El ‘Caso del bacalao’ digital

Tacho Rufino | 20 de enero de 2012 a las 12:35

Un día un tipo con cara de leñador bueno me pide en Wikipedia que contribuya a sus gastos con la voluntad. El tipo es el creador y dueño de dicha enciclopedia libre. Ayer Estados Unidos bloqueó un sitio web de descarga masiva de películas, y la depresión ha hecho mella en no pocos. Cada vez me acuerdo más del Caso del Bacalao de Mortadelo y Filemón: la banda de Lucrecio Borgio inunda el mercado de bacalao a precio irrisorio, que la gente compra como loca. Paralelamente, los esbirros de Borgio compran toda el agua disponible, que revenden a precio de oro cuando la población empieza a tener una sed insoportable. A nosotros, a todos nosotros, adultos y no digamos jóvenes, se nos ha acostumbrado a la gratuidad en internet. Tenemos sed psicológica, lúdica y profesional de la red. El maravilloso universo de internet nos ha enganchado, mucho me temo que sin remedio ni marcha atrás. Para disfrutar de ese paraíso, de ese metamundo sin fronteras ni límites, hemos ido adquiriendo dispositivos electrónicos cada vez más variados e integrados: móviles de primera hasta enésima generación con alucinantes prestaciones, ordenadores fijos o portátiles, tabletas, routers y demás. Los precios no han sido disuasorios para casi ningún mortal. Ahora es difícil encontrar en mi ciudad un ipad2 o un iphone4; los chinos se pisotean a la entrada de los comercios por hacerse con un cacharro. Como el agua en pleno sequerón de bacalao: escasez del agua de los dispostivos y, ahora, escasez del agua de los contenidos para los dispositivos. Las redes de la almadraba se cierran alrededor de los millones peces humanos: ¡a vender!

La capacidad tecnológica instalada y móvil en nuestras casas hubiera sido considerada propia de una película de ciencia ficción sólo hace 15 años. Debemos alimentar esos activos con material de la red y juegos y programas de pago. Otro tanto cabe decir de nuestro síndrome de abstinencia detrás de la puerta: hay que calmar el mono incesantemente. Nos hemos hecho fragmentados y superficiales en la forma de adquirir conocimiento, y hasta puede que nuestros jóvenes tengan procesos neuronales distintos de los que teníamos nosotros con su edad. El pirateo y los anzuelos promocionales nos han enganchado sin remedio a tener de todo a cambio casi de nada. Ahora toca cotizar. Poco a poco, inexorablemente. Estamos delante –sin verlo– de un nuevo orden jerárquico entre las personas basado en la tecnología, el acceso a la información y, en el mejor de los casos, el conocimiento. Ciudadanos de primera, segunda y tercera en función de la calidad de la información que manejan en red: ¿tienes acceso al premium content de Financial Times tú? ¿Cuánto pagas al mes por prensa digital? ¿Cuántas películas puedes ver en stream a la semana con tu bono? ¿Tu Google es el gratuito que va lentísimo y es de rango limitado o el Google Jet? ¿Te tragas mil banners de publicidad al día o ninguno? La nueva forma de estatus es tecnológica. Mientras, Kodak muere.

  • Carmen

    Yo no pido ver una película gratis en mi ordenador, pido verla a un precio aceptable. Que hoy en iTunes me pidan 14 euros por ver cisne negro me parece una pasada enorme. Mientras la industria no este dispuesta a rebajar sus beneficios, no a dejar de tenerlos, insisto, y den precios en mi opinión abusivos, chapo (con tilde en la o) por las web de descargas ilegales.