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Bankia y Rato, un gancho al hígado de Rajoy

Tacho Rufino | 2 de junio de 2012 a las 21:47

Rodrigo Rato era un claro delfín sucesorio de Aznar. Hemos dicho maliciosamente aquí en más de una ocasión que el entonces presidente del Gobierno –omnipotente entre sus huestes—prefirió designar a Rajoy con su dedo índice, por ser el gallego alguien más manejable, y paralelamente, con sus excelentes relaciones con el Estados Unidos de Bush Jr., conseguir colocar a Rato en un puesto inalcanzable hasta entonces para ningún español: la dirección del Fondo Monetario Internacional. Allí Rato ganaba poco (sólo unos 300.000 dólares al año), además alegó morriña y problemas familiares, y dio la espantá. ¿Destino? La presidencia del banco amigo, Caja Madrid, algo mucho más nutritivo para el bolsillo que la institución radicada en Washington, que es un muermo de ciudad comparada con el foro. Después, durante el proceso de fusión de las cajas, se confeccionó un patchwork con varias cajas afectas. La segunda de ella en tamaño era la siempre inquietante Bancaja, tocada de muerte por intoxicación como la propia Caja Madrid, como sin duda sabía hasta el bedel de las torres Kio, sede del frankenstein bancario que ha colapsado en el momento más inoportuno para el país.

Rodrigo Rato no ha dicho tener un verdadero problema –una quiebra de manual– en ningún momento. Ha cobrado sus apetitosos emolumentos, se ha paseado como un hombre muy poderoso y solvente técnicamente, a pesar de sus espantás y sus pésimos resultados como banquero. ¿Que heredó algo tocado de muerte? Eso lo sabía al asumir el mando máximo, y si no, se enteraría nada más aterrizar, porque tonto hemos quedado en que no es (muchos pensamos que tan listo como se decía, tampoco). Si conocía la dimensión del marrón y el engendro artificial y de altísimo riesgo que asumía al llegar a la presidencia de la entidad; si supo del riesgo y la imposible viabilidad del carro de papas que asumió, ¿por qué calló? Es un caso más que sospechoso de falta de responsabilidad y conducta directiva impropia (que dirían en Estados Unidos). No de negligencia, no.

Pero lo de ayer de Rato es ya para llamarlo a capítulo, no ya desde Génova, sino desde el Parlamento o desde la Justicia. Reproduzco sus palabras, que son un Perogrullo contable, pero contienen dardos de soberbia impresentable contra su propio jefe, Rajoy: “El plan de capitalización va a dejar al grupo en una magnífica situación financiera, pues es una inyección brutal de fondos para que la sociedad incremente sus provisiones de forma notable, pero desgraciadamente ello se hace a costa de fondos públicos (2% del PIB) y causando un grave perjuicio a los actuales accionistas de Bankia, pues el efecto dilutivo va a provocar una enorme caída en la cotización”. Los términos delatan su desmarque de la intervención de Rajoy y De Guindos: “Brutal”, “desgraciadamente”, “grave perjuicio”, “enorme caída”. Qué mal amigo. ¿Cuál era el plan de Rodrigo Rato? ¿Seguir cobrando y silbando mientras se maquilla de cara al público el cáncer terminal de la entidad? No sé si lo que voy a decir lo ha dicho alguien ya, y creo que me arriesgaré a ser alarmista (si es que cabe hablar de alarmismo con la manta de leches que nos arrea la realidad cada día): ¿Es Bankia la tumba de Rajoy?

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