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La ‘intraeconomía’ y los gurús de barrio

Tacho Rufino | 24 de julio de 2012 a las 15:53

Muchos comienzan a leer a economistas o analistas económicos de renombre que hacen las cosas fáciles, es decir, explican la situación sin necesidad de disuadir la lectura a los más o menos profanos (sobre el fiasco y la pose de la economía en la práctica –la política económica– escribimos aquí algo hace sólo unos días). Hace cuatro años, un artículo sobre las relaciones entre el tipo de interés o el tipo de IVA y la demanda interna o la inflación, un debate entre austeridad y crecimiento, o una propuesta sobre cómo hacer una política expansiva por medio de los presupuestos generales del Estado hubiera sido todo menos una prioridad o algo apetecible para esos muchos, ésos que ahora leen a Xavier Vidal-Folch (lo recomiendo vivamente), a Paul Krugman, a Joseph Stiglitz, a John Müller (español a pesar del nombre), al inextricable, ultratécnico y muy disuasorio Guillermo de la Dehesa; a mi compañero Joaquín Aurioles, a Nouriel Roubini, a Martin Wolf. Surgen también analistas que, con sentido común, posicionamiento ideológico y/o opinión y unas briznas de arrojo dicen lo que piensan sin que le quemen en los dedos las macromagnitudes, las opciones de política económica o los porqués de la evolución de la prima de riesgo, esa zorra invisible y depredadora.

También hay gurús de andar por casa, gente sin formación económica académica ni capacidad de obtener resonancia en los medios que, sin embargo, dicen verdades como puños, mucho mayores y más certeras que las que disparan sin cesar y a botepronto tanto tertuliano hartible y amargante. Salvo chuflas, cometarros y charlatanes, y también exceptuando a los ultraprevisibles con credo inamovible (con sus dosis de ideología inyectables), los espontáneos suelen ofrecer mucha enjundia en sus opiniones, en muchos casos más que los propios peritos y sabios. Por ejemplo, soy un fanático de los comentarios que los lectores hacen a las noticias económicas. Lamentablemente, en nuestro país es demasiado frecuente encontrar a cabestros atrincherados en un apodo, que llenan de mala leche las pantallas sin aportar a los demás nada. Onanistas con careta que disparan veneno con cerbatana. Pero hay medios, como The Economist, en los que, siendo apetecibles (lúcidos, libres, pertinentes y rigurosos pero ligeros) los artículos, los comentarios de los lectores incluyen perlas muy valiosas. Razonamientos fundamentados, que apoyan o rebaten lo escrito en el artículo, a veces con ironía. Nunca vómitos de cinismo, odio o resentimiento, tan habituales aquí.

Y después está la intrahistoria económica, la intraeconomía que podríamos llamar con permiso de Unamuno, esas gentes de cercanía erigidas en dolorosos entendidos de la implacable y salvaje realidad que vivimos, el decorado más corpóreo pero desapercibido de ésta, la Gran Crisis. El autónomo que abre todos los días a las seis menos cuarto el bar desde hace tropecientos años, que pensaba haberse jubilado pero que va entendiendo que no va a poder, a pesar de los dolores de espalda, las varices y una depresión corrosiva y no diagnosticada. Un hombre que, justo en la puerta de salida a la paz y el bendito (?) aburrimiento, hace cuentas y ve que ni siquiera puede permitirse el lujo de irse quince días de vacaciones, y empieza a no tolerar la presencia del prejubilado que, con menor edad que él, es mantenido desde la más tierna madurez por todos los cotizantes, empezando por él. O el empleado que siente náuseas todos los días cuando se acerca a la oficina por la mañana temprano, temiendo que el ERE esté ya allí, o peor, su despido particular. La cantidad de gente que nos evitarán en alguna medida la impagable sensación de plácida hecatombe del barrio en verano –ese desierto del que disfrutan los tipos raros–, porque sus cuentas le dicen que gastar en veranear es quemar músculo, y que veinte o treinta euros de ganancia neta al día dan algo más que una piedra.

  • Genaro

    Magnífico artículo Tacho, quizás deberías recomendar también leer a Santiago Niño Becerra.

    Por cierto, la foto ¿es el speaker’s corner de Hyde Park?