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Compasión por el chivato

Tacho Rufino | 13 de mayo de 2013 a las 13:33

EL chivato siempre ha tenido muy mal cartel. Un arquetipo social que aprendemos a repudiar desde niños. Delatar a alguien al profesor era considerado por casi todos un acto ruin, que debía ser ocultado por el soplón para preservar su seguridad en la clase. Además, el chivato corría el riesgo de que el propio profesor lo censurara, o al menos lo despreciara de manera más o menos explícita. Somos más indulgentes con los chivatos cuando gracias a ellos se captura a criminales. Los confidentes, por eso, son tan repelentes como ecológicamente útiles, como puedan serlo las moscas, los animales carroñeros o las ratas. La literatura y el cine están repletos de temblorosos, atormentados y repelentes personajes que espían o cuentan secretos de otros, como Wiesler, el agente de la Stasi en la excelente La vida de los otros. Hay un tipo de chivato, variante bruja mala, que difunde falsedades o muy dañinos augurios sobre la honra o la hacienda de la gente. Un caso claro es el del inglés Daily Telegraph que ha sacado esta semana en su portada digital esta bomba: “España es oficialmente insolvente” [lo sabe el FMI, dicen, pero no puede decirlo públicamente], y recomienda sacar el dinero de aquí cuanto antes. Qué lindos.

El Estado menguante también se apoya en los chivatos por necesidad. “Mi vecino del cuarto izquierda no está dado de alta y vende bicicletas usadas”, “Gracias, le perdonamos el 15% de su multa”, “El 25″, “El 20 y no se hable más; firme aquí y lárguese”. Necesitamos recaudar, pero durante los años felices los supervisores perdieron la costumbre de hacer su trabajo, a lo que hay que unir que fueron poco dotados porque los impuestos entraban a espuertas en las arcas públicas. A falta de capacidad de control, buenos son los soplones.

La Comisión Nacional de Competencia (CNC) se apunta a este atajo recaudador. Este fin justifica estos medios. Según hemos sabido esta semana, la CNC va aplicar con más ganas una normativa de 2007 que establece que a los delatores de prácticas de cártel (acuerdos de manipulación de la competencia) se los tratará bien. Lo llaman “programa de clemencia” y consiste en perdonarle las sanciones personales a los ejecutivos que canten las trampas de su empresa y sus compinches. Gracias a los delatores se han recaudado 400 millones desde 2007. Trasuntos ejecutivos de Ray Liotta, ya barrigón y retirado por la policía con otra identidad al medio de la nada tras vender a sus padrinos en Uno de los nuestros: “Soy un don nadie, y me moriré siendo un don nadie”. Chivato, pero vivo.

  • Rosa

    Genial siempre. Gracias.