La herencia envenenada de la Expo

Luis Sánchez-Moliní | 20 de abril de 2015 a las 11:20

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Sevilla es ciudad a la que le gusta inventar nostalgias y melancolías. En eso tiene mucho de señorita becqueriana dada a los suspiros por los amores perdidos en las brumas del pasado. Echamos de menos el oro de la Casa de la Contratación, el despotismo conspiratorio de los Montpensier, las jaranas alfonsinas del 29 y, cómo no, la explosión posmoderna de la Expo 92, una especie de Feria de Abril con exposiciones de arte, pantallas gigantes y el mismo calor y dolor de pies, pero sin la anestesia del vino a gogó.

Precisamente hoy se cumplen 23 años de la inauguración del evento que, nadie lo pone en duda, trajo consigo la modernización urbanística de la ciudad: desaparición del dogal ferroviario y construcción de Santa Justa, el AVE, apertura de nuevas avenidas y puentes, urbanización de la Cartuja, ampliación del Aeropuerto, inauguración de los teatros de la Maestranza y Central, etcétera. Además, se produjo una cierta “modernización social” que en muchos casos se tradujo en despiporre, divorcios y cosmopolitismo venéreo. Todavía hoy en día, cuando nuestro alcalde Zoido quiere decir que algo va a ser la repanocha afirma que va a ser lo mejor que le ha pasado la ciudad desde la Expo 92, aquella edad dorada y mítica en la que los sevillanos nos trasladamos a vivir a una isla donde todo era posible.

Sin embargo, junto a las grandes infraestructuras y el regreso a la ciudad de la ópera, la Expo 92 dejó una herencia envenenada: la nostalgia, una nostalgia que impide pensar la ciudad en su justa medida y que nos hace anhelar continuamente grandes eventos que nos saquen de nuestro habitual marasmo, como si siempre tuviésemos en la Moncloa a un Felipe González dispuesto a evitar a golpe de talonario que se repita en España la brutal brecha que separa al norte del sur de Italia.

La Expo 92 fue importante para Sevilla y, los que la vivimos, lo pasamos muy bien, pero hay que tener en cuenta que ya hay muchos miles de adultos que nacieron después de su celebración. Debemos ser conscientes de que ni el Estado ni la Junta están dispuestos a volver a invertir los miles de millones que se gastaron en Sevilla durante aquellos años del primer socialismo y que una ciudad que crece a golpe de grandes eventos es, sencillamente, una urbe condenada a vivir de la melancolía durante las décadas que separan a estas celebraciones, como una señorita becqueriana recuerda el breve momento en que su vida fue todo amor y primavera.

  • Jpdl

    Sevilla gran ciudad, hermosa y viva, pero que pena de gobernantes, que pena dela Sevilla Rancia que todo progreso critica, que pena de la Sevilla inmovilista, que pena de la llamada Sevilla empresarial hasta cuando vamos a dejar de ser ciudad provinciana y conformarnos de lo que fuimos y lo que tenemos
    Hay otra Sevilla de muchos Sevillanos que quieren mirar a Sevilla como la gran Capital del Sur de Europa, pero hay una Sevilla Rancia que parece lo maneja todo. Para Cuando Terminación de Metro, para cuando un Metro o tren que comunique el Aeropuerto con Sevilla, para cuando la Se40, para cuando el paso Subterráneo Coria Dos Hermanas, para Cuando las Atarazanas, para cuando los Museos abiertos los Domingos para cuando, para cuando, para cuando….

  • juansa

    Ojalá todos los sevillanos, y sobretodo políticos y empresarios, pensasen como tu, Jpdl.

  • Otro Javier

    Vaya. Segundo artículo que le leo y segundo artículo con el que no puedo estar más en desacuerdo ¿De verdad cree usted que lo peor de la expo son sus nostálgicos? Que conste que yo no la añoro en absoluto, pero me parece que hay cosas mucho peores que esa: El abandono de muchos jardines y zonas de la Cartuja, la falta de inversiones durante 20 años, la envidia casi patológica de otras ciudades andaluzas, la falta de integración de la cartuja en la ciudad, etc.

  • Luis Sánchez-Moliní

    Estimado señor, la acertada enumeración que usted hace de problemas concretos no los ha generado la Expo 92, sino la posterior y poca acertada gestión de sus recursos por los sucesivos gobiernos de la ciudad. Las nostalgia y la ansiedad por repetir el gran evento que saque a Sevilla de su marasmo sí los generó la Expo y de ahí el sentido de la gacetilla. Gracias por su comentario.

  • Thomas

    Estimado Luis, pese a que la tentación de promover el desarrollo de una ciudad a base de grandes eventos (léase, a base de talonario) hay que atajarla por completo (creo que en los tiempos que corren, aparte de ser totalmente inviables, la gente montaría un pifostio en contra en las calles) sí es cierto que habría que recuperar ese sentimiento de ilusión y las ganas de “vamos a comernos el mundo” que se apoderó de la ciudad y su entorno en los prolegómenos de la cita. Antonio Burgos, que se presenta como objetor de la Expo y se jacta de no haberla pisado nunca (tampoco es eso, hombre) habla mucho de ese espíritu de la Expo. Un espíritu que sería necesario para reconducir el día a día de la ciudad hacia un camino continuo hacia la excelencia en todos sus ámbitos (cultural, económico, social, educativo, sanitario, etc.). La cuestión es ¿cómo re-generar ese espíritu de ilusión de entonces?

  • Luis Sánchez-Moliní

    Estimado Tomás, totalmente de acuerdo que es importante mantener un espíritu de ilusión colectiva, pero no creo que eso se consiga con grandes eventos. Es más bien una labor del día a día, sostenible, como se dice ahora. Yo no me jacto de no haber pisado nunca la Expo. Sí lo hice y mucho a mis 23 años (O tempora, o mores). Muchas gracias por tu comentario.

  • Thomas

    Ya, ya, creo que coincidimos en que a base de grandes eventos es inviable e insostenible generar de nuevo la ilusión que haga de una vez por todas a Sevilla salir a flote del fango de la mediocridad en el que está atrapada. ¿Cómo se consigue? Pues, o bien a base de un liderazgo real, ya sea de la sociedad civil (por ahora pinchamos en hueso) o político (lagarto, lagarto…). Mimbres en esta ciudad hay para hacerlo. Talento hay, y mucho. El reto de conseguirlo es en sí ilusionante (desgraciadamente, pocos asumen el reto como propio). Por cierto, en la Expo tenía 6 años. Aún recuerdo aquel trozo de la ciudad como un mundo mágico que me marcó en mi infancia.