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Padre e hijo

Tacho Rufino | 26 de febrero de 2009 a las 12:13

(Nada que ver con la economía; sí con la superación de los problemas, el amor y el ejemplo)

Anoche, tras una clase, presencié una escena que me conmovió enormemente, y todavía me emociona recordarla; no sé bien cuál es la verdadera razón del impacto que sobre mí produjo lo que contemplé, sin ser yo visto, durante un par de minutos. Una pareja paseaba con su hijo pequeño por los alrededores del funcional y desabrido campus universitario donde trabajo. La mujer empujaba el carrito del pequeño, que iba vacío, ya que el niño -un querubín de un año y poco- iba sentado en el regazo del padre. Aparentaba el hombre tener unos cuarenta años, también con el pelo rubio rizado; bien parecido y bien vestido, delgado. Iba en silla de ruedas y llevaba a su hijo sentado sobre sus piernas. El bebé aparecía orgulloso y feliz, mirando al frente, a su madre, a los perros, al camión amarillo de la basura, a las cosas que iba dejando atrás y que se le aparecían delante. Con el chupete bien apretado en los labios, se dejaba querer por su padre, que no paraba de hacerle cariños y de contarle cosas al oído, que él aparentaba escuchar con cierto ensimismamiento o con gran atención; como se escucha a un padre, supongo. Algún accidente de tráfico habría dejado sin movimiento las piernas de aquel cuerpo que rezumaba ternura y dedicación, pero quise creer, a la vista de la escena, que aquel hijo tenía de hecho el mejor de los padres: un proveedor continuo de amor y atención, y el ejemplo más vivo de cómo afrontar la dureza de la vida. La reciprocidad, la humanidad, el sincero desinterés por lo propio para proyectar una vida hacia un hijo. En esta ciudad tan mezquina con los físicamente débiles, el hombre encontró dos serias barreras para poder hacer algo en teoría tan sencillo como pasear con su familia. Su mujer, con una seria naturalidad, no intentó en ningún momento ayudarle, y él seguía hablando al niño mientras hacía lo que debía de ser un enorme esfuerzo por superar bordillos canallas y coches mal aparcados. No perdió la sonrisa, ni dejó de echar su aliento protector en la breve nuca de su cachorro, arqueando sus cejas a la vez que reía o señalaba algo interesante que mirar o explicar. Pensé que aquel niño iba a ser muy feliz -sin duda, al menos, en sus primeros años-, en parte gracias a su papá, y que aquella felicidad era una felicidad que compartía con su progenitor, y que ella redimiría a mi héroe de ayer de las absurdas y sordas acometidas de la vida.

  • Ciccio Bestemmia

    Verdamenteme, si su ciudad es Sevilla la falta de rispeto de los sus habitantes con quienes tenemo handicap es incredible. Hace dos dias tuve que girar una manzana entera por un coche de lujo que blocava un paso de peaton. Me dijeron era una madre recogendo sus hijos de un colegio de gente “por bien”, con dinero. Me gusto mucho su forma de describir la situacion. Gracias.

  • Donde estan las notas

    La vida esta llena de pequeñas cosas, que hacen de los grandes problemas desaparezcan y los convirtamos en cosas banales. Al final y al cabo todos a largo plazo estaremos muertos.

    Saludos

  • Demolition man

    Me ha gustado mucho. Gracias por el ratito, no importa que hoy no hable de economía porque lo hace usted igual de bien.

  • ALBERTO ORTEGA SANZ

    Gracias por emocionarnos.
    Esas pequeñas cosas son las que hacen que la vida merezca la pena.
    Un abrazo.

  • Manuel Barea

    Pues sí. Al carajo la hipoteca, el euríbor, el G-nosecuántos, los bancos y las cajas, la OPEP, el Dow Jones, Trichet y los tipos y la desaceleración, la recesión, la inflación, la deflación y su puta madre. Mientras uno pueda seguir acariciando el pelo de su hijo, todo lo demás tiene el mismo valor que una mierda de perro en medio de la calle.
    Gracias Tacho.

  • Plik

    Precioso Tacho. Sensibilidad a raudales.