Cada hombre es un artista

Luis Sánchez-Moliní | 26 de marzo de 2015 a las 13:00

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Entre mis lecturas preferidas de la prensa sevillana se encuentran las crónicas gastronómicas que Euleón escribe para el diario ABC. Tienen todo lo que debe tener el género: conocimiento, desparpajo, ritmo, visión crítica y, sobre todo, sentido del humor. Una de las grandes tragedias del periodismo y de la literatura gastronómica (que antaño dio nombres gloriosos como Pla, Camba, Cunqueiro, Nestor Luján y un largo etcétera) es que ha caído en manos de insoportables cocineros-mediáticos sin apenas formación cultural y con unos egos descomunales que no dejan espacio a sanas virtudes como la autoparodia o la ironía, atributos de los que Euleón anda sobrado. Leer o ver en la TV a estas starlets  de los fogones es, además de aburrido, un tanto irritante. Nuestro amigo, sin embargo, ya ha ingresado para siempre en la selecta nómina de glorias del periodismo local gastronómico, con antepasados como Garmendia o el siempre añorado Ventura Comino, pseudónimo de Ignacio Romero de Solís, el último marqués volteriano, hoy exiliado (o encastillado, según se mire) en su hospitalaria casa de Cádiz.

Pero no quería yo hablar en esta gacetilla de gastronomía, sino de fotografía. Euleón, que suele patrullar con paso prusiano las calles de Sevilla y que es uno de esos incansables activistas de las redes sociales, ha tuiteado esta excelente foto de un mendigo tomada en la Avenida de la Constitución (esa que quieren reformar ahora nacionalistas y socialistas), haciendo real una vez más ese principio de Joseph Beuys de que cada hombre es un artista. La imagen, de extraña belleza y heredera inconsciente de Pierre Gonnord, nos recuerda no sólo que los motivos de inspiración de la mejor pintura barroca española (Velázquez, Murillo, Ribera…) siguen presentes en nuestras calles, sino también que la mendicidad es un fenómeno esencialmente urbano tan imposible de extirpar como la prostitución. El hombre siempre tendrá lados oscuros que ninguna ordenanza municipal logrará iluminar. ¿Alguien se da por aludido?

Los últimos pasos de Morales Padrón

Luis Sánchez-Moliní | 24 de marzo de 2015 a las 13:08

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Los textos apócrifos de la historia negra de la tauromaquia cuentan que Belmonte, antes de pegarse un tiro en su cortijo de Utrera, proclamó: “Nadie me va a ver arrastrando los pies por la calle Sierpes”. Cosas de toreros y de hombres de vida extrema para los que la sobreactuación es parte esencial de la personalidad. A don Francisco Morales Padrón, que tuvo una existencia mucho más pausada que la del diestro de Triana, no le importó arrastrar los pies (y bien que hizo). Yo mismo lo veía por Santa María la Blanca, ayudado por un cuidador, racheando las pisadas y con la mirada ya perdida. No había que ser muy listo para comprender que el que antaño había sido uno de los americanistas más brillantes se había adentrado en las brumas de la demencia y que, probablemente, su cerebro se estaba deshilachando lenta e irremediablemente. Nada indigno ni raro, sólo un hombre dando sus últimos pasos por un mundo que ya no comprendía.

Don Francisco fue uno de esos dinosaurios de la cátedra que ya son imposibles en la universidad de hoy, un hombre de saber enciclopédico y de producción intelectual abundante, clientelista, caballeroso, un punto (o dos) soberbio y con una concepción del cargo y de la obligación casi sacerdotal. Un librero de antiguo me contó que el profesor acudió a él para que le comprase su biblioteca americanista y que cuando aquél le dijo el precio que le podía ofrecer Morales Padrón se enfadó porque lo consideraba muy bajo -“Es que está subrayado y anotado de mi puño y letra”-, clamaba muy ofendido mientras se marchaba del ya desparecido local del Barrio de Santa Cruz. “No le dije que eso, precisamente, era lo que bajaba el precio de los volúmenes. No quería herirlo”. Más allá del mercado del libro antiguo y de la personalidad del catedrático, lo importante es que dejó una gran obra en la que destacan títulos monumentales como Jamaica Española (1952), El comercio canario-americano (siglos XVI, XVII, XVIII) (1995), Historia de la Conquista de América (1973) o Sevilla insólita, uno de los libros más vendidos de la historia del Secretariado de Publicaciones de la Hispalense.

Americanista por destino manifiesto, Morales Padrón tuvo cuna canaria y residencia sevillana, los dos lugares de Europa donde América se manifiesta de una manera más clara. A las tres tierras le dedicó amor y estudios que se sintetizan en su libro Sevilla, Canarias y América (1970). La capital andaluza se lo agradeció en vida con el reconocimiento y el prestigio social, aunque tuvo momentos muy dolorosos, como el silencio violento con el que se recibió su pregón de Semana Santa (eso pasa por meterse en ciertos charcos insondables).

Viene a cuento el recuerdo a Morales Padrón porque el Archivo de Indias ha inaugurado esta mañana el busto realizado por Manuel González dedicado a su memoria. Un homenaje discreto y mesurado, como deben ser estas cosas, sin las estridencias de otras propuestas que degradarán aún más nuestro espacio urbano (sí, me refiero al monumento al costalero). Francisco Morales Padrón acabó arrastrando sus últimos pasos por Santa María la Blanca pero, sobre todo, arrastró a una nueva generación de americanistas a seguir una disciplina que tanto brillo le ha dado a Sevilla. Eso, y no otras cosas, es lo que importa.

‘Fabricado en Macarena': una exposición contra el tópico

Luis Sánchez-Moliní | 22 de marzo de 2015 a las 17:33

Visita a la fabrica de vidrios ocupada

Invitación Exposición Fabricado en Macarena

Uno de los grandes tópicos que se repiten continuamente sobre Sevilla es la radical ausencia de una tradición industrial. Según este discurso, la ciudad, una vez que la Casa de la Contratación se marchó a Cádiz en el siglo XVIII, se convirtió definitivamente en una urbe exclusivamente funcionarial y agraria, sin más pulso que el que le conferían los cambios de gobierno o el ciclo de las cosechas. Sin embargo, desde hace ya años, un grupo de historiadores vienen reivindicando otra historia económica y social de Sevilla en la que sí se puede rastrear una relativa industrialización y una cierta burguesía a finales del siglo XIX y principios del XX. Es lo que algunos han llamado ‘La Sevilla de Pickman’. Evidentemente, nunca fuimos Barcelona, pero sí tuvimos una cierta pujanza que es conveniente reivindicar en estos tiempos en los que ‘el emprendimiento’ (perdón por usar la palabra) parece ser el único camino para sacarnos de la crisis.

Entre los hombres que más han hecho por reivindicar el pasado industrial de Sevilla y, sobre todo, por salvar su siempre amenazado patrimonio histórico, está el profesor de la Escuela de Arquitectura e historiador Julián Sobrino, un foráneo que llegó a la ciudad para dar lo mejor de sí y al que tanto le debemos. Por mucho que algunos quieran ocultarlo, Sevilla siempre ha sido y seguirá siendo una ciudad de aluvión compuesta por gaditanos, onubenses, extremeños, castellanos, canarios, manchegos, santanderinos, etcétera.

El próximo martes 24 de marzo, en el hogar Virgen de los Reyes, a las 20:30, el Ayuntamiento inaugura la exposición ‘Fabricado en Macarena’, coordinada por Julián Sobrino y en cuyo catálogo he tenido el honor de colaborar escribiendo algunos perfiles de la variada fauna que por allí vive. Tanto la muestra como el catálogo pretenden reivindicar, precisamente, este pasado obrero y fabril del que hablábamos líneas arriba. No todo van a ser malas caras y protestas airadas. En este caso hay que dar un aplauso a la Delegación municipal de Cultura.

En la imagen: Julián Sobrino en una de sus muchas acciones por salvar el patrimonio documental de la Fábrica de Vidrio de Miraflores. Autora: Victoria Hidalgo.

Espadas apoya el monumento al costalero

Luis Sánchez-Moliní | 18 de marzo de 2015 a las 17:53

Espadas

Zoido no está solo en su aplauso al monumento al costalero que nos quieren endilgar junto al Archivo de Indias. También el PSOE municipal ha dado su beneplácito a esta agresión al buen gusto y a la justicia histórica, dos elementos que deben concurrir siempre en cualquier monumento urbano. Un tuitero le preguntó directamente al alcaldable socialista, Juan Espadas, qué opinaba del engendro y la respuesta no pudo ser más clara: “Es un homenaje al papel anónimo importante que hacen cientos de sevillanos cada Semana Santa que merece nuestro apoyo”. PP y PSOE, que son incapaces de ponerse de acuerdo en los asuntos decisivos e importantes de la ciudad, sí lo son para formar una pinza de apoyo a ‘las tres gracias del costal’. Puede que el señor Espadas pretenda ganar con este posicionamiento algún ‘voto morado’ (algo relativo si se tienen en cuenta la gran cantidad de voces que desde este ambiente se están oponiendo al dislate), pero también tendrá que calcular la cantidad de sufragios que puede perder al demostrar su falta de criterio en cuestiones patrimoniales y artísticas. Me da la impresión de que, por lo pronto, ya ha perdido el del tuitero anónimo. Por lo que parece, la última línea de defensa será la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía… Peró allí, en estos momentos, no están para costaleros.

El dislate del monumento al costalero

Luis Sánchez-Moliní | 17 de marzo de 2015 a las 15:31

La comparación ya se está haciendo en las redes y pone en evidencia lo mucho que ha retrocedido la ciudad en la ética y la estética de sus monumentos. Enfrentar los magníficos relieves que Echegoyán realizó hace ya décadas sobre los estibadores del puerto y el boceto del ‘monumento al costalero’ recientemente presentado con el aplauso sonriente del alcalde Zoido produce una mezcla de sonrojo, indignación y, sobre todo, una pregunta: ¿Qué pecado ha cometido esta ciudad para demostrar una y otra vez su incapacidad para dialogar con naturalidad con la contemporaneidad? Todo lo que tiene de digno y meritorio la obra de Echegoyán se convierte en propuesta kitsch, cateta y extemporánea en el monumento que ahora se quiere construir. Sólo hay que ver las fotos. Si un Ayuntamiento deja entrever la idea que tiene de su ciudad a través de los monumentos que promueve o permite, el que preside el señor Zoido lo ha hecho de forma clara .

La indignación en las redes es evidente y no se plantea según el cansino, facilón y cainita esquema de ‘rancios versus modernos’. Muchas personas pertenecientes a la Sevilla más orgullosa de la tradición (Pablo Beca, Juan Miguel Vega, etcétera) están levantando la voz ante un monumento que consideran feo e innecesario. Y, para colmo, como muy bien dice la compañera Alicia Almárcegui, pretenden ubicarlo junto a la ‘milla de oro’ del patrimonio sevillano, el triángulo compuesto por el Archivo de Indias, el Alcázar y la Catedral. ¿Qué tiene que decir ante esto la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía? Estamos expectantes.

El  problema no es nuevo. Ya en la época de Alfredo Sánchez Monteseirín la ciudad comenzó a llenarse de estos bibelots que, curiosamente, nunca homenajean a ningún científico, empresario o humanista. De hecho, numerosos colectivos llevan años insistiendo en la necesidad de crear un comité compuesto por expertos en diversas materias (urbanismo, ciencia, historia, tradiciones, arte) que vele por la calidad y oportunidad de los monumentos. Este alcalde debe comprender que el espacio urbano no le pertenece y que no se pueden seguir llenando las calles de las que, probablemente, son las estatuas más horteras de Europa.

No tengo nada en contra de los costaleros. Yo mismo lo fui en mis años mozos y siempre he guardado simpatía por los antiguos costaleros profesionales que llegué a ver en la niñez y que aguantaban agotadoras jornadas dopados con tabaco y aguardiente. Pero, insisto, debería ser una comisión (en la que, por supuesto, tendrían voz las cofradías) y no el capricho de un capataz o un alcalde el que decida los futuros monumentos. También, por qué no, debería hacer una lista con los monumentos a retirar… Que se lo pregunten si no a Fernando VII, cuya estatua sigue durmiendo el sueño de los justos en un almacén municipal.

Cervantes y nuestro diálogo con los muertos

Luis Sánchez-Moliní | 16 de marzo de 2015 a las 15:59

 

MIGUEL DE CERVANTES

Dijo Jefferson que el mundo pertenecía a los vivos, obviando con optimismo ilustrado que la comunidad humana se compone tanto de los vivientes como de esos inquietantes individuos a los que Petronio llamó con acierto irrefutable “la mayoría”, es decir, los difuntos, como nos recuerda Klappenbach en su ensayo ‘Defensa de la muerte’, recientemente publicado en la revista ‘Claves de razón práctica’. Comprender esa obviedad fue la base del éxito de los faraones, de los escritores como Juan Rulfo o de las religiones que profesan un más allá, pues no se conoce una sola cultura que no viva en continuo diálogo con sus antepasados, sean estos en forma de dioses manes, de santos elevados a los altares o de héroes laicos. Los difuntos forman parte de nuestra realidad de igual modo que el vecino del tercero que nos cruzamos en el ascensor. Ya lo dijo Ángel González en versos inmortales: “yo no soy más que el resultado, el fruto/ lo que queda, podrido, entre los restos”

Sólo desde esa perspectiva se comprende que el Ayuntamiento de Madrid, en plena crisis económica, se haya gastado miles de euros en intentar localizar los restos de Miguel de Cervantes en el antiguo convento de las Trinitarias.  ¿Qué aportará a nuestro conocimiento sobre la obra cervantina el saber que esos escasos huesos desordenados y sucios que afloran ahora en la oscuridad de una cripta son realmente del manco de Lepanto? Probablemente nada. Sin embargo sí nos permitirá algo mucho más importante: abrir una vez más, aunque sea mínimamente, esa puerta que separa el mundo de los vivos del de los muertos. Seguir con el diálogo para intentar comprender el gran enigma, la gran duda, el gran temor.

Lo que está haciendo ese grupo de científicos en Madrid o los arqueólogos de Atapuerca no dista mucho de la labor de los buscadores medievales de reliquias. Ahora todo se intenta envolver en una estética aséptica de batas blancas y técnicas futuristas, y se ponen como excusas necesidades científicas inaplazables, pero parece claro que el empeño actual por encontrar los restos de Cervantes tiene una relación directa con, por poner un ejemplo, la superstición que llevaba al general Franco a dormir junto al brazo incorrupto de Santa Teresa o que aún empuja a los peregrinos a caminar en dirección oeste para buscar la tumba de Santiago Apóstol. El hombre siempre ha creído, y por algo será, que hay muertos cuyos restos tienen algún tipo de influencia benéfica sobre nuestras vidas.

Habrá quien ponga cara de autosuficiencia científica, pero hay ciertos restos paleontológicos en las vitrinas de los museos que en la actualidad son venerados con el mismo fervor que en su día lo fueron los restos de San Francisco. El fetichismo forma parte de la naturaleza humana y cambiará de careta las veces que haga falta para acompañarnos en nuestro viaje incierto por el tiempo. Pasarán décadas y siglos y seguiremos con nuestro incesante diálogo con los muertos hasta que, definitivamente, la “mayoría” de Petronio se convierta en la “totalidad”.

La ‘Gutenberg’ vuelve a la Hispalense

Luis Sánchez-Moliní | 9 de marzo de 2015 a las 14:28

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Hoy es un buen día para Eduardo Peñalver, el sabio y discreto responsable del Fondo Antiguo de la Universidad de Sevilla. Tras unos meses en el dique seco del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH) para someterse a una necesaria restauración, la joya de la corona de la Hispalense, la Biblia de Gutenberg, vuelve a casa, esa inmensa colección de más de 60.000 volúmenes que la convierten en una de las más importantes de España en su género. A nadie se le escapa la importancia de la Biblia de Gutenberg (también conocida como Biblia de las 42 líneas o de Mazarino), el libro que simboliza una de las revoluciones tecnológicas más importantes y decisivas de la humanidad: la impresión con tipos móviles, algo comparable al inicio de la agricultura en el Neolítico o a la invención de internet en la segunda mitad del siglo XX. El ejemplar de la Universidad de Sevilla, aunque incompleto, es uno de los pocos que quedan en el mundo -apenas 40- y perteneció a la antigua casa profesa de la Compañía de Jesús de la calle Laraña (no convento, los jesuitas no son frailes, como se empeñan algunos), cuyo patrimonio mueble e inmueble pasó a manos de la Universidad de Sevilla tras su expulsión del reino de España por Carlos III.

El poeta que perdimos

Luis Sánchez-Moliní | 4 de marzo de 2015 a las 14:24

RAFAEL MONTESINOS, POETA FOTO RUESGA BONO

No sé si empezar un blog con un muerto trae mal fario, pero es lo que toca. El compañero Andrés González-Barba nos recuerda que hoy hace ya diez años que falleció el poeta sevillano exiliado en Madrid Rafael Montesinos. A Montesinos le debemos los del sur tres cosas: una poesía profundamente andaluza (en el mejor sentido de la palabra), uno de los mejores libros de memorias de infancia sevillana que jamás se han escrito, Los años irreparables, y el haber mantenido viva la llama de Bécquer en tiempos experimentalmente hostiles y ridículos. Uno de sus últimos amigos sevillanos fue Alberto Guallart, periodista depurado de El Correo de Andalucía y actual profesor de Filosofía en Fregenal de la Sierra, quien escribió una biografía del autor de El tiempo en nuestros brazos que editó la Fundación José Manuel Lara en sus años de mayor pujanza. Guallart me contó una vez el interés y la nostalgia con la que Montesinos le preguntaba sobre todo lo que tenía que ver con la ciudad a la que nunca pudo volver de forma definitiva tras la huida madrileña provocada por la ruina familiar. Montesinos vivió Sevilla como una pérdida irreparable y justo es que lo recordemos hoy, aunque sea brevemente, con sus propios y sentenciosos versos de soleá:

Buscaría aquellas piedras,

y en aquel mismo camino

tropezaría con ellas.

LAUS BAETICAE