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Los vigilantes de la morralla

Tacho Rufino | 5 de agosto de 2013 a las 12:40

LA tecnología propicia mejoras en la calidad de la vida de la gente, pero a la larga, en muchos casos, la confusión del fin con el medio pervierte la función de los dispositivos que teóricamente nos ayudan a vivir con mayor comodidad: el teléfono móvil es una condena utilísima, por ejemplo, y su función de propiciar la comunicación inmediata acaba diluyéndose en un uso adictivo y compulsivo del que es difícil sustraerse.

La cibernética, o sea, la regulación de los mecanismos tecnológicos, puede ser, igualmente, tan útil como perversa. Los robots y el dominio de las máquinas sobre los humanos han inspirado cientos de novelas y películas. Por eso los humanos, salvo los malos de la película, solemos preferir el poder de las personas sobre las máquinas que la viceversa, al menos en última instancia. Y sin embargo, eso tampoco funciona siempre, porque las personas somos débiles, corruptibles y potencialmente dementes. El caso del maquinista del tren de la reciente tragedia de Santiago de Compostela -“el único cadáver que quedó con vida”, según José Luis Alvite- es un ejemplo sorprendente de cómo un gran mecanismo tecnológico puede estar en manos del estado físico o de ánimo de un individuo, y con ello la vida de la gente (que la legión de defensores de la tan manoseada presunción de inocencia disculpe la referencia). En el ejercicio de la gestión política, del poder, también resulta sorprendente cómo no existen verdaderos sistemas de regulación y control. Formalmente, haberlos, haylos, pero no son eficaces. A la vista está, lastimosamente. Lo de este país no es normal: éramos un país sumamente corrupto, pero no lo sabíamos bien; el recalentamiento económico evaporaba las golfadas, e incluso, es de temer, las insertamos en nuestro ADN de tanto respirar sus efluvios. Nadie controló casi nada en la administración de los dineros públicos; de hecho, los encargados de vigilar y controlar han sido -de nuevo con permiso de los beatos de la presunción de inocencia- a la postre los primeros vivales, y la pléyade de interventores y vigilantes oficiales ha resultado ser en demasiados casos un paripé orgánico como la copa de un pino. Un fraude estructural.

Ahora, la Justicia se erige como el verdadero bastión último de nuestra democracia. En otro tiempo, la intervención del Ejército hubiera gozado de la coartada de los impotentes del “Vivan las cadenas”. Ahora, a pesar la lacra de la lentitud consustancial a su falta de dotación económica, la administración de Justicia en España emerge como la única esperanza de control sobre el natural laxo y trincón del español de cualquier latitud. Y no sólo en España. Aun así, los jueces y fiscales son ahora mismo nuestra única esperanza.

Berlusconi, un golfo con poco maquillaje, ha sido condenado inapelablemente por primera vez. Su condena es de cárcel, aunque su inhabilitación -¡miracoloso!- va a ser revisada. Algo huele a podrido en Italia. Pero igual o mayor es el tufo español. A uno, como seguramente a usted, le resulta evidente la connivencia de la alta política en el poder en el caso de los ERE y en el caso Bárcenas. Sin embargo, no sólo los medios de comunicación mamporreros jusitifican todos los mangazos, de una forma que produce no ya desconcierto, sino desazón y desesperanza. Porque no ya periódicos o cadenas, sino millones de personas, son capaces de seguir votando a quienes claramente han robado. Los robos de los míos no son tan robo. Berlusconi tiene el respaldo de diez millones de votos. ¿Qué pensar? ¿Qué preguntarse? O, en fin, ¿adónde huir?¡A la playa! ¡Todos!

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