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José Luis Manostijeras, ‘in memoriam’

Tacho Rufino | 9 de enero de 2012 a las 20:36

José Luis ‘Manostijeras’
El verdadero asedio a nuestra economía vino desde un mundo exterior más espectral que el político: los llamados “mercados”

(En la entrada anterior mencioné el Anuario de Andalucía de Grupo Joly, y el administrador del blog tuvo a bien poner un link hacia dicha publicación en la palabra “Anuario“. El artículo que me encargaron (bueno, ‘me encargamos’, porque formo parte del equipo junto con el jefe Curro, Marta Ferraro  y José Luis Rodríguez del Corral) el año pasado es el que está aquí abajo. Por si a alguien interesa ver este análisis retrospectivamente. Por cierto, que el de la foto soy yo demasiado joven y jocoso, y me cambiaron mi bautismal ‘José’ por ‘Juan’, y hasta figuro como profesor de Administración de empresas, cuando con más propiedad lo soy de Organización. En fin, tonteriítas que quizá interesan poco.)

Juan Ignacio Rufino
Profesor de Administración de Empresas Universidad de Sevilla

(Diciembre de 2010) Pasados casi tres años desde que la crisis emergió, los peores augurios se han cumplido. El año 2010 será recordado –esperemos– como el de mayor amargura económica en décadas: una amargura macro, sobrevenida y global, que sólo parcialmente se ha extendido aún a particulares y familias. El Gobierno de España y, compelidas por éste, las más ‘silentes’ autonomías acabaron por entrar en vereda. El manos a la obra en política fiscal y presupuestaria comenzó en 2010. Y no hace falta apostar a que no ha terminado. Nuestras medidas de austeridad y recortes se forzaron desde el exterior político, han sido implantadas con tartamudez en el interior, se deben en parte al contagio griego e irlandés, pero sobre todo han sido urgidas ferozmente por el exterior financiero puro y duro, que ha acercado a la bancarrota a la tesorería nacional una y otra vez, con sucesivas reacciones del gabinete de Zapatero: obediente, pero balbuciente en la acción. Más bien atribulado por tener que desdecirse de todo lo que, con su peculiar forma de ser firme, había asegurado antes. Un papelón, y no menor para una ministra Salgado a los pies de los caballos, todo el año luciendo una sonrisa tan forzada como descompuesta. La prudencia y la lógica presupuestaria públicas –como la familiar y la empresarial– recetan que, ante la caída de ingresos fiscales por el parón de la actividad general, los gastos deban ser reducidos, sobre todo no existiendo la posibilidad del recurso al llamado multiplicador keynesiano: no es factible estimular la actividad mediante el aumento del gasto público inversor, porque sencillamente nadie lo va a financiar, y aumentar el déficit público con este propósito, en la vigente tesitura, es inaceptable para nuestros socios comunitarios.Se nos exige precisamente lo contrario, reducir la deuda y el déficit públicos: el huevo y la gallina. Por el lado de los ingresos –poco que hacer– subió un punto el IVA para lograr pan para el mes que viene y se redujo el tipo de Sociedades para muchas pymes, algo quizá testimonial. Lo más nutritivo fueron las sucesivas subidas de los Impuestos Especiales, menos sensibles éstos: se fuma, se bebe y se va en coche prácticamente igual. Veamos el lado de los gastos: el de los recortes, el de la austeridad. Se asegura que no sólo Merkel y Sarkozy, sino que también Obama y hasta Ju Hintao conminaron a España a recortar el presupuesto y remitir en el endeudamiento exterior: el “riesgo español” es proporcional al hecho de ser la novena o décima economía del planeta. Pero sobre todo está en riesgo el euro y la propia Unión Europea, otra gran novedad del fatídico año económico. Grecia e Irlanda son rescatables aun a costa de hipotecar su independencia en la política económica por largos años: España no lo es tanto, y además no tiene tanto peligro por sus ratios de deuda y déficit en relación con su PIB… pero los porcentajes dan menos miedo al mundo exterior que la posibilidad de un colapso euros que supondría varios cientos de miles de millones de euros en rescate. Por mucho que ni nuestra banca tenga los agujeros de la irlandesa ni las cuentas públicas sean de tan dudosa fiabilidad como las griegas. Con todo, el verdadero asedio a nuestra economía –y, por ende, la mayor fuente de apremio para que siguiéramos recortando gasto público– vino desde un mundo exterior más espectral y difícil de rastrear que el político: los llamados mercados, que durante toda la segunda mitad de 2010 han estado en la boca de gobernantes, locutores y hasta camareros como los perversos actores de una caza y captura sobre nuestra economía, una pieza periférica, una etapa intermedia que pretende dar alas a la gran caza final, la del euro.

El short-selling (venta corta) y los movimientos retroalimentadores de hedge funds y fondos de inversión danzando por el mundo a tiro de click son los culpables legales de una especulación financiera pura y ciega. Entre la realidad de la contracción de nuestras cuentas públicas, las exigencias de nuestros asustados socios europeos, y el lucrativo y dañino asedio de casino… Zapatero emprendió con su habitual optimismo el plan de austeridad español, consignado por fascículos a nuestros prescriptores. Lo primero, más fácil y más inmediato, bajar el sueldo a los funcionarios, y la congelación de los mismos y de las pensiones para 2011. Junto a estas medidas vino el fenomenal y automutilador recorte en Fomento (6.045 millones, después suavizados en 500 menos), la orden a las autonomías de reducir el gasto en 1.200 millones, o la anulación de la liberalidad electoral del cheque-bebé de 2.500 euros por nueva cabeza y la toalla tirada al ring que supuso el gran recorte de la Ley de Dependencia. Todo ello no fue suficiente para los mercados, que siguieron atacando al euro vía España, que tenía que volver a pagar enormes e hipotecantes primas de riesgo: “Tú, España, no eres de fiar, sobre todo porque yo estoy haciendo que no lo seas”. La primera entrega del Plan B vino en diciembre: privatización parcial de Aena, eliminación del subsidio a los parados de larga duración o subida de la luz. Los ayuntamientos, ¡peligro!, y en menor medida las autonomías, mueven poca ficha, más allá de silbar a la hora de pagar las facturas. En adelante –esto se escribe en diciembre–, ni Zapatero ni la gélidamente crispada Salgado volverán a negar “ulteriores recortes”, realizados al modo en que ‘Eduardo Manostijeras’ podaba el jardín. Esto sólo ha hecho empezar. La anorexia del Estado está servida. Efectivamente, como dijo Blanco tomando prestada una frase estándar del pop, “ya nada volverá a ser como antes”.

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