Mundo trololó

Francisco Andrés Gallardo | 4 de abril de 2010 a las 20:25

ESOS ancianos, conducidos por policías que ocultaban su identidad como si estuvieran en una operación antiterrorista, se llaman Joaquín y Josefa. Fueron desahuciados por su propio hijo en Sevilla. Ahora viven en el barrio gaditano de Santa María, donde hasta los niños cantan por alegrías, refugiados de una justicia que a veces es demasiado injusta y cruel. Un constructor gaditano, Agustín Rubiales, les ha cedido un a casa de por vida, en un gesto que ha sorprendido a los medios porque detalles así no se estilan en este mundo trololó donde parece que todos, con sonrisa forzada, miramos al frente para no estropearnos los zapatos con los esqueletos.

La actitud de Agustín Rubiales vale por un millón de anuncios promocionales en favor de Cádiz y Andalucía. Es bueno saber que existen ciudades donde hay buena gente y eso no se puede transmitir en un spot de “ahí estás tú”. Qué fácil, pero qué tremendamente fácil, es ayudar a los demás, aunque las buenas acciones no pertenezcan a las escaletas de los noticiarios. Pero esa gran historia que vuelve a enlazar a Sevilla y Cádiz es un resquicio blanco y emocionante entre las crónicas tumefactas de todos los días.

Entre los escombros de la crisis ha surgido ese humorado humo de la melodía del Trololó, de tiempos soviéticos. La melodía de un optimismo nihilista, de un canturreo hueco, que parecía tapar con sábanas musicales las miserias de sus coetáneos. El Trololó es un canto a la ingenuidad forzosa y en estos tiempos de riada de youtubes ha magnetizado por esa capacidad de hacernos sentir en el limbo. La inopia que pronuncia en sus onomatopeyas el autómata Eduard Anatolyevich Khil preconizaba estos tiempos de apagones, en los que cambiamos el número del mando para no toparnos con lo que nos incomoda.

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