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Pequeña teoría de los grandes grupos

Tacho Rufino | 20 de marzo de 2012 a las 15:54

Aunque el concepto de lo grande y lo pequeño es relativo a las circunstancias, los grandes grupos son disfuncionales, salvo para contados casos, como el de un batallón de infantería. Teóricamente, más gente en un grupo aporta a éste mayor riqueza a su funcionamiento y decisiones. Eso tiene un límite, claro está, porque los canales de comunicación se multiplican con nuevos miembros, y el peligro de que surja el síndrome de la jaula de grillos (copyright: un servidor) crece. Identificar un número óptimo de miembros para cualquier comité, comisión, grupo de mejora o excursionistas a Tierra Santa es ocioso. Depende del asunto, depende de las personas de que se trate y de sus compatibilidades, de los liderazgos formales e informales, de la abstinencia o la pesadez activa de unos y otros; de los vicios grupales, en suma, que son distintos cada vez aunque siguen pautas similares.

Hay gente que no pude estar con nadie más de unos minutos; hay quien se inhibe o hiperactúa –o sea, se pone pesado– entre grupos de más de dos personas; los hay dóciles y protestones; hay quien se toma un proyecto como un duelo de notoriedad o un torneo de propuestas irresistibles; otros hay que se convirtieron un día sin remisión en lobos esteparios, y ya no tienen cabida en asociación, hermandad, peña o club algunos. Hay quien se adapta y asiente por no hacerse notar; hay –por el contrario, nunca mejor dicho— pitufos contrarios que hacen del desacuerdo y el matiz una bandera. Por todo eso, los grandes grupos son siempre infra-eficientes.

Decidir por consenso es un mal menor que a ese mal menor político llamado democracia es consustancial. Pero el consenso o la mayoría de votos tienen en  la mayor parte de los casos una mala decisión detrás. Es decir, un consenso. Para llegar al consenso y poder tirar para adelante, en España decidimos (?) que entronaríamos a un rey, y creamos un poliedro autonómico superlativo, igualitarista y difícil de gestionar, coordinar y sostener. Por llegar a un consenso, la gente en sus viajes de ocio acaba yendo a sitios consabidos y nada estimulantes, si no directamente a quedos turísticos de manual. Los caudillistas defienden estas mismas cosas, en aras de la eficacia y la eficiencia: un buen conducator y todos marcando el paso a su ritmo. Yo no soy caudillista –ni de mi propia vida–, así que no comparto esta opción política, que cuenta entre sus seguidores a muchos inseguros vociferantes, y a muchos excursionistas del Imserso que bailan con mucho riesgo el “Follow the leader, líder, líder” (lo cual es más comprensible: paradójicamente, la mucha edad merma la autonomía física y, normalmente, la dineraria, por lo que ir a Benidorm en grupos de cuatro autobuses es una opción sensata para quienes pueden soportarlo). Pero soy consciente de que los grandes grupos no te llevan a ningún lugar único, maravilloso, estimulante, que propicie el verdadero descubrimiento, que quizá sólo puede venir desde el interior de uno. Eso sí, en política y gobierno de las personas y sus biotopos no hay nada más repelente que el caudillismo. Pero, por ejemplo para viajar, los grandes números son una china en el zapato y una garantía de mediocridad. ¿Que hay mediocridades muy ricas, convenientes y hasta divertidas? Eso también es verdad.

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