¿Quién da la vez? » Archivo » Una teoría del desahucio

Una teoría del desahucio

Tacho Rufino | 14 de noviembre de 2012 a las 12:01

Quién le iba a decir a ella que a los cuatro años de tomar posesión de la casa de sus sueños –de sus sueños más realistas: un piso de 90 metros cuadrados en un bloque surgido de un erial— se iba a ver convertida en una marginada social, y con visos de serlo de por vida. Cuando comenzó a pintar cada habitación de un color –celeste para su hijo, albaricoque para el saloncito, el fallido pistacho de la cocina–, cuando clavó espiches y colocó estanterías, cuando llenó los espacios a su gusto tirando en proporciones desiguales de trastos heredados, de tersos y muy fungibles muebles tenidos por suecos y de los productos de sus redadas de escombring por la ciudad (cuy0 mayor trofeo era sin duda una cómoda de caoba que alguien tiró a una cuba quién sabe por qué). Cuando comenzó a dotar a su casa de gas natural y de televisión por cable, como quien alimenta a un bebé sintiendo que será suyo de por vida.
Su historia, que no por consabida y generalizada era menos dolorosa, pasó por el despido, el agotamiento de las prestaciones decentes y la pelea por conseguir las ayudas menos decentes, además de por las chapuzas a domicilio, pocas y mal pagadas salvo por los cuatro amigos de mejor corazón. Los intereses rampantes, los avisos, los requerimientos, las amenazas, las intimidaciones telefónicas, la orden judicial; el pelotón de desahucio, por fin. A la calle. Búscate la vida.
Cuando miles de historias como ésta comenzaron a crear la alarma y a difundir la vergüenza por todo el país, los políticos reaccionaron, e incluso la propia banca reaccionó. La credibilidad moral de su reacción es en ambos casos nula: la ley hipotecaria que permitía cláusulas que suponían la crucifixión del moroso no había sido puesta en duda hasta que el odio hacia ellos –políticos y bancos— no se cirnió peligrosamente sobre su propia existencia, no sólo su existencia como tales instituciones sociales, sino la que atañe al mero rebanamiento de sus cuellos impolutos. Los suicidios de algunos desahuciados fueron el detonante: ¿qué no puede hacer un suicida sin esperanza ninguna antes de apretar el gatillo o saltar por la ventana desde el taburete? Una ley hipotecaria injusta, desfasada, abusiva, que sobreprotege a los bancos y permite con pasmosa rapidez –en comparación con otros procesos judiciales— poner a una familia de patitas en la calle sin ninguna alternativa habitacional. Y con una deuda de por vida. A la puta calle y con la soga al cuello para siempre. El poder judicial y la fiscalía pusieron pie en pared: es duro tragarse el sapo de no tener medios para casi nada y estar todo el día dedicados a hacer de cómplice obligado de los intereses de los niños mimados –los viejos blindados— de una sociedad repentina y terriblemente injusta.
Es cierto que a nadie lo obligaron a firmar. Aun así, las cláusulas abusivas y los intereses de mora en crecimiento exponencial no eran precisamente cosa del incauto, llevado en volandas hacia su ruina demorada por gobernantes y bancarios que no paraban de estimularle a ir al notario a firmar la hipoteca, sobretasada y exagerada para un normal valor de uso de un sitio donde vivir. La pasión nacional por la propiedad hecha ladrillo puso la rica pimienta a un entramado llamado a explotar.
Ahora toca parar los desahucios, y decidir qué hacer. Como principio uno (el cero es parar cautelarmente todo desahucio), no se puede incentivar la suspensión de los pagos entre unos hipotecados cada vez más apretados y potencialmente insolventes. “Si ese no paga y se queda, yo tampoco pago y también me quedo”, cabría decirse: microeconomía de andar por casa (nunca mejor dicho). En un país de pícaros, y encima de pícaros asustados, hay que hilar fino para volver a regular la posición de cada parte, sus deberes y derechos. No se puede castigar al que paga religiosamente su cuota mes a mes, haciendo malabares en las finanzas personales y privándose de muchas cosas. Por una vez, la gente que no chupa cámara ni recursos públicos a lo grande podía sentirse protegida por quienes están llamados a ello: los políticos en ejercicio de gobierno (nacional, regional, local).
Algunas entidades bancarias se sienten ahora –¡oh casualidad!—socialmente responsables y financieramente innovadoras. Bien está si bien acaba… o al menos se palía la locura y se echa un cubito de agua en el gran fuego social en curso. Un ejemplo: permitir la dación en pago de quien iba a ser desahuciado, de forma que se queda en su casa (suya… o más bien ya del banco), siempre y cuando firme un contrato de alquiler y pague la renta mes a mes. Si el inquilino –antes propietario– lo desea, en un plazo por determinar –¡negociar!—podrá recuperar la propiedad de la casa, ya que el contrato de alquiler es “con opción a compra”. Hay que ver cómo entona el personal bancario y político el ¡eureka! del descubrimiento innovador cuando ve las aguas muy revueltas y ya cerca de su cuello.

(Hace unos años, en abril de 2008, escribí un cuentecito jugando a visionario sobre este asunto, Gutiérrez, año 2011 (pinchar aquí). Aquella visión era más arcádica de lo que la realidad ha demostrado ser. Sin embargo, quién pudiera haber parado su mano firmadora, o quién pudiera darle al botón del rebobinado para no haber comprado aquello que compró, tan sobrevalorado, sobretasado y sobrehipotecado.)

(Para aquellos que sigan este blog, y que por tanto habrán echado de menos el post positivo del martes pasado y también el de ayer, valga esta entrada a la postre positiva –todo lo que se puede– como compensación de mis deberes no hechos.)

  • Marina Otero

    Cuánta razón cabe en solo unos párrafos, que por cierto nos recuerdan nuestros orígenes de El Buscón y Lázaro! Esto me hace pensar en una metáfora que usaba Galbraith para explicar el capitalismo; comparaba el modelo con un escarbajo, insecto que según las leyes de la física elemental -dada su estructura, peso y dimensiones de sus alas- sería incapaz de volar, pese a lo cual, vuela, y justo por ello se convierte en un animal feliz pero inseguro. Así es el sistema capitalista, afirmaba, y así estamos la mayor parte de los españoles : hipotecados, mal llegando a fin de mes, muchos de nosotros en paro, reinventándonos en un futuro incierto, y soñando con “brotes verdes” para evitar que algún día el banco venga a reclamar “su casa y su dinero”, en fin, felices pero inseguros… Quién da más?

  • Ravenous

    Me ha gustado mucho a pesar de lo trágico del asunto. No viene mal la literatura para contar historias tan crudas y tan poco de ficción. Totalmente de acuerdo en que pedir la dación en pago para cualquiera es pura demagogia. Muy peligrosa como toda demagogia que pretende decidir sobre las rentas de otro, también las de los bancos.

  • lalo

    Tacho aunque algún pillo se beneficie , las medidas tienen que ser amplias, cambiar la ley y pedir responsabilidades iguales a todas las partes no solo al débil, no podemos empezar a buscar la solución pensando quien nos engaña, por que termina siendo como el sistema fiscal español, alto “por que todos engañan”, y el que no lo hace jodido y el que lo hace con anmistia y sin perseguirlo, el drama del desahucio parado de forma radical ( un político nacional decía que con las perdidas del dia de huelga se paralizarían la mayoría de los desahucios, estoy seguro que todos trabajaríamos dos días extras contentos)

  • Ana

    Siempre que leo o veo algo sobre los desahucios y sus culpables, echo en falta que se incluya a los notarios, ¿acaso no es deber suyo asegurarse de que quien firma entiende qué está firmando? En mi experiencia personal, dos hipotecas avaladas, una hipoteca y una póliza de crédito, sólo en esta última el notario me explicó qué firmaba y qué consecuencias tenía en caso de incumplimiento. En las tres hipotecas, nada de nada, un par de minutos de lectura rápida, a firmar, y a pagar.

  • Basilia

    Estos dias sale mucho en la RAI un anuncio de un banco italiano y cada vez que lo veo, me ahoga la indignacion. En el anuncio vemos una familia felicisima, todos con el cabello castano claro, 2,44 hijos, equivalente al coeficiente de reemplazo mas uno fruto de
    la esperanza y el bienestar. Viven en un barrio ideal, lleno de arboles, con una temperatura constante de 22 grados centrigrados, dentro y fuera de su maravillosa casa ajardinada. Van todos juntos al banco, en un gran coche que no contamina ni hace ruido, donde los recibe un empleado tan carinoso que parece el padrino de los ninos. Me da la sensacion que, incluso, les ragala un huevo kinder, pero no estoy segura. Al final sale una especie de papa noel recien afeitado, el presidente del banco, que nos habla de confianza y entrega al cliente. En sus ojos brilla una lucecilla bondadosa, como esa que le ponian a los martires cristianos en la pelicula de Ben Hur.
    Y, como digo, cada vez que lo veo, me sofoco, me entra una cosa como de anarquista nihilista y muy malas ideas.
    Y mi indignacion no es porque estos malditos quieran hacernos creer que es nuestra avaricia, y no la suya, la que ha provocado este sufrimiento. No es porque veo en Internet imagenes que parecen Santiago de Chile 1973, pero son Madrid 2012. Tampoco es por todas las personas honestas que se compraron una casa (como podieron pensar que tenian derecho!!!!!) y ahora se suicidan… Tampoco es por el ambiente feudal en el que viven tantas familias, esperando que los secuaces del Conde vengan a quitarles su casa, su cerdo y su saco de trigo.
    Creo que la indignacion es porque, en el fondo, se que el empleado sonriente y el presidente con cara de papa noel, despues de darles el huevo kinder, llevaran a los ninos a la trasera del banco y…no quiero ni pensar lo que les haran!!!!