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Trabajadores de ‘call center': los nuevos obreros

Tacho Rufino | 9 de julio de 2011 a las 20:13

Pilar P. hace que el enganche al Facebook tenga una coartada intelectual. Los enlaces que cuelga son un privilegio aunque, como nada es perfecto, la mayoría de ellos son artículos en inglés, un idioma en el que está todo lo mejor y lo peor de Internet. Ella no cuelga fotos de sus hijos en la playa en la que, de paso, muestra lo ideal que se conserva la mami de los cachorros; tampoco, como quien suscribe, sucumbe a poner un pensamiento-exprés más o menos chorra en el cajetín a tal efecto. Para sus agregados, Pilar es una fuente de conocimiento, una difusora de información con propósito, eso que las nuevas teorías de Organización llaman una mula del conocimiento; dicho sea sin sorna, al contrario. Recuerda a esos literarios mayordomos ingleses que servían las tostadas al señor con el periódico ya subrayado al lado. Pero sin subordinación, sino de nuevo al contrario: enseñando la matrícula a sus agradecidos amigos FB. Pilar cuelga para quien pueda estar interesado hoy un artículo de la BBC titulado ¿Son los ‘call centers’ las fábricas del siglo XXI?. Aunque es extrapolable a otros países, el nuestro incluido, se refiere al Reino Unido, y en concreto a la transformación del paisaje industrial, con sus chimeneas y grandes fábricas: “La chimenea de la fábrica de la India Millen Darwen (Lancashire), sigue en pie. Cuando fue construida en 1867, era la más alta y cara del país, pero su sombra hoy cae sobre espacios de oficina más que sobre la maquinaria sobre la que antes caía”. Tradicionalmente, la estructura económica del Reino Unido ha recaído más en la industria que la nuestra, y eso ha sido particularmente cierto en etapas históricas en las que el valor añadido era muy superior en el sector secundario o industrial que en el primario (minería, agricultura, ganadería, pesca). De ahí la brecha de renta y crecimiento que se da entre los países que siguieron la estela de la Revolución Industrial inglesa y aquellos que, como España, siguieron concentrados en las actividades tradicionales (un dato: durante buena parte del siglo XIX, el producto interior andaluz fue superior al de regiones después industrializadas como Cataluña, e incluso la renta per capita… aunque con una distribución pésima en el caso andaluz). De hecho, en una opción perdedora, España alimentó con la lana sus cabañas ganaderas la incipiente industria pañera de los Países Bajos (por favor, lean El hereje, una de las últimas novelas de Delibes, sobre el intento reformista castellano, y sobre la división del trabajo en el Imperio del Siglo de Oro español y años posteriores): cuando éstos eran parte del Imperio español (que nadie se tome a mal la mayúsucula); o sea, se trata de una decisión de política económica de nuestros reyes, tan morriñosos de Flandes: Castilla para crujir a impuestos, para el espíritu, la austeridad y el retiro vital; Flandes para la industria, el progreso y la barriga cervecera… ¡cómo cambian los tiempos! ¡Cuántas mentiras sobre la supuesta productividad congénita de los pueblos!

A lo que íbamos: después de la Segunda Guerra Mundial, el 40% del PIB británico lo generaba la industria; hoy, sólo el 10% del empleo proviene del sector transformador. Se transforma en otros sitios: en Lancashire, Liverpool o Manchester lo que pita es el call center. Más personas han trabajado en call centers que en la minería en toda la historia. El obrero alienado y mera parte de la maquinaria de la película de Charlot Tiempos modernos (ver trailer abajo) ha mutado en el obrero enganchado a un teléfono y un ordenador, que atiende a clientes o propone nuevos servicios, tarifas o productos. Los inmigrantes ya no trabajan apretando tornillos ni, ay, poniendo ladrillos, sino que sufren “al aparato”: gente que en su mayoría piensa que ellos le dan el coñazo, homófobos de baja intensidad que bromeamos sobre los “jacobos” y “teresas” que en realidad se llaman Ahmed o Daisy María; horarios leoninos, presión extrema por los resultados. Las propias necesidades fisiológicas normales son controladas por los toilet monitors (vaya oficio…), que se descuentan de los cuatro periodos de quince minutos de descanso que tienen los operadores. Los nuevos obreros del XXI declaran que es el trabajo más frustrante que existe. En España, la gente con escasa cualificación se da bofetadas por conseguir uno de estos puestos… y también quienes sí lo tienen, aunque sea de forma en principio transitoria: un tercio de la fuerza de trabajo en call centers del Reino Unido son titulados universitarios (carezco de datos sobre el caso español). Esto, siendo un desastroso indicador laboral, presiona sin embargo a la mejora de las condiciones de trabajo en las fábricas de la telecomunicación de hoy. Estos obreros son más exigentes, aprenden más rápido, son más capaces de sustituir cantidad por calidad. (Quien no se consuela es porque no quiere.)

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