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¿Consumo sostenible en Navidad?

Tacho Rufino | 25 de diciembre de 2007 a las 22:24

El pasado domingo, Charo Fernández-Cotta entrevistaba en la contraportada de RDO (magazine dominical de los periódicos de Grupo Joly) a Curro Ferraro, profesor de Economía y presidente del Observatorio Económico de Andalucía. Sostiene Ferraro que gastamos más de la cuenta, que el “efecto riqueza” (aquel que hace que las personas incrementen su consumo por una supuesta revalorización de, por ejemplo, su casa) ha prendido en nuestra forma de consumir, que ahorramos poco y que nuestro gasto es excesivo para nuestra renta. Ese mismo día, en Mercados, Miguel Sebastián (según lo renombraron algunos malvados profetas, Miguel “Sevaostiar”), ex director de la Oficina Económica del presidente del Gobierno, se hacía la pregunta del millón: “¿Consumimos demasiado”.

Tras años en los que nuestros pilares económicos han sido la construcción y el consumo, los malos augurios y las alertas llegan tanto para la una como para el otro. La clave, una vez más, está en la sostenibilidad (o sea, en “satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer las posibilidades de las del futuro para atender sus propias necesidades”, según defin la ONU. Sin duda, cabe aplicar la palabra mágica y transversal de la contemporaneidad a la economía y, dentro de ella, apostar por el consumo sostenible.

Una definición de “consumo sostenible“: es aquel que convive con un ahorro capaz de proporcionar a las generaciones futuras un capital productivo (o sea, los bienes que sirven para producir otros bienes o servicios) que les permita consumir mañana en los mismos niveles de hoy. ¿Complicado? Podemos verlo con un ejemplo “micro”, aplicable a su casa o la mía: nuestro consumo personal o familiar es sostenible si permite que guardemos parte de nuestra renta para generar un patrimonio que dé frutos mañana, permitiendo a nuestros hijos o a nuestra vejez mantener nuestro tren de vida.

De todas formas, sin consumo no hay economía, y quizá tampoco Navidades, no lo neguemos. No es cosa de achacar a este calentón estacional y periódico los males de nuestra inflación y los de un porvenir de cigarra. Igual que el mejor día para abandonar definitivamente la bebida no es el de resaca, no vamos a alumbrar las sombras de nuestra economía en estos días de “que no nos falte de nada”. A pasarlo bien, y a darle vida al comercio, que ahora toca.

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