El muy ideológico asunto de las becas

Tacho Rufino | 29 de septiembre de 2013 a las 20:00

EN este país, ser de izquierdas o de derechas se parece mucho a ser hincha de un equipo de fútbol, al que defiendes sin ambages y con pasión ante los rivales, y que sólo te permites criticar en privado entre tus correligionarios. A pesar de la mixtificación que se produjo entre ambas concepciones políticas en aquellos tiempos que siguieron a la Guerra Fría, en los que el bienestar social anestesiaba gozosamente a la ideología en el mundo más desarrollado, Norberto Bobbio-un socialista liberal, precioso término acuñado para él mismo- nos recordó en un pequeño libro (Derecha e izquierda, 1994) que la clave para diferenciar ambas posiciones es el concepto de “diferencia”, que no es exactamente el de la desigualdad, pero es su prima hermana. Según Bobbio, y dicho en corto, ser de izquierdas es esencialmente creer en la necesidad de combatir la desigualdad, mientras que ser de derechas es creer que la desigualdad es el estímulo del progreso personal y social. Y en esto España también es peculiar y única, y no debate la dialéctica política en estos términos, sino en otros más pret-a-porter y ajenos a la reflexión exigente, de manera que uno de izquierdas será típicamente partidario del matrimonio gay y de la libertad de decidir sobre el propio embarazo, rechazará la energía nuclear por principio y creerá en la necesidad de una Universidad pública poderosa. Y viceversa uno de derechas: el aborto es un crimen, el matrimonio es cosa de hombre y mujer por Ley Natural, y la energía nuclear es la lógica solución a nuestra condición de isla energética. Así semos. En lo tocante a las becas de la Universidad, a su recorte y a las notas mínimas para obtenerlas, también funciona la bipolaridad, tan nuestra. Huelga decir que con excepciones, pero lo diremos.

Uno tiene la percepción después de varios meses desde que el proyecto de reforma de las becas del ministro Wert desencadenó el debate, que quienes se reconocen o son por mí reconocidos como “de derechas” apelan a la “excelencia” o al “mérito” como “valores” por los que regirse (dejemos de lado que no hay nada más peligroso y falso que un “valor” oficial, y normalmente arrojadizo, sea en forma de espada de cruzado o de cómodo precepto moral al que adherirse). Por su parte, la izquierda apela en este asunto a la “redistribución”, a la “solidaridad” y a la “movilidad social”. Y ahí empezamos a hundir, con un nuevo pretexto, las piernas en la tierra mientras blandimos los respectivos garrotes. De paso, los primeros denostarán por principio a la universidad pública por anquilosada, endogámica e insostenible, y los de enfrente -según se escupe, a la izquierda-, la defenderán por posibilitar que el hijo de un jornalero pueda acabar siendo graduado social o historiador. En general, obviamos con el acaloramiento que pueden coexistir las becas a la excelencia con las becas de refresco social, que también podemos llamar discriminación positiva por razón de capacidad económica, cultural y de relaciones. En el primero de los casos, los excelentes deben demostrar su capacidad intelectual unida a su esfuerzo. En el segundo, debería exigírseles un simple aprobado para poder acceder a la ayuda, en un país donde los notables universitarios son escasísimos. La controversia sobre el 5,5 deviene de un “ni pa ti ni pa mí” tras el contestado proyecto de elevar la mínima para ser becado a un 6,5. Un aprobado debe bastar. Si no, un alumno con recursos puede suspender y sacar los cincos que pueda y quiera, mientras que el de familia humilde, aun aprobado, se pudre laboralmente. Que uno tenga hijos, ya hayan acabado la universidad o los tenga en la privada también predice la respectiva visión.

(Todo esto viene suscitado por una reciente revisión de exámenes que el coste de las matrículas repetidoras y la eliminación de becas convirtió en una película del género gore, o quizá sólo en un melodrama de pañuelos, pero tristemente real.)

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