proporcionándole abundante liquidez a través de las diferentes operaciones de financiación.

Con todo ello, valoró Lagarde, tienen munición suficiente para seguir actuando. Y afirmó que utilizarán todos esos instrumentos a lo largo del tiempo con la flexibilidad con los que se han definido, tanto para discriminar libremente entre las distintas clases de activos como para actuar en la medida de lo necesario en las diferentes jurisdicciones.

No obstante, también dejó claramente marcado el camino para la próxima reunión de diciembre: más estímulos monetarios. Se reservan este tiempo para ir evaluando la información entrante, incluida la dinámica de la pandemia, para ir conociendo las perspectivas sobre el lanzamiento de vacunas y para seguir la evolución del tipo de cambio. Las nuevas proyecciones económicas que estarán disponibles en diciembre “permitirán una reevaluación completa de la economía y los riesgos”, y será “cuando recalibren sus instrumentos”.

La claridad con la que dejó abierta la puerta para más acción en diciembre implica que están seguros de que ese “deterioro en las perspectivas” se habrá materializado. La alta incertidumbre con esta segunda ola conducirá a que los consumidores sean aún más cautelosos y a que las empresas sigan posponiendo sus decisiones de inversión. La actividad comercial en los sectores de fabricación y servicios de Europa ya estaba en declive antes de que se anunciaran medidas más estrictas de confinamiento, y tras ellas, sólo cabe esperar que las principales economías europeas se contraigan de nuevo en el último trimestre de 2020. Así, esta semana, la canciller Angela Merkel, en un discurso en el parlamento, hablaba de un “invierno difícil”. Esperemos que las cosas no empeoren tanto y tan rápido como para que el BCE tenga que actuar antes de lo que ha planificado.

 

‘Tout le nécessaire’

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:29

TRIBUNA ECONÓMICA, 13/2/2020

Al igual que le pasó a Mario Draghi, a la nueva presidenta del Banco Central Europeo le ha tocado lidiar una situación sumamente complicada al poco de llegar al cargo. Y como hizo él en su día, ella también se ha comprometido expresamente a hacer tout le nécessaire para preservar el euro. Ayer necesitaba trasmitir credibilidad en que sería capaz de hacerlo. Los mercados bursátiles europeos la esperaban con fuertes caídas, y especialmente condicionante para la toma de sus decisiones era la tremenda caída de la banca: en el último mes el índice Eurostoxx Banks había bajado un 38%.

Así, la presión sobre ella era máxima. Se esperaba que calmara el pánico que existe en el mercado a que se desencadene una recesión. Además, tenía que responder -partiendo de un margen operativo mucho más escaso- a los movimientos que habían ya dado los otros bancos centrales. La Reserva Federal intervino la semana pasada de urgencia bajando un 0,5% los tipos de interés y se espera que vuelva a actuar la próxima semana. También habían movido ficha el Banco de Inglaterra, el de Japón o el de Australia.

Su actuación se centró en tres nuevos frentes: se incrementarán las compras de activos por 120.000 millones de euros hasta final del año, asegurando una fuerte contribución de los programas de compra del sector privado; se realizarán temporalmente operaciones de refinanciación adicionales a más largo plazo para proporcionar liquidez inmediata al sistema financiero; y se lanzarán unas nuevas rondas de préstamos baratos -hasta un coste de -0,75%- para que “respalden los préstamos bancarios a los más afectados por la propagación del coronavirus, en particular las pequeñas y medianas empresas”. De forma paralela, la supervisión bancaria del BCE relajó temporalmente los requerimientos de capital y operativos en respuesta al coronavirus: mantiene en pie a los que tienen que, para activar la economía real, canalizar la política monetaria.

Pero este paquete de medidas a los mercados financieros les supo a poco. Esperaban cuanto menos que también bajara la tasa de depósito del -0.5% al -0.6%. Los índices bursátiles de la Eurozona respondieron ahondando en sus bajadas. Quizá se equivocó aunque también hay que considerar que el final de la sesión estuvo acompañado del dramático inicio de la sesión en Wall Street. El Eurostoxx cerró con caídas superiores al 12%. Nuestro Íbex 35, del 14%, la mayor de su historia.

No sabremos si los mercados se hubieran calmado en ese caso, porque el mercado americano también reaccionó a la baja y la intervención de la FED fue contundente. De fondo a lo que ocurría ayer estaba la guerra del petróleo, que amenaza con destruir el sector del gas de EEUU, la enorme tensión en el mercado de bonos americanos y el descomunal volumen mundial de deuda. La situación es sumamente grave. Ayer Lagarde volvió a reclamar “una postura fiscal ambiciosa y coordinada”. Sabe que por mucho que se haga desde la política monetaria no es en absoluto suficiente. El tout le nécessaire requiere de la acción conjunta de los gobiernos y bancos centrales occidentales. De ello depende que entremos o no en un escenario igual o peor que el de 2008.

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Ir más allá del dopaje

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:28

TRIBUNA ECONÓMICA, 6/3/2020

Vaya sorpresa nos ha dado la Reserva Federal este martes. En la reunión -telefónica- que acababan de tener los del G-7 y los gobernadores de los bancos centrales habían acordado utilizar todas las herramientas apropiadas para lograr un crecimiento fuerte y sostenible. Pero de ahí a que Jerome Powell de forma inmediata tomara la decisión de recortar los tipos de interés había un trecho. Y dos aspectos le dan aún mayor trascendencia: primero, que el recorte haya sido de 50 puntos básicos, porque no se habían reducido tanto de golpe desde el inicio de la crisis financiera; y segundo, que no haya esperado un par de semanas para tomarla, cuando la reunión periódica habitual estaba programada para el 18 de marzo.

Al día siguiente conocimos la última encuesta nacional de la Reserva Federal sobre las condiciones comerciales -el libro beige-, donde los gobernadores de los distintos Estados ponían de manifiesto cómo el coronavirus ha comenzado a impactar en el turismo y a interrumpir las cadenas de fabricación en EEUU. Pero no sólo está pasando allí, el rosario de empresas afectadas por todas partes no acaba. La OCDE también había manifestado días antes que la depresión es claramente de naturaleza global, con China en el epicentro. “La economía global se ha vuelto sustancialmente más interconectada”, dijo, recordando que en 2002, la economía de China era igual al 6% de la economía mundial, y en 2019, del 17%.

Además, al igual que el médico mira el estado de salud previo al contagio del paciente, sabiendo que es decisivo para su evolución, la respuesta pública ha de mirarse a la luz de las patologías que sufría ya la economía antes del coronavirus. Y no hay que olvidar que estaba planteada una guerra económica entre EEUU y China, aunque estuviera calmada por una tregua; y que las economías no se habían recuperado limpiamente de la crisis, sino gracias a un fuerte dopaje por más de una década, y que aún así estaban volviendo a dar muestras de debilidad, intensa además en el caso europeo.

Con este panorama y con la incertidumbre sobre la duración que tendrá el brote, no sólo Powell, sino numerosos bancos centrales se han lanzado a inyectar nuevos chutazos. China o Australia ya habían tomado medidas monetarias antes. Luego le han seguido otros bancos centrales, como el Banco de Canadá o Inglaterra. Y la presión para que el BCE también actúe la próxima semana es máxima. Que lo hagan todos a la vez es algo que no se veía desde 2008.

Pero la eficacia de estos estímulos, dada la naturaleza de los shocks que está provocando el virus, puede ser escasa. Por ello, paralelamente también se están poniendo en marcha incentivos fiscales. Lo ha hecho el gobierno chino, están tramitándose en el Congreso americano… En Europa se ha decidido flexibilizar el déficit siempre que sea por paliar el brote pero se hace esencial tomar más medidas específicas. Así, Luis Garicano, de Ciudadanos, ha propuesto una batería de medidas urgentes de carácter temporal en el Parlamento Europeo en apoyo a autónomos y pymes afectadas. Aquí, en España y en Andalucía, se debería reaccionar también en este sentido para combatir desde ya el impacto económico de este virus.

 

“Escuchad, alemanes”

Carmen Pérez | 23 de octubre de 2020 a las 7:22

TRIBUNA ECONÓMICA, 14/2/2020

Que nos quede claro a todos los alemanes: las críticas que se hacen desde nuestro país, Alemania, al Banco Central Europeo no están en absoluto justificadas”. Algo así es lo que vino a decirles este lunes a todos sus compatriotas Isabel Schnabel, ahora miembro del Comité Ejecutivo del BCE. Y no sólo lo dijo sino que lo argumentó en un discurso, Narratives about the ECB’s monetary policy – reality or fiction?, en Karlsruhe, ante la Sociedad Alemana de Investigación Jurídica.

Y es que Christine Lagarde, la nueva presidenta del BCE, la ha puesto en el cargo -entre otras cosas- para esto, para lavar la imagen del banco central en Alemania. Quiere rebajar la excesiva crítica que realizan los alemanes porque pone en peligro la confianza en la política monetaria única y socava la cohesión europea. Schnabel recuerda cómo entre otras lindezas se le ha llamado “conde Draghila” a Mario Draghi , el ex presidente, por “chupar” las cuentas de ahorro alemanas o cómo algunos políticos se han referido a él como “el sepulturero de los ahorradores alemanes”.

Este perjuicio a los ahorradores es lo que ocupa en gran medida su discurso, y también una reciente entrevista que ha concedido al diario Die Welt. Según ella es uno de los bulos que han extendido los críticos con la política monetaria expansiva de estos últimos años. Pero Schnabel se equivoca intentando derribar esto, porque es una realidad irrefutable. De hecho, sólo es capaz acudir a un argumento que poco consuelo puede proporcionar a los ahorradores: que hay que atender a las tasas reales de interés (tasas nominales menos la inflación) y que visto así, en comparación con otras épocas, no es tanto lo que pierden.

Aunque eso sí, Schnabel señala que Alemania no se compone sólo de ahorradores, sino también de prestatarios, contribuyentes, propietarios y, por supuesto, trabajadores. Y todos ellos han salido ganando. Schnabel proporciona datos que pueden abrirle los ojos a muchos alemanes: un ahorrador medio puede haber recibido unos 500 euros por año menos de intereses. Sin embargo, un prestatario medio ha pagado casi 2.000 euros menos de intereses. Además, el gobierno alemán ha ahorrado más de 40.000 de euros en intereses desde 2017, con los que podrían haber desarrollado políticas compensatorias.

Pero, en todo caso, las cuestiones de dinero nunca son en términos absolutos. Y los alemanes podrán seguir aduciendo que en relación a otros países con mayor endeudamiento -público y privado- ellos salen ganando menos. Por eso mejor camino que insistir en esas cuentas cicateras y miopes es hacerles ver que las medidas del BCE han respaldado la inversión, el crecimiento y la creación de empleo en toda la zona del euro, y especialmente en la economía alemana. Y que a ellos les ha ido bien en gran medida porque el resto se ha recuperado.

Para conseguir una mayor cohesión en la Eurozona se hacen necesarias grandes dosis de pedagogía para que todos los europeos comprendan que les va mejor juntos que por separado. Cuestión aparte, a la vista de la situación, además debería abrirse con urgencia un gran debate: ¿qué clase de sistema económico es éste que perjudica al que ahorra y premia al endeudado?

Draghi: “Es el momento de la política fiscal”

Carmen Pérez | 29 de diciembre de 2019 a las 21:41

TRIBUNA ECONÓMICA, 13/9/2019

Las reuniones del Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo, lejos de pasar desapercibidas, siguen teniendo igual o más intensidad incluso que en plena crisis. Las expectativas con la de ayer eran muy altas. En julio Mario Draghi ya dio señales de que volvería a actuar y de manera contundente. Y lo ha hecho, a él no le tiembla el pulso para apoyar desde su ámbito a la economía de la eurozona. Estableció un pack completo, interviniendo de varios maneras. Sin embargo, lo más importante fue el mensaje que trasmitió durante su conferencia, la penúltima antes de darle paso a Christine Lagarde, a los países del euro: “Es el momento de que la política fiscal coja el testigo de la política monetaria”.

Justificó las medidas adoptadas por los datos estadísticos recibidos desde la última reunión, que apuntan a una debilidad más prolongada en la economía de la zona euro: “La desaceleración económica de la zona euro ha sido más acusada de lo esperado”, y porque “los riesgos en torno a las perspectivas de crecimiento de la Eurozona siguen inclinados a la baja”. De hecho, el BCE ha rebajado una décima las previsiones del crecimiento del PIB para este año (1,1%) y dos para el próximo (1,2%). Y de igual modo, corrige a la baja las previsiones de inflación: 1,2% para este año desde el 1,3%, y del 1% para 2020, desde el 1,4% pronosticado anteriormente.

La intención con este paquete de medidas es seguir apoyando el acceso a la financiación, en particular para las pequeñas y medianas empresas. En concreto, se elimina el límite temporal -verano de 2020- que estaba marcado para la subida de los tipos de interés, dejando esta posibilidad abierta, indefinida, hasta que haga falta. Continuarán las reinversiones de los activos que vayan venciendo, pero además se establece un nuevo programa de compras netas de activos -sin especificar cuáles- después del descanso de 9 meses. El ritmo será de 20 mil millones de euros al mes a partir del 1 de noviembre, sin plazo. Se baja el tipo de depósito del -0,4% al -0,5%-, con un nuevo sistema escalonado para compensar parte del impacto negativo en la rentabilidad bancaria. Y, por último, se retoca la nueva serie de TLTRO III en términos financieros más favorables para la banca.

Conforme a su mandato, el BCE ha brindado de nuevo, y seguirá haciéndolo en el futuro, apoyo monetario. Pero por sí solo será claramente insuficiente. Al pedir Draghi el relevo de la política monetaria está declarando su desconfianza en la eficiencia que puedan tener más estímulos monetarios en una economía ya completamente estimulada. Las medidas están perdiendo efectividad para conseguir potenciar la inversión privada. No sirven para nada si el apetito por la deuda no las acompañan. Así, el protagonismo han de cogerlo necesariamente los gobiernos de la eurozona, acometiendo reformas estructurales, bajando impuestos o gastando. Aunque de ningún modo debería tratarse de gastar por gastar, por mucho margen fiscal del que se disponga, sino de invertir, de acometer proyectos -de infraestructuras, en redes de comunicación, digitalización o descarbonización- que no supongan para el futuro contribuyente una carga.

¡Gasta, Alemania, gasta!

Carmen Pérez | 29 de diciembre de 2019 a las 21:37

TRIBUNA ECONÓMICA, 6/9/2019

l miércoles Christine Lagarde recibió el respaldo de la Comisión de Asuntos Económicos y Monetarios de la Eurocámara para que presida el Banco Central Europeo (BCE) a partir del 1 de noviembre. En el discurso que pronunció en ese acto de nominación, la sucesora de Draghi advirtió de que “los desafíos que justifican la política actual del BCE no han desaparecido” y que, por tanto, estaba a favor de continuar con una política monetaria muy acomodaticia durante un largo período de tiempo. Pero también dejó claro que “ella no es un hada” y que “los bancos centrales no son el único juego en la ciudad”, reclamando a los gobiernos europeos el desarrollo de una política fiscal que estimule la debilidad de la economía de la eurozona. Tampoco es que esta petición sea una novedad, ha sido la rogativa con la que Mario Draghi ha cerrado todas sus intervenciones estos últimos años. Sin éxito.

Pero, por supuesto, se refieren a que gasten más los gobiernos más ricos de la Eurozona: “Los que tienen la capacidad de utilizar el espacio fiscal disponible deberían gastar en mejorar su infraestructura”. Son la mayoría, apuntó, pero su petición especialmente iba dirigida a Alemania. Hay que recordar que la economía alemana dejó atrás los altos déficits del principio de la crisis en 2014 y ha ido incrementando sus superávits fiscales hasta situarse en el 1,7% en 2018. Por su parte, y consecuentemente, su deuda pública ha caído del 80% del PIB de entonces hasta al 60,9%.

El estímulo presupuestario de esos países que tienen margen fiscal no sólo tendría un impacto positivo en los que lo llevan a cabo, sino que se extendería también al resto de los países de la eurozona. Por eso, también Lagarde abogó al mismo tiempo porque se institucionalice más la cooperación, reforzando el presupuesto embrionario de la eurozona, cuyo fondo serviría para potenciar de forma centralizada a las economías con problemas. Pablo Hernández de Cos, gobernador del Banco de España, que se pronunció días antes en la misma línea que Lagarde, señaló que el presupuesto federal en EEUU suaviza cerca de un 10% las perturbaciones económicas.

Pero por ahora la política fiscal la deciden, bajo ciertas normas de equilibrio presupuestario, los países por sí solos. Alemania no ha querido adoptar una posición inversora estos últimos años que podría haber beneficiado a todos. Tampoco en política monetaria ha mirado por sus socios, atacando durante toda la crisis las medidas del BCE que tanto bien les han hecho a países como España. Afortunadamente la política monetaria se diseña tomando en consideración la situación del conjunto de la eurozona. Y bien que les ha venido, porque sus condiciones de financiación ahora son excelentes. El bono a diez años alemán cotiza actualmente en el entorno del -0,7% e incluso consiguió el 21 de agosto colocar deuda a 30 años a tipos negativos. Su ministro de finanzas, Olaf Scholz, ha anunciado que podrían invertir hasta 50.000 mil millones de euros, algo menos del superávit que tuvo en 2018. Todo apunta a que Lagarde tendrá éxito y su rogativa será escuchada por Alemania. Pero, eso sí, lo hará por combatir su recesión, no por redimirnos al resto.

Listos para actuar

Carmen Pérez | 2 de septiembre de 2019 a las 9:22

TRIBUNA ECONÓMICA, 7/6/2019

No todas las reuniones que periódicamente mantiene el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE) levantan el mismo nivel de expectación. Las decisiones que se han tomado en muchas de ellas eran en gran medida predecibles. Sin embargo, en otras, como pasaba con la de ayer, la incertidumbre sobre lo que se comunicaría era alta. En esta ocasión Mario Draghi estaba sometido a una enorme presión, principalmente por dos motivos: por las palabras del miércoles del presidente de la Reserva Federal, Jerome Powell, que anticipan sin tapujos una próxima bajada de tipos; y por los datos de Eurostat de esta semana sobre la inflación, el objetivo del BCE, que cayó del 1,7% de abril al 1,2% en mayo.

En su conferencia Draghi reconoció que a pesar de que los datos en la eurozona eran algo mejores de lo esperado para el primer trimestre, la información más reciente indica que los vientos globales en contra continúan afectando a las perspectivas de la zona euro. Y señaló las causas, agregando: “La presencia prolongada de incertidumbres relacionadas con factores geopolíticos, la creciente amenaza del proteccionismo y las vulnerabilidades en los mercados emergentes está dejando su huella en el sentimiento económico”.

Tanto los riesgos que señaló, como otros que no nombró explícitamente -los problemas con el presupuesto italiano y el Brexit- no sólo siguen presentes sino que se están agudizando, y resulta difícil cuantificar los efectos negativos que finalmente tendrán sobre el crecimiento. Por ahora, en Europa existe una aparente incoherencia, porque las encuestas y los indicadores muestran un empeoramiento de la confianza, especialmente en el sector manufacturero, pero los datos de PIB y de empleo siguen mostrando resistencia. Descontando Italia, las noticias más sombrías provienen de la economía alemana, con un crecimiento escaso y donde el paro se ha elevado en el último mes por primera vez desde 2013.

La respuesta de Draghi ante esta prolongación de la incertidumbre ha sido retrasar de nuevo una posible subida de los tipos de interés, hasta al menos el primer semestre de 2020. Además ha vuelto a recalcar que se seguirá reinvirtiendo en comprar bonos los reembolsos de los que tienen en cartera y vayan venciendo. Ni se bajaron los tipos ni se retomaron las compras, pero dejó bien claro que el Consejo de gobierno del BCE está listo para actuar en caso de contingencias adversas, ajustando todos sus instrumentos según proceda. Exactamente la misma postura que adoptó Jerome Powell dos días antes.

Tampoco Draghi cedió ayer a la presión del sector bancario. Pese a las reiteradas reivindicaciones para que subiera la tasa de depósito, la ha mantenido en el -0,4%. Además, las condiciones de las TLTRO III que empezarán en septiembre son generosas para los bancos que presten, pero penalizan -respecto al TLTRO II- a los que no lo hagan y prefieran en cambio dedicarse al carry trade. Así, el coste de las nuevas líneas de liquidez será de un 0,1% frente al 0% de las pasadas, pero los bancos pueden reducir este coste hasta el -0,3% si su volumen de préstamos supera el índice de referencia. Ante esto, los bancos reaccionaron en Bolsa cayendo con fuerza.

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