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Precios de la vivienda: miedo dan los datos USA

Tacho Rufino | 9 de mayo de 2011 a las 18:00

Suele darse por cierto que la crisis inmobiliaria en curso tiene no pocas características comunes en Estados Unidos (más bien Florida y California) y España: el crecimiento de la población entre 2011 2001 y 2008 de España (12%) y Estados Unidos (8%, pero aunque no disponemos de datos ciertos, es muy probable que las dos áreas costeras principales del Pacífico y el Atlántico americanos hayan crecido bastante más en número de habitantes), el volumen de nueva vivienda construida y, por tanto, la eclosión del crédito hipotecario son, en efecto, variables que se comportan de manera similar allí y aquí.

El ratio casas nuevas por habitante, que podría ser un indicador de cada burbuja, es sin embargo muy diferente: en el periodo de hinchazón y exuberancia (2001-2008, convengamos), en Estados Unidos se construyó una casa nueva por cada 23 habitantes; en España, una casa ¡por cada 9 habitantes! Podemos tirarnos a la piscina y concluir que la burbuja española tiene el doble de cubicaje que la americana. Evidentemente, otros factores –renta per capita, jingle mail o “ahí tiene usted las llaves”, situación de de partida de la crisis, tipos de interés, estructura productiva, inmigración– pueden matizar lo dicho.

Hoy, el Huffington Post (periódico on-line creado en 2005, con gran éxito, orientado a la agregación de noticias y blogs) ofrece un reportaje titulado “La caída de los precios de la vivienda [en EE.UU.] vuelve a ser la mayor desde 2008”. Si en 2008 la caída fue acentuada, podemos concluir que allí no han tocado fondo. El último ajuste de precios calculado es el del primer trimestre de este año, 2011, y es de un 3%. No podemos extrapolar la caída anual, pero es de temer que la reducción de precios (y la consiguiente pérdida patrimonial media de quienes tienen una vivienda, hipotecad o no) llegue a cifras de dos dígitos. El año pasado, casi tres millones de casas fueron embargadas en EE.UU., principalmente porque sus propietarios –llamémosles así– estaban, como le llaman allí, “underwater” (“bajo el agua”); es decir, su propiedad valía menos que la deuda que pesaba sobre ella. Tampoco cabe extrapolar esta caída al caso español. Ni generalizar a cualquier tipo de vivienda, claro es. Pero no son buenas noticias, son datos que no mueven a buenos presagios. Ni para los bancos, ni para los hipotecados, ni para los propietarios, ni para las empresas, ni para el patrimonio nacional que refleja la riqueza familiar entre otras cosas. Son buenos datos para quienes no pudieron comprar y esperan que la gente se dé de bruces con su imprudencia, o para quienes quieren ver a los bancos hundirse aunque eso tenga espeluznantes consecuencias para el sistema económico, o para quienes por definición asocian “constructora” e “inmobiliaria” a lucro excesivo y especulación. Aparte de ellos, hay otro colectivo, muy minoritario y muy poderoso, que también espera ulteriores caídas de precio: los que heredaron o acumularon y mantienen grandes fortunas, y están con la caña puesta en una laguna repleta de peces desesperadamente hambrientos. Las crisis, ya lo sabemos, producen nuevas y poderosas divergencias en la riqueza de la gente, que durante décadas ha convergido gracias a la redistribución fiscal. Al salir de ésta, cual sísifos del XXI, tendremos que volver a subir la montaña con la piedra a cuestas… o irnos directamente al carajo.

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