Soraya mereció mucho más. Siempre lo mismo

Francisco Andrés Gallardo | 16 de mayo de 2009 a las 23:33

La noche es para mí canturreaba la extremeña. ¿Poyemos? España quedó penúltima, 24ª. Estamos invitados por la cara a la final de Eurovisión, pero somos el hermano feo del que organiza la fiesta. Nuestra canción en Eurovisión es siempre la misma.

Anoche ganó por goleada internacional Noruega, con ¡387 puntos! Llevaban a un bustamante bielorruso violinista. Un Troy de HSM del frío. El chico, Alexander Rybak (víde de abajo), formó un contubernio continental que estaba vaticinado desde hace meses. Con récord de aceptación, duplicó en votos a la segunda, a la pipiola de Islandia, 218. El nuevo sistema de votación, televoto (clin, clin) y jurado, sólo atemperó un poco el compadreo de años pasados. Por ahí nos salvamos con los 12 puntos de Andorra, que nos desvirgó el marcador. Moltes gràcies. Suiza nos dio 3 puntos, Portugal 7 y Grecia, 1.

El escenario que prepararon los rusos era espectacular, una versión extralujo de una gala marismeña de Canal Sur. Animaciones, focos dignos de Madonna y fuegos artificiales a tutiplén. Todo muy circense. Todo excelente… pero cansino. Eurovisión es un empacho supino y después de romper su destino hace decenio y medio, cuando se abrió del todo la puerta del Este, después de unos años de evolución, vuelve a caer en la rutina.Una rutina discotequera, como un botellón en el día de la marmota. De las 25 canciones de anoche más de la mitad sonaban a lo mismo: a sonatas balcánicas pasadas por la termomix. Ahí incluimos al tema español. Soraya, mallas color carne con lentejuelas, como Rocío Jurado en sus más ebúrneos tiempos, actuaba la última. Por ahí nos quedamos. Como por arte de magia desapareció del escenario, en homenaje al escaqueo, arte hispánico. Si recordamos a Las Ketchup, a Son de sol o a Chikilicuatre, Soraya ha sido, de largo, la mejor representante en los últimos tiempos y su miniespectáculo, previsible pero efectivo, estuvo por encima de la media. Ya eso es un consuelo pese al fiasco en las votaciones que nos ha condenado al peor puesto desde 1999 (y con Remedios Amaya en la memoria). También estuvo aceptable el narrador, Joaquín Guzmán, estilo José Ángel de la Casa pero con añadida dosis de ironía.

Sobre lo ocurrido durante las dos horas de Operación Gorgorito (el personal en su casa jugaba a Risto) no hubo mucho con lo que sorprenderse. Tal vez el estilo U2 de Dinamarca o la dura balada francesa, más que el empalagoso tema ganador. Era curiosa la ambientación de dibujos animados para Portugal. Y ni siquiera Dita Von Teese, la stripper que iba con los alemanes, tuvo el valor de saltarse la censura de la UER y enseñar la pechuga, tal como hizo en los ensayos. No les hizo falta a los rusos preguntar a TVE qué hacer en ese momento si a la chica le hubiera dado por desatarse el corpiño. ¿Qué hubieran hecho? ¿Conectar con el mausoleo de Lenin?

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