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La ‘lista Morales’ del patrimonio de Sevilla

Luis Sánchez-Moliní | 6 de abril de 2015 a las 10:37

Foto: Julio Vergne

En una revisita al prólogo de Sevilla Insólita (Universidad de Sevilla, 1972), el texto de Francisco Morales Padrón pionero en el conservacionismo del patrimonio histórico, me encuentro con este párrafo escrito hace ya casi 44 años:

“… y no me lanzo a hacer elogio sobre los hombres actuales porque la historia exige perspectivas, y hasta no saber qué pasará con la Casa de la Moneda; con los restos góticos del Convento de San Agustín; con la calle San Fernando; con la Torre del Oro; con la Torre de la Plata; con los restos del antiguo convento mercedario sito en la calle Alfonso XII; con la Venta de los Gatos; con algunos corrales de vecinos; con la casa de la Virreina de la calle Betis; con la antigua iglesia convento de Los Remedios, hoy clausurado y casi en ruinas Instituto Hispano Cubano; con el río; con las Atarazanas; con el barrio de San Bartolomé y la Casa de Mañara; con la Casa de los Artistas; con el Hospital de las Cinco Llagas; con los fosos de la Universidad; con la Casa del Rey Moro en la calle Enladrillada; con las murallas de la ciudad dentro del Colegio del Valle; con la Casa de las Columnas…”

Debido a que dichas páginas están escritas en la Sevilla pre-Expo  -­la del dogal ferroviario, el muro de la Calle Torneo, la Cartuja salvaje y el apocalipsis de nuestro Casco Histórico-, sirven de guía para evaluar los resultados de la política patrimonial de las últimas décadas, aquéllas que coinciden prácticamente con la llegada de la Democracia. El balance, a primera vista, es bueno. Evidentemente, muchos de los problemas enumerados en esta lista por el historiador canario se han solucionado. Por ejemplo, recuerdo que en mi niñez los fosos de la Universidad eran auténticos e inaccesibles bosques en los que prosperaban formas de vida desconocidas; las Cinco Llagas un hospital en el que los enfermos tenían que sortear los puntales que sostenían los artesonados; y la Torre de la Plata una dama encalada, totalmente desconocida y moribunda en la orilla del río. En el recuerdo, aquélla Sevilla histórica de la Transición aparece en mi memoria quizás idealizada, como una ciudad crepuscular y desconchada, con la belleza innata que dicen que tienen algunos tuberculosos agonizantes.

Sin embargo, lo que llama la atención son los problemas que permanecen de forma contumaz, como la Casa de la Moneda o el Convento de San Agustín (cara y cruz de la ciudad profana y sagrada) y la aparición de nuevos agujeros negros que en los años de la psicodelia no se contemplaban: la Real Fábrica de Artillería (el gran talón de Aquiles del Ayuntamiento en política patrimonial) y los síntomas de deterioro y fatiga que empieza a mostrar una parte importante del patrimonio eclesiástico, cuya solución está absorbiendo gran parte de los esfuerzos de los activistas del patrimonio histórico y de las autoridades culturales y urbanísticas (El Salvador, Santa Catalina, Santa María la Blanca, ahora San Bartolomé y los conventos de San Leandro y Madre de Dios…). Y todo por no hablar de algo que entonces no se tenía en cuenta: el patrimonio industrial de finales del XIX y principios del XX, que es harina de otro costal y de otra gacetilla.

Si don Francisco volviese a redactar hoy la lista sería distinta en gran parte, pero seguro que no menos extensa. La correcta conservación del patrimonio histórico es como el Jardín de las Hespérides, siempre está un poco más a occidente del punto al que se ha llegado. Ya se sabe: no es el camino, sino el caminar.