¿Quién da la vez? » Archivo » La almadraba de la gratuidad

La almadraba de la gratuidad

Tacho Rufino | 22 de julio de 2013 a las 14:28

ATRÁS quedan los tiempos en que las operadoras regalaban los teléfonos móviles. Quien más y quien menos tenía varios terminales de repuesto en casa, acumulados casi por castigo. Lo gratuito -el balde- es una gran pasión nacional. Uno va a una feria de productos serranos y se apresta a asistir a combates de gladiadores por un trozo de una morcilla que nunca se comería en casa ninguno de los contendientes. He visto a jóvenes zamparse sin respirar cuatro latas de bebida euforizante sólo porque los regalaba una señorita en la puerta de la facultad: “Usted así no me entra en clase, caballero”, le entran a uno ganas de decirle. El anzuelo de lo gratis se acaba clavando en nuestro ávido pescuezo. Y así, con un Nokia o un Motorola sin coste, enfilamos nuestra senda digital, nuestra gran adicción de por vida, y no digamos la de nuestros hijos. Con júbilo, hacia la modernidad. Pero no. Tarde o temprano, hay que pagar de una manera o de otra.

Los terminales ya no son gratuitos, una vez que sólo los irreductibles por convicción o por ser hermanos del puño carecen de un smartphone con conexión a internet. Todo el mundo tiene una tarifa más o menos plana que por lo general no coincide con la forma de pago y condiciones de ninguna otra persona cercana, otra cosa llamativa. Que una familia pague entre cien y doscientos euros al mes para utilizar el embriagador artefacto es normal. Todo el mundo tiene mensajería instantánea gratuita, el whatsapp: ¡Hay que ser memo para seguir pagando SMS! Pero tarde o temprano, lo que se obtiene sin mover un dedo acaba mostrando su cara oculta. Normalmente, en forma de dinero. Acabaremos pagando por el whatsapp u otras futuras aplicaciones adictivas todos, una vez que estemos bien atrapaditos en la almadraba digital, en la que se entra fácilmente, pero de la que raramente se sale. Esta semana hemos sabido que la última actualización (en las actualizaciones te la endiñan, o te conviertes en una australopiteco marginado si no las suscribes) de whatsapp va a ser de pago. Es posible que esto ya existiera y que los ingenieros celulares de la universidad de la vida, que tanto abundan, tengan mil ofertas, posibilidades y pirateos muy convenientes; pero el juego ya hay que empezar a pagarlo. Poco, pero a pagarlo. Y a darle a alguien que no ves tu número de cuenta corriente y otra batería de datos privados. Primero fue gratis el hardware, el teléfono físico; después lo será el software, las aplicaciones. De cero coste a coste permanente, en un país, además, con tarifas de móvil desquiciadas. Un mundo gratis es un mundo traicionero. ¿O es que la policía es tonta?

No sólo pasa en la telefonía. Internet y el gran traficante de contenidos ajenos llamado Google han creado una inmensa legión de adeptos al balde. En la futurista Blade Runner (1982), Harrison Ford lee un periódico todavía en papel con fecha de 2019; en eso no cayeron Philp S. Dick o Ridley Scott. Pero usted quizá lea esto en una edición digital de este periódico. No paga por ello. Ya los grandes medios comienzan a cobrar. En el camino, no pocos diarios han sucumbido al bajonazo de las ventas propiciado por la lectura gratis en internet. Resiste el grande mejor, y no necesariamente el grande es el más independiente, qué va. En las crisis, sean sectoriales o generales, se produce una concentración peligrosa para el mercado y, sin ánimo de ponernos graves, para la libertad. Muy bonito el sin coste mientras duró: ahora viene el duro low cost, y la segregación de usuarios en función de su bolsillo. Al final, habrá menos riqueza informativa y más concentración del poder. A no ser que usted crea que internet es sinónimo de libertad, y que “tú te haces tu web y llegas al mundo”, junto con otra miríada de pequeños independientes. Una bella utopía digital y globalizada. Otro quedo.

Los comentarios están cerrados.