Pícaros y vikingos

Tacho Rufino | 5 de octubre de 2009 a las 12:46

(Fotos: Max Weber y Carlo Martini)

LA litigiosidad crece con la penuria. Quitando las demandas de divorcio, que descienden precisamente en épocas críticas, casi todos los demás ámbitos judiciales experimentan un mayor número de demandas cuando la economía mengua. “Hasta que la expansión económica os separe”, cabe parafrasear el matrimonial precepto, porque la crisis es una poderosa defensora del vínculo: en ciertas épocas, no hay dinero ni para que se separen los que no se aguantan más, que se ven así abocados a plegarse a las economías de escala familiares: mejor una casa que dos, más barato un puchero que dos tristes precocinados.

Sería cómico, si no fuera vergonzoso, escuchar -como se escuchan- justificaciones para no pagar deudas; excusas del tipo “no te puedo pagar… ¿que por qué? Hombre, porque hay crisis”. No porque mi empresa esté en crisis, sino porque hay crisis. Estos trenes baratos para el granuja contribuyen sin duda a que los juzgados tengan las costuras más reventonas que nunca. Sin embargo, la judicialización -con perdón- de la vida civil y mercantil no sólo tiene su causa en la crisis, sino que también la tiene en una incapacidad de dilucidar los conflictos entre las partes antes de llegar al largo y tortuoso camino del pleito. La negociación, reconozcámoslo, no es lo nuestro. Se nos calientan los cascos y los belfos y nos sentimos repentinamente Angela Chaning, espetándole al contrario: “Te mandaré a mis abogados”… aunque “mis abogados” sean unos telefonistas lejanos y sin rostro que cobran una iguala de 80 euritos al año. Aquí, una reunión de comunidad entraña alto riesgo de denuncia ante el juzgado de guardia, con el consiguiente encabronamiento del bloque, además de ese pellizco en el estómago cada vez que esperamos el ascensor, no sea que aparezca de pronto la parte contraria. Pero profundicemos un pelín más, y aportemos algún dato, de esos que llamamos “objetivos”.

La litigiosidad suele medirse por el número de pleitos de un territorio por cada 100.000 habitantes. Pues bien, España tiene entre cinco y seis veces más litigiosidad que Gran Bretaña y otros países desarrollados. Cabe preguntarse por qué, dado lo descomunal de dicha asimetría. Podemos achacarlo a su mayor desarrollo y engrase económico, y algo de ello habría. También cabe imputarlo, en el caso de la comparación con Gran Bretaña, a una menor profusión y compeljidad de las leyes procesales: así lo afirman algunos peritos de la materia que me cogen cerca, y en los cuales confío, entre otras cosas porque coinciden en tal apreciación. Pero podemos hacer caso de Max Weber, y pensar que nuestra forma de ser, nuestras respectivas formas de comportarnos hacia dentro y hacia afuera tienen mucho que ver con ésta y otras cuestiones sociales. Británicos, escandinavos y germánicos tiene una raíz común guerrera, vikinga, y aun así se han dado una forma de proceder en lo colectivo -una religión- que, en la línea puritana, abjura de ciertos principios católicos, como aquel que dice que una buena confesión lo limpia todo, hasta la conciencia (lo dijo Carlo Marini, cardenal de Milán, hace unos meses en una entrevista para El País: “La confesión es un sacramento exangüe. Se confiesa algún pecado, se obtiene el perdón, se dice una oración y se acabó”). Quizá el pícaro abunda más aquí precisamente por eso, y también quizá por eso nuestros juzgados están como están.

  • Aníbal N.

    El cardenal lo que buscaba es que no se le vaya la clientela recordando el chollo moral que es la confesión. ¡Desternillante! ¡Sos grande, Martini!

  • Ramiro

    Los vikingos no eran pícaros, se limitaban a matar, violar, quemar y robar. Pero estoy de acuerdo con que la picaresca es un gran mal que en nuestra sociedad hace mas daño que en otras mas puritanas y decentes.

  • molina

    Un comentario de los que le gustan al señor Rufin. Un importante ejecutivo español amigo en Suiza me comentó que a la hora de seleccionar un puesto, en condiciones de igualdad siempre se lo llevaba el calvinista. El directivo, más que católico, se basaba en la praxis para saber cómo rendían unos y otros. Otra diferencia. Nosotros llegamos a América y lo primero que hicimos fue a poner mirando para Tenochtitlán a todo tipo de indias, de norte a sur. A las llamas si fuera necesario. Ellos llegaron a América -con sus santas, en un barquito- y se dedicaron a tener niños blancos y a trabajar. ¿Quién salió ganando? Para gustos, los colores.

    PS: Lo de Weber está muy visto ya. Todos lo leímos en la facultad, amiguito.

  • Tacho

    @Molina. Gracias por tus comentarios, Molina, y por considerame tu amiguito, espero tener ocasión de (re)conocerte. En cuanto a Weber y la Facultad, dos cosas, que en el fondo son la misma: ni todos hemos leído a Weber (su “Ética protestante y…”), ni todos hemos estado en “la facultad”. Tú sí lo has leído y disfrutado, según dices. Para la Antropología, la Sociología o la Economía, dicha obra es un clásico, y por tanto, de cita frecuentísima y, deseablemente, pertinente. Las cosas buenas, cuanto más vistas (y por más gente), mejor. Eso creo. Saludos.

  • Ramiro

    En qué equipo juega Max Weber? Es el Maxi del Atleti? Ese no es calvinista ni madridista, es argentino y colchonero mientras le dure el contrato. A mí tambien me gusta, pero lo prefiero cuando no está tan pegado a la banda como lo pone Abel, que debe dimitir ya.

  • Orna Chomsky

    Hola, buenos días.
    Sin duda hay diferencias entre la idiosincrasia de los países de raíz protestante y los de raíz católica. Yo creo que una de esas diferencias es el tratamiento del dinero o de la riqueza. La religión católica arrastra la losa de que el dinero, enriquecerse o comerciar no es de buen cristiano o de cristiano viejo, de hecho, era algo que se dejaba a los judíos. Intuyo que este sentimiento ha tenido que ver en la diferente evolución que han tenido unos países y otros.
    Una característica de carácter español que no sé si es compartida con el resto de países de tradición católica es el concepto del Honor, la necesidad de que nuestra palabra no sea puesta en duda y que nuestra reputación, la de nuestra casa o la de nuestra familia no tenga mácula alguna. Podríamos pensar que esto tiene mucho que ver con el concepto de limpieza de sangre que tan importante fue en los momentos de convivencia con otras religiones y culturas y que derivó en procesos y tribunales específicos. Quizás de ahí nuestro gusto por los pleitos…digo yo
    Saludos cordiales

  • Tacho

    Sobre el asunto de la confesión católica y la conciencia luterana, Manuel Vicent escribe su columna dominical hoy en El País. Para lee, picar en la siguiente dirección:

    http://www.elpais.com/articulo/ultima/culpa/elpepiult/20091025elpepiult_1/Tes

  • Orna Ch.

    Buenas noches,

    Creo que olvidarse del arrepentimiento y del verdadero propósito de enmienda, es olvidarse de la esencia del sacramento de la confesión, pero me vale como argumento para explicar los desmadres de los políticos en los países mediterráneos (y supongo que también de los del otro lado de Atlántico a los que impusimos nuestro catolicismo a base de sangre).Sin embargo, podemos remontarnos a épocas anteriores al nacimiento de nuestra religión en los que los Estados con formas de gobierno asimiladas a La Republica acabaron bajo la corrupción y el paso siguiente que es la llegada de un dictador con piel de salvador de la patria. Quizás nuestro mal no sea solamente el catolicismo, sino que desde siempre hemos preferido que nos solucionen los problemas, a cualquier precio, y esto nos habría llevado a una “falta de madurez” en Democracia. Solo es una reflexión…

  • […] espíritu del capitalismo, citado antes aquí en un artículo corto titulado “Pícaros y vikingos”. El artículo de El País se titula, no sin arrojo, “La economía […]