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El Tío Gilito no sufre la crisis

Tacho Rufino | 13 de marzo de 2011 a las 21:56

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SILOGISMO capcioso número uno, de vocación global. Proposición primera: El mundo sufre una crisis. Proposición segunda: Durante la crisis han surgido doscientos nuevos multimillonarios. Conclusión: Las crisis generan nuevos multimillonarios. Silogismo capcioso número dos, en clave nacional. Uno: España sufre una crisis de enorme calado. Dos: Durante la crisis, Amancio Ortega, la primera fortuna española, ha escalado puestos en el ranking de los tíos gilitos de carne y hueso. Conclusión: La crisis, en España, no sólo es muy dura sino que incrementa la fortuna relativa de nuestros multimillonarios. La contracción económica no sólo va por barrios, sino que hace a los ricos más ricos, y sin duda viceversa. O sea, que cuidado al hablar de crisis. Si uno se hace las preguntas de rigor, lo anterior es meridianamente claro: de qué crisis hablamos, por qué surge, dónde y cuándo se da, a quién afecta. ¡Por Dios, esto no es capcioso, esto es demagógico!, podría decir usted. Y sin embargo, que las diferencias de riqueza se acrecientan durante las penurias es tan cierto como que, si consideramos el pastel de la riqueza agregada como algo fijo, en los periodos recesivos muchos pierden mucho. Pero dicha riqueza no se evapora, sino que se transforma. O, mejor dicho, cambia de bolsillo.

Tras el último ranking de Forbes sobre los magnates planetarios, publicado esta semana, no puede uno dejar de confirmar con cierta pesadumbre que la crisis no está sirviendo en absoluto para purificar el sistema, ni para refundarlo sobre unas bases más sensatas o éticas, sino para incrementar la desigualdad y para, a la postre, hacernos retroceder unos pocos años en la redistribución de la riqueza. Ni siquiera los liberales más acérrimos niegan que la redistribución de riqueza es conveniente. Si usted es un socialdemócrata, la redistribución le parecerá algo justo. Si usted cree en la diferencia como motor de la riqueza, una distribución más igual de rentas y salarios le parecerá un mal menor: un mecanismo de seguridad, que le permite salir de su barrio con su buen coche sin ser tiroteado. Opine usted lo que opine, sea usted de derechas o de izquierdas, la realidad es tozuda: si Vilfredo Pareto contrastó su ley 80/20 (el 80% de la riqueza en manos del 20% de las personas) en el siglo XIX en el norte de Italia, dicha relación no ha hecho sino empeorar, salvo en oasis sociales como Escandinavia y, en general, Europa.

Hace algo más de un año, justo antes de morir, Tony Judt publicó su imprescindible Algo va mal (Taurus, 2010), que expresa con la claridad del verdadero sabio la dejadez del mundo occidental europeo en la defensa de ciertos valores que, durante la “exuberancia irracional” que acuñó Greenspan, fueron declarados obsoletos por el llamado pensamiento único. “La veneración por los mercados autorregulados, el desprecio por el sector público [podíamos leer no hace cuatro años en periódicos económicos nacionales de bandera la defensa de, no ya una Sanidad o una Educación no controlados públicamente, sino de la Justicia o el Ejército privatizados], y la ilusión falsa del crecimiento infinito” eran de pronto verdades incontrovertibles. Apelar a la intervención gubernativa en la economía o al ahora resucitado -aunque demacrado por el agotamiento de lo público- Keynes era cosa de perdedores. Sin embargo, no debemos olvidar sea cual sea nuestra ideología que unos de los padres de la economía liberal, Adam Smith, no sólo dijo aquello de que el interés particular era bueno para la colectividad, sino también que la admiración acrítica de la riqueza es “la causa más grande y más universal de corrupción de nuestros sentimientos morales” (Teoría de los sentimientos morales, 1759). O sea, que las grandes fortunas del Forbes, si cada vez son más exclusivas y boyantes, no son buenas para la colectividad, sino sólo para sus titulares. Opinión que no obsta para reconocer a Amancio en toda la extensión de su inmensa clase emprendedora y de gestión.

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