Nadie, ni Chipre, es hoy poca cosa

Tacho Rufino | 25 de marzo de 2013 a las 12:18

COMO usted, yo sabía de Chipre hasta la semana pasada lo mismo que de Siria hasta hace un año: poco; y nada relevante. De allí no podía llegar aquí nada malo. Confieso que daba por cierto que en su bandera había un ciprés; “por eso se llama Chipre”, aventuraba. En realidad, su nombre viene de cobre en latín, cuprum, metal del que hubo allí en abundancia, al parecer. Hoy ese cobre, la moneda, está sometido a una zozobra brutal que amenaza la vida del Estado chipriota y de sus personas. Y salpica muy directamente a un buen montón de rusos que tienen allí sus dineros con gabardina y gafas de sol: más de 20.000 millones de euros en depósitos, la quinta parte de todos los depósitos vivos en bancos chipriotas… y el doble del rescate que el Eurogrupo iba a concederle antes de que los trastos volaran. Porque conviene hacer notar que Chipre es un paraíso fiscal, más o menos como lo es Luxemburgo: paraisillo fiscal, de los que lo son pero por lo bajini.

Sin embargo, el enmarañamiento de las relaciones económicas, particularmente en Europa, y la rapidez de acceso a los datos y a las novedades hace que esta semana todos seamos un poco más chipriotas. Y podemos pensar en Chipre, opinar sobre Chipre: el miedo a ser contagiados por la implosión y posterior explosión económica de esta isla con menos habitantes que la provincia de Cádiz nos ha hecho, no ya documentarnos sobre las glorias chipriotas, sino por su economía y su capacidad de emporcar a toda la Unión Europea y hasta al universo mundo: quizá el detonante del estallido final del engendro que está resultando ser la Unión Europea en su historia más reciente sea esta isla mediterránea. Hace ahora una semana hemos saboreado un miedo renovado al saber de la bancarrota de sus bancos, del lacerante castigo al ahorro de las personas urgido por Alemania et alii a cambio de un rescate comunitario, de la insurrección de muchos de sus habitantes, de la geopolítica en estado puro, o sea, de la nueva guerra Alemania-Rusia. Una guerra algo más que financiera. Hemos conocido de primera mano y continuamente negociaciones, análisis, opiniones de analistas exteriores y de analistas de a pie de Nicosia, de habitantes sorprendidos, apurados, asustados, indignados, rebelados.

El domingo pasado, Santiago Carbó titulaba un artículo de urgencia en la página 2 de El País así: “Experimento con gaseosa chipriota”, pero en realidad la gaseosa estaba cargada con trinitotolueno, como de hecho avisaba Carbó: la decisión del núcleo duro comunitario de usurpar parte del ahorro de la gente a cambio del rescate era un experimento, como mínimo, raro, y con enormes riesgos de efecto dominó fuera del país rescatado. La viva imagen de los riesgos de la globalización; tan financiera, tan promiscua y de casi imposible trazabilidad. En estos momentos que esto se escribe, jueves, el Eurogrupo está tomando una decisión para desbloquear el rescate. A nadie le interesa el petardazo, creo, ni a los halcones dolientes y crueles que conforman un porcentaje de los alemanes. No creo que la decisión hoy sea más que una patada a seguir, y arriesgo no retocar este texto al acabarlo. [Esto se escribió el jueves 21 de marzo]

¿Y a España, qué le puede pasar? Gracias a un más que notable trabajo de dos años de Guindos para no entregar las llaves del país, de momento, nos ha llegado la marea y ha hecho un daño limitado sobre la prima de riesgo. España ha podido refinanciarse con cierta holgura; eso sí, con un sobretipo que los inversores no han dejado pasar. A España esta convulsión le sobra. No nos vayan a aguar la recuperación que hace dos meses pronosticó Botín para final de año, que repronosticó González de BBVA hace una semana, y que ha reque pronosticado Alierta de Telefónica esta semana. Yo, en esto, creo a los tres mosqueteros.

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