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Improvisada polonesa ‘low cost’

Tacho Rufino | 30 de mayo de 2011 a las 23:58

Un vuelo en avión es un melón por calar, y más si uno despega o hace escala en un megaaeropuerto como el Madrid. Colas mal organizadas, abordajes “tonto el último”, nadie para atender dudas o reclamaciones, la camisa que no le llega a uno al cuello con el peso de la maleta y las dimensiones del equipaje de mano… cosas del low cost (¿llegará un día que esta expresión suene naif, por ser todo low cost para la inmensa mayoría de las personas?). Atrás quedan los tiempos en los que la gente iba a los aeropuertos casi vestida de fiesta, con Louis Vuitton colgado del brazo y otros toques de glamour. Los aeropuertos parecen a veces cuarteles, incluidos los servicios. Pero cuarteles desorganizados, y permitan el oxímoron. Uno, después del trance aeroportuario, se monta en el avión, y los riesgos florecen en el medio metro cuadrado que tiene asignado: un señor desaseado y odorífero a su derecha, un bebé que llora desesperado por algo que su pobre madre no comprende, un roncador severo –ése soy yo—a su izquierda. Hoy he tenido la inmensa dicha de tener en las dos filas de atrás a una legión de cazadores españoles que vienen a la frontera de Polonia y Lituania a matar bichos. Al salir del avión, mis conocimientos cinegéticos eran muy superiores a los que adquirí como aburrido secretario de mi abuelo de niño: guarros con sus cosas, realas desparasitadas, precios de los puestos con sus propinas, seguros de transporte, minutas de veterinarios… todo a voz en grito. Dos jóvenes polacos que compartían fila conmigo, una vez que habíamos intercambiado un par de palabras, me preguntaron si estos señores estentóreos eran españoles como yo:

– Sí, pero no todos los españoles gritamos tanto ni tanto tiempo.
– Es cierto que gritan –respondió el joven, que era natural de Lublin–, la próxima vez que vuele me traeré unos tapones para las orejas (algo sumamente recomendable en un avión, y más si usted viaja en low cost y no en Business Class).
– Buena idea. Son cazadores, y están que salen de la emoción.
– Ah, todos los freaks gritan. Menos los góticos, quizá… Como los fanáticos del fútbol, que gritan como vikingos por cosas estúpidas.
– Pues bien mirado –dije yo–, tienes razón. Son unos friquis importantes, estos señores maduritos. A otros nos da por otras cosas.

Siempre me ha llamado la atención lo altísimo que hablan los castellanos en los bares (y los aviones de Ryanair). En este caso sé la procedencia de los sujetos por “la licencia que pago de Castilla La Mancha”… “que es más cara que la nuestra de Castilla León”. Se nos atribuye a los andaluces la bulla y el griterío, y no digo yo que no, pero qué torrentes de voz tenían estos señores, qué pasión. La que han dado. Claro que, bien mirado, puede que el tono alto sea cosa de la condición de cazadores (menos cuando están en el puesto, ahí callan como arbustos). Habrá que investigarlo.

Ha sido irse Obama de Polonia y llegar yo. No sólo eso, sino que mañana, cuando llegue a mi destino, Cracovia, la pinacoteca donde suele estar “La Virgen dama del armiño” de Leonardo acabará de irse de vacaciones ¡a Madrid! Esto es lo que se llama ser un procrastinador, uno que siempre pierde por llegar tarde. Mañana escribiré algo aquí sobre el amor polaco a Estados Unidos y su inquebrantable adhesión a las causas militares de los americanos: en Afganistán fueron los primeros, y no precisamente a sitios fáciles, sino a los sitios más peligrosos. Nunca han piado con quererse ir. Pero no se sienten lo suficientemente reconocidos por los estadounidenses. Su historia está llena de sinsabores y abusos de los gigantones de su Este (Rusia) y Oeste (Prusia, Alemania). Aunque José Manuel, el bibliotecario de la Facultad, que es historiador y culto, me recordó que todos tenemos un pasado: los polacos también, y también han sido dantes cuando el venado estaba débil y a tiro: no siempre tomantes.

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  • No estoy en F.B.

    La generalización del fenómeno del bajo coste es otro ejemplo de la masificación de un consumo sin memoria ni futuro que a este paso va a acabar con el planeta, lo cual está a su vez vinculado a la desaparición de la clase media. Proletarios consumistas, a eso vamos. Muy entretenido el artículo.

  • Carmela

    Mejor descrito imposible.
    Antes la gente intentaba que no ser vulgar en los aviones e incluso algunos simulábamos ser más de lo que éramos.
    Igual pasaba al principio del AVE: ni un bocadillo de chorizo, ni una voz más alta que otra y respeto para no hablar con el móvil en los vagones.
    Ayer se “peleó” en el AVE(¿o le estaban “dando pasaporte”?) un ecuatoriano españolizado con su novia, durante más de veinte minutos. Era de esa nueva raza que no es humilde como sus padres y que “tiene deresho” a todo como muchos españolitos que no pegan un palo al agua pero con la mala leche/superioridad del que se siente inferior. En fin, estoy pareciendo carca… ¿o lo soy?