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Parados y quietos

Tacho Rufino | 17 de noviembre de 2008 a las 9:44

 José Ignacio Rufino | Publicado en la sección Andalucía de los periódicos de Grupo Joly ayer domingo

LA crisis, al final, se llama paro. Un nostradamus con pedigrí me acaba de profetizar que en 2010 habrá cuatro millones de parados en España, de los que Andalucía absorberá una porción desproporcionada, llegando en Andalucía, siempre según mi oráculo de guardia, al 20 por ciento de la población activa. Que se equivoque, por Dios. Sea como sea, uno de los procedimientos laborales que más llenarán ese malhadado saco del desempleo será sin duda el denominado ERE, que todo el mundo conoce ya, al menos de forma intuitiva. Los rumores de corrillo en las empresas, acelerados por la inquietud, precisan hasta la cifra de los que van a ir a la calle, en muchos casos sin gran fundamento: “un ERE de 17 personas” ó “un ERE del 20 por ciento de la plantilla” … “¿Estaré yo entre ellos?”. Hay dos motivos para presentar un expediente de regulación de empleo, o sea, para despedir con el beneplácito de la autoridad. El primero, el natural, prescindir de empleados debido a causas económicas y técnicas, es decir, por un descenso brusco de la carga de trabajo, cosa que pasa a día de hoy a no pocas empresas. El segundo, menos acorde con la normativa que regula estos procesos de despido, es para aligerar la plantilla, sobre todo de aquellos que “salen caros”. Se trata de una especie de aligeramiento preventivo aprovechando los trenes baratos. Cabe, bien mirado, apuntar otra causa para estos despidos colectivos, que es prima hermana de la anterior: toparse con la oportunidad de quitarse de en medio a los quietos. Tres tipos de ERE, que podríamos bautizar como sigue: el de supervivencia, el preventivo y el de “saneamiento”. Extendámonos un poco con esta última variante.

Arcadio Ortega, presidente de la Academia de Buenas Letras de Granada y rara avis que, como Espronceda, combina profesionalmente poesía y economía, afirma que “el problema de España no son los parados, sino los quietos”. Se referiría sin duda a los vagos, a los enfermos natos y a los tecnócratas a los que se busca retiro y mamela, entre otras especies autóctonas (seguro que en Finlandia también las hay, pero las de aquí nos son más familiares… ¿se le ha venido a la cabeza la cara de alguien?). Pues bien, el cirujano laboral, ante el clima favorable -es un decir- que justifica la suelta de lastre, descubre de pronto la posibilidad de quiatrse de en medio al incómodo, y también al ineficaz y al cara crónico. Al quieto.

El Don Tancredo de la oficina o el taller ha sido también señalado esta semana por el presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla, Antonio Galadí, tras hacer públicas las conclusiones sobre el estudio La Sevilla socioeconómica, dirigido por el profesor Ferraro: “En Sevilla se trabaja poco y poca gente”. O sea, mucho quieto y mucho parado, que no es lo mismo: mientras aquéllos están en nómina, éstos últimos, en el mejor de los casos, perciben un subsidio. Por cierto, en nuestra región en general, y en Sevilla en particular, según concluye el estudio, tenemos más incapaces permanentes. Y no hablamos de tontos o de imposibilitados sexuales, sino de gente que no puede trabajar por enfermedad o minusvalía… y algunos que, pudiendo, fingen no poder doblarla. Superamos a España en más de un punto en incapacidades permanentes pagadas. El dato es como para filtrárselo a un botiguer catalán o al mismo Carod-Rovira… Si queríamos darle argumentos para la cantinela -sólo veraz en una parte menor, en mi opinión- de la Andalucía subsidiada y la Cataluña vampirizada por meridionales zánganos y palmeros, de estéril regate corto, no podríamos haber encontrado mejor fórmula.

  • Armando Santurino

    ¿Existe evidencia de que en Andalucía hay más incapaces permanentes? ¿Como la madre de la mujer de Jesulín de Ubrique? Eso no puede ser verdad.