Archivos para el tag ‘Fernando Ortiz’

Dos mañanas con Fernando Ortiz

Luis Sánchez-Moliní | 11 de abril de 2015 a las 10:20

 

fernando 5

Lo conocí muy superficialmente durante sus visitas a la antigua redacción de la revista Mercurio, en la Cuesta del Rosario. Ni siquiera me caía demasiado bien. Era un hombre de trato hosco y mirada malaje para aquellos que no éramos sus amigos. Quizás la edad y los abusos nocturnos, quizás la sordera, quizás un excesivo pesimismo lo convirtieron para los extraños en alguien de trato imposible. Sin embargo, tenía momentos de súbita ternura. Me contó Manuel Rosal que una vez que estaba firmando ejemplares de su poemario Oro en la Feria del Libro de Sevilla se le acercó, cogió un ejemplar, leyó unos versos y, antes de comprar un ejemplar, le dijo: “eres un poeta”.

Recuerdo hoy a Fernando Ortiz sin ninguno de esos pies que da el periodismo para hablar de las cosas. No se cumple ningún aniversario de su nacimiento o muerte, no se ha reeditado ninguna de sus obras, no se ha descubierto gavilla alguna con poemas inéditos. Esta gacetilla la podría haber escrito en agosto, cuando la solana quema los campos y los periódicos son eriales desesperantes. Pero, sin embargo, al levantarme hoy he sentido la necesidad de releer algunos de sus versos sabios, de masticar sus palabras llenas de caballerosidad sureña. A los que somos unos saltimbanquis nos producen una inmensa envidia esas personas que saben encontrar en la vida un norte hacia el que orientar continuamente la proa. La Polar de Fernando Ortiz fue la poesía, amante a la que se entregó arbitraria e incondicionalmente: “Quise ir con el Cid en su destierro,/ catar el vino de Berceo en su vaso./ El firme aldabonazo de Manrique/ oír, y el lamentar de Garcilaso” (poema Mi patria, de su libro Verano, 1992).

No me caía muy bien Fernando Ortiz, no, pero me dejó en involuntaria herencia algunos versos que me ayudan a vivir mejor y a afrontar los días con más entereza, con más sabiduría, con la valentía del que sabe segura la derrota y aun así carga contra el enemigo. Algunos encuentros con su obra han sido para mí auténticas epifanías, como cuando en la Biblioteca Infanta Elena me tropecé con sus Moneditas: “¿Qué nos queda del presente?/ del pasado y del futuro/ ¿qué esperamos?/ Tan sólo la transparente/ certeza de lo inseguro/ en las manos”.

La noticia de su muerte me la dio Manuel Gregorio González una fría mañana de enero que me encontraba en la Cartuja para entrevistar a Miguel Delibes de Castro. Me tuvo que impresionar más de lo que en aquel momento comprendí, porque me sorprendo ahora, en esta otra tibia mañana de abril, rememorando el lugar exacto en el que me encontraba: un desolado aparcamiento junto a la Escuela de Ingenieros. Recuerdo también mi ansiedad para avisar a la página web del periódico para que colgásemos la noticia los primeros (así de crudo, este oficio es como es) y mis primeros recuerdos del que ya era un difunto. Quizás por eso, por mi insensibilidad de intrépido reportero o porque le debo la friolera de unos cuantos versos dedico ahora unos minutos a escribir unas líneas en memoria de un tipo que tampoco me caía demasiado bien.