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Que quince años, o veinte, no es nada

Tacho Rufino | 28 de mayo de 2011 a las 12:53

LA OCDE está formada por los 34 países más prósperos del planeta, aunque aún no se encuentran entre sus socios China, Brasil, Rusia, India o Sudáfrica. España, Irlanda y Grecia sí tienen el carné. Es, por tanto, una club algo vetusto, con no pocos socios de rancio abolengo -pero pegados a la pared-, que se ve abocado a ofrecer la membrecía a nuevos ricos: la vida misma. Sin embargo, la OCDE se ha convertido en un think tank al socaire de la crisis; o al menos en un instituto de estudios planetarios de primer orden. Cuando su rival directo -el FMI estigmatizado por el optimismo infundado de los informes y pronósticos de la era Rato- comenzó a verle más partido a hacer oscuras previsiones que al tral-larí tral-lará de lo estupendo que era abstenerse de intervenir en los mercados financieros y lo bien que iba todo, le tocó a la OCDE el sambenito de “demasiado optimista”. Esta semana, sin embargo, la OCDE se ha vuelto a vestir de casandriano oráculo, y pinta un panorama de coco y huevo… particularmente para España.

El martes pudimos leer en El País a Ángel Gurría, secretario general de la OCDE, advertir a quien quiera escucharlo de las nuevas burbujas y tensiones en gestación. Si obviamos España por un instante, las previsiones de crecimiento de muchos países son buenas a día de hoy. Y esa paz de espíritu hace que pasen inadvertidas situaciones como la muy aparente burbuja de las empresas 2.0 (hace unas semanas Microsoft compró Skype por 8.500 millones de dólares, unas 400 veces más que lo que vende la compañía absorbida). O el preocupante recalentamiento económico de China y otros emergentes. O el hecho de que derivados, -opciones y futuros, productos financieros de difícil comprensión y complejísima estructura- muevan diez veces más dinero que todo el PIB mundial, cifra acongojante que se identifica como una de las causas esenciales del crash de 2008. La cifra no ha variado mucho desde entonces.

El jueves, la OCDE volvió a amargarnos el café con más presagios feos. En este caso, el dedo apuntaba a la piel de toro. La de arena -ésa es la buena, ¿no?- la da con sus pronósticos sobre nuestro crecimiento del PIB y la reducción del déficit. Aunque lejos de las previsiones del todavía Gobierno de Zapatero, España crecerá algo este año (0,9% del producto), y bastante más el siguiente (1,6%). Pero lo hará por el tirón de otras economías reventonas y las exportaciones. Nuestro problema crónico y enquistado, el paro, no variará mucho, e incluso empeorará. Eso dicen ellos, y muchos aquí los creemos. Las tareas de reducción del déficit, eso sí, han dado sus frutos, y si esas previsiones se realizan, se trata de muy buenas noticias. La de cal -cal viva- la dan al final.

Siempre según la OCDE, harán falta quince años hasta que España vuelva a tener la misma tasa de paro de hace quince años. ¡Quince años! Vaya por delante que quince años -como cincuenta- es tan largo plazo que resulta poco operativo para hacer cualquier análisis, por no decir que es una boutade: una frase llamativa e irresponsable. El secretario de Estado de Economía, Campa, reduce esa travesía del desierto a cinco años. Siendo Campa, a fin de cuentas, un político español, no difiere mucho una previsión de otra. A lo que vamos: el problema de España es el desempleo. Y el desempleo sin duda tendrá que ver con la facilidad para despedir y la actualización de los salarios al IPC, que es el argumento mantra: hay que facilitar el despido (o la legislación sobre contratación, lo mismo da que da lo mismo). Pero la España empresarial no ha reaccionado un ápice a la reforma laboral, porque todo parece poco aunque no sirva para nada. ¿Hay que seguir facilitando lo que nadie quiere hacer, dar empleo? ¿Hasta cuándo, o sea, hasta cuánto? ¿Y después?

  • Juan RU

    Estupendo… ¡pero la buena es la de cal, no la de arena!